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E C O L O G Í A 

9 de diciembre del 2003

A medio siglo de un gran show

Mauricio Schoijet
Rebelión

El fenómeno de la sobrevaloración propagandística de nuevas tecnologías ha sido aún poco estudiado por los historiadores. El caso más importante es el de la energía nuclear. Hace cincuenta años, el 8 de diciembre de 1953, el presidente de Estados Unidos Dwight Eisenhower protagonizó el mayor ejercicio de relaciones públicas en la historia de la tecnología, al anunciar ante las Naciones Unidas el Programa de Atomos para la Paz, propuesta de apoyo a la difusión de la tecnología nuclear para la producción de energía eléctrica, que sería una gran contribución para el desarrollo de los países menos desarrollados. Este se daría a cambio de que los que quisieran tener acceso a esta tecnología aceptaran un control internacional para que no fuera usada con fines militares. El anuncio implicaba la reversión de una política previa, ya que por temor a que la difusión de la tecnología iba facilitar la proliferación de armas nucleares, inicialmente el gobierno de Estados Unidos se mostró renuente a compartir los conocimientos sobre esta incluso con sus aliados más cercanos. La propuesta fue apoyada por la Unión Soviética, y constituyó la base para crear en 1956 al Organismo Internacional de la Energía Atómica. Este se fijó el objetivo de que la nuclear se convirtiera en la forma dominante de producción de energía eléctrica, y de lograr cinco mil reactores en operación para el año 2000. La energía nuclear fue una revolución tecnológica fallida, tramada por los aparatos burocráticos de varios Estados y el oligopolio de las cuatro grandes empresas estadounidenses que fabricaban reactores nucleares. El apoyo de la burocracia soviética se explica porque esta también veía la difusión de la energía nuclear como un mecanismo para ganar influencia sobre los países menos desarrollados. Fue enormemente subsidiada por todos los gobiernos. Su fracaso se debió a varios problemas serio no anticipados en la época en que Eisenhower lanzó su iniciativa.

Pierre Curie, pionero en la investigación de los fenómenos radioactivos, había notado que estos generaban mucha energía. Los conocidos en esa época se debían a la desintegración espontánea de átomos pesados, que no es controlable. Pero en 1908 el químico inglés Frederick Soddy sugirió que eventualmente podrían serlo, y que con podrían obtenerse cantidades ilimitadas de energía barata, lo que representaría un salto cualitativo en el desarrollo de las fuerzas productivas, que incluiría hacer "florecer los desiertos", porque permitiría la desalinación a bajo costo del agua de mar. No tomó en cuenta que los materiales radioactivos son muy escasos, y que para obtenerlos se requiere mucha energía. En efecto María Curie había tenido que procesar varias toneladas de mineral para obtener sólo miligramos de radio.

El descubrimiento de la fisión nuclear por los físicos alemanes Otto Hahn, Fritz Strassman y Lise Meitner en 1938, la invención del reactor nuclear por Enrico Fermi en 1942, la fabricación del arma nuclear y su uso contundente para masacrar a centenares de miles en Hiroshima y Nagasaki, confirmaron las potencialidades militares de los fenómenos radioactivos, lo que alimentó las expectativas infundadas sobre las aplicaciones civiles.

Cuando se lanzó el Programa no había aún suficiente experiencia en la operación de reactores nucleares para la producción de energía. Solamente se habían utilizado para obtener materiales para fabricar bombas, estaba en construcción el reactor para el primer submarino nuclear, y habían reactores pequeños para investigación científicas. Uno de estos, en Chalk River, Canadá, había sido severamente dañado por un accidente en 1950. El primer reactor pequeño de uso dual, es decir para generar energía eléctrica y material fisionable, comenzó a operar en la Unión Soviética el mismo año en que Eisenhower hacía su anuncio.

Diez años después comenzó en Estados Unidos la construcción en gran escala de grandes reactores para la producción de energía, en circunstancias en que no había suficiente experiencia de operación de los de menor tamaño, pero sí para abandonar la idea de que la energía producida sería barata, y en que ya habían sido destruidos o seriamente dañados varios reactores experimentales, en accidentes que fueron ocultados. También se construyeron en otros países, como Gran Bretaña, Francia, Alemania, la Unión Soviética y Japón. El número de reactores en operación comercial llegó a unos 400. Tanto por los problemas de operación como por los altos costos las compañías estadounidenses de generación y distribución de energía dejaron de contratar la construcción de nuevas centrales nucleares desde 1974, cancelaron varios contratos y sacaron de servicio a algunas de las que estaban en operación. El desastre de Isla de Tres Millas, ocurrido en 1979, no causó víctimas pero sí grandes pérdidas materiales. En 1986 el de Chernobyl tuvo enormes costos materiales, tanto por la destrucción de un reactor, el abandono de otros y la afectación de más de cien mil kilómetros cuadrados de tierras, mayormente en Belarús, que quedaron inútiles tanto para cultivos como para la ganadería; y enormes costos humanos, en las decenas de miles de participantes en las tareas de limpieza de la basura radioactiva, afectados por enfermedades crónicas e incurables, cáncer y leucemia.

Hoy la energía nuclear está estancada, y lo más probable es que en los próximos años dejen de operar decenas de reactores cuya vida útil termina después de treinta años de operación, preludio a su probable desaparición. Quedan los problemas de desmantelamiento de los reactores que dejan de operar y disposición definitiva de desechos radioactivos, que no serán fáciles de resolver y cuyos costos siguen estando indeterminados pero probablemente serán muy considerables. A nivel internacional la energía eólica está avanzando rápidamente, sin que haya ningún poderoso organismo internacional que la promueva. El Organismo Internacional de la Energía Nuclear ya es un costoso anacronismo para la promoción de una tecnología inviable, y sólo sirve como instrumento de chantaje hipócrita del gobierno de los Estados Unidos contra los países que quieren fabricar armas nucleares, como Irán y Corea del Norte, olvidando totalmente el desarme de las grandes potencias, y la búsqueda de armas nucleares aún más destructivas por los Estados Unidos, y mostrándose muy tolerante con la posesión de armas nucleares por Israel. Es tiempo de limitar sus funciones a los problemas antes mencionados de desmantelamiento y desechos, y de plantear un régimen de no proliferación que sustituya al injusto y nada efectivo actualmente vigente, lo que significa poner en primer lugar la demanda de igualdad jurídica de todos los Estados. En México muchos quisieran que se olvide que el gobierno de López Portillo, asesorado por supuestamente competentes, responsables y patrióticos consejeros, llamó a concurso para un malhadado plan para construir veinte centrales nucleares, lo que fue probablemente la acción más irresponsable promovida por un gobierno mexicano. El curso de los acontecimientos mostró que los antinucleares tuvimos razón. La central nuclear de Laguna Verde es un peligroso residuo de esas ilusiones. No hay nada que celebrar y mucho que lamentar.

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