18 de mayo del 2001

Efectos de la globalización neoliberal en las democracias de los países centroamericanos
El caso de El Salvador

Iosu Perales

I Parte
Consideraciones preliminares

La globalización es un proceso histórico, no es el resultado de un acto como encender el motor de un automóvil o la luz de una habitación. Podemos decir que en el año 2025 estaremos mucho más globalizados y en el 2050 aún más. Se trata de una transformación permanente que no sabemos cuándo podrá llegar a completarse, sobre todo por cuanto su esencia es la de extender actividades a través de un planeta diverso geográfica, climática e históricamente.

Hobsbawm asegura que "la globalización no opera de la misma manera en todo los campos de la actividad humana. Mientras desde el punto de vista de la técnica, de las comunicaciones y de la economía puede decirse que es una tendencia histórica natural, no es así en la política".

El mundo de este fin de milenio es objeto de estudios de interpretación desde la conciencia de su ruptura y discontinuidad respecto a las épocas precedentes. La incertidumbre de Morin y la rebeldía intelectual de un Ramonet que denuncia un mundo sin rumbo, cohabitan con la visión más optimista de Friedman que ve en la globalización actual la superación de la guerra fría, y la del propio Giddens que nos invita a aceptar el riesgo para luchar contra una variedad de peligros fabricados por la propia intervención humana, desde una óptica de respuestas globales enfocadas como una tercera vía. La globalización como triunfo del capitalismo o como malestar, es para Castells resultado de la coincidencia de tres procesos independientes: la revolución de la tecnología de la información; la crisis económica tanto del capitalismo como del estatismo; y el surgimiento de nuevos movimientos sociales y culturales. La interacción de esos procesos y las reacciones que desencadenan han generado una nueva estructura social dominante: la sociedad red. Por su parte, Arrighi recuerda que "mucho de lo que se conoce con la denominación de globalización ha sido de hecho una tendencia recurrente del capitalismo mundial desde el inicio de los tiempos modernos". Ironiza en cierto modo al decir que quienes ven en la revolución de la información la gran novedad, olvidan que en su día el telégrafo, el automóvil, la radio y el teléfono, impresionaron igualmente. Para Arrighi son los mercados financieros mundiales el auténtico mercado global: "Las transacciones de divisas fueron en 1996 sesenta veces mayores que las del comercio".

En todo caso la globalización ha devenido en un término de moda, de uso extendido incluso entre ciudadanos comunes. Beck no duda en decir que es la consigna "peor empleada, menos definida, probablemente la menos comprendida, la más nebulosa y políticamente la más eficaz de los últimos años". Un rastreo de las semejanzas y diferencias en las concepciones acerca de la globalización, nos daría un mosaico de posibilidades: la globalización como interdependencia o intensificación de relaciones económicas; la globalización como cambio de rumbo estructural; como creciente interconexión social; como sociedad global. Y si observamos la relación entre capitalismo y globalización encontramos asimismo dos grandes acentos: el primero como dinamizador del segundo, que postula una corriente; la existencia de procesos parcialmente independientes, que defiende otro enfoque.

Sea como fuere la tendencia hacia la universalización es un hecho indiscutible, al parecer irreversible, que, en todo caso, no se representa armoniosa como en una fábula de Walt Disney. Ramonet observa como simultáneamente a los procesos de fusión se manifiestan fenómenos de fisión, de nacionalidades, religiones, etnias que se oponen con vigor a la idea de unificación y homogeneización global. Ante el telón de fondo de la integración, particularmente regional, la implosión se produce en regiones del Este europeo, habiéndose creado en los últimos quince años 22 estados diferentes. Sueños de anexión, secesión y limpieza étnica, tienen su espacio en un mundo globalizado. Por otra parte, un análisis riguroso de nuestro mundo globalizante nos ofrece el dato de que la quinta parte más rica del mundo posee el 80% de los recursos del planeta. De una población mundial de 6 mil millones, apenas 500 millones de personas viven confortablemente. De ahí lo absurdo de permanecer deslumbrados ante una globalización sectaria que sobre todo tiene que ver con el dinero. En contra del optimismo neoliberal, la globalización no es en sí misma ni una buena ni mala noticia, aunque a corto plazo no queda mucho espacio para la esperanza.

Para el neoliberalismo, inspirador y motor de la actual globalización, estos problemas y disfunciones serán resueltos por la mano invisible del mercado y el crecimiento macroeconómico. Esta tesis sostenida como verdad irrefutable desaloja toda otra posibilidad alternativa: se trata de un fundamentalismo que algunos autores denominan como pensamiento único. Este pensamiento asegura que el capitalismo no puede venirse abajo, es el estado natural de la sociedad, en tanto que la democracia no es el estado natural de la sociedad. Los neoliberales afirman que los mercados financieros poseen señales que orientan y determinan el movimiento general de la economía. Competencia y competitividad estimulan y desarrollan los negocios, aportándoles una modernización permanente y beneficiosa. El comercio libre, sin barreras, es un factor ininterrumpido del comercio y por tanto de las sociedades. La división internacional del trabajo modera las demandas laborales y aminora los costos de mano de obra. Siempre se trata de predicar menos Estado y la necesidad constante de favorecer los intereses del capital en detrimento de los intereses del trabajo. Este catecismo, repetido hasta la saciedad, ha obtenido un poder intimidatorio que advierte que separarse de estas leyes nos llevaría a la caída.

De acuerdo con Hayek en Caminos de servidumbre (1944) la ideología neoliberal asume que la vida es una pelea en la jungla, y el darwinismo económico y social, con sus llamadas a la competencia, a la selección natural y a la adaptación, es algo que se impone a todo y a todos. En este orden social los individuos se dividen en solventes e insolventes, es decir en aptos o no para ingresar al mercado. La solidaridad no es un imperativo sino la opción individualizada de la compasión. Esta filosofía encaja en el modo de las actuales relaciones internacionales. Sería de interés una reflexión que no tiene espacio en estas notas acerca de la relación, choque y cooptación entre ética protestante y catolicismo de la igualdad.

