13 de diciembre del 2001

Materias primas y razones bélicas

Miguel Jiménez
Centro de Colaboraciones Solidarias

¿Cuáles son las razones de las guerras? ¿Qué empuja a países vecinos a empuñar sus armas dispuestos a matarse? El mundo está plagado de conflictos más o menos trascendentes, más o menos crudos, más o menos silenciados. El conflicto por Cachemira entre India y Pakistán, la guerra de Angola, las luchas larvadas en la región del Cáucaso, el problema del Sáhara Occidental, la grave guerra del Congo. Y sin embargo, sólo unos pocos de ellos, como los conflictos relacionados con el terrorismo de Irlanda o el País Vasco, o el violento desmembramiento de Yugoslavia, tienen sus raíces en un odio basado en la situación política, social o étnica verdaderamente compleja, fruto de los avatares de la historia. Son problemas que poco tienen que ver con la riqueza de su suelo, con las materias primas con que cuentan, o incluso, con la economía de los actores enfrentados, porque su base radica en la política, en la historia. Pero otros conflictos, como los arriba citados, jamás se comprenderían si no tuviésemos en cuenta las grandes riquezas que entran en juego. ¿Hubiera tenido sentido la guerra de Biafra si esta región de Nigeria no fuese uno de los principales yacimientos de petróleo? La mayoría de las guerras civiles están motivadas por la codicia y buscan el control de los yacimientos de materias primas en los países empobrecidos del sur. Así lo confirmó un Informe del Banco Mundial tras estudiar 47 conflictos civiles desde 1965. Petróleo, gas, agua, droga, diamantes, no importa la materia, tras ella siempre hay una estela de codicia y muerte.

A pesar de todo, no siempre los medios de comunicación mencionan este aspecto clave cuando hacen referencia a estos conflictos. En multitud de ocasiones, contiendas tan complejas como la de Sudán, se reducen a una simplísima lucha entre musulmanes y cristianos. Cuando la guerra entre el Gobierno del norte y los grupos rebeldes del sur de Sudán es, en gran medida, una lucha por el control de los recursos naturales. El colapso de la economía del norte por la sistemática explotación del suelo ha obligado a las élites mercantiles norteñas a expandir sus actividades económicas hacia el sur. Es allí donde se encuentran las fértiles tierras de Renk, la zona petrolífera de Bentiu y los yacimientos de níquel y uranio. Sólo el 5% del suelo sudanés es cultivable, lo que agudiza la lucha por el territorio útil. Pero, otras veces, se opta por algo peor a la desinformación: el silencio.

Tal es el caso de Angola, uno de los países más castigados por la guerra. Un enfrentamiento que dura ya décadas, y que, precisamente, ha sobrevivido gracias a la financiación de la guerrilla UNITA por el comercio de diamantes. Algo similar a lo que ocurre en Sierra Leona y con otra guerrilla, el FRU. En ambos casos, tanto fuerzas militares gubernamentales como los guerrilleros cometen feroces violaciones de los derechos humanos, se amparan en el silencio internacional y se financian con sus ricas materias primas. Recursos que, en definitiva, no son aprovechados para mejorar la suerte de la población, pero de los que sí obtienen beneficios empresas extranjeras.

Así, la multinacional Firestone llegó a controlar 400.000 hectáreas del territorio liberiano, un país sumido en una cruenta guerra.

Destaca, también, el caso de la petrolera anglo-holandesa Shell, que debe hacer frente a una acusación del Tribunal Supremo estadounidense por su presunta vinculación con las muertes del escritor Ken Saro Wiwa y otros ocho activistas nigerianos de la tribu ogoni. La petrolera francesa Elf posee importantísimos negocios en pleno corazón africano, el mismo que padece guerras financiadas por el "oro negro". Hasta hace poco, el papel monopolístico de De Beers en el comercio de diamantes era uno de los principales escollos para acabar con la financiación de la guerrilla de Angola. Los planes de Unocal, por construir un oleoducto con la saudí Delta Oil, que atravesase Afganistán, tuvieron que echarse atrás por la presión de Washington. Mobil Oil y otras compañías occidentales explotan la región petrolífera del Zafiro, en Guinea Ecuatorial, a pesar de las condenas internacionales al régimen de si presidente Obiang.

El agua del Jordán es uno de los puntos clave en las diferencias entre palestinos y hebreos. En el Congo los distintos actores del conflicto llevan a cabo la explotación de los recursos de este Estado, como el coltan (una de las materias primas más codiciadas por sus aplicaciones en el campo de la telefonía móvil) que abunda en la provincia fronteriza de Kivu. En Afganistán, los talibán y la Alianza del Norte se han armado gracias al opio. Los guerrilleros liberianos obtienen sus beneficios de la venta de madera, diamantes, oro y caucho. La historia no cesa de repetirse.

Hasta 1990, el objetivo principal de la estrategia norteamericana consistía en contener a la URSS. Con el fin de la Guerra Fría, el tema de las materias primas recuperó su papel central en la planificación militar. Una señal importante de ese cambio es el aumento de ejercicios militares conjuntos de EEUU con ejércitos de países centroasiáticos ricos en petróleo o gas natural, como Kazajistán, Kirgizstán y Uzbekistán. La razón de esos ejercicios no es sólo fortalecer a los ejércitos de esos países y apoyar su independencia de vecinos más poderosos, como Rusia, China e Irán, sino también para afirmar la presencia militar de EEUU en una región que guarda un quinto de las reservas mundiales de petróleo. En el actual conflicto afgano el control por los recursos de la zona juega un papel importante.

Tras lo que algunos llaman "conflictos étnicos y religiosos" se esconden impulsos de codicia y de poder cuyo fin radica, en buena parte, en el control sobre el comercio de estas materias primas. Algo que la ONU ya ha denunciado en reiteradas ocasiones, a pesar del silencio internacional.