28 de mayo del 2001

Multinacionales tratan de controlar las reservas del coltan, uno de los recursos naturales más codiciados del mundo

El retorno silencioso del colonialismo

Edith Papp
Centro de Colaboraciones Solidarias

Opacando el brillo del oro y de los diamantes que alimentaron varios enfrentamientos armados durante las últimas décadas, un nuevo tesoro de África causa furor en Occidente.

Un fino polvillo negro de apariencia insignificante acapara la atención de grandes corporaciones internacionales, pescadores en el rió revuelto del conflicto del Congo-Zaire, que la prensa internacional ha bautizado como "la primera guerra mundial africana".

Se trata del coltan, una combinación de dos metales raros - el colombio y el tantalio - cada vez más requeridos por las industrias de la nueva era.

Con algunos yacimientos menores en Australia, Brasil, Canadá y Tailandia, se estima que el 80% de las reservas de coltan del mundo se encuentran en la provincia oriental de Kivu de la República Democrática del Congo (RDC) - donde los ejércitos intervencionistas de Ruanda y Uganda financian sus operaciones a partir de su explotación y comercialización ilegal.

Descubierto en el siglo XIX y utilizado como filamento para las primeras bombillas eléctricas, hasta que el tungsteno - más barato y abundante - lo sustituyera, el tantalio es considerado como uno de los recursos estratégicos más importantes del nuevo siglo.

Componente indispensable de las ojivas para cohetes balísticos y otras armas de última generación, este mineral es clave para el desarrollo de las telecomunicaciones - en primer lugar la telefonía móvil, uno de sus sectores de mayor empuje. Según cálculos conservadores en el año 2001 unos 500 millones de aparatos serán comercializados en el mundo, en un "boom" sin precedentes, utilizándose el polvo de tantalio para fabricar los llamados "capacitores" - condensadores electrolíticos encargados de mantener la carga eléctrica en los microchips, que a su vez constituyen también la base de los ordenadores.

Interviene asimismo en la fabricación de fibra óptica, equipos electrónicos o videojuegos como el Playstation, favorito de los niños occidentales.

Entre sus esferas de aplicación se destacan también la aeronáutica y la industria espacial: según los entendidos este material jugará un papel clave en la construcción de la plataforma cósmica internacional, que sustituirá la estación orbital Mir y conformará los liderazgos en la carrera espacial - que deja de ser cada vez más una historia de ciencia ficción para formar parte de las nuevas realidades.

Las mismas propiedades que lo predestinan al uso extraterrestre - su gran resistencia física y química - le aseguran también usos "terrenales" privilegiados: sus aleaciones metálicas se emplean en plantas químicas y nucleares.

El columbio a su vez se emplea para obtener aleaciones de acero especiales destinadas a los gasoductos y las centrales nucleares.

Sin embargo, su rasgo más atractivo es la superconductividad, que lo convierte en un elemento clave para los trenes del futuro, los de levitación magnética (Mag-Lev), que no corren sobre rieles como los que conocemos hoy, y que según los expertos revolucionarán el transporte en la misma medida en que lo hizo, en su tiempo, la rueda.

Sus aplicaciones médicas incluyen la fabricación de los equipos de resonancia magnética, método diagnóstico no-invasivo que sustituirá algún día los equipos de rayos X, y la elaboración de implantes que no entran en reacción con los fluidos corporales, y por tanto no enfrentan el rechazo del organismo.

Ante tan descomunales potencialidades, parece lógico que el precio de esta materia prima se haya quintuplicado en apenas dos años, convirtiéndose en uno de los recursos naturales más codiciados del mundo. La guerra múltiple que se libra en el Congo-Zaire y la porosidad de sus fronteras hacen posible el saqueo sistemático de este tesoro también, junto con el oro o los diamantes, tal como denunciara recientemente un informe de las propias Naciones Unidas.

El documento, elaborado por un panel de expertos independientes por encargo del Secretario General de la ONU, Kofi Annan, y presentado el pasado mes de abril, establece que "la guerra del Congo se libra por el control de sus riquezas naturales" y exige el establecimiento de un embargo internacional a las exportaciones de coltan, oro y diamante vía Ruanda, Uganda y Burundi, hasta que esos países no aclaren su participación en lo que denomina el "saqueo sistemático de los recursos" de esa nación.

En franco desmentido de la "devaluación geoestratégica del continente africano", tantas veces mencionada por los teóricos de la política internacional actual, las empresas multinacionales, protagonistas principales del reordenamiento económico del mundo que conocemos como globalización - y, por consiguiente, de la recomposición geopolítica en curso en el continente africano - se empeñan en asegurarse el control de esta materia prima, clave del liderazgo del futuro.

Compañías como la canadiense Barrick Gold Corporation, la American Mineral Fields, o la sudafricana Anglo-American Corporation - en un avance significativo de la influencia anglosajona en esta antigua colonia belga, considerada muchas décadas como clave de la francofonía - se apresuran en comprar concesiones mineras y reciben sin miramientos los recursos sustraídos del Congo ensangrentado, que llegan desde Ruanda y Uganda.

Los compradores norteamericanos y europeos del coltan desoyen también los reclamos de entidades como IUCN (Fondo Mundial Conservacionista) que denuncian la presencia de miles de improvisados mineros en zonas declaradas patrimonio mundial de la UNESCO como es el caso del parque Okapi, santuario de la vida salvaje, donde los gorilas protegidos sirven de alimento para los buscadores del mineral, y se destruye el hábitat de numerosas especies.

Según declaraciones públicas del grupo rebelde que controla la zona más rica en coltan - esta materia prima le asegura un millón de dólares mensuales, mediante la venta de unas cien toneladas, sacadas a mano o con instrumentos rudimentarios por campesinos hambrientos, e incluso por refugiados virtualmente esclavizados y niños secuestrados para aumentar la rentabilidad del negocio.

La invasión del Congo por Ruanda y Uganda, apoyados en los últimos años con significantes créditos del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial y con una ayuda militar desproporcionada por parte de Estados Unidos, crearon un escenario en la región de los Grandes Lagos que obliga a la reflexión.

A finales del siglo XX la devaluación de los productos agrícolas, y la desertificación, provocaron una fuerte revalorización de los recursos mineros. La República Democrática del Congo - calificada por un relator especial de la ONU como un "escándalo geológico" por su riqueza natural extraordinaria, es por tanto objetivo predilecto para los que pretenden controlar esas reservas estratégicas, y las soluciones propuestas para acabar su conflicto actual presagian cambios importantes.

El Acuerdo de Lusaka de 1999, aunque exija la retirada de las tropas extranjeras, establece la línea divisoria entre las fuerzas rebeldes (apoyadas por Ruanda y Uganda) y las tropas gubernamentales (que reciben ayuda de Angola, Zimbabwe, Namibia y Chad), santificando de cierto modo la partición del país, quedando las regiones mineras más ricas en territorio rebelde.

Todo ello podría verse como un arreglo provisional, hasta que el previsto diálogo político interno ponga fin a la división, si no se hubieran multiplicado en la gran prensa internacional las referencias sobre la conveniencia de la partición del Congo, considerado como país demasiado grande e ingobernable.

Tratándose de un continente que atesora un tercio de las reservas estratégicas del planeta, no es nada descabellado pensar que podríamos asistir a una reedición de la Conferencia de Berlín de 1885, donde las potencias europeas se distribuyeron al continente para facilitar su saqueo y explotación Mientras la opinión pública internacional - muy justamente - dirige su atención a la crisis humanitaria provocada por el conflicto, faltan demasiado las voces que denuncien el retorno silencioso del colonialismo.