14 de noviembre del 2001

Globalización económica neoliberal. Pensamiento cero. La mano invisible

Agustín Morán
CAES

La inestabilidad y el miedo están presentes en la vida cotidiana de muchísimas personas. A diario sentimos horror ante el espectáculo de la miseria y el sufrimiento. Pero su persistencia les otorga el carácter de normales. Y esta normalidad les hace aparecer como inevitables.

Aparentemente, estos fenómenos dolorosos no tienen su causa en la injusticia y en la coerción.

La responsabilidad del paro y la exclusión social, no hay que buscarla en el poder, sino en el Mercado. Los beneficiarios del Mercado, desaparecen tras un orden impersonal, cuyas leyes son ajenas a la voluntad humana y a la política.

¿Quién tiene la culpa de que haya tanto paro? : NADIE. ¿A quién responsabilizar de la degradación de los empleos? : a NADIE. ¿Quién debe rendir cuentas de la pobreza y el hambre en el mundo? : NADIE. ¿Quién responde de los 1.500 muertos y 4.500 lisiados producidos anualmente por accidentes de trabajo en España? : NADIE Los problemas que padecemos aquí, parecen tener su origen en el más allá. Por eso, no hay nadie que pueda enfrentarse con ese NADIE, ni pedirle cuentas. Ante la desigualdad y la degradación de las condiciones de vida, solo cabe cumplir las leyes del Mercado. Es decir, seguir persiguiendo cada uno sus intereses, desentendiéndose de las consecuencias. Nos queda el consuelo de los sentimientos y de la compasión, como base de una moral sin consecuencias políticas. A partir de estas concepciones, el autismo individual o microcomunitario es la única respuesta al avance de la deshumanización.

Lo humano es un atributo de lo social. Sin la actividad de tejer el vínculo social (no solo producir y consumir), lo humano se extingue. Para salvar la dimensión humana es necesario refundar la vida social, es decir, la política. Crear lugares sociales desde donde pensar los problemas y decidir actuaciones para superarlos. En este proceso, identificar a NADIE es prioritario.

ECONOMIA DE MERCADO Y TEOLOGIA.

La sociedad moderna, constituida desde la economía, implica una vuelta a las supersticiones medievales y a las visiones fundamentalistas de la religión.

Antes del renacimiento, el pensamiento religioso, hegemónico en la sociedad, concebía el orden social regulado por la divina providencia. Todo lo existente se explicaba como una creación de Dios. El individuo y la sociedad eran como las piezas de un gran reloj y su destino era cumplir el papel asignado por el gran relojero.

Hoy en día, a pesar de las declaraciones sobre el papel central del individuo y su protagonismo en la constitución del orden social, nos encontramos con que la sociedad se construye desde las leyes de la economía. Estas leyes son leyes naturales y al ser naturales están más allá de la voluntad de las personas. Son por lo tanto iguales a las leyes divinas que ordenaban el mundo medieval.

El papel de la divina providencia ha sido sustituido en la sociedad secularizada moderna por el papel del mercado. Los rasgos más explícitos de la voluntad de Dios y del destino de la humanidad, se identifican con el beneficio empresarial y el desarrollo económico.

La ideología liberal afirma que la naturaleza humana tiene como principal rasgo la propensión a poseer bienes. Este sentimiento egoísta conduce a las personas a perseguir un incesante aumento de sus propiedades, lo que, a su vez, conduce a la iniciativa empresarial, el crecimiento económico y la prosperidad general.

Según estas ideas, el individuo libre funciona como un autómata y cumple las pulsiones de su propia naturaleza. Busca la felicidad a través de su egoísmo y utiliza su inteligencia para maximizar su placer. Dicho de otra manera, el individuo está sujeto a su naturaleza económica y a sus deseos egoístas.

Esta concepción de un ser humano de deseos ilimitados, nos lleva a la noción vigente en el mundo moderno de que la sociedad, reglada por la economía de mercado, tiene su fundamento en la más profunda naturaleza humana y por eso todos los intentos de cambiar ese curso natural de la sociedad, están condenados al fracaso.

El salto entre el protagonismo del individuo en la construcción social y el sometimiento de dicho individuo a fuerzas naturales ajenas a su voluntad, se visualiza claramente al observar las relaciones entre el trabajo y el capital en las sociedades más avanzadas.