Como dice Jáuregui la tentación de aferrarnos a viejas certidumbres, frente a lo nuevo, no es lo más apropiado. Por contra, aceptar el riesgo de actuar ante los procesos de cambio desde una actitud crítica, es mucho más apasionante. De modo que si aceptamos el punto de partida de que la actual globalización no encarna los valores de un ideal emancipatorio, parece una necesidad la asunción de un proyecto alternativo humanista de globalización que implica la construcción de un sistema político que, como defiende Amin no esté al servicio del mercado global, sino que "defina sus parámetros tal como el Estado-nación representó históricamente el marco social del mercado nacional y no su mera área pasiva de desarrollo". Amin, propone cuatro campos de acción política para la configuración de un nuevo sistema global: la organización del desarme mundial; la organización del acceso a los recursos del planeta de manera igualitaria, que incluya una valoración de los mismos, lo que obligaría a reducir pérdidas y residuos, y una distribución más equitativa del valor de los ingresos derivados de dichos recursos; la negociación de relaciones económicas abiertas y flexibles entre las regiones del mundo, liquidando las instituciones que actualmente dirigen el mercado mundial y creando otros sistemas para gestionar la economía global; el inicio de negociaciones para la correcta gestión de la dialéctica mundial/nacional, y la puesta en marcha de un parlamento mundial. Se trata de una recuperación de la política, no por la vía subterránea del neoliberalismo, sino explícitamente, situándola en la cabina que debe dirigir el rumbo del mundo. El propio Jáuregui apela a la democracia cosmopolita de Held como vía de reconstrucción democrática. Held propone como principales prioridades colectivas, la autodeterminación, la creación de una estructura común de acción política, y la preservación del bien democrático. En esta línea, Held propone que el modus operandi de la producción, distribución y explotación de los recursos debería ser compatible con el proceso democrático.

La globalización neoliberal se presenta cada vez más como un sistema político basado en la desaparición de lo político.

Presentándose como apolítica la globalización ejerce una alta política. Su racionalidad económica esconde políticas muy concretas: el mercado dicta y el Gobierno administra lo que le dicta el mercado. Ciertamente, el mercado global, hace que "los centros de gravedad de las fuerzas económicas que gobiernan la acumulación hayan atravesado las fronteras de los Estados particulares; por otro lado, no existe en el ámbito mundial un marco o estructura político, social, ideológico y cultural que pueda dotar de coherencia a la gestión global del sistema. Por tanto, en lo que respecta a la dimensión política, la gestión de la crisis consiste en intentar suprimir el segundo término de la contradicción, el Estado, con el objeto de imponer la gestión de la sociedad por el mercado como única regla".

Entramos aquí en lo que constituye el hilo de reflexión de este trabajo: Los efectos de la globalización en la soberanía de los Estados, en la democracia y la ciudadanía, en el caso de los países pobres periféricos.

La erosión del Estado-nación y del sistema interestatal creado en Westfalia, plantea un número no despreciable de problemas generales, tales como:

-El creciente poder de las corporaciones multinacionales y la instalación de monopolios que controlan los mercados financieros mundiales,

-El fortalecimiento de los poderes económicos, independientes de los poderes políticos,

-La construcción de poderes supra-estatales, alejados de la ciudadanía y de su control democrático, que fabrican normativas de obligado cumplimiento,

-El vaciamiento de poder de instituciones inter-estatales como las Naciones Unidas,

-La existencia de monopolios tecnológicos sólo accesibles a Estados poderosos y ricos,

Para el caso de los países pobres y periféricos, la erosión es aún mucho más grave: sin poder para negociar, asisten inermes a la imposición de conductas y de decisiones tomadas en los mercados y centros financieros, sin otra posibilidad que ser globalizados en condiciones de extrema indefensión.

Muchos de estos países, nacionalmente débiles, que aún no se han consolidado como Estados-nación, se ven presionados y cooptados por centros de gravedad de las fuerzas económicas que gobiernan la acumulación rompiendo las fronteras. Se impone la gestión de sociedades dependientes por el mercado global, lo que constituye una alternativa fatal. No es ni será factible un desarrollo humano sostenible sin ese espacio político, social y cultural, que es el Estado-nación. Un Estado reconocible por su función social, que ejerza liderazgo alrededor de una aspiración común de modernización y de equidad. Mientras esto no ocurra seguirán habiendo en cada país pobre, periférico, dos naciones: arriba los sectores privilegiados cuyos movimientos económicos tienen como centro focos externos a sus propios países, y abajo los excluidos del campo y la ciudad que apenas participan en los intercambios económicos y en el sistema político nacional.

No es vanal recordar que, con frecuencia, cuando se debate la cuestión globalización/soberanía de los Estados, se hace desde una posición y visión del mundo eurocéntrica. Así la corriente que simpatiza con la transferencia de poder político de los Estados a centros supra-estatales, normalmente no advierte que aquellas sociedades que no han alcanzado la primera modernidad, en un mundo asimétrico, están lejos de poder prescindir de cuotas de soberanía que nunca han podido ejercer y sin embargo necesitan. Es el caso de los países centroamericanos.

Globalización y soberanía estatal: un debate

Parece haber una coincidencia en torno a la constatación del aumento de actores transnacionales que funcionan con iniciativa propia y autonomía o independencia respecto de las organizaciones territoriales que son los Estados. No es necesario insistir que el propio sistema capitalista mundial, hasta llegar a ser el sistema socio-histórico del mundo entero, se ha basado en la construcción de organizaciones territoriales capaces de regular la vida social y económica y de monopolizar los medios de coacción y violencia. Es la soberanía de estas organizaciones la que se dice que va a ser socavada por la ola actual de expansión financiera y la creación de instituciones políticas supraestatales.

Tal vez, uno de los críticos más radicales a la actual globalización sea Ignacio Ramonet. Visualiza que el Estado ya no controla los cambios ni los flujos de dinero, de informaciones y mercancías, y sigue ocupándose a pesar de todo en la formación de los ciudadanos y del orden público interior, dos misiones muy dependientes de la marcha general de la economía. El Estado ya no es totalitario, pero la economía en la era de la mundialización, tiende cada vez más a serlo –según Ramonet-. Este pensador y flagelador del neoliberalismo define a lo que denomina <> como sucesores en cierto modo de regímenes de partido único de los años treinta, por lo que tienen de regidores de la totalidad de la actividad de la sociedad mediante el pensamiento único. Los regímenes globalitarios de Ramonet no admiten ninguna otra política económica, dejando los derechos sociales del ciudadano abandonados a la razón competitiva. Los mercados nacionales, uno de los fundamentos del Estado-nación han sido aniquilados por la mundialización. Ello supone que el Estado no tiene ya medios para oponerse al mercado. Así la realidad de un nuevo poder mundial escapa al control de los Estados.

