15 de junio del 2001

La «nueva economía»: una coyuntura favorable al poder hegemónico en el marco de la mundialización del capital

François Chesnais
ATTAC

El texto que sigue es la versión aumentada del capítulo escrito por François Chesnais para un libro colectivo, actualmente en prensa: F. Chesnais, G. Duménil, D. Lévy, I. Wallerstein, Une nouvelle phase du capitalisme? [¿Una nueva fase del capitalismo?], Collection Séminaire marxiste, Syllepse, 2001.

Hoy en día, Estados Unidos se confronta con una amenaza de recesión. La caída del Dow Jones, índice del mercado principal, y sobre todo el hundimiento del mercado de los valores tecnológicos, el NASDAQ, no son simplemente un reflejo de ello, sino que constituyen también un factor específico de arrastre, que exige la constante intervención de la Reserva Federal. Resulta de este modo más fácil contemplar con ojos críticos la «nueva economía» y medir el grado en que el mercado financiero funciona como eje de ésta. Una de las particularidades de la situación mundial es la interconexión entre la recesión japonesa, nuevo capítulo de una depresión que existe desde hace ya diez años, y la recesión estadounidense. No vamos a examinar aquí dicha interconexión, que implica un análisis de los vínculos existentes entre la crisis económica y la crisis «de la sociedad» japonesa. El objetivo de este trabajo, iniciado antes de que la amenaza de la recesión estadounidense apareciera en el horizonte, consiste en explicar las razones por las que la «nueva economía» no representa el anuncio de un largo período de crecimiento del sistema capitalista mundial, sino más bien la expresión de una coyuntura que se debe únicamente al poder hegemónico de Estados Unidos en el seno de la mundialización financiera. Nuestro trabajo no está completo, pues aún le falta la cuarta parte, anunciada en la Sección 5. Tiene un marcado tono «francés» e incluye en especial un debate teórico con diversos miembros de la École de la Régulation. Sin embargo, dicho cariz podrá atenuarse a medida que la discusión vaya incluyendo a economistas críticos que trabajan en otros países.

1. Un término de profundo contenido ideológico

El término «nueva economía» fue inventado por los periodistas estadounidenses, educados en el culto de lo «nuevo», con el que alimentan el «imaginario» de sus lectores. En este caso, la iniciativa surgió del semanario Business Week. En un momento en que Alan Greenspan juzgaba que el nivel de las transacciones de Wall Street era la expresión de una «exuberancia irracional» (estábamos en 1996, pero luego cambió de opinión...), la «nueva economía» parecía dar argumentos para atribuir el vigor del ciclo expansivo a factores arraigados en la economía real. La aceleración de la difusión de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC), así como la recuperación de la productividad laboral y de la productividad total de los factores parecían proporcionar una explicación satisfactoria del elevado precio de los valores.

No resulta fácil encontrar una definición precisa de la «nueva economía» El informe publicado recientemente bajo este título por el Conseil d’Analyse Économique, que aporta su grano de arena a la consolidación del mito, considera de forma muy vaga «dicho término designa a un sector en plena efervescencia, el de las industrias de la información y de las telecomunicaciones y una nueva manera de entender la economía en su conjunto» [1] <>. El estudio principal se centra casi de forma exclusiva en esta «efervescencia», como si fuera posible hacer abstracción de la burbuja financiera y de los enormes riesgos financieros del sistema. Por su parte, la OCDE ha publicado en fechas recientes un estudio de título más precavido, puesto que va entre signos de interrogación [2] <>. Los autores señalan que el término nació en Estados Unidos y únicamente se justifica allí Los estudios disponibles permiten afirmar, como mucho, que la «nueva economía» podría ser el anuncio (la OCDE utiliza el tiempo verbal condicional) de una fuerte tendencia al crecimiento, resultante de modos de gestión más eficaces de las empresas, facilitados por las tecnologías de la información y de la comunicación y de un gran desarrollo de la productividad, de origen multifactorial. La «nueva economía» podría haber modificado el ciclo económico (igualmente en tiempo verbal condicional). Por último, y ésta es la única certeza para la OCDE, la «nueva economía ha modificado los sectores que permiten el crecimiento».
La expresión «nueva economía», de manera mucho más marcada que el término «globalización», está teñida de una fuerte connotación ideológica. Debido precisamente a su vaciedad, ha ofrecido una interpretación tranquilizadora de la situación económica de Estados Unidos a quienes, en todo el mundo, esperan que el capitalismo estadounidense les muestre el camino del porvenir [3] <> El éxito del término ilustra también el modo en que el hermético campo analítico de la teoría estándar pone a la mayoría de los economistas a remolque de la prensa. Únicamente un pequeño número de teóricos de formación «heterodoxa» se libra de ello. En el caso que nos ocupa, podemos mencionar a Michel Aglietta, que en 1998 propuso, bajo el título de «el capitalismo de mañana» [4] <>, una teoría global del «régimen de crecimiento patrimonial». Su teoría es fuertemente apologética, pero tiene la virtud de proponer una interpretación sistémica, centrada en las finanzas, de elementos que otros confunden sin distinción bajo un término políticamente correcto.

