31 de mayo del 2001

Exitos en la lucha salarial en la Universidad de Harvard

Mark Engler
ATTAC

Hace dos meses, la dirección de Harvard creía que el tema del salario mínimo había quedado definitivamente cerrado. Había ordenado un estudio cuyos resultados publicados el año último preconizaban, extraña coincidencia, no aumentar el salario de una gran cantidad de personal de mantenimiento y restauración, de modo que pudieran cruzar el umbral de la pobreza, aumentando en cambio levemente las ventajas de los no asalariados. Para neil Rudenstine, presidente de la Universidad, el debate se hallaba cerrado. Unos cuarenta estudiantes irrumpieron entonces en su despacho de Massachussets may exigiendo un salario de 10,25 U$S por hora de trabajo y cobertura médica para todo el personal, a quienes les respondió: "No discutimos con terroristas" Sin embargo tuvo que resignarse a que el 8 de mayo los manifestantes luego de haber obtenido sustanciales concesiones de la administración, se retiraran del recinto entre los aplausos de centenares de simpatizantes. La ocupación, apoyada por los habitantes de Boston había durado tres semanas y había llamado la atención de los medios nacionales sobre las condiciones de explotación a que sometía a sus trabajadores la Universidad más rica del mundo y poniendo en el centro de los debates la injusticia económica cometida en el predio universitario. Y aunque la Universidad no haya capitulado del todo ha cedido terreno a los estudiantes, poniendo rápidamente en marcha una moratoria sobre las subcontrataciones y los seguros de salud. Se comprometió también a acelerar las negociaciones de los contratos de trabajo de los trabajadores de los alojamientos y de la restauración como también con el sindicato internacional de empleados de servicio (SEIU) La Universidad desea que el aumento de los salarios de los guardias, obtenido como consecuencia de las negociaciones sea retroactiva y concretada cuando termine el "sit-in".

El acuerdo no fija un salario mínimo común inmediato para todos los trabajadores. Una comisión dirigida por la universidad pero integrada por representantes de los empleados y de los estudiantes determinará y propondrá colegiadamente un salario mínimo. Esta decisión proporciona a Harvard cierta tranquilidad. Pero Amy Offner, una de las líderes de la campaña ha subrayado:" Este acuerdo permitirá establecer un salario mínimo, si todo va bien, de aquí a seis meses o un año. Y nosotros lograremos que vaya bien".

La campaña cuenta ciertamente con poder. El éxito del "sit-in" se apoya en la movilización de comunidades muy alejadas de la base estudiantil del movimiento. Los asalariados han convocado a la realización de manifestaciones masivas, los vecinos de la universidad vinieron a dormir en la gran carpa que habían levantado en el Harvard Yard y una nueva ola de estudiantes se comprometió en la lucha, lo que parecía impensable a fines del trimestre. " Una vez que el movimiento fuera lanzado, constata Amy Offner, la gente llegó desde todas partes para ayudarnos ocupando los locales hasta quince horas por día.!" Constituyéndose en vidriera de la creciente movilización a favor del salario mínimo a escala nacional, el sit-in provee un claro ejemplo de como las fuerzas que luchan contra la mundialización del capital en ocasión de los grandes encuentros internacionales sobre comercio, pueden alentarse campaña locales que encaren los mismos objetivos. Es el tipo de coalición que se ha formado sobre el tema del salario mínimo que otorga a las manifestaciones de Harvard su dimensión en el seno de los movimientos sociales. El "sit-in" testimonia la vitalidad de una única alianza entre estudiantes y asalariados, conformada estos últimos años.

Los sindicatos han tomado contacto iniciando un regreso al centro de la escena de los movimientos sociales bajo la dirección de John Sweeney, secretario nacional de la AFL-CIO (Federación independiente de sindicatos americanos). A través de su Instituto de organización ha reclutado una nueva generación de organizadores. Ha atraído tambiénm desde 1996, a miles de militantes estudiantes y jóvenes asalariados a su universidad de verano. UNITE el sindicato de asalariados del vestido ha invertido considerablemente en la reciente cruzada contra los "sweatshops" (talleres dependientes de sociedades transnacionales, en los cuales las condiciones de trabajo son casi de esclavitud) aportándole apoyo oficial y permitiendo al movimiento instalarse en el centro de la escena.

Pero la ocupación de los locales en el campus sigue siendo el terreno en donde la participación de los asalariados es más impactante. En el transcurso de estos dos últimos años las campañas contra los "sweatshops" han dado lugar a "sit-ins" en las universidades de Michigan, Iowa, de New York (Universidad del Estado de Albany), de Wisconsin y de Kentucky. El año pasado, la ocupación durante diecisiete días de la Universidad John Hopkins, en Washington, para reivindicar un aumento en los salarios del personal de mantenimiento, ya presagiaba ya la del Massachussetts Hall.

La campaña por el salario mínimo de Havard fue lanzado por el grupo de estudiantes PSLM (Progressive student Labour Mouvement) una organización que surgió directamente del movimiento obrero. Muchos de sus integrantes (fué creado en 1997) así como tres de los estudiantes que ocuparon la administración durante el sit-in habían participado en la universidad de verano de los sindicatos.

Si Harvard constituye una de las primeras grandes ofensivas sobre el tema del salario mínimo encaradas por los estudiantes, los sindicatos ya las habían lanzado desde hacía bastante tiempo, logrando una victoria en Baltimore en 1944. De modo que los militantes públicos y privados obtuvieron un aumento de los salarios más bajos de los contratos públicos. Desde aquella fecha más de cincuenta medidas relacionadas con el salario mínimo fueron adoptadas en diferentes ciudades de los EEUU. Algunas otras coaliciones progresistas luchan actualmente por lograr decretos similares en 75 ciudades.