La falta de Estado es para Ramonet una desgracia que afecta a la democracia y modifica los escenarios de la lucha por la transformación social. Pronostica un encontronazo inevitable entre capitalismo y democracia.

El enfoque de Anthony Giddens es completamente distinto. Advierte que la batalla del siglo XXI "enfrentará al fundamentalismo con la tolerancia cosmopolita". Para él, la globalización está detrás de la expansión de la democracia. Confía en el triunfo de un cosmopolitismo que abraza la complejidad frente a los fundamentalismos que se ven perturbados por los cambios que significan convivencia de lo diverso. Giddens asume la globalización, a la que define como una serie de procesos, como una oportunidad civilizatoria. Su visión comprende la existencia de una asimetría mundial, de manera que la evolución no equitativa de la globalización nos muestra estadísticas angustiosas. Pero se rebela contra quienes ven en la globalización, unilateralmente, un saqueo global, y señala como su desarrollo es cada vez más descentrado.

Giddens afirma que los Estados-nación, son desde luego aún poderosos, y que los líderes políticos tienen un gran papel que jugar en el mundo. Pero inmediatamente reconoce que el Estado-nación se está transformando ante nuestros ojos, y que las naciones han de repensar sus identidades. Está emergiendo una sociedad cosmopolita mundial que requiere nuevos instrumentos políticos. Y es en este punto cuando Giddens se radicaliza al abogar por una regeneración democrática en el escenario de la sociedad mundial, admitiendo distintas variantes y grados en su desarrollo. Admite la paradoja de que al tiempo que la democracia se expande por el mundo, sufre un descrédito allí donde lleva tiempo instalada, para lo que sólo hay una medicina: democratizar la democracia. Pero ésta, en la actualidad, debe volverse transnacional.

¿Qué significa la democracia transnacional de Giddens? La promoción de esta democracia por encima del nivel del Estado-nación supone que las organizaciones transnacionales se democraticen y lideren procesos políticos generales. Su apuesta es favorable a organizaciones como la Unión Europea, superior a una simple asociación de naciones, en la que los países participantes han renunciado voluntariamente a parte de su soberanía. Giddens ve en este tipo de organizaciones una vía de expansión de la democracia dentro de los Estados y en su vínculo internacional-territorial.

Ramonet y Giddens se colocan en posiciones opuestas desde un nexo común: ven la pérdida de soberanía de los Estados como un hecho irreversible. Giovanni Arrighi tercia con un diagnóstico, al menos parcialmente distinto y sugerente. Su tesis arranca de la idea de que la mayoría de los miembros del sistema interestatal nunca tuvieron las facultades que se está diciendo que los Estados van a perder bajo el impacto de la ola actual de expansión financiera; e incluso los Estados que tuvieron esos poderes durante un tiempo no los tuvieron en otro. Resalta que las expansiones financieras del pasado, no menos que la del presente, han supuesto la pérdida de poder de algunos Estados –incluso de Estados que han sido tenedores de vías del capitalismo mundial- y el fortalecimiento simultáneo de otros Estados. Arrighi nos recuerda que las ciudades-estado como Venecia y la diáspora genovesa de negocios transnacionales fueron reemplazadas por un proto-estado nacional como Holanda, a su vez reemplazado por el imperio británico, al que sucedió en el ejercicio de la hegemonía Estados Unidos, con sus corporaciones transnacionales y sus redes militares. Cada nueva crisis afecta a un tipo diferente de Estado.

Estirando del enfoque de Arrighi, creo que puede sostenerse que el modelo westfaliano ha sido desbordado por el crecimiento de redes transnacionales de todo tipo, para defender seguidamente estas ideas:
1. La pugna entre globalización y soberanía de los Estados no ha librado aún las batallas decisivas.

2. La pérdida de soberanía nacional afecta muy desigualmente a los Estados. El discurso neoliberal esconde el hecho de que tras el "beneficio general del poder del mercado" hay Estados ganadores.

3. Los estados de sudeste asiático muestran el caso de una integración en los mercados internacionales con el apoyo decisivo del Estado.

La conclusión es que, sin negar el impacto de la globalización financiera es conveniente relativizar por el momento sus efectos políticos.

Ulrich Beck expone con claridad como la globalización es una amenaza contra los Estados-nación. La pretensión de los ideólogos y de los poderes neoliberales es la de desmantelar la política social estatal y su aparato con el fin de avanzar hacia la utopía del anarquismo mercantil apoyado en un Estado mínimo. Beck se sorprende de la paradoja de que algunos políticos pidan mercado y más mercado cuando con ello facilitan que se cierre el grifo del dinero y del poder. Y es que, sin revolución, sin cambios de leyes, la toma de centros vitales por poderes económicos transnacionales es una realidad. Siendo el Estado asistencial y la democracia en funciones los perdedores, Beck plantea la necesidad urgente de formular los términos teóricos y políticos de una eficaz justicia social en la era de la globalización.

La alianza histórica entre sociedad y mercado, necesitada de una organización territorial, asistencial y democrática, se viene abajo.

Los neoliberales liquidan así los cimientos de Occidente aun cuando se presentan como simples reformadores. La posición de Beck es en este punto sumamente crítica, y sentencia que esta modernización está condenada a muerte.

¿Quién ataca al Estado nacional? La globalización es una ramificación densa de redes de relaciones regionales-globales que configura una realidad policéntrica; los actores transnacionales se multiplican con cada vez más poder. ¿Puede hablarse de una megasociedad nacional a modo de sociedad mundial? Según Beck no hay tal posibilidad, pues la globalización significa también ausencia de Estado mundial.

Es más concretamente: sociedad mundial sin Estado mundial y sin gobierno mundial. Por consiguiente vivimos un momento de difusión de un capitalismo desorganizado, donde no existe un centro político sustitutivo de los Estados nacionales.

La tesis de Beck, de ser cierta, constituye un grave aviso. El rumbo del mundo en manos de poderes invisibilizados por su dimensión centrífuga e irresponsables en términos democráticos, es la peor de las alternativas.

