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E C O L O G Í A 

24 de febrero del 2004

Otra industria es posible

Rafael León Rodríguez
Rebelión

El pasado 19 de febrero se celebró en Huelva una manifestación en defensa de la Industria. Yo, que soy un adicto a asistir a manifestaciones por aquellas causas que considero justas y que también creo que es necesario mantener el sector industrial para lograr una economía y una sociedad equilibradas y diversas, no pude, o mejor no quise, asistir.

Pienso que la reivindicación actual en pro de la industria onubense está a punto de ahogarse en un mar de confusión por no tener claro hacia donde nadar para llegar a la orilla salvadora. ¿Se están defendiendo realmente los empleos de los trabajadores de la industria onubense? ¿O se están defendiendo en realidad los intereses de los altos ejecutivos y grandes accionistas de esas grandes empresas industriales? Unos intereses que tienen muy poco que ver con la estabilidad del empleo para sus trabajadores, o con el derecho que tienen los ciudadanos a la salud y a un medio ambiente sano, o con la creación de riqueza y su más justa redistribución. Unos intereses que persiguen exclusivamente más y más fáciles beneficios económicos para estas empresas en el menor tiempo posible. Y a costa de lo que sea.

Yo soy de los que quiere que la industria permanezca en Huelva, pero otra industria, otra industria que, no lo duden, es posible. Una industria en la que, aunque sus dueños tengan que obtener menos beneficios, se cuiden realmente las cuestiones ambientales, la salud de los ciudadanos y la seguridad y estabilidad en el empleo de sus trabajadores. Una industria más limpia que invierta en investigación y desarrollo para conseguir cotas de protección ambiental y sanitaria mucho más allá de lo que marcan las normativas legales; unas normativas en cuya elaboración, no debemos obviar el importante papel que juegan las presiones de los grandes grupos industriales para que respondan sobre todo a sus intereses. O, ¿qué pensaban? ¿Qué esas normativas responden a no se sabe que derecho natural y que por lo tanto emanan de una esencia o grupo de ideas y conceptos incontestables y neutros? A estas alturas alguno o muchos de los pocos que lean estas reflexiones estarán ya pensando que el que escribe será, sin duda alguna, uno de los responsables en el caso de que algún día la industria se marche de Huelva. Y se marchará. Y yo tendré tanta o menos culpa que los miles de personas (a las cuales respeto y aplaudo por su determinación en defender lo que creen justo) que acudieron a la manifestación pro industrial.

Vivimos una época en la que la deslocalización de la industria hacia países llamados en vías de desarrollo es una constante. Nada que objetar en principio, ya que esos países empobrecidos también merecen de una vez que se les ofrezca la oportunidad de salir de la miseria. Pero los objetivos que mueven el fenómeno de la deslocalización industrial en ningún caso se dirigen ni siquiera mínimamente a tratar de ofrecerles esa oportunidad. Todo lo contrario, se dirigen a continuar saqueando sus recursos naturales y humanos, con salarios indignos, sin medidas de seguridad en el trabajo y contaminando sin control.

Hoy he desayunado con la noticia de que Arcelor, el mayor grupo siderúrgico del mundo, del que forma parte "nuestra" Aceralia, amenaza con marcharse de Europa si tienen que pagar por no cumplir lo comprometido en Kioto. O lo que es lo mismo: si no pueden continuar contaminando impune y gratuitamente desde Europa, se marcharán a hacerlo desde Asía o desde África, y allí machacarán aun más el patrimonio natural de esos países y, someterán a sus trabajadores a prácticas esclavistas que aquí no permitimos, aunque vamos camino de ello. Y todo en los altares de la avaricia disfrazada bajo el eufemismo de la competitividad.

Vayamos pues todos también a manifestarnos a favor de Arcelor, para defender los puestos de trabajo que proporciona en Europa. Nos estaremos manifestando a favor del chantaje. Nos estaremos manifestando a favor del abuso empresarial sobre sus trabajadores, ya sean franceses, chinos o malayos. Nos estaremos manifestando a favor de la destrucción de millones de puestos de trabajo que se perderán en el turismo, en el sector forestal, en la agricultura y en la misma industria cuando los efectos del calentamiento global sean evidentes. Y también en las empresas que forman parte de Arcelor cuando el mercado o la rentabilidad o la innovación tecnológica así lo exijan. Nos estaremos manifestando a favor de la muerte de millones de seres humanos que perecerán en los próximos años por enfermedades directamente relacionadas con el cambio climático. No, yo no iré. No quiero ser cómplice de delitos que, si bien no están castigados legalmente, merecerían elevadas penas (no me duele decirlo a pesar de, a niveles generales, ser partidario de la rehabilitación y no del castigo). No quiero ser cómplice de chantajes propios de mafiosos criminales, ni de la desaparición de especies únicas e irrepetibles por mucho que suenen los cantos de sirena de una ingeniería genética que si bien puede que llegue a crear a costes prohibitivos animales destinados a zoológicos de pago, jamás podrá clonar los ecosistemas perdidos en los cuales aquellos podrían desenvolverse de forma natural.

Yo quiero que la industria permanezca en Huelva. Pero esa otra industria posible. Una industria sin chantajes. Una industria que respete el trabajo y a los trabajadores más que a la competitividad y al mercado. Una industria que esté dispuesta a gastar más en prevención ambiental y en seguridad laboral, así como a pagar más impuestos para incrementar las políticas sociales y ambientales y la redistribución de la riqueza. Una industria que si un día decide marcharse a Guinea lo haga con las mismas cautelas ambientales que se le exigen en las sociedades desarrolladas. Y que respete igualmente los derechos y salarios de los trabajadores.

Una industria que se ubique donde y con las condiciones más favorables a los ciudadanos. Si no es así perdemos todos. Pierden los trabajadores de los países empobrecidos y perdemos los trabajadores onubenses y europeos como consecuencia del dumping social y ecológico que suponen unas prácticas empresariales fundadas en la avaricia, la desigualdad y la injusticia. Si no ¿cómo es que las industrias "onubenses", en el caso deseable de que tuviesen que abandonar su actual ubicación el Polo Químico, puedan preferir marchar a miles de kilómetros antes que a las cercanías de donde se encuentran actualmente? ¿Por qué pueden renovar sus instalaciones en China y no en Huelva? ¿Qué pasará cuando la industria del fosfato agote las posibilidades de seguir vertiendo su cóctel de metales pesados, arsénico y sustancias radiactivas con el que han sepultado irreversiblemente las marismas del río Tinto? ¿Estará buscando alternativas para poder permanecer en Huelva o habrá ya contratado el camión de la mudanza? ¿Cuántos de los que se han manifestado ahora tendrán fuerzas y esperanzas para manifestarse entonces?

No acudí a esa manifestación, pero desde estas torpes líneas quiero manifestarme a favor de la industria. De otra industria posible en otro mundo posible. Para alcanzarlos tal vez sea imprescindible seguir avanzando tecnológicamente, pero lo que sin duda nos demuestran prácticas empresariales como la de Arcelor es que en lo que tenemos un enorme déficit y, por lo tanto, la mayor prioridad y urgencia es en que avance la ética. Para eso si que hacen falta una y mil manifestaciones. Manifestaciones que en lugar de en la confusión, la manipulación o la instrumentalización, tengan su origen en la ética para exigir ética.

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