4 de noviembre del 2002

Globalización Financiera: La exclusión de la región

Gustavo Samacoitz
Bitácora

Cuando nos planteamos la necesidad de definir la Globalización en la Tercera Ola (The New Wave, como la titula el Banco Mundial), nos acude al pensamiento en primera instancia la revolución de las comunicaciones. Y efectivamente, el desarrollo de internet, posibilitado sobretodo por la evolución en grado exponencial de la industria de los componentes de informática y de telefonía, ha desembocado en un proceso de globalización de la información. Ese proceso, dominado cada vez más por las trasnacionales de los medios, permite que ciertos sectores más instruidos tengan posibilidades de mejorar su inserción en el mundo del conocimiento.

Pero, además de esa carretera de la información, surge a partir de los años 80 del siglo pasado, una concepción del mundo que ha ido dominando con gran fuerza las políticas de los gobiernos, sobretodo para los países emergentes, y ha ido transformando las conductas de las poblaciones del tercer mundo.

Esa concepción neoliberal propone la lógica del mercado como guía y precepto de sociedades subordinadas a un modelo económico cuyo énfasis está en los equilibrios macroeconómicos. Sus postulados básicos suponen la apertura total de la economía hacia el exterior, de bienes, servicios y capitales y el retiro total de la intervención del Estado en el área de la producción de los mismos, del mercado de trabajo y del control de precios y tarifas.

Esa propuesta de modelo supone la atracción de grandes flujos de capitales y la incorporación de nuevas tecnologías que han sido desarrolladas en los países centro, que en definitiva, como lo expresan sus impulsores, produzcan "subas en los salarios reales y los ingresos fiscales por concepto de impuesto sobre la renta de las sociedades".

La realidad es muy distinta, atendemos contemporáneamente a un incremento enorme del fenómeno del desempleo y rebajas salariales y la disminución de la recaudación fiscal debido a la crisis que el modelo no pudo evitar.

En un mundo dominado por las Trasnacionales, las estrategias empresariales, las fusiones y adquisiciones transfronterizas permiten a las empresas adquirir rápidamente una cartera de activos localizados, con el único objetivo de fortalecer su posición competitiva en las economías locales, regionales o mundiales, quedando postergadas las expectativas de desarrollo de los países, llevando a la profundización de la crisis de producción generalizada a nivel internacional.

Con la liberación de los controles al capital financiero dispuesta por los países desarrollados a principios de los 90's, el flujo mundial de la Inversión Extranjera Directa (IED) se multiplica por 7 en los últimos 10 años, va de U$S 202 mil millones para el año 1990 a U$S 1.271 en el año 2000 (UNCTAD-2001).

Pero la distribución de esa inversión es profundamente inicua para todos los países sub-desarrollados en su conjunto (incluidos los seis grandes exportadores de Asia sur- oriental). En el año 2000, estos países atrajeron apenas el 20% del monto total de la IED, U$S 240 mil millones. Esa la distribución geográfica se altera según el sector de la economía que estemos analizando. Así, los servicios, que requieren un acercamiento al cliente, muestran una distribución mucho más repartida que los sectores de tecnología de punta, que muestran una concentración geográfica radicada en los países desarrollados, delegando para los países menos industrializados la asignación de funciones más sencillas.

Esta etapa de la globalización muestra una gran dicotomía dentro mismo del conjunto de países subdesarrollados: para algunos, como ciertos países asiáticos, se abre el ingreso al mercado global, aprovechan las nuevas reglas mundiales participando en la elaboración de productos con elevada tecnología y para otros, la mayoría y que abarcan la tercera parte de la población mundial, sufren mayor disminución de sus ingresos, aumentando notablemente el grado de exclusión y de pobreza.

La razón de esa exclusión es que los ingresos de esos países quedan limitados a la comercialización de commodities cuyos precios están en constante deterioro, lo que determina la disminución de sus exportaciones. La IED no es atraída por el sector primario (5.6% de la inversión total mundial se destinó al sector primario en 1999). La participación de estas regiones en el mercado global financiero queda entonces exclusivamente ligada a la atracción de capitales golondrina, que buscan altas tasas de retorno y la posibilidad rápida de retorno a su origen.

La existencia de un mercado de cambios con una sobrevaloración de la moneda local e inadecuados controles bancocentralistas, propician la existencia de ese tipo de inversiones alejadas de su incorporación al proceso productivo de los países receptores.

Las modificaciones en los sistemas financieros de los países desarrollados tuvieron sus efectos en la caracterización financiera de esta última ola, determinando, para los países receptores de fondos, durante casi toda la década del 90, la sustitución de la participación de los flujos financieros oficiales por una mayor intervención de los capitales privados.

