9 de agosto del 2001

Uruguay: El camino de la pobreza lleva al "default"

Carlos Santiago
Bitácora

El castigo que se le está propinando a la Argentina desde Wall Street y el FMI, al presionarla al drástico recorte del gasto, agravará --ya está ocurriendo en todos los rincones del país vecino-- aún más la depresión económica. El escuchado Paul Krugman ha sugerido a los argentinos no hacer caso a estos tecnócratas y banqueros y, a aplicar lo que se hace en los momentos difíciles en EEUU. Es decir, no destruir el mercado interno junto a su trama social y su competitividad (como la Argentina concreta desde 1974 en adelante), acumulando una enorme deuda externa, que es impagable e ingobernable, tarea que está terminando ahora a ritmo de topadora mecánica para terminar, objetivamente, con un país.

El resultado final será una convulsión social de proporciones no imaginables y, por consiguiente, de cambios políticos que pueden abatir hasta la democracia. El analista Isidoro Gilbert, desde Radio LIBRE, lo vaticina diariamente con todas las letras. ¿Una ficción de democracia no es la democracia misma? La evidencia de que las bases y las consecuencias del agravamiento de la situación argentina están vinculadas a definiciones de la clase política, es clara.

Hoy quienes ocupan los cargos electivos en los organismos de la democracia de ese país, sumados a los funcionarios de alto rango, la burocracia real, mantienen prebendas escandalosas. Ese sector, al que se le podría aplicar todas y cada una de las peores definiciones vinculadas a su tarea de "intermediación" política, por sí misma tiene un presupuesto similar al de la totalidad de los trabajadores estatales y jubilados.

Sin embargo, en lugar de aplicarse en ajuste sobre el dispendio (el gobernador de Formosa, una de las provincias más pobres de la Argentina, tiene un sueldo de 22 mil dólares mensuales más una suma igual por diversas compensaciones, con una legislatura que también supera los ingresos de otras, incluso la nacional), se lo hizo con los trabajadores y jubilados.

Los senadores, en otro ejemplo, además de recibir estipendios de muy alto nivel cuentan con intangibles "fondos reservados" que sirven para cualquier cosa, conformando un "paquete" de ingresos superior --no faltaba más-- a los de sus colegas del primer mundo. Ellos fueron los que votaron, bajo demagógicas protestas, un ajuste que no terminará con las principales causas del déficit argentino, sino que sirve para hacer más injusto a ese modelo económico.

Aprobaron el proyecto del ministro de Economía Domingo Cavallo, buen receptor de los consejos de esos hombres de traje de los que habla Krugman, aunque la aplicación de esas recetas económicas se enfrente a la lógica misma del sistema y estén provocando lodos que serán muy difíciles de remover.

Se utiliza como variable de ajuste los sueldos de los trabajadores estatales y de los jubilados, recortándoseles automáticamente -- mes a mes-- lo que sea necesario para abatir el déficit, pero sabiendo que la aplicación de esa medida será un fenómeno de nunca acabar, sin tocarse para nada los dispendiosos gastos políticos.

El efecto del recorte actuará negativamente sobre el mercado interno y, por consiguiente, reducirá la recaudación de impuestos multiplicando el déficit. Al mes siguiente, otro nuevo ajuste, en un camino interminable, hasta que la masa asalariada y jubilada responda a esa inaudita violencia con un estallido social que ya se está perfilando.

El economista López Murphy, fugaz ministro de Economía, que visitó nuestro país hace pocos días, se solazó en hundir el cuchillo en la herida, sobredimensionando los cataclismos que se desencadenarían sobre la Argentina, en el caso de entrar en "default", promoviendo más duros mecanismos autoritarios de los que utiliza el propio Cavallo, para acelerar más los defectos de una economía que marcha, a toda velocidad, al vacío y al desastre democrático, llevando prendido a su cola un vagón que terminará, de no romperse a tiempo los enganches, en un cataclismo de las mismas proporciones. Ese pequeño y desvencijado vagón se llama Uruguay.

Lo sorprendente de todo este proceso es que nadie de la clase dirigente argentina se atreve a señalar que el "default" argentino (cesación de pagos de los servicios de la deuda externa), ya se ha producido. Esa es la explicación del anterior "blindaje" y del préstamo urgente del FMI destinado a sostener un andamiaje que está a punto caer.

Argentina es, sin duda, un buen ejemplo del que nuestro gobierno no quiere aprender. En alguna medida es el resultado final de un modelo, aplicado en toda su dimensión, jugado a la macroeconomía, que aplicó hasta sus extremos la política de privatizaciones y extranjerizaciones, aprobada en el "acuerdo de Washington", que ahora el gobierno de Batlle, con el ministro de Economía Alberto Bensión a la cabeza, está tratando de reeditar de este lado del Plata.

Cuando el modelo neoliberal de exportación (que, obviamente ninguno de los países de la G7, aplican en sus economías nacionales), está llegando a su fin en la Argentina, Bensión --congelado en el pasado-- no puede entender por qué, en EEUU, cuando existen problemas económicos, se aplican políticas anticíclicas.

Tampoco le entra que para que no haya déficit fiscal es necesaria la reactivación, y para que ello ocurra hay que mejorar el poder de compra de la gente. Bensión, en su irrealidad, desprecia al mercado interno, afirmando que nadie se puede jugar por a él, olvidando que allí es donde se pagan los impuestos y se define el monto del déficit. Si empobrecemos a la gente, el camino queda bloqueado, la reactivación es imposible y el déficit se incrementa.

Lo que quedará, entonces, es el desvarío final, el paso en el vacío: el que han dado De la Rúa y Cavallo.