El análisis en este trabajo se inicia con los cambios estructurales de gran calado acaecidos en la economía capitalista mundial de las dos últimas décadas, delimitados con la ayuda de la noción de «régimen de acumulación con predominio financiero» Algunos de estos cambios, en especial el lugar dominante adquirido por los mercados y por los operadores financieros, se caracterizan por una enorme fragilidad sistémica y son, por lo tanto, reversibles. Su origen y su base principal de operaciones están situados en los países capitalistas avanzados y su análisis exige que no se pierda nunca de vista el estudio global de la economía mundial. Muchos hechos y relaciones propios de un país o de un grupo de países sólo pueden ser examinados y apreciados correctamente si se los observa como «elementos de una totalidad, como diferenciaciones en el interior de una unidad» [5] <>. Mucho más que en el pasado, la «globalización» exige que se considere la economía capitalista mundial «no ya como una simple adición de sus unidades nacionales, sino como una poderosa realidad independiente, creada por la división del trabajo y por el mercado mundial que domina todos los mercados nacionales» [6] <>. Por lo tanto, este trabajo concederá un peso analítico muy importante a la situación única de la que goza Estados Unidos en el seno de la economía y de las relaciones interestatales mundiales para tratar de responder a las preguntas siguientes [7] <> : ¿acaso la «nueva economía» anuncia la aparición de un «modelo» generalizable a otros países -aparte de Estados Unidos- y, por lo tanto, una verdadera «salida de la crisis» de la economía capitalista mundial al completo? ¿O se trata más bien de la manifestación de una coyuntura económica larga y específica, basada en relaciones sistémicas internas e internacionales, que no está al alcance de ningún otro país, y de la cual la burbuja financiera, convertida en algo casi estructural, es el rasgo más destacado?

2. El régimen de acumulación con predominio financiero

En este trabajo, los términos «régimen de acumulación con predominio financiero» designan, en estrecha relación con la mundialización del capital (relación que será definida más adelante), una etapa concreta de la evolución del imperialismo, entendido éste como la dominación doméstica e internacional por parte del capital financiero. La hipótesis de un régimen de acumulación sometido a unas finanzas que podrían erigirse -momentáneamente- en potencia económica y social «autónoma», tanto frente a la clase obrera como a todas las fracciones del capital, ya fue prevista por Marx, quien la vinculó al especial fetichismo que ejerce el dinero, en su expresión más extrema: «Debido a que el aspecto monetario del valor es su forma independiente y tangible, la forma A-A’ -cuyos puntos de partida y de llegada son el dinero real- expresa de la manera más tangible la idea de "ganar dinero", que es el motor principal de la producción capitalista. El proceso de producción capitalista apareció únicamente como un inevitable paso intermedio, un mal necesario para ganar dinero. Por eso, todas las naciones que funcionan según el modo de producción capitalista padecen periódicamente el vértigo de querer ganar dinero sin que medie el proceso de producción» [8] <> Más adelante veremos las formas con las que dicho «vértigo» se manifiesta desde que los inversores institucionales se han convertido en el eje de las relaciones macroeconómicas. No significa un desinterés por la maximización de la plusvalía. Las altas instancias corporativas buscan precisamente obtener la rentabilidad máxima del capital invertido mediante la secuencia A-M-P-P'-M-A'. El «vértigo» consiste en no quedarse nunca satisfechos y en basar igualmente los resultados financieros de los fondos de inversión en las operaciones derivadas de la creación de un inmenso capital ficticio, cuya expresión es la burbuja «permanente» en la Bolsa. Por eso, estos beneficios financieros, con toda la volatilidad inherente a su dependencia de los mercados bursátiles de acciones y obligaciones, son los que determinarán el grado de la demanda del que depende el cierre del ciclo A-M-P-M'-A'.