Richard Falk remata el estado de alarma al referirse al declive de la ciudadanía, como algo derivado de la actual globalización sin rostro político. Falk comienza recordando que el ejercicio de los derechos y deberes ciudadanos ha estado tradicionalmente asociado a la participación y pertenencia a Estados definidos territorialmente, razón por la cual el hecho de la ciudadanía se vincula a ser miembro de una comunidad política definida geográficamente. Este vínculo entre ciudadanía y límites territoriales otorga una identidad que no puede ser reproducida por la lógica de la globalización. La debilitación de los lazos de unión entre Estado e individuos erosiona los fundamentos de la ciudadanía tradicional. Falk reflexiona sobre la posibilidad de que emerjan conceptos como los de "ciudadanía global", pero reconoce que no es tarea fácil el ejercicio a cabalidad de derechos derivados de ese nuevo concepto.

Ciertamente, el ciudadano que visualiza Falk es un ciudadano des- territorializado, lo que lesiona el ejercicio cívico que lo une a una colectividad política predefinida. En su lugar, sólo será capaz de establecer lazos fragmentados y diversos, las más de las veces inconexos, con los elementos de la sociedad global.

El autor advierte que este fenómeno no se vive de igual manera en un Occidente más habituado a cruzar fronteras y definir identidades más allá de los límites de los Estados, que en la sociedades Orientales donde la resistencia a los procesos de globalización supone el resurgimiento de sentimientos nacionalistas, étnicos, religiosos, en desmedro de las capacidades de tolerancia. Es el juego de fusión y fisión del que habla Ramonet. La solución al problema de la pérdida de conciencia de la ciudadanía la encuentra Falk en la combinación de formas transnacionales de hacer política en el ámbito ciudadano con el rescate de métodos tradicionales de acción local, pues el rótulo de "ciudadano transnacional" pierde sentido si no existen medios claros y efectivos que garanticen su participación y reconocimiento en el ámbito local. El rescate de la ciudadanía es esencial para la democracia y la defensa de los derechos humanos, ¿cómo lograr que este concepto armonice un contrato global con la pertenencia activa a una comunidad territorial? Para Held ello es factible. Este autor ve necesario que grupos locales, visionarios, sean capaces de construir organizaciones locales y transnacionales a un tiempo; organizaciones que actuando localmente abran las puertas de la globalización a la construcción de una sociedad civil global sustentada en el ethos de las democracias cosmopolitas.

Como puede apreciarse, los acentos son diversos, y en ellos navegan a veces sentimientos optimistas o pesimistas que son, sobre todo, cargas subjetivas no comprobadas. Llama la atención que la mayoría de autores se refieren a la relación globalización/Estados nacionales desde un presupuesto teórico homogeneizador, como si decir Estado- nación fuera suficiente para reunir toda la diversidad que presenta a escala mundial. Samir Amin ataca este asunto diferenciando Estados de los países ricos y Estados del llamado Tercer Mundo que apenas sí son Estado. Pero antes de llegar al meollo de este asunto que será el preámbulo de una reflexión sobre el caso salvadoreño, permítaseme algunas reflexiones generales a propósito de lo expuesto hasta aquí En primer lugar la hipótesis de una democracia cosmopolita organizada en torno a instituciones regionales y/o mundiales, entiendo que es sólo posible si las democracias nacionales funcionan más eficazmente. Pensar que la actual crisis, extendida, del sistema parlamentario en Occidente, con lo que supone de desilusión en la política y descrédito de los políticos profesionales, pueda ser superada mediante organizaciones internacionales lejanas, cuya actividad es desconocida por los electores, constituye una apuesta cuando menos voluntarista.

En segundo lugar, la organización de la democracia planetaria en torno a macro-instituciones plantea el problema irresoluble del imposible control de los ciudadanos, acerca de sus actividades cotidianas, como de auditoría y fiscalización política. Si ello constituye ya un problema en los sistemas políticos nacionales, mucho más en el escenario mundial.

En realidad advierto que detrás de algunos planteamientos que se resignan al declive del Estado-nación y abogan por una democracia global, lo que hay es la aceptación de que la democracia ha sido derrotada y, en su lugar, una red de grupos de interés, comenzando por los financieros, son los llamados a gobernar globalmente. Como este hecho es visto como irreversible, sólo queda la posibilidad de frenar sus efectos nocivos mediante la creación de instancias políticas: recuperación de la ONU mediante su democratización; creación de Tribunales Internacionales; constitución de entidades económicas y políticas regionales como la Unión Europea, etc.

En cuarto lugar, hay un hecho que no se destaca suficientemente: la globalización debilita a muchos Estados-nación, pero otros salen fortalecidos. Es cierto que hasta Estados Unidos conoce una disminución de su poder hegemónico, pero, su conexión con las corporaciones transnacionales y los mercados financieros, hace que su influencia mundial no disminuya por vías indirectas. La pérdida de poder de los Estados más fuertes con la caída del modelo westfaliano no supone una pérdida de poder real en dimensiones clave para el futuro de la humanidad. Por otra parte, en la medida en que tales Estados se conciben a sí mismos, como animadores y protectores de la iniciativa privada, ven su vocación cristalizada en la era de la globalización neoliberal.

En quinto lugar, la pérdida de soberanía nacional en el caso de los Estados-nación desarrollados, se está dando de manera autoregulada –caso de la Unión Europea- sin que ello suponga ni trauma ni declive de poderes fundamentales. La conservación de competencias esenciales, va unido al hecho de la liberación para los gobiernos de ciertas cargas: Europa es en España el referente responsable de bastantes políticas económicas y sociales impopulares.

En el fondo de la cuestión está en debate la democracia.

Como es conocida la relación entre Estado y democracia ha sido siempre difícil. Esta última se formó en buena medida frente o contra el poder político hobbesiano encarnado en el Estado. Sin embargo, con el paso del tiempo el poder político constituye un bien en la democracia. La debilidad de este poder estatal puede suponer una amenaza para la democracia. Este peligro es mayor cuanto más se extienden y fortalecen las corporaciones transnacionales. La pérdida de este poder político puede decirse que deriva en una fragilidad en sus dimensiones protectoras de la seguridad, estabilidad, y del ejercicio de los derechos fundamentales de los ciudadanos, dado que los conflictos no pueden resolverse únicamente con la razón y la lógica.

