25 de junio del 2001

Dimensiones de la democracia económica (III)

Albert Recio
Veualternativa. Mientras Tanto

5. LA BÚSQUEDA DE MODELOS MIXTOS

II: NUEVAS FÓRMULAS DE PARTICIPACIÓN DEMOCRÁTICA

A pesar del discurso neoliberal, las sociedades avanzadas modernas mantienen importantes áreas de actividad en manos públicas y en ellas perviven formas de planificación La resolución de nuevos problemas sociales merece que esta área sea ampliada y plantea la necesidad de democratizar y hacer más participativa su gestión.

Por ello resulta adecuado preguntarse por qué fórmulas parecen más prometedoras para discutir esta gestión.

Pueden plantearse respuestas que no sean meramente abstractas sino que evalúen las experiencias presentes. Estas apuntan a dos tipos de cuestiones diferentes: la escala de la planificación y el modelo de participación secuencial.

El primer aspecto es, seguramente, el que mayores reflexiones ha tenido por tratarse de un viejo problema que atañe a la propia estructura de la mayoría de estados.

Aunque muchas veces el debate sobre la estructura federal de los estados, el peso del poder político local etc. se dan más en clave de lucha por el poder que de racionalidad social (como lo demostró el desmantelamiento de la organización municipal de Londres a manos del Gobierno de Margaret Thatcher) es evidente que bajo el mismo subyacen importantes problemas de racionalidad en la organización de las actividades sociales Y por ello los procesos de participación democrática deben plantearse con relación a la escala de definición.

En una primera aproximación existe la clara tentación de reducir la cuestión a una mera descentralización hacia niveles locales. No cabe duda que la participación es potencialmente mayor en escalas no muy grandes, pero la ideología de lo "pequeño es hermoso" deja fuera de perspectiva cuestiones importantes. Unas que afectan al poder, las unidades pequeñas (desde la familia patriarcal, la pequeña empresa o las comunidades rurales) no han sido tradicionalmente ninguna muestra de democracia real sino más bien todo lo contrario. Otras de índole sistémico, las pequeñas comunidades no son islas aisladas, sino que en muchos casos están conectadas de forma compleja con otras comunidades y parte de su vida no se entiende si no es con relación al sistema en el que se conectan. Por esto cualquier política de organización democrática debe tender a racionalizar las escalas de decisión, descentralizando al máximo aquellas cuestiones que sólo tienen impacto local y buscando fórmulas de organización racional de las cuestiones supralocales. Es evidentemente una cuestión que no tiene una solución fácil, pero que admite una reflexión sistemática que seguramente conduciría a laminar la importancia de procesos de centralización que se explican por la lógica de la concentración de capital y del dominio de las grandes burocracias estatales, pero que quizás también conlleva el cuestionamiento de ciertas autonomías locales que expresan claramente los movimientos sociales tipo "nimby" (no en mi patio de atrás en inglés) que tanto proliferan últimamente y que se caracterizan por la oposición al establecimiento de instalaciones en el espacio local que se consideran al mismo tiempo indeseables y necesarias.

La segunda idea a considerar es la de la forma de planificación secuencial. La idea viene de la forma como se plantea el sistema de presupuesto participativo (desarrollado como modelo por la ciudad de Porto Alegre) y de la propia experiencia de algunos movimientos sociales. Estos modelos de participación eluden la discusión del conjunto del presupuesto y tienden a concentrarse en la inclusión de nuevas propuestas. (por ejemplo, la definición de nuevos planes de inversiones). Es ésta una fórmula más realista de participación que la discusión general del "presupuesto" o del "plan", actividad que resulta imposible de entender a la mayoría de personas por la enorme dificultad de manejar miles de datos dispersos. Un modelo que puede perfeccionarse y resultar relativamene viable.