La dominación ejercida por las finanzas, cuyo inicio se remonta a los años noventa, ha sufrido ya diversas configuraciones, paralelamente a los cambios de las relaciones entre los Estados y las fracciones del capital y de las relaciones políticas entre el capital y el trabajo [9] <>. La proximidad del término «régimen de acumulación» con la teoría de la regulación no es fortuita. Los regulacionistas han lanzado un desafío serio y enriquecedor a un marxismo momificado. Recurrir a la noción de «régimen de acumulación» conlleva reconocer que en la segunda parte del siglo XX, y en el contexto de diferentes niveles de relaciones políticas entre el capital y el trabajo, ha habido por parte de las burguesías una búsqueda de maneras distintas de estabilizar el movimiento de reproducción y de revalorización del capital y, por lo tanto, de asegurar su dominio. Así, entre 1950 y 1975, lograron integrar las importantes concesiones hechas a los asalariados y a sus organizaciones para convertirlas en uno de los elementos constitutivos de la reproducción expandida. El hecho de incorporar los cambios institucionales y las políticas de los gobiernos y de los bancos centrales dentro de un análisis del movimiento del capital nos permitirá comprender mejor las fuerzas y las debilidades en cada etapa, así como situar los puntos de emergencia y el recorrido de las contradicciones.

La expresión «régimen de acumulación» es preferible a la de «régimen de crecimiento», y ello por dos razones relacionadas entre sí. Primero, porque remite explícitamente a la noción de capital. Aquí, el capital está considerado en calidad de valor -es decir, en calidad de masa de dinero centralizado- que busca incrementarse por un proceso de revalorización, que puede recurrir tanto a la forma «acortada» A-A' como a la «vía larga» A-M-P-M'-A'. En segundo lugar, porque la expresión «régimen de acumulación» indica la posibilidad teórica de que haya configuraciones politicoeconómicas en las que la importancia adquirida por la forma A-A' y por la creación de importantes capas sociales que dependen de ingresos financieros relacionados con el valor influyen enormemente en la forma A-M-P-M'-A' al convertirse en obstáculos para el crecimiento. La utilización que hace Michel Aglietta de la expresión «régimen de crecimiento» para describir un conjunto de relaciones sistémicas prácticamente exclusivo de Estados Unidos y que no ha conducido al crecimiento en ningún otro país, puede interpretarse como una vacilación por su parte en cuanto a la posibilidad de afirmar que tales relaciones sistémicas serán capaces de garantizar la acumulación real de capital a largo plazo, en el sentido clásico ricardiano-marxiano de la expresión tradicionalmente utilizado por la École de la Régulation [10] <>.

El régimen de control financiero surgió del proceso de liberalización y desregulación iniciado partir de 1979 por los gobiernos estadounidense y británico, en el ámbito de las finanzas, de los intercambios y de las inversiones directas. Es indisociable de las derrotas sufridas por la clase obrera a manos de estos gobiernos y de su prolongación bajo la forma de la restauración capitalista en la URSS y las supuestas «democracias populares». La «mundialización» contemporánea es la mundialización del capital en sus tres formas: capital productivo, capital de negocios y capital-dinero. El proceso de liberalización y desregulación de las finanzas es la condición sine qua non de la existencia del régimen de acumulación actual. Sólo una liberalización y una desregulación tan completas como deseaban el capital de los intercambios financieros y el de las inversiones directas podía responder a las exigencias de apropiación de la riqueza que surgen en torno al funcionamiento de los mercados contemporáneos. Era preciso que las mercancías, cuya especialización se aseguraron de antemano los países avanzados, se vendieran sin problemas y que las empresas pudieran aprovisionarse donde lo deseen. Asimismo, con vistas a producir y apropiarse de la plusvalía en las condiciones más favorables, era también preciso que dichas empresas pudiesen recurrir libremente a la inversión directa en el extranjero (IDE).

El proceso de liberalización, de desregulación y de privatización fue concebido por sus arquitectos ideólogos, «técnicos» y políticos, para que se extendiera al conjunto de los países del globo y fue impuesto por etapas a partir de la institución informal -pero muy poderosa- del G7, beneficiándose de la ayuda activa de organizaciones internacionales, ya fueran las existentes (el FMI y el Banco Mundial, así como la Comunidad Europea, convertida más tarde en Unión Europea), ya otras nuevas (la OMC surgida del Tratado de Marrakech en 1994 y la ALENA). Puesto que la «globalización» surgió de la liberalización, de la desregulación y de la privatización, difiere de las formas anteriores de internacionalización (basada en los intercambios y desubicación del capital productivo), que había prevalecido hasta principios de los años ochenta. Esto resulta tanto más evidente si consideramos los decisivos cambios que han tenido lugar en el ámbito financiero.