El trabajo humano es el origen de toda riqueza y de todo valor. Todas las cosas producidas tienen un valor de uso expresado en la satisfacción que producen a quienes las poseen, pero si se quieren cambiar por otras, es necesaria una mercancía universal intercambiable por todas las demás que cumpla el papel de expresión del valor y de medio de pago.

La unidad para medir el valor de toda mercancía es el tiempo de trabajo social contenido en cada una de ellas. La expresión en dinero de la cantidad de trabajo contenido en una mercancía, es su precio o valor de cambio. El dinero es pues, la forma común en que se expresan todos los objetos que existen en el mercado.

A pesar de que el dinero tiene su origen en el trabajo, esta realidad se presenta invertida.

Parece la apariencia de que es el dinero el que produce el trabajo. El trabajo es el que crea el capital. Sin embargo el capital, expropiado a quienes lo producen, cobra vida propia y origina la que es el capital, es decir, el empresario, el que produce la riqueza y el que crea trabajo.

Este salto en el que la riqueza se independiza de quien la produce, origina el mundo encantado del capitalismo en el que parece que las leyes de reproducción del capital son independientes del trabajo, de los trabajadores y de la sociedad.

El análisis sociológico positivista se limita a observar el mundo invertido, aunque muy real, constatándolo como el único mundo posible. Pero son precisamente los factores no visibles los que explican la verdadera naturaleza de la sociedad de mercado. Tanto el proceso político que ha conducido a la realidad actual, como las relaciones sociales de desigualdad y coacción que se ocultan bajo la apariencia de que todos los ciudadanos son iguales y propietarios, son momentos esenciales para un conocimiento completo de la realidad social.

El orden social regido por la economía aparece como un orden naturalizado, es decir sujeto a las leyes naturales que están fuera de la voluntad humana. El pensamiento autoritario hace hincapié precisamente en esto. Cualquier intento de intervención política sobre el desarrollo de la sociedad, solo puede originar males peores que los que quiere evitar. El progreso social depende de que se desplieguen sin obstáculos las leyes naturales del mercado.

Todo lo que sucede es producto de leyes naturales. Las leyes naturales están más allá de las personas, son de Dios. El papel que tenía Dios en la edad media ha sido sustituido en la modernidad por el Mercado. En las versiones más ortodoxas del cristianismo, el ser humano poco podía hacer para sustraerse a su destino. En la sociedad moderna las leyes del mercado impiden a las personas y a la sociedad ejercer la libertad de construirse siguiendo sus propios deseos. El gripo de ¡libertad! Tiene toda la vigencia, hoy en día, frente a los constructores de esta jaula de hierro que aprisiona a la sociedad y a las personas.

El capital ha adquirido una total independencia política. No hay ninguna autoridad que pueda fijarle límites. Ante lo explícito de esta doctrina, que nos anuncia la imposibilidad de enfrentarse a una economía de mercado mundializada, es decir a los intereses de los propietarios del capital financiero y transnacional, poco se puede añadir. Solamente recordar que a los especuladores, durante la revolución francesa, se les cortaba la cabeza.

El paradigma lampedusiano "Es necesario que algo cambie para que todo siga igual", pasa a ser para la ideología neoliberal "para que algo cambie, es necesario que todo sigue igual". Dicho de otra manera, sólo el mercado, funcionando libremente, podrá traernos un cambio social hacia el progreso. Cualquier intervención política creará más problemas de los que pretende resolver.

La izquierda tradicional no se ha librado de la creencia en leyes naturales que rigen la sociedad y la economía. El papel que desempeñaba la voluntad de Dios para los creyentes y el mercado para los sacerdotes del liberalismo radical, lo ha cumplido el desarrollo de la tecnología y la ontología redentora del proletariado para las versiones más vulgarizadas y codificadas del marxismo. El individuo sujeto a la ley de dios y el hombre económico que se mueve por su interés egoísta, tienen su paralelo para la gramática de la izquierda en la noción de interés de clase.

Las teorías de la sociedad mercantil regida por las leyes naturales, se complementan con una concepción del ser humano regido por sus pasiones egoístas, que utiliza su razón sólo para calcular mejor las estrategias que le conduzcan a satisfacer dichas pasiones.