Cuando se analiza el sector público, o incluso una economía local o nacional o una gran empresa, es fácilmente reconocible que existe enormes inercias que marcan su devenir. Se trata de estructuras (equipamientos, personal, departamentos) consolidadas a partir de decisiones anteriores y cuya continuidad es más o menos automática. Las decisiones realmente importantes se encuentran en aquello que transforma estas estructuras, decisiones discretas que requieren una reflexión y que son, al mismo tiempo claramente identificables La decisión de realizar una nueva inversión en equipamientos no sólo tiene efectos puntuales en el momento de la realización sino que arrastra tras de sí efectos futuros (por ejemplo construir un nuevo equipamiento supone generar en el futuro un gasto inercial en términos de funcionamiento y mantenimiento del mismo). Estas decisiones pueden ser tanto positivas ­realización de nuevas inversiones y actividades­, como negativas, eliminación de aquellas que se han mostrado obsoletas o inadecuadas. Al fin y al cabo son estas decisiones discretas las que adoptan los altos ejecutivos de las grandes empresas o los mandos políticos. Se trata en este caso de favorecer su democratización.

El carácter discreto de estas decisiones favorece las posibilidades de participación en la medida que permite abrir un debate sobre cuestiones específicas. Incluso permite discutir sobre los límites presupuestarios de los cambios. Evidentemente que el proceso sea auténticamente participativo depende de condiciones políticas específicas y de la creación de canales efectivos de participación. Una vez más la escala local resulta la escala en la que es más fácil poner en marcha este proceso. Pero precisamente su carácter discreto es el que también favorece la aplicación de fórmulas puntuales de participación social (referendos, iniciativas legislativas) más amplias. Fórmulas cuya realización práctica debe plantearse sin demasiados prejuicios a la vista de los problemas de participación que muestran las experiencias recientes de muchos países.

6. DEMOCRACIA REFLEXIVA Y PLURALISMO ORGANIZATIVO

Habitualmente cuando se discute de participación democrática en la izquierda el debate suele dirigirse a la elaboración de sistemas organizativos y fórmulas de participación que garanticen una implicación directa de la base sobre las decisiones básicas. Todas las organizaciones de izquierda suelen dedicar mucho tiempo a discutir la forma de elección de sus dirigentes, la composición de sus órganos directivos y, sobre todo en los últimos tiempos, la introducción de mecanismos de difusión de la información y de votación referendaria. Sin lugar a dudas se trata de cuestiones importantes que apuntan hacia la necesidad de amplificar los canales de participación y de limitar la discrecionalidad que tienen los dirigentes a la hora de adoptar medidas que puedan ir en contra de la opinión de los representados.

Estas mismas preocupaciones se transmiten al ámbito de las propuestas de democracia económica en sus diferentes acepciones. Los presupuestos participativos, los referendos e iniciativas legislativas populares apuntan en esta dirección de bajar la toma de decisiones hacia la base. Las asambleas y la elección de directivos que son típicas de los modelos autogestionarios están en la misma dirección. Una dirección democrática en la que se acepta fundamentalmente que el criterio básico de decisión es el de la mayoría. Un criterio que admite variantes orientadas a modular el papel de la mayoría, bien sea forzando a la unanimidad o a mayorías cualificadas para cuestiones graves, bien sea tratando de forma particular a minorías cualificadas. Pero en todo caso la raíz del modelo descansa en garantizar la adecuada transformación de las opiniones de la base en decisiones operativas.

Este modelo está abierto a una crítica que no debe pasar por alto. Si aceptamos que estamos en un mundo con información imperfecta, individuos que ni somos omniscientes ni completamente altruistas, la mera decisión referendaria no garantiza un tratamiento justo de los problemas. Algo que han aprendido algunos patronos cuando han puesto en referendum propuestas de reestructuración de plantilla en las que se sabe de antemano quien conservará el empleo y quien no. Si la complejidad de la mayoría de cuestiones es creciente no parece lógico esperar que los meros procedimientos democráticos sean suficientes para desarrollar un buen modelo social.

Ya me referí anteriormente a estos problemas al tratar de las limitaciones de los grandes modelos. La planificación democrática o el asamblearismo autogestionario pueden conducir a resultados indeseables si quienes votan están mal informados, han reflexionado poco y muestran limitaciones a la hora de entender algunas cuestiones clave.

