EL NUREMBERG DE PINOCHET

24 de abril del 2001

"Yo sobreviví a la matanza en el Puente Bulnes"


Raúl Blanchet - El Siglo

"Nos dijeron 'corran', pero qué íbamos a correr como tres o cuatro metros. Ahí nos dispararon y muchos cayeron al río, tal como yo. Yo me quedé sin movimiento", relata Luis González, sobreviviente de una matanza perpetrada sobre el Puente Bulnes de Santiago, el 12 de octubre de 1973. "Nos pusieron de frente a la baranda; al tirarnos, nos tiraríamos al río". Disparó toda la patrulla de carabineros.

Eran catorce los detenidos llevados esa noche al fatídico lugar, que desde el golpe funcionaba como paredón de fusilamiento. El mayor tenía 26 años y la menor, era una muchacha de 14, que se encontraba en su sexto mes de embarazo. Los habían detenido esa misma noche en un restaurante de Puente Alto, donde un grupo de trabajadores de una feria libre esperaba noticias del paradero de los restos de Carlos Duque Duque, también feriante, quien había sido ejecutado por carabineros de la comisaría de Puente Alto cuando -según versiones de prensa de la época- intentó fugarse de sus aprehensores el viernes 11 de octubre del 73. Sus compañeros de feria -5 ó 6-, estaban reuniendo fondos para su funeral y organizándolo. Fue entonces cuando entró una patrulla de Carabineros y procedió a detener al grupo y otros parroquianos.

VIAJE A LA MUERTE

Fueron transportados tendidos en el piso de tres jeeps policiales hasta la cuarta Comisaría de Carabineros, situada entonces en Chiloé, entre Victoria y Pedro Lagos, en pleno centro capitalino. Sin siquiera ser registrados sus nombres ni revisadas sus pertenencias, fueron encerrados en un calabozo. "Nos sacaron después del toque de queda, pasadas las diez de la noche En los mismos vehículos, fuimos trasladados por la misma comisión y el mismo oficial al mando. Se formó una caravana de cuatro jeeps Land Rover al mando del capitán Fernando Galvarino Valenzuela Romero". La patrulla ejecutora estaba integrada, entre otros, por los cabos Héctor Arnaldo Valenzuela Gatto y Osvaldo Rubén Berríos Igor. Los familiares de los caídos saben que varios integrantes del dispositivo se suicidaron, presumiblemente por el peso de la culpa de ésa y otras matanzas.

Les dijeron que los conducían al estadio. "El sargento escribiente de la comisaría nos dijo a la salida que éramos patos malos de Puente Alto y que había que fusilarnos".

"Tampoco nos registraron entonces en el libro de detenidos. Nos llevaban a todos boca abajo. Cuando nos hicieron bajar, vimos el peladero a la par del río: el Puente Bulnes, dónde había unos basurales. Nos dijeron que arrancáramos y dieron la orden de matar".

Luis Verdejo era patrón de Luis Rodríguez en la feria: "Ellos se movieron y bajó carabineros y los remató".

Luis González cayó gravemente herido entre los demás. Algunos, ya muertos y otros agónicos. Entre estos últimos, algunos se quejaban. González se encontraba inmóvil con cuatro heridas a bala que lo alcanzaron en un hombro, pierna izquierda a la altura de la rodilla y otra a dos milímetros de la columna vertebral en la región lumbar, todas con salida de proyectil. "Vi que bajó un carabinero y sentí que empezó a disparar la pistola, rematandolos. Fui golpeado con el pie, me dieron vuelta y por la sangre de las heridas me dejaron allí. Y ahí quedé sin movimiento. No sé si 'el de arriba' me estaba ayudando para poder hacer eso". Lo dieron por muerto y, al igual que a todos los cadáveres, le pusieron en la espalda una etiqueta autoadhesiva que decía "Carabineros de Chile".

LAS VICTIMAS

En Puente Alto circuló el rumor de que el padre de la criatura que llevaba en su vientre Elizabeth Leonilda Contreras, la menor de catorce años con seis meses de embarazo ejecutada allí, sería uno de los carabineros que integraba el grupo aprehensor.

Los ejecutados fueron: Luis Miguel Rodríguez Arancibia (22), Alfredo Andrés Moreno Mena (23), Luis Alberto Verdejo Contreras (26), Luis Humberto Toro Vidal (16), Luis González Lazo (20), Luis Segundo Suazo Suazo (20), Rigoberto Enrique Julio Díaz (17), Elizabeth Leonilda Contreras Díaz (14), Jaime Max Bastías Martínez (17), Domingo de la Cruz Morales Díaz (20), David Oliberto Gayoso González (18), Mario José Matus Santos (18), Luis Armando Toro Toro (18).

