4 de abril del 2002

Allanan a petrolera estadunidense el camino para construir el gasoducto transafgano

La Jornada

A partir de ahora, Zalmay Khalilzad tendrá mayor libertad de movimiento. En la sombra, pero siempre cerca del presidente de Estados Unidos, George W. Bush, como su máximo asesor para asuntos afganos, Khalilzad podrá dedicar todo su tiempo al proyecto de gasoducto transafgano, impulsado por el gigante petrolero Unocal.

La conclusión se desprende de la reciente toma de posesión de Robert P. Finn como embajador de Estados Unidos ante el gobierno de Afganistán, el pasado 22 de marzo.

Pensar que Finn es un simple diplomático de carrera sería restar importancia a la misión que se le ha encomendado, en no poco grado relacionada con el gasoducto. Hamid Karzai, el jefe interino de gobierno, garantiza la opción más ventajosa para Unocal y, en esa medida, el flamante embajador tendrá que neutralizar el peligro que representa el triunvirato tadjiko.

Aliados coyunturales de Karzai, los tadjikos controlan las estratégicas carteras de Defensa (Mohammed Fahim), Interior (Yunus Qanuni) y Relaciones Exteriores (Abdullah Abdullah). Esto brinda a su facción una inmejorable posición de fuerza que tratará de usar para influir en la selección de delegados a la Loya Jirga o gran asamblea tribal, prevista para junio próximo, cuya misión es designar al gobierno de transición para los próximos dos años.

Pocos funcionarios de Estados Unidos conocen mejor que Finn a los líderes de la llamada Alianza del Norte. Desde 1998, los trató de cerca en Dushanbé, la capital de Tadjikistán, que por afinidades étnicas servía de cuartel general aliancista. Finn se desempeñó, hasta fines del año pasado, como embajador de Estados Unidos en Tadjikistán.

La línea diplomática Por razones jerárquicas y operativas, dentro del organigrama de la diplomacia estadunidense, Finn recibe línea de su jefa inmediata, la secretaria asistente de Estado para Asia del Sur, Christina Rocca. Desde mayo de 1991 la relación entre ambos es estrecha, ya que entre sus funciones está también coordinar la labor de la embajada en Tadjikistán.

Es la misma señora que el 25 de septiembre del año pasado declaró ante el Comité de Asuntos Internacionales de la Cámara de Representantes, del Congreso estadunidense: "Los talibanes y terroristas extranjeros que ellos protegen son responsables del deterioro político, la devastación económica y el aislamiento internacional de un país que alguna vez fue orgulloso, tolerante y fieramente independiente".

Estas conclusiones, sin embargo, no le impidieron reunirse en Islamabad ?menos de dos meses antes? con el embajador talibán, el mullah Zaeef. La embajada estadunidense en Pakistán, en un comunicado emitido el 2 de agosto, destaca que Rocca reiteró al representante talibán la firme voluntad de Estados Unidos de ayudar al pueblo afgano y que, con fines de asistencia, tan sólo en lo que iba del año, había proporcionado a ese país 132 millones de dólares.

Rocca misma, en la declaración textual anexa al comunicado, dice que llevó el mensaje de que las sanciones impuestas por la ONU al régimen talibán dejarían de aplicarse si los talibanes cumplían las condiciones de la ONU: cerrar los campos de entrenamiento de los terroristas y deportar a Osama Bin Laden a cualquier país donde pudiera ser alcanzado por la justicia (estadunidense, se sobrentiende).

Cabe recordar, para ubicar el ultimato de Rocca en su contexto, que la falta de legitimidad del régimen talibán, imposible sin el reconocimiento de la comunidad internacional, seguía bloqueando el proyecto de gasoducto de Unocal.

Otras versiones apuntan que Rocca usó un lenguaje más duro, toda vez que Estados Unidos ya había decidido realizar una operación militar en Afganistán, tentativamente hacia octubre del año pasado, de no surtir efecto la amenaza de su emisaria.