Tanto el régimen de acumulación existente en Estados Unidos, como el tipo actual de mundialización del capital estrechamente ligado al mismo, se centran en las nuevas formas de concentración del capital-dinero (en primer lugar, los fondos de pensiones y los fondos de inversión financiera), en los mecanismos de captación y descentralización de fracciones de valor y de plusvalía y, por último, en las instituciones que garantizan la seguridad, tanto política como financiera, de las operaciones de inversión financiera. Todo esto da lugar a lo que se denomina «autonomía de las finanzas» [11] <>, con el inmenso poder social que lleva consigo.

La primera fase del «poder de las finanzas» fue la «dictadura de los acreedores», surgida, como cualquier otra dictadura, de una especie de golpe de Estado, cuando el interés real de los bonos del Tesoro estadounidense pasó en unos meses del 2-3% al 10-12% a principio de los años ochenta. Fue este un paso decisivo hacia la reconstitución del poder concentrado de las finanzas, mantenido bajo control en Estados Unidos después del New Deal y, de hecho, destruido en los grandes países europeos por la Segunda Guerra Mundial. Esta «dictadura de los acreedores» es un poder frente a los gobiernos –salvo el de Estados Unidos- y goza de la capacidad de modificar el reparto de la renta y de influir sobre el ritmo y la orientación de las inversiones en todos los países que poseen un sector público importante. Se trata de un poder pronto incrementado en el seno de los grupos industriales, a medida que la centralización de la propiedad de las acciones fue abriendo la vía al «gobierno de las multinacionales». Los inversores financieros recibieron como regalo de los gobiernos, empezando por el de Estados Unidos, el recurso generalizado a la financiación de los déficits presupuestarios mediante la emisión de acciones negociadas en mercados secundarios con gran liquidez. Este sistema les ofreció elevados tipos de interés y una gran seguridad en la recepción de los beneficios de sus préstamos. En el momento más elevado de la financiación de los presupuestos por medio de préstamos, el déficit Federal estadounidense, como el de muchos otros países, sobrepasó el 4% del PIB, de manera que casi la cuarta parte de los presupuestos se consagraban a la financiación de la deuda pública. Estos inmensos recursos financieros han permanecido en gran medida cautivos de las finanzas y han desembocado en la acumulación de activos financieros ingentes en manos de instituciones financieras no bancarias (en primer lugar, los fondos de pensiones y de inversión financiera), los cuales ha maniobrado con vistas a la plena reconstitución de mercados financieros «mundializados», capaces de garantizarles la «liquidez» en el sentido de Keynes y de André Orléan [12] <>. El big bang de los mercados bursátiles y, más tarde, la liberalización de los mercados financieros «emergentes», completaron el trabajo realizado de manera concertada por los Bancos centrales, los poseedores del mercado y los grandes inversores en los mercados situados en el corazón del sistema.

3. Gobierno de las multinacionales y maximización de la plusvalía y de los beneficios

El restablecimiento pleno de la liquidez como institución completó la emergencia del régimen de acumulación con predominio financiero. A la capacidad de influencia de las finanzas sobre los gobiernos se añadieron las consecuencias de una nueva forma de relación entre los accionistas, los dirigentes de empresa y los asalariados. Junto a los rendimientos de los títulos de deuda pública, los dividendos se convirtieron en un mecanismo determinante de apropiación del valor y de la plusvalía, y los mercados bursátiles, en una institución decisiva para la regulación del régimen de acumulación. A la presión «impersonal» de los mercados financieros, ejercida sobre los grupos industriales por medio de los niveles comparados del tipo de interés de los títulos de deuda y de los beneficios industriales, se añadieron nuevas formas, con gran poder coercitivo, de entrelazamiento entre «finanzas» e «industria» La entrada de los fondos de pensiones y de inversión financiera en el capital de los grupos ha dado lugar a cambios importantes en las formas de relación y en las modalidades de vinculación entre las finanzas de la gran industria, cuyas consecuencias negativas para los trabajadores todavía están lejos de haberse extinguido. El tipo alemán de interconexión entre los bancos y la industria, del que Hilferding era el arquetipo de capital financiero, se ha convertido hoy en una especie de «edad de oro» de las relaciones entre el capital-dinero concentrado y la industria.