Ahora bien, la participación de los ciudadanos es esencial para la legitimación del poder y la democratización permanente de la democracia. La búsqueda de un equilibrio entre poder y participación constituye una tensión propia de la democracia en el ámbito de la organización territorial que es el Estado. La democracia representativa es para algunos ese espacio de equilibrio, pero cabe defender junto a la anterior una democracia directa expresada en formas legales. Ello implica en cualquiera de las dos versiones una capacitación de los actores que no podría darse eficazmente sin la figura del Estado-nación, en la disolución de una esfera mundial.

La globalización no asegura este equilibrio ni la capacitación ciudadana para la democracia: el ámbito territorial global no vertebra a la comunidad, no concita identidad; los canales participativos son débiles y aquello que hay que elegir resulta ser algo muy distante sin contornos definidos. En todo caso el impacto de la globalización es asimétrico: las sociedades de tradición democrática pueden soportar la dejación de competencias y grados de soberanía; pero las sociedades nacionalmente débiles quedarían a merced de fuerzas transnacionales cuya única conciencia es el mercado. La tutela de instituciones democráticas mundiales no puede resolver este déficit de Estado en los países periféricos. De modo que la llamada "aldea global" lo es tan sólo para elites, pero no para las mayorías del planeta.

Por otra parte, las organizaciones transnacionales adolecen de déficits democráticos notables. El caso de la Unión Europea, aun cuando su construcción sucede en un territorio de cultura democrática, constituye una alarma. En ella, la lucha por los Estados por cuotas de poder, advierte como la transferencia de soberanía a organismos comunitarios es lenta y está llena de desconfianzas. Los países más fuertes se alzan como "representantes" fácticos del "espíritu europeo".

II Parte

La globalización y los países centroamericanos

La gran mayoría de los países del llamado Sur no tienen capacidad para enfrentar los desafíos de la globalización, con cierta aproximada igualdad de condiciones que los países desarrollados, pero tampoco pueden marginarse de la impetuosa corriente mundial que genera, replegándose hacia una autarquía imposible. Tienen un alto grado de dependencia de la cooperación internacional y del crédito externo, así como la necesidad de recibir un tratamiento especial para sus exportaciones de parte de las regiones desarrolladas. Ello les coloca en una encrucijada, en la medida en que la apertura comercial y la liberalización económica los arroja al escenario incierto del mercado global, en el que los frágiles Estados del Sur no ejercen control alguno.

Los países de América Latina han pasado por tres grandes etapas del desarrollo económico: La exportación de materias primas, resultado de un contexto semifeudal y oligárquico; la de la sustitución de importaciones basada en un modelo populista; la ya reseñada de liberalización y apertura, sin un modelo de desarrollo definido. Los países centroamericanos, lo más pobres y menos desarrollados –junto con algunos otros del Caribe-, viven el progresivo agotamiento del modelo de ajuste estructural, impotentes para evitar el deterioro de sus economías. En esta región del mundo las expectativas de crecimiento se nutrían de las posibilidades de nuevas exportaciones gracias a la maquila, la mejora de los precios de algunos productos tradicionales como el café y el banano –últimamente también el camarón- y del dinamismo del mercado centroamericano, además de esperadas ventajas de tratos preferenciales, tanto de Estados Unidos como de la Unión Europea. En lugar de cumplirse estas expectativas, el presente de la región está sumido en la crisis: déficit comercial, deuda externa que consume un alto porcentaje de los presupuestos nacionales; déficit fiscal; altos niveles de inflación; un elevado grado de inestabilidad social y desempleo; pobreza extrema y desigualdades en aumento.

Además, Centroamérica, cuenta con las siguientes desventajas específicas: atraso tecnológico; escasez de recursos humanos técnicamente capacitados; falta de infraestructura física; economías de espuma con consecuencia de que las remesas familiares representan porcentajes elevados de los ingresos de divisas; penetración del narcotráfico en las instituciones militares. Junto a ello, gobiernos generalmente sectarios y excluyentes, sin interés por la concertación con los agentes sociales y la oposición política.

Por otra parte, Centroamérica configura un escenario históricamente mediatizado por el intervencionismo de Estados Unidos. El patio trasero de la primera potencia mundial no ha podido autodeterminarse hasta el punto de elegir su propio modelo político y social, sometido a las prioridades de la seguridad nacional norteamericana y a los intereses de sus grandes compañías.

Tomando palabras de Samir Amin afirmo que la nación no ha logrado aún construirse a sí misma en el caso de Centroamérica –no contemplamos a México, donde con su revolución logró constituirse como Estado-nación-.

El carácter periférico de sus estructuras económicas, orientadas al monocultivo, ha persistido pese al establecimiento de Estados formales, integrados por sectores selectos. Estos países sufren la crisis crónica derivada de la vulnerabilidad de las estrategias basadas en una inserción deliberada en la división internacional del trabajo.

Al decir que los Estados centroamericanos son clasistas en extremo, destaco la existencia "de un intervencionismo estatal cuidadosamente delimitado por su carácter servil a los grupos oligárquicos". Intervencionismo que siempre se adaptó a las necesidades de "expansión" de estas clases dominantes. Se da, entonces, en el actual contexto neoliberal, la paradoja o contradicción de una empresa privada que predica la reducción del Estado que ella misma ha tallado a su medida. En el otro lado, los sectores populares ven al Estado como algo nebuloso, alejado de sus vidas, con unos puntos de contacto que son los cuerpos de represión y la fiscalidad.

Los países de esta región del mundo ¿qué lugares pueden ocupar en la globalización neoliberal? Los más marginales. Participan del ejército de países sobre los que recae el peso de las estrategias de los centros desarrollados; son los globalizados. Estados residuales, extremadamente vulnerables, abiertos a las fuerzas de un mercado mundial que no repara en sus necesidades internas de desarrollo y democracia. Así, los gobiernos locales, sumisos de unos intereses económicos no patriotas, fascinados por la posibilidad de participar aunque sea mínimamente en el mercado global, se han movido históricamente entre la regresión y la violencia, evolucionando últimamente hacia la superación del autoritarismo y los conflictos armados. Este comportamiento secular elude, incluso ahora en los escenarios de paz, la responsabilidad de acometer la pobreza estructural, dejando a las "organizaciones humanitarias" la gestión de la miseria que asola a amplios sectores sociales.

