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E C O L O G Í A 

23 de diciembre del 2003

¿Kioto para tontos?

Rafael Léon Rodríguez
Rebelión

He leído con atención el artículo de Juan Vila para Cinco Días, titulado Kioto para tontos y me ha parecido que la ¿intencionada, ignorante o simplemente apresurada? superficialidad y parcialidad de los análisis, opiniones y ¿ conclusiones? que aparecen en el citado texto en ningún caso contribuirán a la recuperación de los ya maltrechos y siempre insuficientes compromisos (no)asumidos por obra y gracia del Protocolo de Kioto.

En varias cosas estoy de acuerdo con el autor del artículo. Primero Kioto podría ser para tontos, por que de tontos sería pensar que sus cada vez más debilitados compromisos (meros parches en un barco plagado de vías de agua) van a servir para solucionar las causas y para evitar las consecuencias asociadas al fenómeno denominado calentamiento global o cambio climático. No obstante, es mejor que nada y podría ser un buen punto de partida sí los poderes públicos (¿no sé porque se llaman públicos cuando habitualmente sirven a intereses privados?) llegaran a creerse de una vez por todas eso del desarrollo sostenible, como solidaridad contemporánea y extemporánea y, en consecuencia, se dedicaran a trabajar por el bien colectivo en lugar de permanecer secuestrados por los intereses de los grupos de presión macroeconómica. Y con un más que lógico síndrome de Estocolmo.

La segunda: Kioto no es un asunto exclusivamente económico. Pues claro que no. Ni Kioto ni ninguno de los problemas socioecológicos de calado que ya en la actualidad están cuestionando seriamente la supervivencia del ser humano (una especie que cuanto más crece en número más se acerca a ser una especie en peligro de extinción) y poniendo en grave riesgo los equilibrios de este gran ecosistema que es La Tierra. No obstante los intereses en separar la problemática ambiental del campo de la socioeconomía y la política son evidentes, pues de este modo se difuminan las responsabilidades y se dificulta la identificación de los, puede que legítimamente pero sin duda injustamente, beneficiados. Tomo prestada una frase de Jorge Riechmann (la uso por segunda vez en pocos días) para abundar en esta idea: "¿Por qué se habla de "problemática ambiental" cuando en realidad tenemos que habérnoslas con conflictos socioecológicos?. No hay cuestiones ecológicas de importancia que sean "neutras" , meramente técnicas (como querría cierta ideología tecnocrática): tienen siempre una dimensión política y ética inesquivable."

A partir de ahí ¿cómo puede alguien mínimamente informado sorprenderse de que el exceso de emisión de España haya que pagarlo? El mercado de emisiones es uno de los mecanismos de flexibilidad que ataca directamente a la línea de flotación del Protocolo de Kioto. Y hace tiempo que todos los países y sectores implicados están negociando por que estos mecanismos formen parte de los acuerdos, en contra, por cierto de los deseos de las organizaciones ecologistas. ¿ Kioto es tremendamente injusto? Por supuesto que si, pero por diferentes motivos a los que expresa Juan Vila en su artículo. En primer lugar es injusto porque el permitir a los países ricos emisiones per cápita superiores a las que serían sostenibles globalmente (es decir, emisiones per cápita que, autorizadas para todos y cada uno de los habitantes del planeta, tendrían un potencial destructivo tal vez sin parangón) no es precisamente signo de equidad ni de compromiso socioecológico. Esta injusticia se agudiza, si cabe, con la puesta en marcha del comercio de emisiones. Más de una vez habremos escuchado aquello de "alguna vez tendremos que pagar hasta por el aire que respiramos". Pues bien, con el comercio de emisiones comenzamos a aproximarnos peligrosamente a ese dicho que normalmente nos suena a quimera. Porque el hecho de autorizar emisiones máximas y permitir vender la parte no utilizada de esa cuota supone en la práctica conceder derechos de propiedad a los países ricos sobre el aire, cada vez más contaminado, que respiramos. O lo que es lo mismo se les da derecho a continuar contaminándolo y, claro, la circulación atmosférica de contaminantes no entiende de fronteras, y lo que contaminamos los países (in)civilizados para nuestro provecho exclusivo acaba afectando a los pueblos secularmente saqueados por nuestro permanente afán humanitario, democratizador y civilizador. No en vano el cambio climático tiene un ámbito global, aunque sus efectos golpearán sin duda con mucha más fuerza a los lugares más empobrecidos de nuestro recalentado Planeta.