Las nuevas formas de interrelación comprenden un conjunto de mecanismos que van desde la remuneración de los altos directivos con stock options a una vigilancia casi continua de la estrategia de los grupos por parte de los gestores de los fondos de inversión, destinados a aproximar los puntos de vista de los dirigentes industriales y de los gestores financieros, cuando no a sellar una estrecha alianza entre ellos. En los años noventa, el «gobierno de las multinacionales» (“corporate governance”) logró obtener cifras muy elevadas de rentabilidad en las inversiones en acciones, y convirtió tales porcentajes en una norma casi inviolable. Dicha norma ha generado presiones cada vez mayores sobre las empresas, tanto en términos de ahorro en la utilización del capital en efectivo (capital fijo y capital en circulación fuera de los salarios)[13] <>, como del porcentaje de la plusvalía, cuya medida es la productividad del trabajo. No era posible, ni lo sigue siendo, dar satisfacción a los inversores sin que aumentaran las formas de explotación en el trabajo.

La mundialización de la competencia, nacida por una parte de la liberalización y de la desregulación de los intercambios, de la inversión directa en el extranjero y de la desaparición del aislamiento de los oligopolios nacionales y, por otra, de las tecnologías de la información de la comunicación, han sido los factores decisivos que permitieron a las empresas que cotizan en las Bolsas de los mercados más importantes atenerse a las normas de los gestores. Tal como sugiere Frédéric Lordon, la introducción de la máximoa flexibilidad en el mercado de trabajo y en la organización cotidiana de la actividad, y el sometimiento de los asalariados con calificación media o baja a contratos-basura son un «intento de imponer al mundo laboral un equivalente de la liquidez con que el mercado financiero dota al capital» [14] <> (subrayado en el original). Es la pura verdad, pero sólo expresa una parte de la realidad. La flexibilidad salarial no es únicamente «la puesta en marcha del paradigma de la escapatoria [...] la aplicación al mundo del trabajo de esta búsqueda obsesiva de la reversión, del momento de inercia más bajo posible». Es también un elemento constitutivo fundamental del incremento de la explotación de la mano de obra, de lo que las empresas deben obtener y/o centralizar como masa de plusvalía, tanto en los países de origen como en los de implantación de sus filiales, con el fin de poder satisfacer la norma de rentabilidad, al menos de manera transitoria. Para alcanzar dicho objetivo, las empresas cuentan con el poderoso auxiliar de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC), cuya eficacia, sin embargo, no se puede disociar de la liberalización de la inversión directa en el extranjero y de los intercambios comerciales. Si las grandes empresas han podido utilizar dichas tecnologías en beneficio propio de manera tan eficaz es porque ellas pueden ahora hacer competir entre sí a asalariados de diferentes países, con muchos grados de cualificación –ya no solamente los menos cualificados- y porque pueden echar mano de un «ejército industrial mundial de reservistas», tanto por medio de los cambios de implantación territorial como por los flujos migratorios “diseñados a medida”.

Nos encontramos pues ante un empeoramiento de la explotación, y no frente a la promesa de un “nuevo mundo” surgido de las nuevas tecnologías. Cuando se dirige a audiencias de habla inglesa, Jean Gadrey (véase la nota 3) afirma que las siglas TIC, en vez de corresponder a «tecnologías de la información de la comunicación», significan «tecnologías de intensificación y control”. Su empleo puede incluso reducir el aprendizaje a la mínima expresión. A corto plazo, las empresas que decidan basar sus actividades en la «ultraflexibilidad del empleo» pueden servirse para lograrlo de la muy «rígida» definición de las tareas que permite la programación informática. En una interesante síntesis de estudios de casos, Pierre Veltz recuerda que «para poder reemplazar de improviso a un asalariado es preciso que todo sea estrictamente reglamentario y esté bajo control». El costo es elevado en términos de aprendizaje y de innovación interactiva, pero tal enfoque satisface a los gestores financieros. En las empresas que lo han elegido, como por ejemplo las que se ocupan de subcontrataciones en los sectores del automóvil y de la gran distribución, la informática no sirve para «abrir espacios de diálogo», sino «para bloquear cualquier discusión»; sus reglas han sido creadas para que los actores no las puedan utilizar y «la gestión de los acontecimientos (de los incidentes imprevistos) no da lugar a aprendizaje alguno» [15] <>.