La superación de estos inconvenientes pasa por introducir una nueva dimensión a las propuestas de democratización: la reflexividad. Por ello entiendo que en el proceso de elaboración de decisiones colectivas tan importante es el mecanismo formal de decisión como el proceso de elaboración de estas decisiones. Un mecanismo que debe servir para: (a) mejorar el grado de información que tienen las personas implicadas sobre los condicionantes y los efectos posibles de sus decisiones, y (b) dialogar entre los diferentes puntos de vista en aras a acotar soluciones que mejoran el resultado, acotar las divergencias irreductibles, o introducir mecanismos de supervisión de los procesos. Preocuparse tanto por la decisión como por la forma como se alcanza.

Un tipo de democracia de este tipo requiere a mi entender dos tipos de condiciones.

De una parte, la introducción de una mayor transparencia informativa. Un tema particularmente importante cuando los procesos suponen importantes dificultades técnicas. La técnica es a menudo la coartada del autoritarismo, los intereses privados o la desidia del burócrata. Democratizar la información supone no sólo facilitar su acceso, sino también hacer público el debate técnico, formular equipos técnicos plurales que especifiquen acuerdos y desacuerdos y los razonen. De otra, la aceptación de la pluralidad de sujetos sociales. Pocas actividades humanas tienen sólo un tipo de efectos y afectan a un reducido grupo de personas. Muchas actuaciones inciden en distintos campos de la vida social y son por tanto sujeto de valoración diferentes. La mayor parte de decisiones productivas tienen efectos sobre la organización y división del trabajo, sobre la vida extralaboral de las personas, sobre el medio ambiente, sobre las condiciones de vida de personas no implicadas directamente en la producción, sobre la satisfacción de las necesidades sociales. Esta pluralidad de efectos se traduce en pluralidad de intereses, muchos de los cuales sólo pueden ser reconocibles si tienen capacidad de expresión autónoma. La construcción de una democracia reflexiva exige en este sentido la pluralidad de organización social, la sustitución de un único modelo de representación democrática vertical y su complementación con estructuras de intermediación que afecten a una pluralidad de actores sociales. Esta es en parte una de las mejores herencias de las sociedades capitalistas europeas maduras: la existencia de una multiplicidad de organizaciones que sirven para detectar problemas, para confrontar proyectos, en suma que modulan y transforman la mayoría de propuestas sociales.

Una democracia reflexiva debe por tanto organizar y alentar esta pluralidad de formas de representación, forzando que tanto los espacios de planificación pública como la actuación de las unidades de producción autogestionaria deban medir continuamente su intervención con demandas y denuncias que están fuera de su marco de relación.

Hay otra dimensión importante de estas instituciones y movimientos sociales que no están directamente implicados en la organización productiva pero cuyo papel estimo plural. El buen o mal funcionamiento social no descansa sólo en los sistemas de premios y castigos, de retroalimentación que tienen los distintos sistemas organizativos. La eficacia de los mismos descansa en las actuaciones de individuos y grupos las cuales están influidos por los marcos de valores éticos y sociales con los que se miden. La construcción y legitimación de estos valores es un asunto complejo que no descansa en un mero adoctrinamiento (como muestra el clamoroso fracaso de la construcción soviética del "hombre nuevo"). Es posible en cambio que el discurso de organizaciones sociales diversas, constituya un poderoso acicate a la hora de producir valores sociales compartidos que tienen influencia sobre los comportamientos individuales.

Por último cabe considerar la importancia que tienen estos procesos participativos con relación a las regulaciones públicas. Un modelo productivo que da más papel a la autogestión de base y al mercado debe complementarse con una acción reguladora y fiscalizadora con el fin de reducir a los máximos los efectos negativos que generan los propios grupos autónomos. En esta tareas son tan importantes las normas, como las formas de participación que promueven su cumplimiento, como los esquemas de valores que influyen sobre el comportamiento individual. El debate previo a la fijación de nuevas regulaciones, y la acción continuada de otros grupos sociales resultan por tanto elementos cruciales para garantizar que la organización productiva servirá al máximo los intereses colectivos.