18 de junio del 2001

Corrupción en la era de la globalización

Xavier Caño Tamayo
Centro de Colaboraciones Solidarias

Corrupción es soborno, pero también es extorsión, malversación de dinero público, apropiación indebida de lo que es de todos, evasión de impuestos...

Durante los años noventa, los medios informativos se llenaron de noticias sobre corrupción. Nadie parecía estar a salvo y buena parte de mandatarios aparecieron en medio del huracán o salpicados por sospechas de corrupción. Fueron noticia Bettino Craxi ex primer ministro, líderes de la Democracia Cristiana y del Partido Democrático de Izquierda en Italia; François Miterrand en Francia, Helmut Kohl en Alemania, Felipe González y algunos de sus altos cargos en España; casi siempre en relación con financiación ilegal de los partidos políticos.

Hoy se conocen datos y detalles de pasadas corrupciones y se sabe de otras nuevas. Así hemos conocido situaciones de estados seriamente corrompidos, bien relacionados con el delito organizado, bien con evasiones fiscales, contratas fraudulentas del estado o desviaciones de dinero público.

En 1997, Ernesto Samper reconoció que los narcotraficantes habían financiado su campaña, aunque él siempre dijo que ésta había sido infiltrada económicamente por los narcos. Los grupos organizados de delincuentes colombianos ligados a la producción y exportación de cocaína fueron pioneros en internacionalizarse, estableciendo un amplio imperio comercial y financiero y penetrando en el sistema económico legal.

También en 1997 se abrió en Turquía el debate sobre las dimensiones de la corrupción en el Estado con graves acusaciones contra Tansu Ciller, ex primera ministra y titular de Asuntos Exteriores, y su marido de haberse enriquecido inmensamente expoliando patrimonio público en connivencia con una trama mafiosa enquistada en el Estado turco. Luego se ha sabido cómo la corrupción se había instalado en México de la mano del narcotráfico, implicando a jefes del ejército y de la policía, altos cargos políticos de la lucha contra las drogas, miembros de la judicatura y de la fiscalía y gobernadores de estados. Y, aunque hace unos días el presidente de México Vicente Fox ha dicho en Tokio que la corrupción en su país es cosa del pasado, ése es un cáncer que no se elimina con facilidad.

El caso de Rusia es conocido como la apoteosis de la corrupción. Pavel Borodin, administrador de los bienes de la Federación Rusa y luego secretario ejecutivo de la unión Bielorrusia-Rusia, fue detenido en enero de 2001 en Estados Unidos y solicitada su extradición por la fiscalía suiza por estar implicado en la concesión de contratos millonarios a la pequeña empresa suiza de construcción Mabetex, entre otras. Otro prócer ruso, Berezhovsky, que fuera hombre de confianza de Yeltsin, desvió entre 200 y 500 millones de dólares de la compañía aérea estatal Aeroflot a cuentas privadas en Suiza y otros lugares. Chubais y Tatiana Diachenko, altos cargos del gobierno ruso, desviaron una parte indeterminada de los préstamos de 20 billones de dólares que el Fondo Monetario Internacional (FMI) concedió a Rusia para arreglar su maltrecha economía. Tras la detención de Borodin en Estados Unidos, la fiscalía rusa y el ministerio de Asuntos Exteriores solicitaron oficialmente que se revocara la orden de extradición del antiguo administrador de los bienes de Rusia y el presidente Putin se reunió con varios nuevos oligarcas para estudiar la situación derivada de la detención de Pavel Borodin. Según la revista semanal moscovita Versia, "Borodin sabe demasiado"; se supone que sobre los inmensos trapicheos que han permitido expoliar al Estado ruso y crear en un tiempo record (apenas diez años) una de las redes de organizaciones delictivas más poderosas y violentas del mundo. Según Jean Ziegler, las organizaciones delictivas rusas poseen o controlan el 40% del producto nacional bruto y se han apropiado del 70% de los bienes públicos aceleradamente privatizados en los últimos siete años.

