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E C O L O G Í A 

24 de noviembre del 2003

Sobre Jeremy Rifkin y la Economía del hidrógeno

Brindis al sol

Pedro Prieto
Rebelión

Jeremy Rifkin vuelve a la carga en las páginas de El País (El rostro de Jano del hidrógeno, 18 de noviembre de 2003) para escribir de nuevo sobre el hidrógeno, nuevo y tecnológico bálsamo de Fierabrás para sustituir los combustibles fósiles. El famoso autor de La economía del hidrógeno completó dicho título con la siguiente coletilla: La creación de la red energética mundial y la redistribución del poder en la Tierra, aforismo o vaselina que acompaña al supositorio que este autor desea endosar al común de los mortales, mediante la insinuación de que un gas podría cumplir con las leyes de Marx, y ello con vistas a embaucar a los despistados de la izquierda y de las ONG ecológicas. De momento, en lo que este abanderado del hidrógeno como fuente de salvación, ha tenido mucho éxito es en que los gobiernos de la Unión Europea, y ahora de los EE.UU., aflojen fondos, muchas veces multimillonarios, en euros o dólares, destinados no a redistribuir el poder en la Tierra, sino a foment ar laboratorios de grandes multinacionales del automóvil privado. Con gran inteligencia, Rifkin acepta que el hidrógeno tiene una cara oculta de inconvenientes. Confiesa que la mayoría del hidrógeno que se produce en el mundo procede en la actualidad del gas natural, del petróleo o del carbón, tras la ruptura de sus cadenas atómicas, de sus moléculas. En realidad, Rifkin está vistiendo un santo para desvestir otro. Y, con vistas a mejor indoctrinarnos, añade que la mejor solución es extraerlo del agua con la ayuda de la electricidad, mediante la electrólisis. Pero como vuelve a darse cuenta de que la electricidad procede fundamentalmente a su vez de quemar fósiles en las centrales térmicas o uranio en las nucleares, añade que el futuro del mundo son los infinitos campos de células fotovoltaicas y generadores eólicos, que crearán las vastas cantidades de hidrógeno con las que se sustituirá al petróleo. Bonito cuento. Pero si es que hemos de seguir con los mitos griegos, ya no es Jano, sino Sísifo, quien mejor representa esta locura, que no resiste el menor debate científico y que sólo puede prosperar en ambientes muy politizados y con intereses económicos muy concretos. Veamos: el hidrógeno es un vector energético. No está libre en la naturaleza y la puesta en disposición para su consumo siempre cuesta más energía que la que luego proporciona al quemarlo. Dado que no es políticamente correcto decir que saldrá de donde ha salido hasta ahora, es decir, de los combustibles fósiles, y que tampoco lo es admitir que el más importante de éstos, el petróleo, está llegando a su cenit de producción mundial, tras lo cual disminuirá sin remedio, Rifkin dice que se obtendrá de fuentes renovables y se queda tan ancho.

Eso es un brindis al sol. Con astucia, Rifkin oculta que de cada 100 unidades de energía que se introduzcan en esa economía, provenientes de energía fósil o renovable, al consumidor le llegan apenas entre 30 y 40, pues el resto se pierde en las manipulaciones intermedias: electrólisis (20%), almacenamiento comprimido o licuado (20- 40%), distribución masiva por gasoductos o en depósitos (2-5%), inyección en células de combustible (35%) y transformación de energía eléctrica en mecánica (2- 5%). Y todo ello para terminar moviendo un vehículo de dos toneladas, que transportará en medio de gigantescos atascos a un ser humano de 70 kilos, ya de por sí autotransportable. Lo peor es que Rifkin calla el coste energético (no el económico) de los dispositivos de las energías renovables: algunos creemos que las células fotovoltaicas cuestan más energía (repito: no dinero) que la que entregarán en toda su vida útil. Con los generadores eólicos sucede igual. Por si fuera poco, Rifkin tampoco calcula el coste energético de dos aspectos fundamentales: Primero: que el hidrógeno es el gas más liviano de la naturaleza y, por lo tanto, sus átomos no se dejan atrapar con facilidad; se escapa por los poros de las paredes metálicas más herméticas, de manera que los depósitos tienen una pérdida de energía en función del tiempo. Y, si está licuado a menos de 250 grados bajo cero, exige que el refrigerador del depósito consuma continuamente energía para mantenerlo en esa situación, con lo que consume su propio contenido. El segundo inconveniente es la energía (repito de nuevo: no el dinero) necesaria para renovar las infraestructuras industriales del mundo que ahora consumen petróleo, gas y carbón, si se desea que funcionen con hidrógeno. Por ejemplo, los mil millones de vehículos privados que existen en el mundo, las fábricas que producen los motores o los 100 millones de tractores; las gasolineras, los oleoductos y gasoductos, etc.etc. Jano/Rifkin tiene, efectivamente, dos caras, pero una de ellas es dura como el cemento.

Artículo completo en: Jano, Rifkin y Sísifo

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