Luis González tenía 19 años cuando sobrevivió a la masacre. Tiene en la actualidad 48 años y relata -luchando con cada palabra- los sucesos que le llevaron en un viaje de ida y regreso a la muerte. Venía de concluir su servicio militar y se incorporaba al mundo del trabajo en la feria libre donde conoció a las otras víctimas.

-¿Cómo logró salir de ahí?

"Me arrastré, pasé por la perrera y atravesé hacia una población que hay al frente, donde había unos árboles grandes y ahí me metí. Lo único que recuerdo es que pedía agua porque estaba con tercianas. Me mantenía afirmado en un árbol donde nadie me veía, tendrían que haber entrado a la población para ver que estaba ahí.

Cuando venía la madrugada, una señora me pasó un chaquetón de castilla y me fue a dejar. Después ya perdí el conocimiento. Desperté como a los cinco o seis días en la Posta Tres y lo primero que veo es a dos carabineros".

Luego de transcurrido seis días, sus familiares los habían dado por muerto, sobre todo porque ya habían sido enterrados los únicos seis cadáveres que recuperaron en el Instituto Médico Legal. Los otros desaparecieron.

El grupo de feriantes había realizado una colecta que cubría los costos de un ataúd y los traslados para retirar el cadáver de Carlos Duque desde el Instituto Médico Legal. Inicialmente, el velorio había sido autorizado por tres horas y se realizaría en una casa particular, lo que finalmente fue denegado. El estado que presentaba el cuerpo no lo permitía y fue enviado directamente al Cementerio.

Era una comisión especial de Carabineros enviada desde Santiago la que ingresó al restaurante. Uno de sus integrantes perteneció a la dotación de la localidad y reconoció entre los feriantes al guardaespaldas de Luis Osorio -ex Alcalde de Puente Alto- quien era buscado por las autoridades golpistas.

SOBREVIVENCIA

En la Posta Tres se hizo presente Carabineros para establecer por qué González se encontraba herido a bala "y según el médico que me atendió, en mi inconsciencia hablé todo lo que había pasado y me dijo que me querían poner una inyección, lo que él impidió. Apenas se fueron me ofreció llamar a algún familiar que me sacara de ahí porque él ya no podía hacer nada más para que no me llevaran.

Mi papá era dirigente nacional de obras sanitarias. No la quería creer, tampoco. Imagínese: de estar muerto a estar vivo... Así es que se quedaba todos los días y compañeros de él se quedaban en la noche, hasta que me recuperé bien".

Trasladado al Traumatológico por las quebraduras ocasionadas en la pierna, brazo y las lesiones a la columna, permaneció hasta marzo, cuando lo dieron de alta con la pierna enyesada y el brazo completo. Asistía a controles periódicos y siempre había carabineros. Producto de la infección de una herida, acudió sin ser citado y advirtió que no había policías. Esto lo asustó y decidió no volver más a control. Lo comenzaron a buscar y allanaron su casa en varias oportunidades por varios años. Familiares y amigos no lo dejaban entrar a sus casas por temor a verse involucrados en su situación.

"Un tío me recibió en el campo, en un predio en Melipilla, y me mantuvo fondeado en los cerros. Y nunca supieron dónde estaba". Tras un par de años empezó a visitar su casa por breves espacios y adoptando toda clase de precauciones para no ser visto.

No se fue al extranjero por miedo, señala: "No tenía muchos estudios, una familia de escasos recursos y además que siempre pensaba en mi papá. Como era dirigente, podía repercutir en él. Y tampoco tuve oportunidad de hacerlo".

La herida del hombro dejó de supurarle hace sólo un año, los 27 anteriores, lo hizo de manera constante. Asevera que sólo le daban pastillas que no cortaban la supuración, hasta que un organismo de derechos humanos lo derivó a un hospital público en 1999, donde finalmente fue definitivamente curado de esa afección.

No tenía siquiera documentos de identidad y mantenía un miedo vivo de presentarse al registro civil a sacar carné.

-¿El miedo siguió vivo?

"Síiii -alarga la sílaba- y todavía. Si cuando veo una concentración de gente prefiero irme por otro lado a pasar por ahí".

-Cuando joven, ¿usted era activo participante de manifestaciones?

"Sí. En mi casa había comité incluso para las campañas de alcaldes o regidores de ese tiempo".

Terror en la sangre

La noche anterior a la matanza, Ismael Rodríguez pernoctó en la casa paterna. Compartió cama con su hermano Luis y durmió abrazado a él, sin imaginar lo que ocurriría 24 horas después. Recuerda como un hecho curioso la necesidad que sentía de abrazarlo esa noche del 11 de octubre. Ismael tenía 23 años, Luis 22: dos de los seis hermanos, cuatro hombres y dos mujeres.