Pero la corrupción es un rayo que no cesa. En las últimas semanas nos enteramos de nuevos casos: desde la actuación de la juez dominicana Esther Agelán Casasnovas que ha procesado a cuatro altos funcionarios del gobierno del expresidente Leonel Fernández por estafa y desfalco, pasando por la solicitud de una subcomisión parlamentaria peruana de inhabilitar a quince diputados y dos ex ministros de Fujimori por aceptar sobornos, continuando con la investigación del ministro de Transportes de Colombia y seis exministros por irregularidades en la celebración de contratos, y la condena a dos años y medio de prisión del exministro de Asuntos Exteriores de Francia, Roland Dumas, por abuso de bienes sociales y desvío de 64 millones de francos...

Un problema que no cesa. Un problema con graves consecuencias. Y un problema que no es ajeno a las actitudes y actos de quiénes llevan las riendas del proceso globalizador.

Según cálculos del Banco Mundial, en los países pobres la corrupción puede significar 120.000 millones de dólares y, según el catedrático Mark Pieth, responsable del grupo de trabajo contra la corrupción de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), en los países del norte la corrupción puede representar una cantidad similar; es decir, la corrupción supone en el mundo un cuarto de billón de dólares anual. Según el FMI, en aquellos países en los que la corrupción es notable, las inversiones descienden un 5% por lo menos. Y según el Banco Mundial, la corrupción reduce un 0,5% la tasa de crecimiento económico de un país. Por ejemplo, según una denuncia del Fiscal General de Colombia, Alfonso Gómez Méndez, los corruptos se apoderaron en ese país de 8.600 millones de dólares, que hubieran paliado parte de los problemas colombianos.

Pero la corrupción no es posible sin la complicidad de bancos de Estados Unidos, la Unión Europea y otros países ricos, que son los que en definitiva lideran la globalización e imponen sus reglas y la cultura económica que ésta supone. Por ejemplo, la propia ONU denuncia que 30.000 millones de dólares evadidos de Nigeria, fruto del impago de impuestos, sobornos, extorsiones y apropiaciones indebidas, están depositados en bancos europeos y estadounidenses. Y es conocido que entidades financieras norteamericanas blanquearon más de 200.000 millones de dólares obtenidos en el expolio del patrimonio del Estado ruso. No olvidemos tampoco que el propio FMI prestó 20 billones de dólares a Rusia sin control del destino final de ese dinero, y que parte del mismo fue a parar a cuentas y bolsillos que no debían.

Y es que el viejo capitalismo, ahora globalizador, se mueve en la contradicción de evitar la corrupción, que considera su peor enemigo tras la desaparición del comunismo estatista, y renunciar al laissez faire, laissez passer (dejad hacer, dejad pasar), jaculatoria renovada del dogma neoliberal. Porque hay que reconocer que los corruptos y los delincuentes organizados son los más fervientes creyentes en los dogmas del nuevo liberalismo: nos regulamos solos, ninguna reglamentación, ausencia de controles, que no intervenga el Estado, todo para el mercado y nada sin el mercado (incluido el patrimonio del Estado que hay que privatizar), el beneficio cuánto antes y siempre mucho más...

Igual que el viejo capitalismo, el nuevo capitalismo global es incapaz de renunciar al secreto bancario y a los centros financieros offshore, eufemismo con el que se designa a los paraísos fiscales, otro instrumento imprescindible para que la corrupción prospere (así como la economía blanqueada de los grupos delictivos organizados).

El propio Banco Mundial reconocía en el filo del cambio de milenio que no es posible el mercado sin instituciones que lo regulen, sin organismos controladores de las instituciones y movimientos financieros: si no hay control, crecen las mafias y la corrupción. Pero ahí están el FMI, la OMC y todo el baile de siglas neoliberales que aseguran y garantizan la aplicación de los dogmas y verdades inmutables del pensamiento único, que no están por esa labor de control sino todo lo contrario. Es decir, tenemos la corrupción garantizada.