La persona extrañada.

La concepción de naturaleza humana que se desprende de la visión de una sociedad regida por las leyes inmutables de la economía, está basada en un individuo solitario, que actúa compulsivamente en un mundo sin sentido. Se trata de una persona esquizoide que se debate entre sus sentimientos de compasión ante el oceánico dolor existente y su impotencia para cambiar el curso de los acontecimientos.

Este individuo es libre para sentir compasión, pero no para proponerse un cambio de la sociedad y de sí mismo. Al suponer que el egoísmo es el impulsor de la prosperidad social, está estableciendo una simetría entre su egoísmo y el bien común. Sin embargo, esta simetría está construida, no por un acto de voluntad, sino como una consecuencia no querida de sus acciones. Es decir, la persona no mira a la sociedad para construirla, sino que mira hacia dentro de sí misma, hacia sus propios deseos.

La razón no le sirve a la persona para establecer sus propios fines, para limitar sus deseos, incluyendo los deseos de los demás en sus propias estrategias, sino que le sirve como un instrumento al servicio de sus deseos egoístas frente a los deseos de los demás. Estamos hablando, por lo tanto, de un individuo que aparece como un trozo de naturaleza. Hablamos de un individuo no social sino solitario, no solidario sino autista, porque él es el único sujeto, todos los demás son objetos, instrumentos.

Para este individuo todas las formas de conocimiento basadas en los sentimientos o las emociones, todo aquello que no es posible someter a cálculo, a una expresión cuantitativa, es inferior al conocimiento racional, que es el de los números. La economía es el único principio capaz de construir la realidad más allá de los sentimientos, que son buenos pero irresponsables.

Estamos ante un individuo perplejo porque su libertad sólo es practicable dentro de las leyes de la economía de mercado. Un individuo cuyos deseos y expresiones están fuertemente jerarquizados. Sus deseos más relevantes son aquellos que se realizan en la esfera del comercio, de la economía. El individualismo metodológico nos explica la sociedad partiendo de una célula que es el individuo. Pero contiene una gran falacia. El individuo racional sólo lo es en tanto en cuanto es un ser social. El lenguaje, como lugar donde coexisten el plano de la subjetividad, (la expresión de las sensaciones internas del individuo), el plano de la intersubjetividad ( la posibilidad de nombrar a las mismas cosas con las mismas palabras para todas las personas) y el plano de la objetividad (nombrar las cosas del mundo exterior), es una construcción social.

El individuo sería un animal más sino fuera un ser social con logos, con lenguaje. Es de la sociedad de donde el individuo recibe su cualidad racional. A partir de aquí queda claro que la libertad del individuo no puede abstraerse de la libertad de todos los individuos. Es de todos los demás individuos de donde cada persona recibe casi todas las expectativas vitales con las que cuenta. Por el contrario la ideología individualista – liberal - mercantil concibe la libertad de cada individuo como oposición a la libertad de todos los demás. Si para explicar la sociedad nos basamos en el individuo como un ente aislado y un fín en sí mismo, nos encontramos con que hay tantas normas morales como personas. No hay una norma moral común que estructure y ordene la vida social, sino que cada persona tiene su moralidad, soberana y absoluta. De aquí se deduce que todas las normas morales valen lo mismo, es decir ninguna vale nada. Eso nos sitúa en un escenario que posibilita que las acciones más violentas y monstruosas de unos seres racionales frente a otros y frente a la naturaleza, estén justificadas.

Un mundo ininteligible:

El mundo es, para esta clase de individuo que nos dibuja la sociedad del capitalismo maduro, un mundo ininteligible, absurdo. Todas las propuestas que se derivan de esta situación son irracionales. Los fines que nos marca la modernización del proyecto europeo basado en la moneda están desvinculados de la seguridad y el bienestar de todos. Hay que obedecer a esos fines no porque sean buenos sino porque sí. Los fines desaparecen como objetivo y se sustituyen por los métodos. La propuesta neoliberal de la Unión Europea consiste en que hay que obedecer a las leyes del mercado porque constituyen el mejor método para el desarrollo social. El método se basa en el equilibrio de la inflación y los tipos de interés, en la estabilidad de los precios.

