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E C O L O G Í A 

11 de diciembre del 2003

Viento abajo: el rearme nuclear

Alejandro Nadal
La Jornada

Se puede llegar en automóvil. Está a unos cien kilómetros al noroeste de Las Vegas, sobre la carretera interestatal 95, en el desierto de Mojave: es el sitio de pruebas nucleares de Nevada. Ese campo fue escenario de 935 pruebas nucleares, la mayor parte subterráneas, y ahora se apresta a renacer.

En total, el programa de pruebas nucleares en el océano Pacífico se compuso de 96 explosiones nucleares en los atolones de Bikini, Eniwetok y la isla Navidad. Pero el elevado costo cambió las preferencias a Nevada, que entró en acción en 1950: para 1962 se habían realizado 126 detonaciones de superficie, algunas a altura considerable. La cauda de estas explosiones seguía el patrón de los vientos dominantes y fueron muchas las comunidades afectadas por el aerosol radiactivo.

A los habitantes de esas comunidades se les llamó downwinders, refiriéndose a los que viven "viento abajo" del sitio de la detonación. Inevitablemente, a los habitantes viento abajo les quedó un legado de esterilidad, cáncer, entre otras enfermedades y, desde luego, la muerte. Pero el alto mando estadunidense prefirió engañar hasta a sus propios soldados antes que comprometer su programa de pruebas.

Durante la primavera y el verano de 1953 se llevaron a cabo 11 detonaciones nucleares de superficie. Más de 17 mil soldados de infantería estadunidenses recibieron órdenes de permanecer atrincherados, con anteojos especiales, a sólo 3 kilómetros de los puntos de detonación. Menos de una hora después de las explosiones los contingentes recibían orden de avanzar hacia el punto cero. Un participante en el experimento recuerda que la tierra les caía como granizo sobre sus cascos y llovían pájaros muertos mientras avanzaban los soldados.

Todo eso parece historia, ahora que ya terminó la guerra fría y todo eso. Pero no es así. Estados Unidos ha rechazado el tratado de prohibición total de pruebas nucleares. Y la semana pasada su gobierno asignó 6 mil 300 millones de dólares para actividades relacionadas con el mantenimiento y desarrollo de nuevas armas nucleares. Estos recursos incluyen fondos para mantener el sitio de Nevada preparado para reanudar las pruebas nucleares.

Se pretende justificar las nuevas pruebas diciendo que se necesitan para asegurar la confiabilidad de las armas nucleares ya desplegadas. Eso es mentira, como lo han demostrado numerosos informes técnicos: aun en la lógica armamentista, la "confiabilidad" de los arsenales nucleares puede comprobarse con simulaciones en computadora y otras técnicas industriales convencionales.

En realidad, las pruebas serán para desarrollar una nueva generación de armas nucleares. Entre otras cosas, se busca tener cargas nucleares capaces de destruir fortificaciones colocadas bajo tierra a gran profundidad. Además, nunca se ha abandonado la idea de usar cargas nucleares para destruir misiles balísticos a gran altitud, y esa idea puede explorarse tranquilamente desde que Estados Unidos denunció el tratado de prohibición de defensas antibalísticas (ABM). Finalmente, también se trabaja en el diseño de cargas nucleares pequeñas susceptibles de ser utilizadas en un campo de batalla. Con estas armas se cumpliría el sueño de los militares que siempre han buscado justificar el empleo de armas nucleares en lugar de tenerlas como reserva disuasiva.

Desde luego, todos esos proyectos son absurdos. Las cargas nucleares para destruir fortificaciones subterráneas serán redundantes, pues lo mismo se puede lograr con cargas convencionales. Las bombas nucleares "pequeñas" liberarían tanta energía que serían igualmente peligrosas para quien decida usarlas. Finalmente, las detonaciones a gran altitud para destruir misiles enemigos serán tan inútiles como la intercepción directa cuando los sistemas ofensivos puedan lanzar cientos de vehículos independientes acompañados de miles de señuelos.

¿Y Rusia? Ahora por lo menos se pueden conocer las cifras de su gasto militar y la sorpresa es que aumentó 33 por ciento entre 2002 y 2003. Desde 1999 el presupuesto de defensa se ha cuadruplicado en términos reales. No está mal para un país que afirma que la guerra fría quedó atrás. Aunque se puede pensar que eso se debe a la guerra de Chechenia, lo cierto es que 35 por ciento del presupuesto es para desarrollar nuevos armamentos (incluyendo sistemas relacionados con una defensa antimisiles). Todo este esfuerzo de investigación, así como el de Estados Unidos, China, India y Pakistán, se mueve en una secuencia bien conocida: las pruebas conducen al diseño, el diseño a la producción, y de ahí se pasa al emplazamiento de las armas nucleares. Nada más falta el último eslabón en la cadena: la utilización. Desgraciadamente, sólo puede ser cuestión de tiempo.

Desde 1945 se han llevado a cabo en todo el mundo 2 mil 56 detonaciones nucleares. Es decir, casi tres explosiones de este tipo por mes desde Hiroshima. Las nuevas pruebas nucleares serán subterráneas a menos que Estados Unidos denuncie el tratado de prohibición parcial de pruebas nucleares de 1963. Pero la nueva generación de armamento nuclear estará más cerca de su utilización algún día. Ese día, todos estaremos viviendo viento abajo.

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