26 de julio del 2001

Argentina: La instalación de la economía de penuria

Jorge Beinstein

El gobierno emprendió un séptimo ajuste, el más duro de todos, su impacto recesivo superará a cualquier otro realizado en el último medio siglo, no solo por la magnitud de la caída del consumo y la inversión que provocará la reducción de ingresos de asalariados y jubilados sino principalmente por el "momento histórico" en que este se realiza. Nos encontramos ante una doble convergencia siniestra:
por una parte coincidencia entre cesación de pagos ("default")1, recesión económica (que se prolonga desde hace mas de tres años) y degradación social e institucional profunda y por otra la de estos fenómenos "nacionales" con una crisis económica internacional impulsada por los países centrales en primer lugar Estados Unidos.

La decadencia argentina está ingresando en una nueva etapa, la de la instalación del "sistema de penuria" cuyas componentes decisivas serán la baja intensidad de las actividades económicas y la presencia abrumadora de masas marginales e indigentes.

Antecedentes

La situación actual aparece como la culminación de la era neoliberal iniciada por el gobierno de Menem y profundizada por De La Rua en la cual funcionó un mecanismo de pillaje liderado por grupos financieros transnacionales (de los que forma parte la lumpenburguesía local) y un reducido núcleo de empresas extranjeras (servicios privatizados, petróleo, etc.) operando con altísimas tasas de ganancias. Fueron saqueados patrimonios e ingresos públicos, recursos naturales, estructuras productivas e ingresos privados. El remate a bajo precio de empresas estatales de servicios fue sucedido por el cobro de tarifas muy altas que absorbieron ingresos del conjunto de la economía, la transferencia de aportes previsionales a las AFJP generó un enorme déficit fiscal factor decisivo del endeudamiento externo, la apertura importadora reforzada por la sobrevaluación creciente de la moneda local (meta principal del "plan de convertibilidad") causaron la desaparición de áreas importantes de la industria y el incremento de la desocupación lo que a su vez facilitó la precarización laboral y el deterioro de los salarios. En un primer período (1991-1994) el saqueo fue compensado con fondos provenientes de las privatizaciones, ingresos de capitales especulativos y narcodólares2, de ese modo el Producto Bruto Interno creció aunque ampliando los desequilibrios, pero desde mediados de los años 90 (cuando las desnacionalizaciones habían concluido) la reproducción del proceso depredador pudo ser prolongada gracias al crecimiento de la deuda externa que cubría el déficit fiscal y el desarrollo de una amplia diversidad de negocios parasitarios.

Hacia 1998 el ritmo de expansión de la deuda empezaba a ser al mismo tiempo "insuficiente" (desde el punto de vista de las necesidades del sistema) y "demasiado grande" (comparado con la capacidad de pago del país), Argentina se endeudaba para poder pagar a los acreedores externos, el círculo vicioso del endeudamiento infinito desató la conocida loca carrera hacia el default.

Ello se combinó con las turbulencias financieras globales iniciadas en Asia del este (1997) y Rusia (1998) que marcaron el fin del derrame de fondos especulativos (legales e ilegales) hacia la periferia. Empezó la recesión argentina porque el saqueo de riquezas no encontraba contrapesos financieros suficientes, la economía neoliberal ingresaba así en una depresión estructural acumulativa.