4. Régimen de acumulación con predominio financiero y mundialización

Este régimen de acumulación está relacionado con la «globalización» o, de manera más exacta, con la mundialización del capital, que trataremos brevemente de explicar. El régimen financierizado es una «producción» de los países capitalistas avanzados, en particular de aquellos -Estados Unidos y el Reino Unido a la cabeza- donde las finanzas, consideradas como fuerza «autónoma» construida sobre la institución de la liquidez, habían arraigado más profundamente hasta la crisis de 1929. No se halla mundializado en el sentido de abarcar a la totalidad de la economía mundial [16] <>, pero su funcionamiento exige, hasta el punto de ser consustancial con su existencia, un grado muy alto de liberalización y de desregulación no solamente de las finanzas, sino también de la inversión directa en el extranjero y de los intercambios comerciales. Estas medidas no han de imponerse sólo en los países donde se instala el nuevo régimen de acumulación, sino en todas partes. En el lenguaje de la École de la Régulation, se dice que si antaño los países podían escoger con un amplio grado de libertad las formas exactas de su «inserción internacional» y de «adhesión» al régimen fordista, ahora ya no sucede desde que el régimen de predominio financiero ha sido establecido en los países más poderosos. Un proceso de construcción institucional internacional, tanto de facto como de jure, dirigido por Estados Unidos, el G7, el FMI y el Banco Mundial (es decir, los que elaboraron el supuesto «consenso de Washington»), formalizado en Europa por el Tratado de Maastricht y apoyado enseguida por la OMC, hizo que la «adhesión» de los demás países fuese obligatoria y redujo al mínimo su capacidad de elección en cuanto a dicha «inserción internacional» [17] <>.

Queda claro que la «mundialización financiera» se ha dotado de la función de garantizar la apropiación, en condiciones lo más regulares y seguras posibles, de los beneficios financieros -intereses y dividendos- a escala «mundial» Su arquitectura inicial, al igual que las «reformas» introducidas a partir de la crisis asiática, tienen por objeto permitir la valorización del capital de inversión financiera en todos los países susceptibles de sostener un mercado financiero capaz de acoger inversiones extranjeras. Ha sido, pues, necesario que estos países se plieguen a las exigencias de liberación financiera del FMI. Sin embargo, el régimen de acumulación «financierizado» no podía contentarse únicamente con la liberalización de las finanzas. La nueva interrelación entre «finanzas» e «industria» exige que los grupos (cuyos beneficios y dividendos pagados son la única razón tangible del curso de las acciones), puedan elegir a voluntad los lugares de aprovisionamiento, de producción y de comercialización, y gocen de la liberalización completa de la inversión directa en el extranjero, así como de la abolición de cualquier impedimento de aprovisionamiento local.

Estos son los fines que perseguía la creación, en un ámbito regional, de la ALENA y, en un ámbito mundial, de la OMC. El caso de la AMI resultó un fracaso, pero fue ampliamente compensado por la presencia en el Tratado de Marrakech de un marco de disposiciones draconianas para la apertura de los mercados públicos y para la apertura y la desregulación de los servicios públicos (objetivo del Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios, el AGCS). Gracias a tales instituciones y a tales mecanismos, el régimen de acumulación con predominio financiero está igualmente mundializado, pues su importante proyección internacional otorga a los países capitalistas en donde el régimen fue establecido en primer lugar la dominación absoluta del sistema. Tanto en el terreno de las finanzas como en el de la libertad de acción exigida por las compañías industriales, estos países ejercen un enorme control no sólo sobre los países más débiles -de subordinación «tradicional»- sino también sobre los países capitalistas avanzados que implantaron el nuevo régimen «con retraso».

La mundialización del capital es, por su propia naturaleza, muy selectiva. Desde los años ochenta ha engendrado un sistema de jerarquías mucho más rígido que el que había prevalecido durante la internacionalización de los años 1950-1978. Con la consolidación del régimen de acumulación con predominio financiero, la jerarquización y la diferenciación se acentúan todavía más. El tamaño de cada país, sus recursos naturales y, sobre todo, las trayectorias históricas diferentes seguidas por cada uno de ellos, condicionan relaciones muy variadas con el nuevo régimen de acumulación. Nos limitaremos aquí a tres casos típicos. El primero es el de países como Francia, donde la burguesía financiera y los gobiernos «alternantes» de izquierda y de derecha tienen todavía el proyecto de implantar el nuevo régimen a domicilio, pero preparan, de manera consciente o inconsciente y a base de impulsos y retrocesos, su integración en un conjunto transatlántico de los cuales el eje serían los mercados financieros estadounidenses y la OTAN el brazo armado. El segundo caso es el de los numerosos países donde no es posible ni soñar en la implantación autónoma del régimen de acumulación y donde la elección consiste, bien en tratar de resistir y poner límites a la liberalización financiera, bien en aprovecharse -sin vergüenza alguna, en calidad de «provincia del Imperio»- de los beneficios permitidos por la libertad de acceso a los mercados bursátiles más atractivos. Por último, existe el caso particular -más exactamente, el caso único- de Estados Unidos, país que se beneficia de la afluencia permanente del capital de inversión financiero que le llega del resto del mundo.