De cualquier manera, los atentados en Nueva York y Washington dejaron, desde la perspectiva de la Casa Blanca, una sola opción: derrocar el régimen talibán.

¿Quién es Christina Rocca? La trayectoria de esta dama merece ser contada, aunque quizá nunca se llegarán a saber detalles esenciales de las misiones que cumplió en el periodo que trabajó para la CIA.

"De 1982 a 1997, la señora Rocca fue funcionaria en la Agencia Central de Inteligencia", dice su escueta biografía oficial, disponible en la página web del Departamento estadunidense de Estado:
http://www.state.gov./r/pa/biog/4279.htm.

Pero algo, nada irrelevante, ha trascendido. Como funcionaria de la Dirección de Inteligencia, Rocca tuvo un enfrentamiento con el general Javed Nasir, que le costó el cargo de director del ISI, el Inter-Services Intelligence, como se llama el servicio de espionaje de Pakistán.

A comienzos de los años 90, caído el régimen pro soviético de Najibullah, en Afganistán, la CIA quiso recomprar a las distintas facciones de mujaidines cerca de 300 misiles Stinger, que no hubo necesidad de usar y que fueron suministrados sin costo alguno en los 80.

La CIA concluyó que dichos misiles podían caer en manos de grupos terroristas y ser empleados en atentados contra instalaciones o incluso altos funcionarios del gobierno de Estados Unidos, el presidente incluido. No se sabe quién recomendó recomprar los Stinger, pero no hay duda de que a Christina Rocca se le encargó llevar a cabo la operación "encubierta", con la ayuda del ISI.

Rocca llevó a Islamabad un esquema que rechazó Nasir. A su regreso a Washington, la señora recomendó al entonces presidente Bill Clinton incluir a Pakistán en la llamada lista de países que apoyan el terrorismo y exigir la remoción del general. El 1o. de julio de 1993 el gobierno paquistaní cedió a las presiones y fue retirado de la lista, al hacerse pública la remoción del general.

Gente cercana al destituido director del espionaje paquistaní filtró a la prensa de su país este episodio. Hasta ahora les cuesta entender la actitud prepotente de una mujer que conocieron, a comienzos de los años 80, como modesta empleada de la CIA, en papeles secundarios relacionados entre otras cosas con el suministro gratuito de misiles a los mujaidines.

La dama y el consultor Sus biografías oficiales no recogen la fecha exacta en que se conocieron Christina Rocca y Zalmay Khalilzad.

Quizá sucedió cuando éste, ya como asesor especial del Departamento de Estado en el gobierno de Ronald Reagan, fue uno de los más tenaces promotores de incrementar la entrega de armas, en primer término de misiles Stinger, a los grupos islámicos que combatían contra los soviéticos.

En todo caso, sus caminos se volvieron paralelos, a partir de 1997. Ese año, Khalilzad era asesor de la petrolera Unocal y Christina Rocca decidió poner fin a su carrera en la CIA, al ponderar la oportunidad de crecimiento profesional que significaba la invitación de convertirse en brazo derecho del senador Sam Brownback (republicano, por Kansas).

Brownback, incansable defensor de los intereses de los grandes consorcios petroleros, presidía el subcomité senatorial de Relaciones Exteriores para Oriente Próximo y Asia del Sur.

El intenso cabildeo de Khalilzad a favor del proyecto de gasoducto de Unocal encontró entusiasta apoyo en Rocca.

Varias fuentes coinciden en que Khalilzad, sin la ayuda de Rocca, no habría podido sacar adelante la visita de una delegación talibán a las oficinas de Unocal en Houston ni tampoco el crucial encuentro en Washington con Karl Inderfurth, en diciembre de 1997.

Aquel encuentro, por ironías de la vida, tuvo lugar en el mismo despacho del Departamento de Estado que ahora ocupa Rocca, y despejó el camino para el que podría considerarse, mes y medio después, el mayor éxito de Khalilzad como consultor de Unocal.