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E C O L O G Í A 

10 de diciembre del 2003

¿Está muerto el Protocolo de Kioto?

José Santamarta
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Para que el Protocolo de Kioto entre en vigor falta tan sólo la ratificación de Rusia. Las declaraciones de Andrei Illarionov, asesor del presidente ruso Vladimir Putin, el pasado 2 de diciembre, coincidiendo con la novena Conferencia de las Partes del Convenio de Cambio Climático en Milán, de que "este protocolo no puede ratificarse", han alarmado a toda la comunidad internacional. Pero al día siguiente Mukhamed Tsikhanov, el ministro responsable sobre estos temas, desmintió las anteriores declaraciones.

La calculada ambigüedad rusa recuerda a ERC en las actuales negociaciones para formar gobierno en Cataluña. ¿Qué quiere Rusia? Probablemente quiere vender mucho más caro su ratificación del Protocolo de Kioto.

En el año 2001 George W. Bush decidió no ratificar Kioto, y dado que es necesario que lo ratifiquen un mínimo de 55 países, y que entre ellos sumen el 55% de las emisiones de los países ricos, la negativa estadounidense en la práctica significaba que era necesario que el Protocolo de Kioto fuese ratificado por la casi totalidad de los países industrializados (los del Anexo I) para que entrase en vigor. El Protocolo ya lo han ratificado más de 100 países, y en cuanto lo ratifique Rusia entrará en vigor.

El Protocolo de Kioto permite que los países industrializados puedan vender y comprar derechos de emisión, tomando como referencia el año base 1990. En 1990 aún existía la URSS, con unos consumos energéticos enormes, y unas emisiones igualmente grandes. La implosión posterior cambió radicalmente la situación, y Rusia, Ucrania y el resto de los países de la antigua URSS, podrán vender "derechos de emisión" a otros países industrializados que superen los límites marcados por el Protocolo de Kioto.

De hecho Rusia esperaba vender esos "derechos de emisión" (el llamado "aire caliente") a Estados Unidos, pero la negativa de la administración Bush a ratificar el Protocolo de Kioto le ha dejado sin comprador, y el precio al que venderá su "aire caliente", sin EE UU, será muy inferior, por la simple razón de que habrá menos demanda de toneladas de CO2. Rusia mira a la Unión Europea, y en el tira y afloja reclama más compensaciones económicas, tanto en el precio del dióxido de carbono (CO2) equivalente, como en las negociaciones para la entrada de Rusia en la Organización Mundial de Comercio.

Formalmente compete a la Duma, el parlamento ruso, la potestad de ratificar el Protocolo de Kioto, y en la práctica Putin tendrá la última palabra, pues será él quién decida cuándo y por qué proponer la ratificación. Hace sólo tres meses, el pasado septiembre, Putin declaró que "Rusia se preparaba para la ratificación".

Rusia tiene mucho que ganar con la ratificación (la venta del "aire caliente" a la Unión Europea y Japón), y poco que perder. Puede por supuesto impedir la ratificación, y es probable que haya alguna posibilidad, si cede a las presiones de EE UU, pero es poco probable que lo haga.

Pero también es harto improbable que Rusia ratifique Kioto antes del próximo mes de marzo de 2004, cuando tendrán lugar las elecciones presidenciales, que ganará Vladimir Putin, si se cumple el guión.

El Protocolo de Kioto sigue vivo y acabará entrando en vigor, con todas sus consecuencias. Países como España tendrán que hacer sus deberes, reduciendo las emisiones, o pagaremos caro las políticas desarrolladas por el Partido Popular en las dos últimas legislaturas.

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