Ese aumento del financiamiento privado, en lo que se refiere a IED, se destinó principalmente a adquisiciones y fusiones de empresas, especialmente destinados a las privatizaciones de empresas públicas. Cuando en nuestra región se van acabando las posibilidades de inversión en sectores públicos, la atracción al capital internacional prácticamente tiende a desaparecer.

Por otra parte, el ingreso al mercado financiero de nuevos instrumentos, como los fondos mutuos y de pensión, ha cambiado la ecuación de los flujos de fondos hacia los países sub-desarrollados.

La aparición de intermediarios no bancarios en los mercados financieros internacionales y su gran expansión, se tradujo en una ampliación significativa de los mercados secundarios de la deuda, lo que facilitó la mayor valorización de los títulos de deuda de los estados. Esta situación dio origen a un círculo virtuoso, que permitió el desarrollo de nuevas fuentes de financiamiento de largo plazo, que se quiebra con la crisis internacional iniciada a partir de los últimos años de la década de los 90's.

La expansión financiera permitió el surgimiento de nuevas fuentes de financiamiento para las empresas privadas en el mundo desarrollado, teniendo un efecto de derrame hacia algunos países emergentes. Se crearon fondos de capital de riesgo, que hicieron posible el crecimiento de actividades que no hubieran contado con financiación en el esquema tradicional. Muchas de estas nuevas iniciativas, hoy están seriamente comprometidas a raíz de las restricciones impuestas por la crisis.

Los Estados incrementan sus déficits presupuestales atendiendo casi con exclusividad a la disponibilidad de financiación de los mismos, antes que a la viabilidad de la cancelación de los compromisos contraídos.

Asimismo, con la incorporación de toda esa gama de nuevos instrumentos financieros toman gran auge las agencias calificadoras de riesgo, que pasan a constituirse en árbitros de los destinos de agentes públicos y privados. La exigencia de algunos inversionistas institucionales, sobre todo pertenecientes al mundo desarrollado, de calificar con "grado de inversión" al receptor de los fondos, induce a un comportamiento procíclico de las calificaciones, que discrimina en contra de los objetivos de desarrollo de los demandantes de fondos en las situaciones de más necesidad.

En el contexto de crisis actual, constatamos en los países en desarrollo la huída de los inversores privados, cuyo aporte debe ser sustituido por inversores institucionales. En efecto, la contribución que realiza el FMI a la reconstitución de las balanzas de pagos y la financiación de los déficit internos, constituyen aportes anticíclicos que proporcionan a estos gobiernos un grado de estabilidad financiera de mediano plazo.

En el mismo sentido operan el BID y el Banco Mundial, aunque estos organismos hacen su énfasis en el apoyo a países con ingresos medios y con programas cuyos destinos difieren con los del Fondo. El FMI, proporcionalmente mantiene el volcado de fondos en importante medida a los países con ingresos bajos y ha incrementado su apoyo a grandes receptores (Méjico, Brasil, Argentina, etc.).

El financiamiento multilateral ha pasado a constituirse en la única fuente de financiamiento de largo plazo para los países. La gran disyuntiva para los Gobiernos es cómo sobrellevar las consecuencias internas impuestas por la sustitución de la fuente de financiamiento privada por la de Organismos Multilaterales que ineludiblemente trae aparejado la obligación de aplicar recetas impuestas en las Cartas de Intención y que normalmente responden a propuestas exógenas a las respectivas economías.

Otro de los fenómenos a que asistimos es el proceso de concentración de la banca en los países en desarrollo, que responde a la tendencia ocurrida en el mercado internacional. Estos nuevos esquemas han empeorado las propuestas de financiamiento de las pequeñas y medianas empresas, tanto sea en plazos y spread, cortos unos e inmensos los otros, con restricciones muy grandes a la concesión de créditos.

Por otra parte las deficiencias bancocentralistas llevan a la ausencia de controles mínimos que comprometen el funcionamiento de mercados financieros estables. Temas como control de la concentración de riesgos, auditoría de las empresas financieras conexas, etc., no figuran en la agenda de los organismos de control.

Se transforma en indispensable la adopción de acuerdos dentro del Mercosur, en primera instancia, para pasar seguidamente al nivel de América Latina, que complementen los acuerdos de Basilea para dar base sólida y confiable a la infraestructura financiera que permita colocar al sistema financiero al servicio del desarrollo real de nuestros países.

Podría pensarse que todas las propuestas sean inválidas en estos momentos de grave crisis. Y efectivamente, no hay que ser muy erudito en el tema para atreverse a vaticinar la profunda caída de la IED para toda la Región en el corto y mediano plazo:
se estima que para el el año 2001 se produjo una caída de la IED mundial del 40% respecto al año 2000. El desafío de estos países será, compatibilizar la implementación de políticas de desarrollo con un sistema financiero calificado para validarlas, aunque no pueda ser antes, por lo menos, del mediano plazo.


Gustavo Samacoitz. Contador Público, asesor del Encuentro Progresista - Frente Amplio.