26 de junio del 2001

Conclusiones del último informe de la FAO sobre el aumento de la malnutrición en las grandes ciudades

Metrópolis de pobreza

Miguel Jiménez
Centro de Colaboraciones Solidarias

La malnutrición se ha convertido en una importante amenaza para la población de muchas ciudades de los países del Sur, según señala la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), en un informe hecho público a principios del mes de junio.

Alrededor del 50% de la población urbana de África vive en condiciones de pobreza; en América Latina, la pobreza afecta alrededor del 40% de los hogares de las zonas urbanas. En algunas ciudades como Calcuta y San Pablo de Filipinas el porcentaje de pobres urbanos ronda el 70%.

Según la FAO, uno de los grandes problemas para alimentar a las ciudades es que se necesita aumentar la producción de alimentos, transportarlos y distribuirlos en las zonas de expansión urbana, lo que genera más vehículos, mayor congestión de los mercados, depósitos de basura más grandes, y mayores peligros de contaminación alimentaria y del medio ambiente. Muchas ciudades están perdiendo los terrenos adecuados para la producción alimentaria, y cuentan con medios de transporte, mercados y mataderos escasos y poco eficientes. Así, las condiciones alimentarias se están deteriorando. El hambre en las zonas urbanas crece, en la medida en que la población de las ciudades también se incrementa.

Por ende, la concentración y el aumento de personas con pocos recursos en las ciudades hacen de la inseguridad alimentaria una alarmante cuestión social y política. El número de desempleados sigue creciendo y la pobreza deja huella cada vez más profunda en mujeres, ancianos y niños. Sin ir más lejos, 100 millones de niños viven o trabajan en las calles de las grandes ciudades. Al carecer de un hogar propio, estas personas viven en zonas donde el acceso a alimentos en buen estado se hace cada vez más difícil.

En la década de los ochenta en las metrópolis de los países no industrializados se llevaron a cabo políticas de estabilización que desembocaron en un mayor estancamiento económico y en un menor bienestar social. De hecho, con el objetivo explícito de controlar y de pagar la deuda externa, se dio un severo recorte presupuestal que redujo sustancialmente el gasto público dedicado a desarrollo social. Para ilustrar este hecho, basta con acudir a los datos de la ONU: durante el período 1970 a 1985, cuando el pago de la deuda externa aumentó significativamente, el número de pobres en los países pobres se incrementó un 22%. En el caso de América Latina el aumento fue aún mayor: un 26%. Por otro lado, en ese mismo período, el aumento de la pobreza en las zonas rurales fue del 11%, mientras que en las urbanas alcanzó el 73%. Una vez más, en América Latina las cifras eran superiores: la población pobre urbana creció un 117%.

Durante el siglo XX, las ciudades cumplieron eficazmente varias tareas en el sostenimiento del sistema: generaron mercados, concentraron fuerzas de trabajo, permitieron la acumulación de capital, por la heterogeneidad de su población se atenuaron los conflictos sociales, y permitieron la coexistencia de una diversidad de ideas y el intercambio de actitudes y creencias. Pero, la urbanización también ha generado problemas. El creciente flujo migratorio hacia las ciudades ha incrementado la demanda no atendida de bienes y servicios básicos (la alimentación, vivienda, salud, educación,...), a lo que se ha sumado el alto nivel de desempleo y el impacto de las crisis económicas. El resultado es una desigualdad que aparece cada vez más radicalizada en los informes de Naciones Unidas. Por eso, situaciones tan extremas como el hambre, ya no son raras en ciudades aparentemente ricas.

Un caso paradójico es el de New York. A causa del auge económico de EE.UU., la tasa de desempleo es una de las más bajas de su historia. Sin embargo, la mayoría de los nuevos trabajos son remunerados con salarios insuficientes para sostener a las familias de los trabajadores, en su mayoría inmigrantes. Personas que, generalmente, tienen otro empleo para poder cubrir sus necesidades, lo que implica que lleguen a trabajar entre 60 y 80 horas semanales. Desde 1993, el número de empleos con salario mínimo creció un 22%.

En definitiva, la malnutrición padecida, por los habitantes de ciudades de los países pobres y por los "homeless" de los países ricos, es algo que podría solucionarse con las medidas propuestas por la FAO: mejoras en los sistemas de abastecimiento, controles de seguridad alimentaria, reducción de precios, etc. Sin embargo, estos pasos serían básicos si antes se hiciera frente a otros problemas de solución más complicada: la corrupción gubernamental, la condonación de la deuda externa, las guerras y el reparto desigual de la riqueza.