5. Los ingredientes particulares del crecimiento estadounidense

A la luz de la experiencia de Estados Unidos durante los años noventa, el crecimiento en régimen de acumulación con predominio financiero supone la capacidad de satisfacer diversas condiciones. Nada permite suponer que éstas se hallen al alcance de los países que no ocupan el lugar de Estados Unidos en el sistema mundial ni cuentan con la trayectoria histórica de su formación social. Si consideramos los componentes del crecimiento estadounidense de la segunda parte de la década de los años noventa, es preciso que una economía (la de un Estado-nación o la de una Unión de Estados):

1°, posea un amplio abanico de empresas que buscan obstinadamente, en el marco de un entorno muy desregularizado y por medio de un gobierno absoluto de las multinacionales, la maximización de la productividad del trabajo y del capital;

2°, posea mercados bursátiles muy implantados que les permitan «producir» durante un largo período beneficios financieros elevados, así como un conjunto de anticipaciones económicas establecidas en torno a los valores bursátiles;

3°, esté igualmente en condiciones de asegurar y de sostener la creación de una cantidad muy elevada de capital ficticio, eso que comúnmente se denomina «burbuja financiera». El país (o la Unión) debe poder alimentar dicha burbuja durante largos años y su gobierno y sus autoridades monetarias deben poseer armas con las que hacer frente a los riesgos de un crash bursátil;

4°, por último, esta economía debe disponer de un conjunto de mecanismos, internos y externos, que garanticen a las empresas los recursos en ciencia y en tecnología y en mano de obra especializada o especializada que sus propias inversiones no podrán asegurar.

Es en torno a la segunda y tercera condiciones donde se concentran la mayor parte de los aspectos más determinantes -y menos fácilmente reproducibles por otros países- de lo que el crecimiento estadounidense del período 1995-2000 le debe a la situación internacional única que ocupa Estados Unidos. Tienen que ver con la posición ocupada por el dólar en el seno del sistema financiero mundial y con su estatuto de país preferido por las clases capitalistas y las oligarquías rentistas del mundo entero para la inversión de capital-dinero. Pero el lugar particular que ocupa Estados Unidos en la mundialización del capital y la capacidad que tiene para sacar provecho de su estatuto de potencia hegemónica se debe asimismo a la cuarta condición.

La publicación en un intervalo bastante corto de un conjunto de trabajos estadounidenses y franceses sobre la productividad estadounidense en sus numerosas facetas, permite apreciar mejor que nunca los aspectos del «gobierno de las multinacionales» en el sector productivo. Gracias a estos trabajos ahora es posible evitar el error de limitar el análisis del régimen de acumulación con predominio financiero a los mecanismos con que los fondos financieros valorizan la forma A-A' del capital-dinero. El aumento de la productividad es una de las razones, sin ser de ningún modo la única, del bajo nivel de inflación conocido por la economía estadounidense durante un período tan largo de expansión cíclica. Pero existe asimismo el nivel -más importante todavía- de las relaciones de explotación, que permite explicar de qué manera un régimen de acumulación tan marcado por un proceso de valorización del capital, en el que los dividendos y los intereses ocupan buena parte de los beneficios que las empresas reservan para la inversión y para la investigación y desarrollo, no se adentra de inmediato en un callejón sin salida. El aumento de los índices de explotación de los trabajadores ha equilibrado, al menos en parte, el crecimiento de los beneficios distribuidos a los accionistas.

El aspecto complementario del crecimiento estadounidense -su otro «motor», ese cuyo atasco tanto se teme- ha sido una demanda ordenada en torno a los mercados bursátiles. La «paradoja» de la economía estadounidense de los años noventa [18] <> es que ha sido una economía espoleada por la demanda interna, donde la recuperación de la inversión se debió en parte al descenso de los precios del hardware informático y en parte al crecimiento del consumo privado. Dicho consumo se vio sostenido, de manera casi invariable y en algunos momentos determinante, por un crédito bancario muy permisivo, autorizado y a menudo alentado por la Reserva Federal. Este consumo es cada vez más dependiente de la influencia ejercida sobre él por los mercados bursátiles de Wall Street y del NASDAQ, mediante una combinación peculiar de efectos debidos a los beneficios y a la previsión de beneficios (los denominados «efectos de la riqueza») de origen bursátil. La singularidad de Frédéric Lordon en el seno de la École de Régulation consiste en haber avanzado la hipótesis de que la «burbuja financiera» ha dejado de ser «una aberración local, una deriva transitoria, un paréntesis en el curso de una dinámica financiera en general razonable, para convertirse en un carácter permanente del régimen de acumulación financierizado» [19] <>. En otras palabras, una vez que el engranaje del circuito económico global y de la creación de la demanda fueron reconfigurados para transitar por el ámbito financiero, ya no puede existir «régimen de crecimiento» sin burbuja, sin la creación de un capital ficticio sin precedentes. Pero la burbuja sólo puede asegurar plusvalías financieras a los inversores a condición de ser alimentada sin descanso. Es aquí donde intervienen los flujos exteriores que tanto benefician a Estados Unidos