Sin duda, el futuro de la región descansa en buena medida en su integración. Ya la Cumbre de Presidentes de Esquipulas II, en 1987, estableció un programa para pacificar y democratizar la región. Su visión de paz ayudó a transiciones democráticas, estimuló el comercio regional interrumpido por las guerras y propició el inicio de una nueva ronda regional, ahora con la incorporación de Belice y Panamá. Sin embargo, los logros económicos y políticos son precarios, y en materia de equidad social y sostenibilidad ambiental, negativos.

El propio PNUD resume de este modo la situación general de la región:

1. Brechas en logros del desarrollo humano entre países; en el istmo coexisten cuatro países que ocupan varios de los últimos lugares en el hemisferio y dos (tres sí se incluye Belice) países líderes de América Latina.

2. Brechas territoriales internas en todos los países. A la par de enclaves modernos en capitales y ciudades principales, yacen vastas zonas pobres y de baja productividad, usualmente las zonas rurales y fronterizas.

3. Múltiples y amplias brechas entre grupos sociales: entre ricos y pobres, entre hombres y mujeres, entre indígenas, afrocaribeños y no indígenas, por ejemplo. Estas brechas de equidad han generado una extensa pobreza y han excluido a las mayorías del acceso a servicios sociales y a los beneficios del desarrollo.

4. Brechas en el desempeño económico, políticas y marcos jurídicos entre los países que afectan los climas de negocios en la región. Además, países como El Salvador y Nicaragua, afectados por la guerra, apenas recuperan hoy el PIB que tenían hace veinte y treinta años respectivamente.

5. Una desarticulación física y cultural de la zona atlántica centroamericana, la de mayor extensión y riqueza biológica, con respecto a la zona pacífica, donde reside la mayor parte de la población. Por razones históricas aún no superadas, Centroamérica no ha aprovechado su vocación ístmica ni su posición caribeña, con la excepción de Panamá y, en mucho menor escala, Belice.

6. Una fragilidad y vulnerabilidad social y ambiental de las sociedades centroamericanas. Las principales ciudades e infraestructura física y económica están en zonas de alto riesgo y la pobreza rural más severa se concentra en zonas críticas para el abastecimiento de agua y la preservación de la biodiversidad regional.

Así pues, la región Centroamérica, con 35 millones de habitantes, tiene como principal desafío la consolidación de procesos de paz, democracia, libertad y desarrollo. Es el reto de construir una comunidad plural y multiétnica, basada en equidad social, ciudadanía regional, y desarrollo sostenible.

Sin embargo, mi tesis insiste en la idea de que la región se encuentra como huérfano a la intemperie, indefensa ante una globalización que supone el desembarco de multinacionales que compran las empresas públicas a bajo precio; que alienta la salida de capitales privados en busca del rápido beneficio, sin vocación de inversión nacional; que implica la desprotección de sus productos.

Por otra parte, la idea de una globalización sustentada en la libre competitividad choca violentamente con la existencia de una dominación estructural a través de la deuda externa. Es el caso de Nicaragua cuya deuda es once veces mayor que su capacidad de exportaciones.

Hasta el momento la ola neoliberal ha acentuado el empobrecimiento y la regresión de las sociedades en la región centroamericana. Los ideólogos de esta globalización nos dicen que se trata de una transición, pero no indican si la región ha de esperar unos cuantos años o varios siglos. El liberalismo sin fronteras, que en su manera total nunca ha existido, es una utopía emanada de "una ideología básica del capitalismo puro reducido a las leyes de la acumulación y guiado exclusivamente por la lógica estricta del capital".

Esta globalización neoliberal impacta sobre la política, implicando a la democracia. El Estado es modificado por determinantes extra- nacionales, debilitando la soberanía de instituciones ya de por sí frágiles. Los Estados centroamericanos, como unidad de poder siguen cumpliendo una función territorial, pero sus gobiernos no responden realmente ante el pueblo sino ante los organismos financieros internacionales, comenzando por el Fondo Monetario, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo. Los parlamentos nacionales reciben "paquetes" económicos ya pactados entre los ejecutivos y los citados organismos, sin posibilidad de modificación sustancial so pena de ver penalizado al país. Una dosis moderada de nacionalismo no vendría mal en los citados parlamentos para espolear inversiones en el país y considerar el impulso de renglones productivos y económicos en clave autocentrada alejada de la autarquía y conectada a los movimientos regional e internacional.

Hay en la globalización neoliberal una circulación de males que van desde la exportación de polución al Sur hasta el desmantelamiento del Estado, pasando por una movilidad de capitales estrictamente especulativos que con la misma rapidez que invaden un país, lo abandonan dejándole una nueva crisis.

En el caso centroamericano podemos observar un fenómeno por otra parte general: como quiera que la globalización empuja a niveles superiores de competencia en el mercado, la reacción empresarial de reducir costos se transfiere al Estado en una doble dirección, por un lado en presiones para bajar las tasas impositivas al capital y a la producción, y por otra parte se tiende a reducir la protección de los trabajadores y a limitar sus derechos. La extensión de maquila es la extensión del capitalismo más primitivo.

En mi opinión es esencial el rescate de la política y una redefinición del espacio del Estado centroamericano. Pues "la pretensión de reducir al Estado a la irrelevancia o impotencia por lo general va acompañada de una concepción –explícita o implícita- de disolución de la comunidad nacional", en palabras de Zamora. Este político salvadoreño, socialcristiano, ve en la aldea global una red de relaciones que distribuyen el poder y la riqueza de una manera todavía más desigual que la ya escandalosa asimetría de la sociedad nacional.

El Estado sometido a la norma del derecho, excepto en Costa Rica, es una asignatura pendiente en la región. Este Estado es necesario como estructurador de la comunidad nacional, precisamente para combatir algunas de las brechas que señala el informe del PNUD. Ello supone un replanteamiento de la relación entre el Estado y la sociedad civil, no a la manera del Banco Mundial que reduce la relación al ámbito de una paz social necesaria para imponer sus planes de ajuste, sino desde principios democráticos y de equidad.