Que los países de nuestro occidente (in)civilizado se afanen entre sí en ese asfixiante mercado: eso es harina de otro costal, es otro problema que, aunque injusto con los países empobrecidos, poco tiene que ver con las relaciones de justicia entre los grandes emisores de gases de efecto invernadero. Lo verdaderamente injusto es que la excesiva flexibilidad concedida por el mercado de emisiones permite que en determinados países unos sectores económicos anclados en una mentecatez cortoplacista pero con posibilidad de pagar sus excesos, hagan muy poco por cambiar su orientación energética hacia una mayor eficiencia, la reducción del consumo y el desarrollo de las energías limpias. Esto es lo realmente injusto y lo realmente grave en un país como España, donde la planificación en materia energética viene determinada casi exclusivamente por los intereses de las compañías eléctricas. Que estas compañías deben pagar su exceso de emisión a países que, por los motivos que sea, cumplen con lo pactado, pues que paguen. Claro el problema es que ese sobrecoste lo recuperarán con creces incrementando la factura que habremos de pagar los usuarios. Y el problema es que no se actúa decididamente para cambiar el modelo energético y no se potencian suficiente y decididamente las energías limpias. Que Suecia tiene ventajas por su potencial hidroeléctrico. Ciertamente. Pero también en España tenemos ventajas por nuestro potencial en energía solar. ¿Porqué no lo aprovechamos? Porque a las eléctricas les interesa más en la actualidad su apuesta por el ciclo combinado. Más beneficios a corto plazo (como el sobrecoste motivado por la compra de derechos de emisión la terminaremos pagando los ciudadanos, pues Santas Pascuas). Que los costos externos (esos tan manoseados fallos de mercado que el poder económico y político nunca están decididos realmente a solucionar) a medio y largo plazo serán considerables. No importa. Ya los pagará la sociedad. La de aquí y la de Burundi. La actual y la futura. Porque para solucionar esos fallos (en realidad éxitos si tenemos en cuenta que la esencia del sistema socioeconómico actual está en obtener beneficios a costa de otros y una cada vez más regresiva distribución de la riqueza) no basta con poner parches con los que enjuagar un poco la sucia imagen del sistema. Porque "lo que está en juego no son pequeños ajustes aquí y allá, sino un modelo de economía y de sociedad" (J. Riechmann).

Termina el autor del artículo haciéndose una serie de preguntas. ¿Debería pagar lo mismo una central de carbón que otros sistemas que emiten menos CO2 por kilovatio generado? No, no debería. La Unión Europea ha debatido durante mucho tiempo la puesta en marcha de una figura tributaria en este sentido para los productores de energía, de modo que cuanto más limpia sea una energía, es decir, cuanto menos CO2 emita por unidad de energía producida, la cuota tributaria sea menor. El Gobierno del Reino de España nunca vio esta medida con buenos ojos. ¿Y las eléctricas españolas?

¿Podrá una industria química, cerámica o papelera ampliar su producción a partir de 2005 sin que el aumento de emisiones que ello comporte la haga no competitiva? Pues no debería si esa competitividad se logra a base de cargar sobre el conjunto de la sociedad los costes externos de esas actividades. Que todas esas industrias se modernicen y se hagan más eficientes y más limpias y así serán competitivas. ¿O es que el liberalismo y el libre mercado les vale a esas compañías para unas cosas y para otras no? Hay que estar a las uvas y a las maduras.

No. Kioto, visto como un punto de partida, aunque insuficiente, necesario, no es para tontos. Para tontos es pretender, en aras de una competitividad fabricada sobre los perjuicios infligidos al conjunto de la sociedad, que el origen de nuestros males futuros será consecuencia de la falta de viabilidad de nuestras empresas por el castigo injusto que supondría la aplicación del Protocolo. Para tontos sería dar subvenciones y ayudas para garantizar la permanencia de empresas que en lugar de comprometerse con las tecnologías limpias y la eficiencia, asientan su viabilidad en una apuesta interesada e injusta por un falso desarrollo posibilitado por la destrucción del medio ambiente. Para tontos es pensar que hay muchas preguntas sin respuesta y no dedicarse a tratar de buscarlas con honestidad y profundidad. Para tontos es pensar que en el actual marco socioeconómico el Protocolo de Kioto o cualquier otro tipo de acuerdo supeditado a los contados intereses que en realidad participan en la toma de decisiones importantes puede ser una solución al grave deterioro ambiental que sufrimos en la actualidad. O al hambre, o a las guerras, o a la injusticia.

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