Quien bien te quiere te hará llorar. Los gobiernos que practican políticas económicas lesivas para millones de personas, la economía que sume en la pobreza a las mayor parte de los seres humanos son inmodificables. Los gobiernos no dan las leyes sino que las toman del mercado.

Los gobernantes sufren como el que más con el producto de su actuación de gobierno, pero tienen la responsabilidad de hacer daño, por su bien, a la gente, porque son vicarios de las leyes eternas del mercado y no pueden oponerse a ellas.

El mercado rompe la sociedad, la hace insegura, arriesgada, pero la solución neoliberal está en más mercado, tanto dentro de cada país como en mercados más grandes a escala planetaria.

El progreso tiene su piedra angular en la competitividad, es decir en la rebaja de los costes salariales directos e indirectos y por lo tanto en el empobrecimiento de la clase obrera y de miles de millones de desheredados. Es decir, el progreso implica la degradación de millones de personas.

El progreso se basa en el crecimiento económico y eso es así, aunque no genere empleo, aunque reviente el planeta y aunque la mitad de la humanidad se muera de hambre.

El progreso social implica el aumento de la productividad y por tanto la subdivisión del trabajo.

Es decir el progreso social está basado en la generación de individuos ignorantes y estúpidos.

El orden social se construye en base a los vicios y no las virtudes de las personas. Las personas miran dentro de sí en vez de mirar a todos los demás para construir el orden social.

Todos estos rasgos nos dan el perfil de un individuo extrañado, exiliado de su propio mundo, sujeto a leyes intocables, que confunde la libertad con la ignorancia de las causas de su esclavitud. Este no sólo es el individuo parado, que pasa necesidades, sino que también es el que tiene empleo fijo y un buen nivel de consumo.

Salir de esta irracionalidad y de este extrañamiento no se consigue mediante una sociedad de pleno empleo que integre a todos los excluidos. Esta sociedad seguiría estando sujeta a la naturalización de la economía y estaría compuesta por individuos igualmente extrañados. No se trata de desarrollar el beneficio capitalista para poderlo repartir sino de interrumpir la lógica que dicho beneficio imprime a las relaciones sociales. No se trata de salir de la crisis capitalista sino de salir del capitalismo.

MONEDA UNICA, POLÍTICA Y SOCIEDAD.

El largo proceso de construcción europea

Tras la Segunda Guerra Mundial se inició una convergencia entre los países más poderosos de Europa con un doble objetivo. En primer lugar, se buscaba un proyecto político común que comprometiera a Francia y Alemania, las dos potencias cuya rivalidad había producido dos guerras con 80 millones de muertos en menos de 40 años. En segundo lugar, crear un espacio económico superior al de cada Estado, que mejorase la competitividad del Capital Europeo en un mundo bipolar y cambiante por la descolonización acelerada y la emergencia de EE.UU.

como nueva potencia económica occidental.

También se trataba de colonizar el propio espacio interior eliminando los obstáculos que frenaban el avance de la producción y distribución a gran escala.

El largo y complejo camino recorrido, tiene como momentos más representativos la constitución de la Europa de los 6 (Benelux, Italia, Francia y Alemania) mediante el Tratado de Roma de 1957, el Acta Unica Europea que en 1986 establece como objetivo el Mercado Unico y el Tratado de la Unión Europea, o Tratado de Maastricht, que en 1992 pone en marcha el proceso de la Moneda Unica como verdadero cemento unificador de Europa. En él se fijan unas condiciones de convergencia que no hablan de bienestar social, ni siquiera de convergencia económica, sino exclusivamente de estabilidad monetaria.

En estos 40 años, los países miembros han pasado de 6 a 15, incorporándose el Estado Español en 1986. Los cambios en el escenario político, económico y social han sido profundos.

Se ha pasado del crecimiento sostenido de los 50 y 60 y el aumento de la inflación y el desempleo de los 70, a las políticas monetarias de los 80 y 90, que han cronificado el paro y multiplicado la precariedad, aunque han contenido la inflación. Al final de este período, se han desplomado las economías planificadas del Este de Europa.

La salud del capitalismo, en un proceso de extensión y consolidación galopantes, contrasta con el crecimiento de la pobreza y la desigualdad. A pesar de ello, el acuerdo político generalizado de los años 50 y 60 acerca del capitalismo regulado, se ha trocado en acuerdo, también casi general, en torno al capitalismo neoliberal.