"Acogemos con curiosidad el empeño del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y del Banco Mundial en sumar la sociedad civil a las sinergias para el desarrollo. Pero enseguida hemos de decir que nuestra apuesta por la participación ciudadana en todas las esferas políticas, locales y nacionales, y nuestra convicción de que los movimientos sociales deben asumir iniciativas y realizaciones económicas y sociales, no se inscriben en una visión que busca descargar al Estado social de sus responsabilidades públicas, particularmente de su deber de atender a los sectores más vulnerables. Antes al contrario, los derechos sociales universales, son un componente comprobado históricamente en la conformación de sociedades con identidad y sentido de pertenencia, con dosis de solidaridad interna. Nos preocupa en este sentido el que detrás de la concepción de sociedad civil puedan haber visiones que no son sino una prolongación de la fiebre privatizadora disfrazada de una filosofía libertaria de contenido neoconservador. Cuestión esta última que es visible en algunos enfoques de la descentralización del Estado que en nada tienen que ver con un afán democratizador" "Nuestra posición es, desde luego, contraria al estatismo; contraria al Estado devorador de recursos y de las energías sociales; contraria al Estado burocratizado; contraria al uso corrupto de políticas públicas. Pero ello no nos conduce a minimizar su función social y democrática. Se trata por consiguiente de encontrar los espacios propios de la sociedad civil y del Estado. Establecer una nueva relación en la que el control sobre la actividad del Estado obligue a la transparencia de este último y su construcción sobre los pilares del Derecho y una democracia basada en la distribución del poder, esto es en una descentralización que no debe quedar reducida al ámbito de los fines, sino que debe expresarse también en el momento de decidir y poner en práctica los mecanismos y métodos para la participación. Queremos impulsar una verdadera participación ciudadana en todas las esferas de la vida política, porque creemos en una buena combinación de la democracia representativa y de la democracia directa".

"La participación de la sociedad civil en el desarrollo no puede concebirse como una mera estrategia para la consecución de paz social en el marco de la implementación de duros programas de ajuste; una tentación real habida cuenta que en Centroamérica las ONGs ocupan una centralidad creciente en disputa con los viejos movimientos sociales. Ni debe medirse básicamente en el Norte como un modo de cooptación de ONGs que constituimos el cemento de un consenso moral ante la pobreza televisada y tenemos alguna influencia en la opinión pública. En términos democráticos la participación debe contemplarse como un imperativo del sistema mismo. Esto debe entenderse como la necesidad de una relación dialogica que comience por profundizar en conceptos y criterios a fin de consensuar un modelo posible de desarrollo humano sostenible, lo que lleva implícito consensuar cuáles deben de ser las condiciones estructurales de la gobernabilidad, de gobernabilidad y democracia".

El Estado es por consiguiente un factor fundamental en las siguientes dimensiones:

1. En su función democratizadora, abriendo la participación política a los sectores tradicionalmente excluidos; abriéndose a una descentralización que dote a los municipios de autonomía y presupuesto suficiente.

2. En su función social y redistribuidora, corrigiendo las cegueras del mercado, definiendo junto con los actores sociales metas generales del desarrollo humano sostenible, de modo que se eviten en lo posible los efectos negativos de la globalización. Aplicando políticas fiscales progresistas.

3. En su función promotora de nuevos actores económicos, de alternativas de cooperación, de investigación.

4. En su función de Estado concertador, más allá del parlamento, debe desarrollar mecanismos de concertación entre sectores sociales y de éstos con el gobierno y los partidos políticos, para diseñar políticas económicas generales, la distribución de recursos sociales y el modo de inserción en la globalización.

5. En su función nacional, reconociendo a los pueblos y etnias –de particular importancia el caso de Guatemala- sus derechos históricos y su espacio en los marcos actuales de decisión gubernamentales. Preservando y promoviendo una conciencia autodeterminativa frente al secular dominio en la región de las administraciones y corporaciones norteamericanas.

De modo que en un momento histórico en que el Estado es visto bajo sospecha y hasta desprecio en sus funciones sociales y al mismo tiempo es utilizado a mansalva para satisfacer intereses de un reducido grupo, mi punto de vista es que ante las tendencias estructurales de la sociedad mundial se hace necesario que Centroamérica cuente con Estados-nación fuertes.

El caso de El Salvador

Ricardo Olmos considera que la firma de la paz entre el Gobierno de ARENA y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional fue una reconciliación nacional sin nación. Este economista salvadoreño afirma que la construcción de la nación está aún en proceso, en la medida en que la enajenación de las mayorías, abandonadas a su suerte, ilustra la ausencia real de ciudadanía y la existencia de un Estado para unos pocos. La nación significa, siguiendo su tesis, un proceso de participación de la sociedad civil, el asentamiento de una identidad de pertenencia, la consolidación del derecho como regla de convivencia y resolución de conflictos, la existencia de algún grado de solidaridad interna, una cuota alta de independencia respecto de potencias exteriores.

Una visita a las zonas residenciales de los ricos en la capital San Salvador, pone de relieve la existencia de una clase dominante protegida por una fortaleza que la aisla del contacto con la mayoría social. Los muros electrificados, los guardias privados armados con fusiles, las antenas parabólicas para visionar televisiones norteamericanas, la educación en inglés de sus hijos, las compras mensuales en Miami y otros detalles, muestran a un segmento minoritario pero poderoso cuya visión del país más que nacional es de posibilidad de explotación territorial y dominio a la manera que se maneja una enorme finca. Esta clase oligárquica ha dispuesto a su favor, históricamente, de un aparato estatal de su propiedad, sumiso a las exigencias de centros externos financieros, políticos y militares.

Esta clase social nucleada alrededor de unas pocas familias ha estado en conflicto con la modernización.

Elitista, sin una lógica de acumulación nacional, su conducta ha sido tradicionalmente anti- salvadoreña.

Es desde hace unos quince años que se ha visto obligada, por efectos de la globalización, a adaptarse al mercado mundial, abriendo el territorio a corporaciones internacionales, reciclando sus vínculos con productos tradicionales para pasar a invertir en la maquila y en operaciones financieras externas, aumentando las importaciones, y liberalizando casi por completo la economía del país. Como un paso más, el gobierno de Francisco Flores ha decidido la dolarización, lo que convertirá este año 2001 a El Salvador en un país sin moneda propia, a la manera de Panamá. La adaptación a la globalización ha tenido un lado positivo: ha favorecido el cambio de régimen político, a uno más democrático. Sin embargo, la oligarquía salvadoreña, ahora partícipe entusiasta del esquema neoliberal, sigue sin una perspectiva significativa de desarrollo nacional.