Tras la detención masiva del 12 de octubre, crecieron los rumores en Puente Alto acerca del destino de los detenidos. Se decía que los habían matado; otros, que sólo fueron torturados. Ismael Rodríguez no pensaba que su hermano estuviera muerto, se aferraba a la idea de la tortura y que su hermano habría soportado, "porque era un muchacho fuerte, lleno de vida. Siempre me aferré a eso hasta que me acerqué a la feria y el hermano de Verdejo me comunicó que estaban en la Morgue".

LA MORGUE

Se dirigió junto a un amigo, una tía y otros conocidos al depósito del Instituto Médico Legal. Se sentía fuerte para entrar y recomendó a su tía y hermana que se quedaran fuera del recinto.

"Tal vez fue mi error, porque creo que ése fue el comienzo de todo el desorden en mi vida. Entré, y era algo terrible, que llevo patente en mi mente. Esa morgue estaba llena de cadáveres. Los tenían en fila, todos abiertos, parece que les habían hecho la autopsia. Había niños, mujeres, ancianos y al fondo había cerca de cinco pisos de ataúdes, dispuestos de modo que permitía verles las caras y todos ellos marcados como NN".

Su amigo Emilio encontró a su propio hermano. Junto a aquél estaba el cuerpo de Elizabeth Contreras. Los sacaron de las urnas, "estaban hecho tiras. Verdejo estaba destrozado, la cara, el cuerpo. Elizabeth -la muchacha- tenía su cuerpo hecho tiras y su guagua al lado aún con el cordón umbilical. La criatura también tenía entradas de balas".

Se decía "mi hermano no está aquí, no lo creía". Siguieron buscando por separado, hasta que Emilio le indica uno de los ataúdes. "Era el segundo cajón y veo su cara, lo tomé y sentí que tenía un gran hoyo en la espalda, lo levanto y parece que le quedaba aire porque le salió como un suspiro, eso me traumatizó. Lo saqué en mis brazos y la cara se le fue toda para atrás, y mostraba la bala que le había entrado".

Presa de la desesperación perdió el control, lo sacaron del lugar. Se lanzó furioso contra dos suboficiales de la Fuerza Aérea que montaban guardia, gritando "asesino, mira lo que hiciste, ¿te sentís poderoso?" Ellos, sin decir nada, pasaron bala. Entre la tía y otros amigos apaciguaron a los uniformados y lograron sacar a Ismael Rodríguez del lugar.

ACOSO MILITAR

La mayor parte de los deudos del grupo se fue de Puente Alto, en pos de protegerse de acciones en su contra. Rodríguez quedó prácticamente solo junto a su familia. Su madre le informó que Carabineros lo buscaba y que el mayor de Carabineros de Puente Alto necesitaba hablar con él.

Varios días después de la matanza, a principios de noviembre, caminaba rumbo a la casa de su esposa por la puentealtina calle Eyzaguirre. Advirtió que avanzaban tres jeep Land Rover hacia él. De pronto lo rodeó la patrulla militar, le apuntaron y obligaron a subir a uno de los vehículos. Lo pasearon hasta pasadas las dos de la madrugada, por el cementerio, el matadero, mientras "yo tiritaba como pájaro tirado de guata en el piso. No me podía levantar y ellos con los pies encima mío". Lo llevaron a las Vizcachas, al Opendoor por la actual Camino a las Vizcachas.

Los militares controlaban salvoconductos de quienes circulaban por la vía pública. Arribaron al Regimiento de Ingenieros de Puente Alto donde liberaron a las personas que tomaron para el control. A Rodríguez lo retuvieron sin decirle nada. Permaneció en un centro de detención instalado al interior del cuartel, rodeado por alambrada electrificada, durante tres días sin ser interrogado ni registrado, al igual que otros detenidos. Al tercer día los formaron y en sentencioso discurso les dijeron que tenían sus nombres y que si los necesitaban les irían buscar a sus casas. "Y no se olviden que desde ahora es la bota la que manda", señaló un teniente.

Presumió que aquello ocurría a partir de lo sucedido a su hermano. "Llegaban a mi casa a cualquier hora de la madrugada, mientras dormíamos. Yo abría la puerta y me enterraban el cañón del fusil en la guata y me arrinconaban. Estaban creando en mí una psicosis".

Cuenta que no podía dormir tranquilo, se sentía descontrolado, perseguido por lo de su hermano, asustado y desesperado.

La madre y una tía hablaron con unas monjas que facilitaron un encuentro con él y lo condujeron a la Vicaría de la Solidaridad, donde se determinó sacarlo del país ante las dramáticas circunstancias que atravesaba y en las que peligraba su vida. Era marzo de 1974. El acoso no cesó hasta que salió de Chile. Vive en Canadá desde hace 27 años.