La Cumbre de Amsterdam de Junio de 1997, no solo ratificó los plazos y radicalizó las condiciones de la Moneda Unica, sino que fué incapaz de resolver ninguno de los problemas políticos e institucionales de la Unión Europea, tanto en el orden interno como en el de sus relaciones exteriores.

La victoria Laborista en Gran Bretaña y la de la coalición de Izquierda-Verdes en Francia, ha propiciado el debate sobre los 18 millones de personas que están paradas en los países de la U.E. Para debatir este problema se celebró la Cumbre sobre el Empleo de Luxemburgo, en Noviembre de 1997. De ella salió lo único que puede salir en un proceso donde el único sujeto es el Capital: La nueva receta es EMPLEABILIDAD. Contra el paro masivo, precariedad masiva y reducción de los subsidios que preservan a los parados adaptarse a las condiciones que fija el Mercado.

La crisis de lo social

En la economía globalizada, la competitividad exige el máximo de producción con el mínimo coste de trabajo humano. No hay empleo para quienes lo necesitan para sobrevivir, sino exclusivamente, para el número de personas necesario para producir plusvalor.

La Economía de Mercado no persigue la satisfacción de las necesidades sociales, sino el intercambio rentable como un fin en sí mismo. La producción capitalista no está sujeta a fines sociales. El producto por excelencia de la Economía de Mercado es el beneficio del Capital.

Las personas solo cuentan como productores de plusvalor o como consumidores de mercancías. El auténtico sujeto de derechos no es la sociedad, ni los individuos, sino el Capital.

Millones de asalariados estables pisan el freno de la globalización al defender sus puestos de trabajo de los ajustes competitivos. Pero al mismo tiempo pisan el acelerador de la misma globalización al colocar sus ahorros en fondos de Inversión y comprar en las grandes superficies.

Aceptar la Moneda Unica y reclamar a un tiempo una Europa social y respetuosa con el medio ambiente, es lo mismo que pedir la cuadratura del círculo. Defender la competitividad, al tiempo que se defiende el pleno empleo y la tutela del Estado sobre los derechos sociales, supone formular propuestas contradictorias.

Los beneficios del Capital globalizado crecen simétricamente a la degradación social, y no pasa nada. Ante esta falta de respuesta, el poder económico se crece y sus propuestas son cada vez más agresivas y osadas. Se debilitan las instituciones sociales del Estado para traer a la esfera de los negocios privados la protección social. Se flexibilizan las condiciones de trabajo para que las personas nos comportemos como mercancías adaptables a las inestabilidades del Mercado.

El poder ya ni siquiera promete nada. Hay que obedecer porque sí. Los sacrificios para llegar a la Moneda Unica no han sido nada para los que nos esperan, una vez dentro, para no ser expulsados. No hay propuestas políticas positivas, de agarrar los problemas y solucionarlos entre todos. Solo el cumplimiento de las condiciones macroeconómicas, las amenazas, el miedo.

Cuando la estabilidad monetaria es lo principal, podremos hablar de orden en la medida, en que el cálculo sea posible en términos de dinero. La racionalidad depende de la estabilidad de los índices monetarios (inflación, tipos de interés, paridad de las monedas). El orden social no depende de la voluntad de las personas sino del dinero. Los individuos no somos sociables, lo que es sociable es el dinero, el Capital.

Los derechos sociales solo se respetarán si coinciden con las expectativas de los dueños del dinero. Sin embargo, esa coincidencia no se produce para amplios sectores de la población. La precariedad masiva y permanente y el aumento de la desigualdad así lo atestiguan.

Existe una ruptura entre el ORDEN formal basado en el dinero y el ORDEN material basado en las personas y las relaciones sociales. En la sociedad, la crisis no es la crisis de la gente sino el descontrol de las magnitudes monetarias. Este es el significado de considerar que "estamos en el momento de mayor estabilidad económica de los últimos 40 años", cuando siete millones de trabajadores en el Estado Español hombres y mujeres, están parados, eventuales o subempleados.

Se ha roto el momentáneo espejismo que conexionaba beneficio privado y bienestar social.