Notas

[1] <> Conseil d'Analyse Économique, Nouvelle économie, La Documentation Française, París, 2000, página 9.
[2] <> OCDE, Une nouvelle économie?: Transformation du rôle de l'innovation et des nouvelles technologies dans la croissance, París, 2000. El último informe económico publicado por la Administración Clinton no le hace ascos al tiempo verbal condicional. Véase el Economic Report of the President, Washington, D.C., 2001, página 23.
[3] <> La fuerte connotación ideológica de la «nueva economía» está ampliamente documentada por Jean Gadrey, Nouvelle économie, nouveau mythe?, Flammarion, París, 2000. Por el contrario, en el informe del Conseil d'Analyse Économique, Nouvelle économie, op.cit., Gérard Maarek es el único que observa (página 149) que la expresión «recuerda la de "modelo sueco" o la de "milagro asiático", ateniéndose a precedentes hoy en día bastante criticados…».
[4] <> Michel Aglietta, Le capitalisme de demain, Notes de la Fondation Saint-Simon, n° 101, noviembre de 1998.
[5] <> Marx, Posfacio a la Contribución a la Crítica de la Economía Política.
[6] <> Trotsky, Prefacio a La Revolución Permanente.
[7] <> A la cual yo aporto, por el momento, sólo elementos de respuesta parciales y provisionales.
[8] <> Marx, El Capital, Éditions Sociales, libro II, volumen 1, página 54.
[9] <> Para una explicación más detallada, véase François Chesnais, «Etats rentiers dominants et contraction tendancielle: Formes contemporaines de l'impérialisme et de la crise», así como el capítulo complementario de Claude Serfati, «Puissance du capital financier: Les limites endogènes du capitalisme mondialisé», en Gérard Duménil y Dominique Lévy (coord.), Le Triangle infernal: Crise, mondialisation, financiarisation, Actual Marx Confrontations, PUF, París, 1999.
[10] <> Michel Aglietta es consciente de este problema. Sus últimos trabajos vuelven a la acumulación así delimitada y plantean la cuestión de las formas de «gobierno de empresa» compatibles con ella.
[11] <> Para una discusión de la noción de «autonomía de las finanzas», de su contenido efectivo y de sus límites, véase mi revisión del libro de André Orléan, Le pouvoir de la finance, dans L'Année de la régulation, 2000, Éditions La Découverte.
[12] <> André Orléan, Le pouvoir de la finance, París, Odile Jacob, 1999. Este autor, de formación keynesiana regulacionista, concluye que «la forma "mercado financiero" no es una forma neutra. La liquidez expresa la voluntad de autonomía y de dominación de las finanzas. Es el producto de poderosos intereses. [...] Tiene consecuencias macroeconómicas generales sobre las relaciones de fuerza que recorren la sociedad mercantil, en particular en la relación entre acreedores y deudores y entre la finanza y la industria» (página 49).
[13] <> Véase Marx, El Capital, volumen III, capítulo V, «Economía del capital constante».
[14] <> Frédéric Lordon, Fonds de pension, piège à cons? Mirage de la démocratie actionnariale, Raisons d'Agir, París, 2000, página 62.
[15] <> Pierre Veltz, Le nouveau monde industriel, Le Débat, Gallimard, París, 2000, páginas 120-21. En lo relativo a los sectores de servicios sobre esta misma cuestión, véase Jean Gadrey, Nouvelle économie, Nouveau mythe?, capítulo 4, Flammarion, París, 2000.
[16] <> Se trata de un punto de vista sobre el cual mis explicaciones en textos anteriores carecen de exactitud.
[17] <> Es el tema del libro, producto del desencanto, de Charles-André Michalet sur L'attractivité des nations, Economica, París, 1999, cuya aportación teórica se refiere al trastorno que le ocasiona la teoría del comercio internacional. En el nuevo régimen, son la IDE y los FMN quienes determinan las modalidades de participación de los países en los intercambios.
[18] <> Véanse los «puzzling facts» señalados por Robert Boyer en «What constraints on European growth? Innovation, institutions and economic policy», ponencia en la conferencia inaugural del Centre Saint-Gobain para la investigación en economía, 10 de noviembre de 2000, tabla 3, línea 2.