LA CADENA DEL MIEDO

Relata que su hermano Luis era un joven que intentaba abrirse paso en el mundo del trabajo, lo que le condujo a emplearse con Luis Verdejo, comerciante de ferias libres y a entablar amistad con el grupo que más tarde sería masacrado.

Verdejo, casado y con una hija, era un exitoso comerciante de ferias libres que abastecía de frutas y verduras a numerosos comerciantes establecidos, así como de otras ferias.

Rodríguez asevera que ningún familiar de los caídos -salvo él y Luis González- se atrevió a iniciar acciones judiciales contra los responsables del crimen, debido al terror de que fueron víctimas a raíz de los hechos, incrementado por una persecución dirigida contra las familias de los asesinados.

Los padres y demás hermanos desistieron de hacer gestiones en busca de justicia. Le aconsejaban que no hiciera nada. Cuando visitó Chile en 1981, desde su exilio en Canadá, las hermanas le pedían que no moviera el pasado: "deja todo como está. Somos nosotros los que vamos a sufrir aquí. Tú te vas a ir y no te van a hacer nada, pero nosotros vamos a quedar al frente de todo y van a venir por nosotros". Por eso lucha solo junto a Luis González ðel sobreviviente-, hermanados en la causa.

VIVIR MURIENDO

Además de las dificultades propias del exilio, no ha logrado construir una familia permanente y se dio durante más de un año al alcohol. Generó una conducta beligerante y reconoce que aun estando sobrio peleaba con todo el mundo, incluidas sus parejas. Todavía habla y grita en sueños, insulta, mencionando los terribles acontecimientos, cuenta su pareja actual. Tiene cuatro hijos para los que no ha sabido ser un padre, reconoce, porque siente que estos hechos lo tienen atrapado.

A sus compañeras no les fue fácil tolerar a un hombre con la mente fija en Chile y con una herida tan grande abierta.

Al visitar el país en 1981 -su pareja canadiense le compró un pasaje, cansada de oírlo y verlo pensando en el país-, "me lo llevaba llorando. Era como haber vuelto al pasado. Había que esconderse en la noche de los balazos. Parece que me hizo más mal, porque cuando volví al Canadá estuve un tiempo tranquilo pero todo volvió nuevamente. Aun sobrio caía en la desesperación".

Se siente empujado a hacer algo por su hermano. "Lo quiero olvidar, dejar de lado, pero no. Hay algo que no me deja tranquilo. Aunque sea hay que mover un granito de arena".

El rostro humano del dolor y la esperanza

El sobreviviente Luis González junto a Ismael Rodríguez -hermano de Luis, asesinado en el Puente Bulnes- se reúnen cuando el segundo viaja a Chile. Hace unos días, acompañados por la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos, instalaron una placa recordatoria con los nombres de las víctimas en el lugar de la masacre.

La iniciativa se sumó a los esfuerzos que realizan por recuperar el recuerdo de un hecho poco conocido, entre otros de la ola represiva desencadenada por la dictadura.

González se sobrecoge al describir los acontecimientos, pero lo hace sereno, aunque se nota el temor. Rodríguez se quiebra, revelando que el impacto causó un daño que no desaparece. Son los únicos que presentaron una querella criminal contra Augusto Pinochet por estos crímenes, y anteriormente en 1985 en contra de los ejecutores, pues los otros deudos no quieren saber más del asunto.

El sufrimiento de ambos y la persistente búsqueda de verdad y justicia los unió en una férrea confraternidad.

Luis González proviene de una familia con nueve hermanos. Al momento de la matanza, sus padres y abuelos estaban vivos. Las secuelas de las heridas le restaron movilidad en su hombro derecho y una pierna, además de la imposibilidad de hacer fuerza debido al daño en su columna vertebral, lo que le impide trabajar.

En su casa funcionaron comités de la candidatura de Salvador Allende durante las campañas de 1964 y 1970. Jugaba fútbol y, como arquero, llegó a entrenar por la Unión Española el 70, cuando tenía 16 años y se dedicaba a vender diarios. Al concluir su servicio militar en abril de 1973, se incorporó a trabajar en la feria libre.

Los sueños se vieron truncados con el golpe de Estado: "No sólo los míos, también los de mis padres. Yo tenía una polola que estaba embarazada y tuve que casarme escondido, sin poder vivir con ella, sin poder alimentarla. Iba y volvía, pasaba dos semanas con ella y me tenía que ir porque en Puente Alto no podía estar. Eso fue en el 76. Después nació la niña. No pude estar en el hospital, como todo padre. Así que después nos separamos, si no podía trabajar...". El matrimonio tuvo otro hijo que actualmente tiene 23 años.