4 de enero del 2002

FMI: Poder y verdad en la economía mundial

Pablo Dávalos
Servicio Informativo "Alai-amlatina"

El FMI es una institución que adecua los requerimientos de la ciencia, del conocimiento y de la verdad, al poder. No se trata para el FMI de comprender la crisis económica del sistema y sobre esa comprensión articular medidas, estrategias y políticas tendientes a superarlas. Se trata de adecuar la realidad a esquemas previamente establecidos. En términos epistemológicos, el FMI realiza una hipóstasis de la realidad, una suplantación de lo existente por sus conceptos económicos.

Pero, ¿de dónde nace y cómo se formula esa concepción teórica del FMI? Una primera aproximación a nivel metodológico está en la adaptación de la teoría cuantitativa de la moneda, desarrollada hace más de tres siglos por el filósofo inglés David Hume. Según esta teoría existiría una relación directa en el corto plazo entre la cantidad de moneda existente en el mercado y el índice de precios. Si la cantidad de moneda se incrementa, se incrementará también el índice de precios (inflación). Se supone, asimismo, que la única posibilidad del incremento de moneda se debe a una mayor emisión monetaria por parte de la autoridad pública, de ahí el énfasis especial que se hace sobre el déficit fiscal.

Es sobre esta base metodológica que dos economistas del FMI de mediados del siglo XX (Alexander y Pollock), crearon un modelo para economías abiertas que ha sido el eje teórico, hasta nuestros días del marco conceptual y analítico del FMI. Luego de la publicación en 1936 de la Teoría General, de Keynes, se consideró que la teoría cuantitativa, que entonces había sido matematizada por el estadístico inglés Irving Fisher, en realidad era una tautología. La moneda, para Keynes, estaba en relación con la propensión al consumo, las expectativas de los inversores en base a futuras ganancias por el incremento de la demanda, y por la preferencia de la liquidez de los agentes económicos. A partir de allí se dio un rico debate sobre la economía y sus posibilidades normativas y analíticas. En ese debate aunque en una línea diferente, aportó el pensamiento económico posmarxista a entender las causas de la crisis y las dinámicas de la acumulación capitalista a escala global.

Una segunda dimensión del pensamiento del FMI, y que empata con las corrientes del neoliberalismo en boga es que hace del mercado el locus histórico por excelencia. El mercado permitiría la realización de las utilidades de los agentes premiando a los más eficaces. A la dimensión del mercado como nuevo mecanismo de regulación social y de asignador de recursos, habría que añadirle la sobrecarga que se hace sobre el Estado y su rol en la economía. Para las tesis monetaristas, el Estado es culpable de la inflación por cuanto emite moneda sin respaldo, es culpable de las distorsiones en el mercado por su política de subsidios, es culpable de las ineficiencias de la economía por su participación en empresas, sectores y actividades que deberían ser emprendidas por agentes privados. En definitiva, el marco teórico y conceptual del FMI, se reduce a una reformulación de las tesis neoclásicas de la economía.

Es por ello que hasta antes de la crisis de la deuda latinoamericana de 1982, el FMI siempre había guardado un perfil bajo, en términos académicos y en propuestas normativas. Desde su creación hasta esa fecha, el FMI se había revelado incapaz de detener las sucesivas devaluaciones de las monedas europeas. Cuando Nixon decretó la inconvertibilidad del dólar en 1971, muchos pensaron que el FMI había llegado a su fin. La decisión de Nixon significó la ruptura del sistema monetario internacional que había sido definido en la conferencia de Bretton Woods (USA) en 1944, la misma que había creado al FMI y a un sistema de bancos y agencias para la reconstrucción y el desarrollo, que habrían de llamarse más tarde como Banco Mundial.

Pero el FMI sobrevivió a la crisis de Bretton Woods, y se reveló como la agencia más propicia para obligar a los países latinoamericanos a pagar la deuda externa y a reestructurar sus economías en función del pago de esa deuda. En ese sentido el FMI cumplió un rol estratégico y clave preservando los intereses de los Estados Unidos y de la banca y la finanza americana.

En agosto de 1982, cuando México, a la sazón con una deuda externa de 100 millardos de dólares, se declaró en la imposibilidad de cumplir con el servicio de la deuda externa, el departamento de Estado y el tesoro americano no encontraron mejor instrumento que el FMI para imponer al país un duro paquete de ajuste. El supuesto teórico que legitimó y justifico el ajuste, fue su noción de una teoría cuantitativa de la moneda para economías abiertas, que en la jerga de los economistas se conoce como ajuste monetario en balanza de pagos.

En realidad se trata de hacer una relación contable entre los ingresos de un país y sus gastos. Si el país gasta más de lo que tiene, entonces tiene que reducir su consumo y al mismo tiempo tiene que incrementar sus ingresos. Así, el FMI terminó recomendando devaluaciones cuando en su protocolo de creación se prohibía expresamente la recomendación de devaluar la moneda de los países signatarios. Pero no se trata tanto de la validez teórica o la justeza epistemológica de las categorías o sus teorías económicas, en realidad de lo que se trata para el FMI es de responder a los requerimientos del poder político, económico y militar de los Estados Unidos.

En ese sentido, el FMI no es una institución que esté preocupada por aportar a la discusión académica y el debate científico en el campo de la economía. Su preocupación central radica en la capacidad política de someter a directrices económicas determinadas a regiones enteras del planeta. Una capacidad que se ha visto acrecentada a partir de la connivencia entre el FMI, los intereses del G-7, las empresas multinacionales y los mercados internacionales de capitales financieros.

Así, el FMI le toma la posta a las bancas de inversión, que por otra parte han desarrollado uno de los conceptos económicos si no teóricamente importantes al menos políticamente claves como el concepto de "riesgo-país", para realizar una calificación política a aquellos países que desean colocar bonos o atraer inversión extranjera.

Los economistas del FMI saben que la fuerza de sus dictados no está en su justeza teórica o en su reflexión académica, sino en la fuerza real de los gobiernos del G-7, así como aquella de los capitales financieros especulativos. De ahí que el FMI sea una de las instituciones con más equívocos y desaciertos en el campo de la política económica.

En efecto, cuando América Latina empezó una política de sustitución de importaciones bajo un esquema teórico y conceptual desarrollado desde la CEPAL, el PIB por habitante en la región creció en un 75% en el periodo de 1960-1980. En cambio, cuando la región impuso las políticas de ajuste recomendadas por el FMI, la década de los ochenta fue denominada como la "década perdida" para el desarrollo económico, y en el periodo que va de 1980 al 2000, el PIB por habitante en América Latina, apenas creció en un 6%.

Otro dato que es revelador de la miopía del FMI, consta en su informe anual de 1998. En este documento, el FMI señala las dificultades de los mercados de capitales y anuncia una posible crisis financiera en ... Turquía! Cuando en mayo de ese mismo año, la crisis financiera se había producido ya en el sudeste asiático, golpeando con fuerza a Tailandia, Malasia, Indonesia, Corea del Sur, y extendiéndose en 1999 a Rusia, Brasil y Ecuador.

Por ello no es de sorprender esa posición, que puede ser calificada de cobarde, que adopta el FMI tratando de desmarcarse de responsabilidades con la reciente crisis argentina. Si la Argentina entró en una crisis tan profunda se debe justamente a que aplicó con todo rigor las propuestas, recomendaciones y estrategias sugeridas por el FMI. Así, pues, es conveniente preguntarse por la pertinencia y la conveniencia de una institución tan adscrita al poder, tan dogmática y tan poco fiable en sus análisis y propuestas en política económica.