29 de abril del 2002

Uruguay: ¿Nos quedará tiempo todavía?

Ante las convulsiones del sistema

Carlos Santiago

Los datos de la recaudación que se están manejando al más alto nivel del gobierno uruguayo dan cuenta, tal como se había previsto y reiterado, un deterioro mayúsculo que, obviamente, determina que el déficit siga creciendo.

Se evidencia, de no modificarse las coordenadas del modelo, qué el deterioro podría superar largamente lo soportable para los cada vez más escuálidos recursos del Tesoro Nacional.

Hasta el doctor Ramón Díaz, en una nota publicada hace algunas semanas en el diario "El Observador", sostuvo que la crisis que está viviendo el Uruguay, podría definirse como de "recaudación" culminando su análisis coincidiendo con la preocupación que ya está cortando verticalmente a nuestra sociedad: la posibilidad de un default.

Sin embargo, para tratar de desentrañar con más propiedad lo que está ocurriendo, debemos reiterar nuevamente conceptos: un país que ya lleva cuatro años de crisis, acosado por una política económica pro cíclica (de carácter recesivo), aplicada obsesivamente por el gobierno, la que está logrando en primer lugar destruir el mercado que consumía el 85 por ciento de la producción nacional, el interno, que sigue cayendo con rapidez. lo que hace colapsar al resto de la economía. El significado de esa obstinación neoliberal, aconsejada por el FMI, es más pobreza, marginación, hambre y muerte.

Nadie discute que las exportaciones son absolutamente necesarias para lograr un desarrollo adecuado. Es correcto decir que el país no crece si no exporta, pero para hacerlo debe producir. Hay que saber también que el comercio exterior depende de contingencias variables y, que las empresas con ese único objetivo productivo – hay cientos de ejemplos – han ido cayendo por ser inmensamente más vulnerables que las que tienen parte de su producción dedicada a comercializarse en el mercado interno.

Las consecuencias de toda esa política, consensuada repetimos, por el FMI, ha determinado una brutal destrucción de riqueza (reducción de demanda, con clausura o achicamiento de actividades comerciales, cierre de empresas que actuaban en distintas ramas de la industria, caída de la producción agropecuaria, paralización de la actividad financiera con desaparición del crédito, huida de capitales y, obviamente, más marginación y pobreza) Por estos días las convulsiones en el sistema financiero, los retiros masivos de fondos, las expectativas negativas que se han generalizado luego del "contagio" que se vive de la situación argentina, han comenzado a mostrar otro escalón del mismo proceso que multiplicará la recesión de la economía, con una más aguda crisis de los precios, que ya no pueden trasladar los aumentos al consumidor final, por ese aplastamiento del poder de compra de la gente. La deflación es el sinónimo del momento, sabiendo que ese término da cuenta de uno de los síntomas más graves de la economía.

Por todo ello el empecinamiento del gobierno en el mantenimiento de la política económica es casi criminal. El máximo conductor de la misma, el presidente Jorge Batlle, parece desvariar, ansioso por obtener logros aunque para ello el camino que está recorriendo sea el inverso. Es significativo que economistas de formación neoliberal, como Jorge Caumont, ya sostengan públicamente que si se sigue por este camino, la cesación de pagos será un hecho el año próximo.

Claro, luego de esa predicción, Caumont expuso una receta económica que poco tiene que ver con la realidad, reclamando reducir el Estado, como si allí estuviera la razón del mal. Por supuesto, es necesario recortar las "gorduras", ahorrar en todo lo que se pueda, evitar que se sigan produciendo abusos (ejemplo, los contratos de obra para los "amigos" políticos), evitando que se siga con la brutal política de endeudamiento propiciada por el FMI, ello para tratar de bajar costos y reducir o eliminar imposiciones sobre los elementos que produce el Estado (combustibles, energía, comunicaciones), lo que contribuiría decisivamente en un proceso de reactivación.

Sin embargo el problema que hoy vivimos es mayor. Tiene relación con un modelo económico caduco, de cuño rapiñero y egoísta con paradigmas que propician la corrupción, con el que se están trasladando continuamente recursos hacia el sistema financiero internacional, sin reparar quienes lo impulsan, ni siquiera por basamentos éticos, que cada una de sus opciones de política económica pro cíclicas se deben medir en más marginación, pobreza, desnutrición y muerte.

Los tiempos se acortan y las convulsiones cada vez son más intensas.

Para salir del atolladero en que nos colocó el gobierno de coalición colorado – blanco, no es válido bajar la servís ante los EE.UU. enlodando algunos de los dignificantes basamentos de nuestra política tradicional política exterior, como la no injerencia en los asuntos de otros países y la autodeterminación de los pueblos, creyendo que con ello el maná salvador vendrá desde el norte. ¿Qué otro significado tuvo la aparatosa y artificial ruptura con Cuba, luego de un desubicado intercambio de insultos entre los dos presidentes? El camino que le queda a Uruguay es un gran acuerdo nacional, el camino de multiplicar inteligencias para llegar a acuerdos de Estado que sirvan, de una vez por todas, para terminar con la postergación de los uruguayos.