Desde una visión de largo plazo, abarcando el último cuarto de siglo podríamos señalar tres grandes saltos cualitativos del capitalismo argentino, el primero entre 1975 y 1976 (descomposición peronista, implantación de la dictadura) fue el inicio de una transformación durable marcada por la hegemonía de grupos parasitarios, integrados a las redes financieras y mafiosas globales que fue devorando el tejido productivo3, el segundo entre 1989 y 1991 golpeó a una sociedad mucho más deteriorada e instauró el dominio total de dichos grupos, el tercer salto se está realizando ahora y consiste en la instalación de la "economía de penuria". Lo que se produjo en ese largo período no fue una reconversión productiva al estilo de la emergencia del sistema agroexportador de fines del siglo XIX y de la industrialización de los años 30 y 40 sino una degeneración parasitaria cuya trayectoria estuvo cubierta por numerosas turbulencias y manotazos financieros, mezclados con efímeros períodos relativamente calmos durante los cuales se acumulaban desequilibrios que desataban nuevos desórdenes. La euforia menemista, entre 1991 y fines de 1994 fue el caldo de cultivo de la recesión de 1995 (acentuada por la crisis mexicana), la seudoreactivación iniciada en 1996 aceleró el endeudamiento externo y el saqueo interno, preparó la recesión inaugurada en 1998 que a su vez derivó en el desastre actual. Desde ese punto de vista el momento presente aparece a la vez como la nueva etapa de la decadencia pero también como el hundimiento en una forma de barbarie radicalmente diferenciada de todo lo anterior, trágicamente novedosa.

La economía de penuria

Diversos rasgos definen ese futuro negro probable. En el plano económico la eternización del ajuste significaría colocar al Estado al servicio exclusivo del pago de los intereses de la deuda cuyo peso abrumador impondrá una presión fiscal muy alta y un bajo nivel en los otros gastos públicos como salarios y jubilaciones que ahogarán todo renacimiento significativo del consumo ampliando la desocupación y la precarización laboral. Por otra parte el mantenimiento de los superbeneficios del sector financiero y las empresas privatizadas acorralará a las empresas nacionales sobrevivientes (especialmente a las pymes) y colocará una segunda lápida sobre la demanda de las clases medias y bajas. Por supuesto el crédito internacional no podrá ser recompuesto de manera significativa durante mucho tiempo, la insolvencia o débil capacidad de pago argentina durará mientras exista la superdeuda y el sometimiento al pago irrestricto de sus intereses. Seríamos una economía funcionando a baja intensidad de tipo colonial gobernada por los usureros.

Esto producirá un efecto devastador en el plano social, la desocupación y subocupación crecerán en progresión geométrica lo que arrastrará (ya lo está haciendo) a un amplio abanico de actividades informales cuyos nuevos desocupados no figuran en las estadísticas oficiales, la extensión y agravamiento de la pobreza y la marginalidad significará por ejemplo la hipertrofia de la indigencia urbana, la desaparición en esos sectores de servicios (salud, educación y otros) considerados hasta ahora conquistas básicas de la civilización. Resulta difícil imaginar esa nueva Argentina miserable que tendrá muy poco que ver con las descripciones conocidas de las sociedades periféricas pobres del pasado consideradas "atrasadas", por el contrario nos encontramos ante fenómenos de postmodernización decadente, que empezaron a emerger en los años 90, los casos de la ex URSS y varios países de Europa del Este nos pueden ser de utilidad en lo que concierne el proceso de degradación social de poblaciones modernas, incluyendo fenómenos inéditos de implosión cultural.

El futuro de la involución

Pero nada asegura la permanencia de ese régimen. Un primer obstáculo será el descontento popular que viene erosionando la legitimidad de las vallas de contención sindicales y políticas tradicionales y desarrollando luchas desde abajo, no institucionales, por ejemplo los cortes de rutas en crecimiento exponencial.

Un segundo obstáculo esta constituido por el contexto internacional signado por la crisis con centro en los Estados Unidos y Japón pero incluyendo también a la Unión Europea y afectando al conjunto de la periferia, todo ello comprime el comercio internacional, castigando especialmente los precios de los productos vendidos por los países subdesarrollados, caotiza los flujos financieros, encarece los préstamos demandados por las regiones pobres, hace subir las sobretasas usurarias (el famoso "riesgo país") a que se ven sometidas. En América Latina esto se expresa a través de la desestabilización de los regímenes neoliberales.

