http://www.rebelion.org
E C O N O M Í A 

7 de marzo del 2003

Tiro al cambista

Paul Harris
YellowTimes. Org
Traducido para Rebelión por Germán Leyens

Después de la II Guerra Mundial, una conferencia en Bretton Woods vinculó el valor del oro a 35 dólares de EE.UU. por onza. Esta cifra, artificialmente establecida, tuvo la virtud de constituir un objetivo fijo con el cual se podían medir las monedas y la productividad de las naciones del mundo. Esto permitía la estabilidad económica y un comercio internacional serio y fácilmente comprensible.

En una de sus acciones más desastrosas como presidente de Estados Unidos, Richard Nixon abandonó el "patrón oro" y permitió que el dólar estadounidense flotara libremente con las monedas de los demás países. Gracias al inmenso valor de la productividad estadounidense, el dólar se convirtió rápidamente en el patrón de facto sobre el que se medía todo lo demás. Pero era un objetivo volátil. Esto ha llevado a unos 30 años de especulación monetaria que ha sido un total desastre para todos los participantes, con la excepción de los más fuertes.

Para evaluar las transacciones con el resto del mundo, el valor de la moneda de un país es relacionado con el valor de las divisas de otros países a través de una tasa de cambio. Con un sistema "flotante" de cambio se permite que el valor de la moneda de un país en relación con las de otros países cambie más o menos libremente según la oferta y la demanda de esa moneda.

La oferta y la demanda, por su parte, depende usualmente del valor fundamental de los activos del país, de su tasa de productividad, de su estabilidad política, etc.

Como un sistema flotante es en general extremadamente volátil, una gran cantidad de países emprenden algún tipo de "fijación" de la paridad. Utilizando el Sistema Monetario Europeo, por ejemplo, las tasas del Euro pueden cambiar solo dentro de un margen muy estrecho. Esto mantiene el valor de la moneda a un nivel bastante estable y cambia solo como resultado de un acuerdo entre los participantes en el mercado cuando la paridad en un momento dado ya no es defendible, cuando la oferta de la moneda es, o tiende probablemente a ser, mayor que la demanda que existe. A menudo, la única razón para el cambio es la especulación que probablemente llegará a tener.

Ése es el problema. El cambio de divisas hace parecer pequeñas todas las demás transacciones financieras. El volumen global diario de transacciones en divisas es de cerca de 1,5 billones de dólares. Se estima que entre un 80 y un 90 por ciento de esas transacciones no tienen nada que ver con el intercambio de bienes o servicios o con la productividad, o la exploración o el desarrollo; es solo especulación. Algo como un juego de crap internacional.

Ahora bien, parte de ese comercio es por lo menos moderadamente deseable. Grandes inversionistas institucionales e instituciones financieras emprenden rutinariamente transacciones de arbitraje a corto plazo en las que ajustan las diferencias para la misma moneda en diferentes mercados. No son, por naturaleza, transacciones especulativas y son importantes para una fijación eficiente de los precios en los mercados financieros y para asegurar una liquidez en el ámbito mundial.

Pero la especulación es algo completamente diferente. Es la toma de un riesgo al comprar o vender un activo para aprovechar un supuesto cambio futuro del precio del activo correspondiente. El problema principal es que una interpretación tan subjetiva de los cambios futuros de precio se basa en conjeturas. En la moneda significa comprar y vender divisas que no se recibirán jamás en realidad, con dinero que uno en realidad jamás ha poseído, con la esperanza de que la transacción pagará por sí misma y resultará un beneficio. El problema aparece cuando no funciona como se espera.

En principio, la especulación a gran escala es desencadenada cuando los indicadores económicos y políticos fundamentales de un país cambian. Si esos indicadores han empeorado, el Banco Central de un país con "cambio fijo" trata generalmente de defender su moneda vendiendo sus reservas de divisas extranjeras por moneda local, equiparando así el incremento de la oferta de moneda local con un aumento de la demanda. También podrían aumentar las tasas internas de interés para que la posesión de esa moneda se haga más atractiva. Pero este tipo de defensa no puede resistir la presión del mercado durante mucho tiempo.

La conducta financiera especulativa global se ha desenfrenado. Grandes sumas de dinero pueden ahora moverse en su mayor parte sin control ni tributo alguno por el globo a la busca del rendimiento más elevado posible en el período más breve posible. Eso desestabiliza todas las monedas, particularmente aquellas que pueden flotar. Hace inseguras las posiciones financieras de los países más pequeños o en desarrollo que gastan una parte tan grande de sus magros recursos tratando de protegerse y que nunca tienen la oportunidad de salir adelante.

Debido a que esta especulación es tan desenfrenada y tan invisible, la posibilidad de ataques contra la moneda de un país es muy real; el control de la economía de un país por fuentes extranjeras, que generalmente no tienen interés alguno en ese país, es relativamente común; un país puede sufrir una crisis financiera que no tiene ninguna posibilidad de controlar.

Nada de esto tiene algo que ver con el valor. Si tengo trigo que vender, al negociar, puedo convencer a mi vecino de que mi trigo vale una cierta cantidad de sus zanahorias y podemos llegar a un acuerdo. Pero el comercio con divisas, y particularmente en el comercio especulativo con esas divisas, no tiene nada que ver con la cantidad de vegetales que hemos producido. No es muy distinto de la compra de un billete de lotería, con la diferencia de que en realidad se puede hacer sin jamás presentar el dinero para comprar el billete.

Hay ciertamente más implicaciones morales en todo el asunto. La riqueza que se obtiene a través del trabajo es buena y deseable; la riqueza que proviene solo del juego, lo que es con certeza la especulación monetaria, no lo es. El poderoso control que el comercio con divisas y la especulación monetaria ejercen sobre las economías global, regionales, y nacionales, es un indicador de la poca importancia que se da a la cuestión fundamental de la justicia social.

Esencialmente, la codicia humana ha sido institucionalizada y legitimada.

Es esencial que se desarrolle un mecanismo efectivo de sanción, a través de impuestos, para eliminar esa conducta de beneficios a corto plazo: las actuales políticas internacionales son insuficientes. Actualmente, el control preferido es el mantenimiento del orden financiero internacional mediante una mezcla de requerimientos reforzados de declaración de las instituciones financieras (no sólo los bancos) en combinación con una red de seguridad oficialmente autorizada de los préstamos del Fondo Monetario Internacional (FMI). Sin embargo, el FMI ya ha demostrado que es inefectivo en la prevención de nuevas crisis monetarias y no ataca la naturaleza especulativa del comercio con divisas. En realidad parece más como si fuera la especulación oficialmente autorizada la que genera beneficios privados y socializa las pérdidas que deben ser cubiertas mediante fondos gubernamentales.

Lo ideal sería que un instrumento que penalice la especulación (como ser mediante impuestos) debería tratar de discriminar contra los efectos dañinos del sistema y reducirlos, mientras se mantienen sus beneficios. Pero, hágase lo que sea, tenemos que arrancar nuestros futuros financieros de las manos de los jugadores de crap.


Paul Harris es consultor independiente que ofrece a las empresas canadienses los instrumentos y la experiencia para reintegrar con éxito a sus empleados enfermos o heridos a sus puestos de trabajo.

[email protected]

Envia esta noticia