30 de julio del 2002

El camino recesivo y la Rendición de Cuentas

Uruguay: ¿Hasta donde se quiere llegar?

Carlos Santiago

Más allá de las exquisitez de las reverencias, de los saludos y abrazos que se utilizaron durante la asunción de Alejandro Atchugarry como nuevo ministro de Economía – formas que aparentaban la existencia de una alta dosis se comprensión política, de acuerdos mínimos para sacar el país del atolladero en que se encuentra inmerso, de la aparición de una fuerte dosis de esperanza - se encuentra la inédita realidad del país.

Una realidad – fuera de esos oropeles - que solo muestra que el desencuentro y la incomprensión son los ingredientes principales de la fórmula preponderante en nuestra política, a lo que se suma la palpable demostración de ineficiencia, tozudez y ilegalidad de parte del gobierno y de la coalición que lo sostiene, que han llevado al país a vivir una situación que, al parecer, no tiene retorno.

Qué no parezca que desde estas líneas tratamos de concretar otro planteo tremendista destinado a alarmar al lector con el fin de llevar agua para algún molino político o desestabilizar a la nueva conducción económica, o colocarnos en una posición agresiva que haga resaltar nuestra visión sobre otras moderadas. Desde la modestia de nuestro planteo tratamos de evitar las actitudes soberbias: ni tiramos piedras contra quienes hoy tratarán de timonear este barco en un mar embravecido, ni golpetearemos la espalda de nadie, deseándole una buena gestión, cuando lo que necesario es modificar el rumbo. Los otros serían caminos inadecuados en circunstancias donde se debe poner acento en salidas y no – ¡de ninguna manera! – tratar multiplicar el descontento, acentuando la desazón de los uruguayos que esperan por una señal que les muestre alguna esperanza.

En el mes de agosto del 2001, exactamente un año atrás, desde esta misma columna sosteníamos que el camino emprendido por la conducción económica, remachando el proceso recesivo, inexorablemente llevaría al país a una situación como la que vivimos. A esta altura preferiríamos habernos equivocado y que el ministro Alberto Bensión y su equipo de economistas ortodoxos hubieran logrado el punto de equilibrio desde el que, según la teoría que siempre manejaron, el país retornaría al camino del crecimiento.

La reaparición de Domingo Cavallo en la conducción económica argentina, luego del shock de descontento que provocaron los anuncios "ultra" ortodoxos de López Murphy, pareció darle más aliento a la conducción económica uruguaya que vio como el hombre que había logrado "reformar" el Estado argentino (en otras palabras, vender las empresas públicas), con el beneplácito de los organismos multinacionales de crédito, retornaba al poder. Sin embargo lo de Cavallo fue lo anterior y lo de siempre. Un pensamiento ortodoxo a lo que se sumó la omnipotencia de un poder sin limites, que lo llevó a la aplicación de una seguidilla de medidas procíclicas destinadas a remendar lo inarreglable. El atraso en la competitividad provocado por el ancla cambiaria establecida con la convertibilidad a lo que se sumaba lo que ha ocurrido en todos los países luego de la enajenación de las empresas estatales, cuando sus dividendos en lugar de quedar en las arcas nacionales son girados a las casas matrices: el imparable déficit fiscal que era subsanado en base a endeudamiento externo. El modelo iniciado con Martínez de Hoz durante la dictadura militar y continuado por los distintos gobiernos: Alfonsín, Menem, Menem, De la Rúa.

Esa situación tuvo un punto de inflexión cuando se sobrepasaron todos los límites y de allí en adelante, en otra de las contribuciones de Cavallo, apareció el llamado "corralito", que más podría definirse como la expropiación de los ahorros de cientos de miles de argentinos, depositados en el sistema financiero del país hermano.

De allí al recrudecimiento de la crisis política, la caída de De la Rúa, el aplaudido dafault implementado por Rodríguez Saa, otros escarceos y la aparición del Duhalde. Todo ese proceso, errático y atroz en medio del cual se duplicó la cantidad de personas que subsisten por debajo de la línea de la pobreza. Cada medida, cada punto, fue aplaudido tanto por el presidente Jorge Batlle como por su equipo económico que, en cada caso aseguraban que en la Argentina se estaba recorriendo "el camino correcto".

El corralito argentino multiplicó la inestabilidad de los mercados y, obviamente, el retiro de no residentes que habían buscado amparo para su dinero, bien o mal habido, en el sistema financiero uruguayo, una especie de "paraíso" protegido por la ficción de un secreto bancario.