Volvemos a la normalidad del capitalismo. La Moneda Unica se impone aunque tenga como condición el paro y precariedad irreversibles y la pérdida de la protección social. Ahora, el pleno empleo y la estabilidad social ya no son la condición para el crecimiento económico, sino un obstáculo para el mismo.

La única posibilidad de reducir el paro en un futuro (no de eliminarlo), pasa por garantizar las condiciones que hagan segura la inversión de Capital. A partir de aquí, la culpa del paro y la pobreza será exclusivamente de quienes obstaculizan el funcionamiento del Mercado y las condiciones del beneficio capitalista. A saber, los trabajadores que se niegan a ser flexibilizados y los parados con subsidio que se niegan a aceptar las draconianas condiciones que fija el Mercado de Trabajo.

Para la EMPLEABILIDAD, lo progresista y lo solidario, es favorecer la secuencia que tiene su origen en las expectativas de beneficio que, a través de la inversión y el crecimiento de la economía, creará puestos de trabajo (solidaridad activa). Lo anacrónico, es el egoísmo de los trabajadores estables en la defensa de sus "tremendos" privilegios y la solidaridad (pasiva) de garantizar protección a los expulsados, o no admitidos por el Mercado de Trabajo.

La secuencia Beneficio-Inversión-Crecimiento-Empleo, es la base del fundamentalismo liberal.

Pero, a pesar de la libertad de movimientos del Capital y de la consideración del empresario como una especie a proteger, la Economía de Mercado no es capaz de evitar que haya mil millones de muertos de hambre en el mundo, ni de dar una mínima seguridad a extensos sectores sociales de los mismos países ricos.

Toda la sociedad se sujeta a esta "verdad" que se presenta como científica y sin embargo, no resiste la prueba de la realidad. Más bien se tata de un veredicto, de una "verdad dictada" por el poder, que prospera en el vacío que deja la ausencia de una crítica, práctica y teórica. Una crítica que ponga de manifiesto las falacias de la Economía de Mercado e impida su despliegue en la sociedad.

La crisis de lo político

La Unificación Europea se establece a partir del hecho económico. Hablar de Europa es, sobre todo, hablar de Mercado Unico y de la condición para su pleno funcionamiento, la Moneda Unica.

Las instituciones políticas tienen un papel subalterno. Los arts. 105, 109a y el Protocolo 3 del Tratado de la Unión Europea (Tratado de Maastrichit), constituyen al Banco Central Europeo en el guardián de la estabilidad monetaria al margen de cualquier interferencia política. Este orden jerárquico expresa la subordinación de la Política a la Economía, que se configura como la base de la vida social. La política no es lo que funda el orden social, lo que establece los fines, sino unicamente, una técnica para administrar un orden cuyo fundamento es la lógica económica.

La sociedad regida por la Economía parte del individuo libre. Sin embargo, esa libertad solo es posible dentro de las leyes del Mercado. La centralidad del individuo conlleva, paradójicamente, la exclusión de muchos y la impotencia del resto para remediar dicha exclusión.

La política depende de la voluntad de la gente, pero debe adaptarse a un orden de relaciones sociales previamente determinado por la Economía. De esta manera, la constitución de la sociedad aparece dividida en dos planos. Uno de ellos, el de la economía que, como principio de realidad, contiene los límites y otro, el de las opiniones políticas que, para ser viables, necesitan adaptarse al principio de realidad económica.

La Europa de la Moneda Unica es, sobre todo, un mecanismo de globalización del Capital.

Cuanto más se acrecienta el volumen y la escala del Capital, más aumenta la supremacía de éste sobre las personas y sobre las instituciones políticas.

La Europa de Maastricht y la Moneda Unica no es el origen de esta lógica, pero sí un gran impulso para la misma. También sirve de coartada para legitimar las políticas liberales ante los sectores sociales perjudicados. Los gobiernos, prisioneros voluntarios de esta lógica, no sólo no defienden los derechos sociales consagrados en la constitución, la soberanía alimentaria y el medio ambiente, sino que, al impulsar activamente la globalización del Capital, colaboran en su permanente violación.

Cuando lo social se constituye desde la centralidad de lo económico, el dinero se transforma en la fuerza principal de la síntesis social. La Mercantilización creciente de las relaciones sociales, acentúa la función del dinero como equivalente general. Este proceso, no solo determina la constitución de lo social, sino también, de lo cultural, del pensamiento y del deseo.

