4 de marzo del 2002

Enron, lecciones de un desastre

Olivier Pastré y Michel Vigier
Le Monde, 23 de febrero. Veualternativa

Enron es un caso de manual. Seguramente, nunca una quiebra de empresa reveló de modo tan pedagógico las disfunciones de la empresa globalizada. En una primera aproximación, hemos observado veintisiete disfunciones de envergadura, de las cuales como máximo seis resultan directamente imputables a los directivos de Enron. Algunas son de derecho penal: así, por ejemplo, la destrucción de algunas pruebas, el uso repetido de información privilegiada (para exclusivo beneficio de los directivos, mientras que los empleados quedaban "scotchés" a sus fondos de pensión), algunas transacciones en el interior del grupo (revender por cuatro millones y medio de dólares los títulos de una subfilial que se había comprado meses antes por veinticinco mil dólares y que se puso de manifiesto que no tenían ningún valor). En este campo es la justicia la que ha de intervenir.

Pero la mayoría de críticas que se le pueden hacer a Ken Lay, el presidente de Enron, ponen de manifiesto prácticas habituales en el mundo de los negocios. Por ejemplo las intoxicaciones de analistas financieros o la remuneración de personal de la auditoria (que permite inmediatamente convertir al juez en parte).

En el aspecto en el que Enron resulta excepcional y suscita a la vez la admiración y las sanciones ejemplares es en la generalización a tan gran escala y durante tanto tiempo de la cultura del engaño. Efectivamente, el grupo Enron consiguió navegar sobre la ola de la desregulación chapucera. En este campo, podemos empezar por relativizar lo que nos parece ya viejo. La financiación de partidos políticos y, más en general, la intervención de lobbys aparecen una vez más cuestionadas; pero no era necesario que surgiera Enron para constatarlo. Naturalmente, las auditorías aparecen, por lo menos, devaluadas. Pero también en este caso, si exceptuamos la destrucción de documentos, nada nuevo hay en los reproches que se le hacen a Arthur Andersen.

Todas las grandes empresas de auditorías, las "big five", arrastran un cierto número de "trapos sucios". Lo importante es que las desviaciones constatadas tienen su origen principal en una lógica de concentración de la profesión de consejeros y auditores que conlleva toda clase de confusiones entre oficios y, por tanto, de riesgos.

El caso Enron obliga a replantear cuatro grandes ámbitos de reforma de los mecanismos de dirección de empresas globales. En primer lugar, la propia desregulación. Hemos dicho, desregulación chapucera. Pero ¿Cómo decirlo de otra manera si constatamos que el regulador de ayer (Ken Lay fue en la década de 1970 uno de los responsables de la Agencia americana de la energía) se convirtió, al pasar al sector privado, en el más fino experto en saltarse las reglamentaciones? Cuando la desregulación prepara el terreno para el desarrollo de paraísos fiscales (693 filiales de Enron domiciliadas en las islas Caimán); cuando conduce indefectiblemente a sacarle todo el jugo a los balances y al aumento del endeudamiento sin control de las empresas; cuando conduce a transformar los riesgos industriales y financieros en un boleto de lotería que banqueros y aseguradoras se pasan unos a los otros y terminan por endosar delicadamente en la cartera de los ahorradores. No hay nada más que decir, pero quizá habría que hacer algo.

En segundo lugar, la contabilidad de empresa. Quizá no resulte lo más atractivo, pero seguramente fue lo más productivo. Sólo dos datos: el volumen de negocios real de Enron no era de 101.000 millones el 2001 sino de 6300 millones de dólares (montante de las comisiones percibidas). Ahí es nada.

Por otra parte, la mayoría de analistas estiman en un billón de dólares el impacto negativo en los balances de las empresas cotizadas, con una consideración más rigurosa de las plusvalías (desviación entre el precio de compra de una empresa y su valor calculado en bolsa). Estas desviaciones son dignas de reflexión. La generalización del análisis financiero, según la norma "pro forma" y la explosión de las partidas fuera de balance piden a gritos la revisión de los sistemas contables. Tanto más cuanto que en los EE.UU., en el universo anglosajón, todo lo que no está prohibido está autorizado, principio de derecho que, en el periodo de desregulación, se ha convertido en la matriz de la hipertrofia jurisprudencial y también en uno de los peores abusos contables.

En tercer lugar, el conjunto de las profesiones relacionadas de cerca o de lejos con las finanzas. Sería muy fácil acusar sólo a los censores de cuentas. Hay otras cuatro profesiones bastante menos reguladas que la de los auditores, y que contribuyen directamente en el sistema de ilusiones ópticas financieras; ciertamente se justifican las ganancias percibidas por sus trabajadores, pero (especialmente en algunos casos) también favorecen la opacidad y las alteraciones de las cotizaciones: las agencias de calificación, por algunos de sus silencios culpables; los bancos de negocios, por alguna de sus maniobras fiscales; los analistas financieros, por algunos de sus conflictos de intereses; los cronistas de bolsa, por algunos de sus artículos y por los artículos que no publican. Todos ellos deberían examinar sus prácticas profesionales. En cuarto y último lugar, la regulación. El presidente de la SEC (Comisión de operaciones de bolsa americana) tiene motivos para denunciar la subjetividad de las instancias profesionales de la regulación del oficio de auditoría. Pero la SEC, modelo autoproclamado de regulación, sin que a priori presente ningún conflicto de intereses ¿no era la mejor situada para denunciar las desviaciones contables y financieras de Enron? Y asimismo, las instancias de regulación de los fondos de pensión ¿no tienen medios para evitar que los asalariados americanos (aunque también europeos y japoneses) pierdan toda confianza en el sistema de financiación de su jubilación? La quiebra de Enron no es un incidente: las pérdidas provocadas (hoy evaluadas en sesenta mil millones de dólares) representan un año de ayuda pública al desarrollo. A fin de que tales pérdidas no sean inútiles, deben llevar a reformas radicales.


Selección y traducción del francès de María Rosa Borrás