Un tercer factor a considerar es el carácter inestable del capitalismo argentino dominado por una lógica de depredación insaciable, donde el achicamiento del país debería incentivar la voracidad relativa de la oligarquía económica, las contradicciones entre intereses en su interior, la descomposición de sus elites políticas, el desmantelamiento de los estados provinciales y del aparato estatal nacional.

Obviamente cada una de esas dificultades para la consolidación del sistema encontrarán formas, tentativas mas o menos eficaces de corrección. La reproducción de ensayos de contención popular a través del asistencialismo, de demagogias políticas centristas, semiprogresistas, populistas conservadoras u otras combinada con represiones selectivas es previsible. Los Estados Unidos intentan compensar el descontrol en la región con nuevos esquemas de dominación, combinando ofensivas económicas (como el ALCA o las dolarizaciones) y militares (el Plan Colombia) con estrategias de reconversión de estructuras represivas locales. En fin, el desorden del régimen argentino, de su sistema de poder siempre puede generar convocatorias al cese o reducción de las rencillas internas, a la "unidad nacional" ante eventuales peligros de desborde de las masas sumergidas.

No es seguro el derrumbe del sistema, tampoco lo es su permanencia a mediano o largo plazo, nos encontramos ante un final abierto donde la lucha de clases, la confrontación entre los de arriba y los de abajo, entre la reproducción ampliada de la decadencia y la rebelión de las víctimas tendrá la última palabra.

Alternativa a la penuria

Es posible superar la economía de penuria, su justificación choca con datos evidentes de la realidad. El "déficit fiscal – cero" que propugna el gobierno a través de la reducción permanente de gastos sociales y salarios comprime la demanda interna y en consecuencia toda posibilidad de reactivación, además su efecto recesivo erosiona la propia recaudación tributaria. Es técnicamente sencillo reducir el desajuste fiscal sin causar recesión, solo basta con renacionalizar la Seguridad Social y reintegrar por esa vía al Estado cerca de 5 mil millones de dólares que anualmente van a parar a las arcas de los fondos privados de pensión (las AFJP) y restaurar los aportes previsionales patronales (cerca de 2.500 millones de dólares anuales). Si además es suspendido el pago de los intereses de la deuda llegándose en el peor de los casos a una renegociación que reduzca a la mitad las erogaciones actuales (en 2001 se acercan a los 11500 millones de dólares) el país dispondría de una masa de fondos que podrían ser volcados inmediatamente hacia la reactivación de la demanda (mejoras e salarios y jubilaciones) y las inversiones (por ejemplo, créditos baratos a las pymes). Dicha masa monetaria sería fácilmente engrosada con ingresos provenientes de impuestos a los superbeneficios y a la riqueza y de la eliminación de la evasión fiscal de los grandes grupos económicos. Además sería posible achicar costos empresarios terminando con las supertarifas monopólicas en los servicios y las tasas de interés usurarias, solo hace falta que el Estado intervenga.

Esto implica un giro estratégico en la política económica, superando el neoliberalismo para pasar a formas racionales de proteccionismo, de extensión del área estatal de la economía (hacia los servicios básicos, la explotación petrolera, el sector financiero, etc.) y redistribución de ingresos hacia la mayoría de la población. Salir de la penuria es superar la decadencia del país burgués, romper su bloqueo conservador.


1 ... que todavía no era formalmente admitida hacia fines de julio, aunque ya había desaparecido toda posibilidad de financiamiento externo por parte del Estado.

2 un tema pendiente de investigación rigurosa es el del papel económico jugado por los flujos de narcodólares hacia la Argentina en esa época, ciertas estimaciones establecen un volumen total de ingresos del orden de los 15 mil millones de dólares otros incrementan significativamente dicha cifra.

3 Dicha mutación puede ser vista como la consecuencia del fracaso del capitalismo industrial subdesarrollado cuyo punto mas alto había sido la experiencia peronista (1945-1955)


Jorge Beinstein es Profesor Titular de la Cátedra Libre "Globalización, crisis y alternativas" de la Universidad de Buenos Aires.