Para que funcione este proceso, el Capital necesita un alto grado de concentración y de abstracción. Esta abstracción, no le convierte en algo ideal sino, por el contrario, muy real. Al igual que Dios, cuyo origen está en el pensamiento humano, se presenta a su vez como creador de lo humano, el Capital, producto del trabajo parece ser el creador del trabajo.

La creación humana llega a absorber la fuerza de sus creadores y al hacerse autónoma de estos, llega a condicionar su vida. De ahí la expresión falaz, y comúnmente aceptada, "los empresarios (el Capital), crean puestos de trabajo", cuando en realidad, es precisamente al revés, es el Trabajo el creador del Capital, son los trabajadores los que crean puestos de empresario.

La abstracción del Capital tiene su fuerza en negar la vida que no reconoce. La fuerza constructiva, y destructiva, del Capital, es la furia de la abstracción real que le constituye. Esta fuerza tiene su origen en la producción y su condición en el intercambio. Su furia es mayor cuanto mayor es la escala de dicho intercambio.

La Globalización Económica y su versión Europea, la Moneda Unica, expresa la unificación del Capital en una escala casi continental. Desaparecen los límites de los Estados Nación sin que aparezca cualquier otro límite para su despliegue. Se produce así un aumento de su fuerza cada vez más incontrolable, y más capaz de apartar, tapar o destruir, todo aquello que no le sirva para su reproducción ampliada.

Coloniza al poder político y mediático y aumenta su capacidad para penetrar en los intersticios sociales y en las voluntades, impregnándolo todo de la lógica del beneficio privado. Es la culminación de la Historia. Un tiempo vacio donde todos seremos funcionarios del Capital y donde no caben más deseos que el consumo. Una servidumbre voluntaria. Un infierno a la medida de nuestros deseos.

Sin embargo, el deterioro social y medioambiental son el producto necesario de una enloquecida carrera hacia adelante del Capital. La persistencia del paro, y la desigualdad aunque lamentables, les confiere la apariencia de inevitables. Los sentimientos son impotentes para conjurar tanto sufrimiento, solo cabe confiar en las leyes del Mercado. La política realmente existente en manos de corporaciones de políticos profesionales y rigurosamente separada de la vida cotidiana, es cómplice necesaria de este orden que se presenta como natural.

En el fascismo, la vida social estaba determinada por un poder externo y totalitario. En la Europa de Maastricht, la libertad se presenta como el cumplimiento de un destino inscrito en las leyes del Mercado y la Estabilidad Monetaria.

Llamar fascismo al régimen de la Moneda Unica, es una inexactitud histórica porque el fascismo se construía contra la democracia y tenía como condición el aniquilamiento de las organizaciones de izquierda. Por el contrario, el orden actual se construye en nombre de la democracia y con el apoyo hasta ahora de las organizaciones de izquierda. En el franquismo la lucha de clases era condenada como disolvente del orden político e impedida por la Brigada Político-social y hoy, la lucha de clases es también condenada como atentatoria del orden económico e inviable por la modernización de la izquierda.

La oposición necesaria.

La Europa de la Moneda Unica aparece como un hecho natural e inevitable y sus numerosos apologistas como respetables portadores de la verdad. Todo marcha mientas los peces grandes, cada vez más grandes, se comen a los más pequeños y estos, no solo se dejan comer, sino que se comportan "racionalmente", es decir, se comen entre sí para intentar la quimera de salvarse haciéndose grandes.

En un contexto de paz social y comportamientos "racionales", es decir, de dominio del Capital y aumento de la lucha entre los pobres, cualquier individuo o grupo que se oponga a la Moneda Unica, aparece como irracional y patológico. Su comportamiento solo puede ser objeto de ninguneo y ridiculización. Pero si insiste, e incluso intenta pasar a la acción, lo que se impone es el linchamiento público a cuenta de los espadachines a sueldo de los "Mass Media". Y si llega el caso, la represión directa. Eso sí, represión democrática. Porque las medidas tienen en el fondo un carácter terapéutico y solo buscan la defensa de la democracia, que se identifica con la Moneda Unica.