Claro, la política económica de este lado del río, también procíclica, sumaba desaciertos multiplicando el proceso recesivo con el fin, proclamado, de cumplir con todas las obligaciones del país, como si ello fuera posible haciendo crecer el déficit fiscal, empobreciendo a los uruguayos, reduciendo de manera espectacular el poder de compra de la gente. Se dijo una y otra vez que esa política era destructiva pero, obviamente, esas voces nunca fueron tomadas en cuenta. Se multiplicaron las vueltas de tuerca achicando los ingresos y remachando la caída en la recaudación. El logro del gobierno fue llevar al subconsumo a importantes sectores de la población y eliminar o reducir la capacidad de ahorro de los sectores de mayores ingresos.

Paralelamente provocó una nunca vista destrucción de riqueza que tiene expresión en la caída del PBI, que se refleja en el crecimiento de la desocupación por el cierre de empresas de los más distintos ramos.

Paralelamente – como reflejo de la crisis argentina y entroncada a la torpe gestión del Banco Central, comenzó a verificarse un proceso de inestabilidad financiera producto del masivo retiro de depósitos. La autoridad monetaria en lugar de adoptar medidas ejemplarizantes frente a los escandalosos hechos de corrupción, optó por acomodar el cuerpo y cubrir a costa de las reservas, las "falencias" de las empresas financieras alegando que se estaba defendiendo a los ahorristas.

¡Muy bien! Pero cuando se trató del Banco de Galicia, se admitió que también en Uruguay regía el "corralito" argentino, quebrando de un plumazo el espinazo del concepto de "refugio" de capitales, santos o no santos, llegados desde el otro lado del río. Eso le ha costado al país retiros por casi 5 mil millones de dólares. Algo parecido a lo ocurrido con los damnificados de haberse "enamorado" de los cantos de sirena que se escuchaban en los mostradores del Banco de Montevideo y aceptaron las "ventajas" de operar off shore en la filial de Cayman.

Para seguir imitando a la Argentina, lo que quedaba era hacer crecer el endeudamiento en términos infinitos y que el mismo llegara a niveles impagables. Allí actuó Batlle halagando al gobierno ultra derechista de George W. Bush, logrando en primer lugar minar al MERCOSUR y, en segundo, actuar contra Cuba en una acción tan insólita como denigrante para el gobierno y que es un "blasón" histórico para el país El logro fue un importante aporte del FMI, cuantioso en nuestra medida, para apuntalar un edificio, que si no se sustenta en el crecimiento del país y su actividad económica, igualmente se derrumbará. Ningún país resiste que se dirija el resultado de su trabajo, exclusivamente, al cumplimiento de los compromisos externos, sin que se adopte ni una sola acción que ponga en marcha al aparato productivo. Lo que resta a los uruguayos es pagar las consecuencias. Y lo estamos haciendo.

Obviamente el acrecentamiento del déficit fiscal – pese a las cifras "maquilladas" que se utilizan, no tenemos dudas, para convencer al FMI, sobre lo que habrá que pedir cuentas algún día a la OPP - ha determinado que se haya tocado fondo y que peligre el pago de sueldos públicos y prestaciones del BPS. El proceso recesivo acrecentado por la política pro cíclica del gobierno, sumando a una situación recesiva, medidas reiteradamente recesivas, está llegado a su expresión final.

Por estas horas se está resolviendo la metodología a aplicar para revertir una situación que provocaría un caos social de impredecibles consecuencias.

Quizás el FMI apruebe destinar parte de sus fondos que aporta a apuntalar este nuevo frente al que el gobierno se dirigió inexorable por su tozudez en incapacidad. Las otras opciones serían la emisión o el pago en bonos, otro calco imitativo de lo que ocurre en Argentina.

Tozudez e incapacidad que se expresan también en el proyecto de Rendición de Cuentas, otra pieza clave de la política recesiva, que de aplicarse con las consecuencias buscadas, sería un golpe de gracia para el país. Sería bueno que el Estado uruguayo fuera modernizado, acompasado a los tiempos que se viven, desterrando ineficiencias, pesadez burocrática, privilegios corporativos y, por que no, discutir temas de tanta envergadura como el de los monopolios, etc.

Una tarea de esa magnitud sería bienvenida. Pero en este momento del país lo que se establece en la Rendición de Cuentas (evidente "carta de intención" neoliberal) es un achicamiento del Estado, quitando de su seno funciones que son insustituibles, castigando sin medida a los funcionarios, desordenando aun más lo que hoy no es para nada optimo. Todo ello encaminado al objetivo de siempre, ahondar la recesión.

¿Hasta donde se quiere llegar?


Carlos Santiago es periodista, secretario de redacción de Bitácora. ([email protected])