28 de diciembre del 2001

Malos vientos comerciales

Caroline Lucas
Guardian Weekly
Traducción Angel Díaz Méndez. ATTAC

En mi oficina de Bruselas tengo una viñeta de dos delegados de comercio internacional que han llegado a la Luna. Uno le dice al otro "Gracias a Dios, nuestras negociaciones están libres al fin de la amenaza de la democracia". Al llegar a Doha el mes pasado como eurodiputada del Partido Verde y miembro de la delegación oficial del Parlamento Europeo en las conversaciones sobre comercio mundial estaba convencida de que el secretariado de la Organización Mundial de Comercio tenía esta viñeta en mente cuando escogió Qatar como sede.

Imaginen un paisaje lunar, vacío salvo por lo que se refiere a un bosque de nuevos edificios de acero y cristal ensimismados en un sobrecogedor aislamiento del resto del mundo, y se harán una idea de cómo era aquello. Y la falta de democracia fue un leit motiv que se mantuvo durante toda la reunión.

Los países en desarrollo ya estaban furiosos antes de llegar porque el texto que se negociaba, bosquejado en Ginebra, se inclinaba en su totalidad en favor de los intereses del Norte rico. Pero esto no fue nada en comparación con las despiadadas tácticas negociadoras que se emplearon contra ellos.

Para conseguir sus otro de África, fueron amenazados con el retiro del acceso a los mercados de los países más ricos que ya se había pactado.

E incluso Uganda fue requerida por un alto funcionario de los Estados Unidos para que retirase a su embajador ante la Organización Mundial de Comercio en Ginebra por que discrepaba con Washington en áreas políticas clave.

Richard Bernal, uno de los delegados oficiales de Jamaica, contó como su gobierno había sido presionado para pasar por el aro. Se quejó: "Se nos hace sentir como si estuviésemos secuestrando el rescate de la economía global si no aceptamos una nueva ronda negociadora aquí".

La Unión Europea, Gran Bretaña y la Organización Mundial de Comercio se congratulan por haber conseguido una nueva ronda de conversaciones, pero la realidad es que ahora tenemos una nueva carrera comercial, con los países pobres doblegados y amenazados en la línea de salida.

Ninguna de las principales demandas de los países en desarrollo fueron siquiera consideradas en Doha. Querían un sistema comercial más justo, que se les permitiera proteger a sus granjeros y discutir los efectos adversos de la anterior ronda Uruguay para documentar futuros acuerdos comerciales. Fueron simplemente ignorados. objetivos, las poderosas naciones comerciantes ejercieron una inmensa presión sobre los países más pobres, que fueron amenazados con retiros de ayudas y de condonaciones de deuda, entre otras cosas. Fueron estas palizas de callejón las que finalmente consiguieron forzar la resentida aquiescencia de los países en desarrollo. En un momento determinado, dos países, uno de Latinoamérica y de África, fueron amenazados con la retirada del acceso a los mercados de los países más ricos que ya se había pactado. E incluso Uganda fue requerida por un alto funcionario de los Estados Unidos para que cesase a su embajador ante la Organización Mundial de Comercio en Ginebra por que discrepaba con Washington en áreas políticas clave.

Lejos de ser, como Pascal Lamy, comisario de comercio de la Unión Europea, y otros la han llamado con sobrecogedora hipocresía, "una ronda del desarrollo" es un desastre para los pobres del mundo.

Tomemos la agricultura. La Unión Europea ha peleado con uñas y dientes para proteger su derecho a inundar los países más pobres con productos agrarios subvencionados. Esto, como ellos muy bien saben, tiene un efecto devastador sobre los granjeros del sur que, simplemente, no pueden competir con importaciones más baratas. Los gobiernos del norte han incrementado las subvenciones agrícolas, en vez de recortarlas, a casi 350 millardos de dólares al año. Como declaró el Ministro de Comercio de Tanzania, Iddi Simba: "la política agraria equivocada puede perder elecciones en Francia, pero pierde vidas en África". La Secretaria británica de Medio Ambiente, Margaret Beckett puede haber saludado a Doha como buena para los consumidores británicos, dándoles más "elección y poder", pero para los granjeros pobres del sur el acuerdo significa más de la misma pobreza, mientras sus mercados sigan siendo socavados por productos más baratos del norte.

O tomemos los aranceles industriales. Muchos países en desarrollo solicitaron un estudio que examinase los efectos de las reducciones arancelarias sobre las industrias y los empleos locales antes de ser forzados a ulteriores aperturas de sus mercados. Las industrias locales, dicen, ya se han desplomado en la mayoría de los países africanos y menos desarrollados como consecuencia de anteriores recortes arancelarios. Parece una propuesta justa y sensata pero tal es la naturaleza de las negociaciones que cada propuesta como esta se convierte en moneda de cambio. Que haya vidas en juego no significa nada. Su reclamo fue ignorado y las negociaciones van a comenzar inmediatamente.

Los resultados podrían ser devastadores, provocando enormes pérdidas de empleos industriales y la pobreza que ello conlleva. Por ejemplo, en Senegal, un compromiso previo de abrir sus mercados reduciendo casi a la mitad los aranceles industriales, ha supuesto la pérdida de un tercio de los empleos del sector manufacturero. La misma historia se repite en todos los países más pobres.

Entonces ¿qué ofrece el futuro a los países más pobres? Como consecuencia de la nueva ronda de comercio feliz lanzada en Doha parece inevitable que sufrirán más desigualdades en el futuro y no menos, que sus mercados serán progresivamente dominados por las empresas del norte más que por productores locales o nacionales más fuertes y que crecerán la pobreza y la inseguridad.

Las experiencias pasadas no suponen buenos auspicios. Más de ochenta países tienen hoy ingresos per cápita inferiores a los de hace una década y, como ha destacado el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, es frecuente que los países que están más "integrados" en la economía global se estén volviendo más marginales. Incluso aunque las exportaciones del África subsahariana, por ejemplo, hayan alcanzado el 30% del PIB (frente al 19% de los países más industrializados de la OCDE) el número de personas viviendo en la pobreza continúa creciendo. Incluso el Fondo Monetario Internacional admite que "en las décadas recientes, un quinto de la población del mundo se ha empobrecido, lo que puede considerarse uno de los más grandes fracasos del siglo veinte". Y así otra ronda comercial, en los mismos términos que las anteriores, sólo puede empeorar las cosas.