La enorme dificultad para abordar una crítica sin concesiones en una situación tan monolítica, debe ser leída al revés por quienes aún quieren luchar contra ella. La voluntad puede convertir la ausencia en necesidad y la necesidad en posibilidad y en potencia. Es el vacío de crítica y la invisibilidad de lo excluido lo que explica el impetuoso despliegue del totalitarismo.

Es necesario llevar al límite la ruptura con las nociones de "individuo" aislado de interés privado como motor de la sociabilidad, del Mercado como una relación "natural" y del Estado como única forma política representativa.

La fuerza del dinero está en su abstracción, pero sobre todo en el hecho de ser aceptado como organizador de la vida social. Su debilidad es que la abstracción puede ser reconocida como tal y esto haría imposible su fuerza. Lo que la abstracción deja aparte, lo que subyuga, puede volverse contra ella.

La crítica no solo debe basar su fuerza en el análisis de los mecanismos que constituyen la realidad social sino, también, en la irrupción de lo excluido como negación del orden excluyente.

La exclusión debe ser considerada, no como lo que debe volver a la inclusión, no como un peligro para la Democracia de Mercado, sino como potencia constituyente que impida el funcionamiento del Capital como sujeto.

Una negación radical de la miseria física y moral que originan el paro y la exclusión social, requiere también la negación de una "inclusión" donde la vida gira en torno a un trabajo cuya única finalidad es la de engordar al Capital y al trabajador asalariado, las dos caras de la misma moneda.

El descompromiso político y el autismo social son formas de exclusión aunque se tenga un empleo. No solo somos un estómago. La naturaleza humana se constituye por el lenguaje, que viene dado por la vida social y la actividad política. O todos/as o ninguno/a. Sin contar con los otros activamente, la naturaleza humana está en entredicho.

Las propuestas para combatir el paro y la desigualdad, ofrecen un doble carácter. Pretenden mejorar la condición de los perjudicados, pero se presentan como compatibles con el orden de relaciones sociales que origina paro y desigualdad.

Cuando se admite que la competitividad es la única racionalidad posible, se admite también que dicha competitividad está más allá de las opiniones políticas. La defensa de la competitividad es un terreno en el que se disuelven las diferencias políticas. La distinción entre las propuestas de Izquierda y de Derecha, se produce en zonas externas a la consideración de la Economía como principio de realidad.

Para salir de este atolladero es necesario concentrar la crítica no solamente en las consecuencias sociales de la lógica mercantil, sino también en el hecho de que dicha lógica ordene la sociedad.

La intervención del Estado en el ciclo económico intenta corregir las disfunciones económicas y sociales que produce el mercado, pero no le niega su facultad de constituirse en el unico principio de realidad.

Tanto el capitalismo liberal como el capitalismo regulado aceptan el Mercado como un hecho natural. Participan de la noción de la Economía Clásica que propugna un orden social basado, no en la política, sino en la administración del principio de realidad fundado en la Economía. Esto supone la visión de la política como una técnica neutral, al margen de las relaciones de poder. El Estado de Bienestar no persigue la eliminación de la pobreza y la desigualdad sino el auxilio de los más débiles. Impulsa la retroalimentación entre la lógica del Mercado y la corrección de sus disfunciones. Compagina Democracia y Mercado. Los neoliberales confían al Mercado la solución del paro y la exclusión social. Los Keynesianos a la Política. Pero ambos aceptan al Mercado como principio constituyente de las relaciones sociales. Si concentramos la luz en el distinto tratamiento que Keynesianos y Liberales dan a las consecuencias del funcionamiento del Mercado, dejaremos en la sombra su coincidencia en aceptar un orden social sustentado en la lógica del Mercado y la centralidad de la Economía. La Política así, no es más que la administración de las cosas en un orden determinado previamente por la economía. La Política no se coloca al principio de la relaciones sociales, sino al final. La separación entre el plano de la Economía como principio de realidad y la Política como una técnica para administrar, desde aparatos separados de la sociedad, una realidad determinada por la Economía, contribuye a la apariencia de un mundo inmodificable y por lo tanto, al desaliento. Poner estos problemas sobre la mesa a la hora de analizar la Moneda Unica, puede suponer un camino del desierto para quienes lo hagan. Pero en todo caso, un camino necesario. Aunque no suficiente.