Así como su apertura hacia el mundo estudiantil, el apoyo acordado en las luchas por un salario mínimo forma parte de las estrategias de un revitalizado movimiento obrero para llegar a un público progresista más amplio. Bruce Nissen, director del Programa del Centro de Investigaciones para el Salario (Universidad Internacional de Florida) y veterano de las luchas por el salario mínimo, declara que para la AFL-CIO esto forma parte de la construcción de una presencia mucho más fuerte de los sindicatos en el seno de la sociedad - crear un movimiento de trabajadores beneficioso para el bienestar general.

Es por esta razón que en oportunidad del "sit-in" de Harvard, la AFL-CIO envió a sus mejores negociadores para llegar a un acuerdo con la administración de la Universidad.

En el caso de Harvard decenas de trabajadores del campus hicieron uso de la palabra en las manifestaciones y testimoniaron ante la presa.

Los miembros del sindicato Horeca HERE (Union de empleados y obreros de restaurantes) prometieron públicamente que no aceptarían ningún acuerdo que incluyese una censura de tipo disciplinario para los estudiantes.

Aunque las medidas a favor de un salario mínimo apuntaban en principio a los gobiernos locales, nuevas leyes están tendiendo a afectar una amplia gama de subcontrataciones así como a empresas que reciben exenciones fiscales. Las acciones de los estudiantes en la John Hopkins y en Harvard fueron excepcionales porque extendieron la lucha a los empleadores privados. Harvard una universidad que vale 20 mil millones de dólares, se convirtió en un centro de atención: los estudiantes atrajeron a los medios poniendo de relieve los contrastes entre el míto de esta universidad y el miserable tratamiento que dispensaba a sus asalariados más bajos.

Así como las protestas contra la globalización dieron origen a improbables alianzas "rojos-verdes" entre trabajadores y ambientalistas, las campañas por el salario mínimo han generado impresionantes coaliciones a nivel de los EEUU. La asociación de Organizaciones Comunitarias para la Reforma inmediata (ACORN), el Sindicato Internacional de empleados del Sector servicios (SEIU) así como la coalición de los Sin Techo han llevado la lucha por el salario mínimo a Chicago; los trabajadores del sector hotelero, los verdes, los activistas por los derechos de los locatarios se unieron en Santa Mónica; grupos interconfesionales, los Panteras Grises, los proveedores de servicios sociales y abogados del tercer partido (movimiento progresista) se han unido en otros lugares.

Algunas campañas por el salario mínimo comenzaron por la desobediencia civil y las tácticas de acciones de masas para inducir cambios políticos. Además de los "sit-in" universitarios, la campaña de Chicago movilizó en sus marchas impresionantes multitudes de 15.000 personas y algunos trabajadores fueron arrestados por haber bloqueado la circulación cuando la campaña de Santa Mónica.

El sit-in de Harvard contribuirá a transformar los campues en lugares de punta para la expansión del movimiento por el salario mínimo: Las alianzas estudiantes-trabajadores se vieron reforzadas por las manifestaciones masivas como las de Seattle, en las que ambos grupos participaron juntos en las calles. La interacción de estos grupos es muy significativa especialmente para los activistas anti-mundialización que tratan de insertarse en campañas locales.

En su mayor parte, el éxito de las protestas en oportunidad de las grandes cumbres económicas puede medirse según el modo que la gente diamizada e inspirada por acontecimientos de gran escala , se implique en las luchas contra las empresas que cometen abusos "en su propio territorio" Los organizadores alientan acciones sobre temas tales como los "sweatshops", la bioagricultura, las reformas a la seguridad social, la extensión del encarcelamiento y la desmilitarización. De este modo tratan de establecer un vínculo entre la sociedad y la política internacional.

El salario mínimo es otro tema que establece vínculos y constituye un tema clave. Los estudiantes al hacer públicas las desigualdades existentes en sus campus, cada vez más ligados al mundo de los negocios, llegan lejos afirmando que son inaceptables los salario de miseria - tanto en su propio país como en el extranjero. Las universidades que subcontratan los trabajos de mantenimiento y de vigilancia con empresas que ofrecen salarios miserables obedecen a la misma lógica que empujó a Gap a hacer fabricar sus ropas en los sweatshops de El Salvador. Oponiéndose a esta injusticia el movimiento por el salario mínimo, actualmente en pleno desarrollo, forma parte de las resistencias de base en la carrera "hacia abajo" de la mundialización en la que los salarios de los dirigentes alcanzan cifras astronómicas mientras que los que están abajo en el mercado de trabajo luchan por sobrevivir.

Consideradas en su conjunto, las medidas relativas al salario mínimo que ya han sido tomadas, constituyen una de las victorias más significativas de los movimientos progresistas de este último decenio.

Las acciones son al mismo tiempo pragmáticas- mejorando concretamente la situación de los pobres- y visionarias - por cuanto sugieren que las coaliciones de las Izquierdas pueden cambiar las relaciones de fuerzas cuando los diferentes grupos deciden unirse.

No se trata de la providencia divina la que ha logrado que los dirigentes universitarios hagan justicia remunerando decentemente a sus empleados. La desobediencia civil de los estudiantes los forzó a considerar el problema del salario mínimo y la asombrosa solidaridad de la sociedad obligó a la administración a modificar su hasta ese momento inflexible posición.

Hay una cosa cierta; estudiantes de otros campus aprenderán la lección y junto a la comunidad y sus aliados obreros trataran de transformar el exitoso sit-in en un permanente desafío contra la injusticia económica.


Mark Engler es un escritor independiente y un activista de Des Moines, en Iowa. Anteriormente trabajo con la Fundación Arias por la Paz y el Progreso Humanos en San José de Costa Rica como también en el Public Intellectuals Program en La Universidad de Florida atlantic.