Históricamente, el carácter extrovertido de la economía salvadoreña, orientada a la exportación de añil, azúcar, café, algodón, ha hecho mucho daño a la posibilidad de construir un Estado-nación homologable a otros del cono sur de América Latina. La economía de subsistencia en que viven las mayorías campesinas y amplios sectores urbanos dedicados a la economía informal o simplemente en desempleo, es producto de una economía oligárquica centrada en la rentabilidad inmediata que por largos años proporcionó la explotación del café. No han habido procesos de diversificación agrícola a gran escala ni inversiones en industria, sino que las divisas importadas fueron tradicionalmente dedicadas al consumo suntuoso de unas pocas familias. El modelo agro-exportador, elitista y excluyente, dejó a un lado la posibilidad de crear una industria nacional de bienes de consumo y equipos, alentando la importación y renunciando al desarrollo de actores locales que pudieran extender por el país la pequeña y mediana empresa. Actuando como sujetos antinacionales, los sectores oligárquicos han basado sus fortunas en la demanda internacional y sus conexiones con el capital exterior.

La bajada de aranceles ha sido un golpe duro para la industria nacional. No se ha dado el caso de un traslado de recursos monetarios y humanos a otro tipo de industria para exportar.

Solamente la maquila se extiende, lo que es fundamentalmente un servicio que aprovecha mano de obra barata.

Una economía desarticulada y un país desvertebrado con desigualdades sociales insoportables, representan un régimen económico desequilibrado y excluyente. Olmos señala la marginación, el constante desempleo y el subempleo, el anacrónico analfabetismo y la marcada ausencia de servicios de salud y educación pública para las mayorías, como otros tantos factores de un capitalismo periférico sin conciencia de nación. Sólo durante los años 1990-95 se pudo observar un período expansivo caracterizado por una notable recuperación económica, estabilidad cambiaria y reducción de la inflación (crecimiento promedio del PIB de un 6.8%). Pero 1996 marca una nueva desaceleración, bajando el PIB al 1.8%.

De todo lo anterior se deduce un carácter dependiente que trasladado a la esfera del Estado-nación ha significado secularmente una falta de voluntad autodeterminativa, un menosprecio de la democracia como factor ineludible de construcción de una convivencia identitaria, y una vulnerabilidad extrema ante la penetración de intereses, principalmente norteamericanos. Si la globalización significa en el ambiente ideológico predominante desplazamiento del Estado, parece obvio que en el caso salvadoreño ello significa acentuación de los elementos más débiles de la sociedad nacional y fortalecimiento de las premisas y conductas elitistas: una profundización de la periferización.

Como sabemos, en los países centrales, la identificación e integración del ciudadano al cuerpo político, y el desarrollo de una sociedad civil como un cuerpo social más amplio en el Estado, han sido factores claves para la consolidación consensuada de los sistemas democráticos. En el caso de El Salvador, los acuerdos de paz pusieron fin a la guerra y abrieron espacios legales parlamentarios, observándose un respeto mayor por los derechos humanos y el ejercicio de las libertades individuales y colectivas.

Pero la democracia sigue siendo frágil, frecuentemente una caricatura.

Cuestión principal es el vacío de procesos de concertación entre agentes sociales y entres éstos con los partidos políticos y el Gobierno, en orden a resituar al país frente a la globalización. Un país salido de una guerra civil, necesita más que cualquier otro desenvolverse en claves de acuerdos. Pero las corrientes burguesas dominantes en El Salvador, instaladas en el individualismo a ultranza sólo pueden reproducir estallidos sociales, anomías colectivas y violencia.

Una encuesta de IUDOP, instituto de la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" (UCA) de San Salvador, hecha en febrero de 1994, acerca de la visión sobre el régimen político y la confianza en sus instituciones, indicaba que el 60,2% de la población posee una opinión negativa del sistema de justicia; un 59,2% tienen una visión negativa sobre la representatividad de los partidos políticos; un 43,6% no tiene confianza alguna en el Parlamento Nacional. La misma encuesta ofrece el dato de que el 47,1% de los entrevistados piensa que el Gobierno no es confiable nunca o casi nunca. Estos datos, con todo son mejores que los de una encuesta de 1991 del mismo instituto, ya que antes de la firma de los acuerdos de paz, el 60,7% manifestaba desconfianza total con el Parlamento y una 63,4% sobre los tribunales de justicia.

Estos datos pueden estar asociados con el carácter inconcluso de la transición política. Pero también pueden reforzar el juicio de que la existencia de un orden institucional, más o menos democrático no es, por sí misma, una condición suficiente para generar adhesión y valores democráticos que garanticen conductas y la utilización de procedimientos democráticos. En todo caso, la citada encuesta revela que son las mayorías pobres las más alejadas del conocimiento de las instituciones y las más desconfiadas. Desconfianza absoluta que llega al 64% cuando se pregunta sobre el juicio que merecen los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, quedando aún peor los funcionarios públicos que no merecen la confianza del 68,3%.

El Salvador se encuentra pues en la encrucijada de tener que construir su propio proyecto nacional, fortaleciendo los lazos de ciudadanía y haciendo del Estado un referente líder para la comunidad, en tanto que su apertura al mercado global lo hace vulnerable en extremo a los poderosos centros financieros y económicos internacionales, cuyas prioridades son de otro signo. En este sentido, la reestructuración de los fines del Estado por parte del neoliberalismo, minimizando sus funciones sociales, es una alternativa destinada a empeorar la ya alta desconfianza de la población salvadoreña sobre sus instituciones y, lo que es peor, a incrementar las desigualdades y el abanico de oportunidades. En el caso salvadoreño, la tesis de Hayek acerca de la relatividad de la democracia que no entraña un valor último y ha de ser juzgada por sus logros, es una realidad. Ello implica que la democracia puede ser sustituida por el autoritarismo cuando su funcionamiento vaya contra la lógica del mercado. La democracia hoy no es el gobierno de la mayoría en El Salvador, sino que el control institucional y la gobernabilidad entendida como seguridad, están por encima de la soberanía y la participación ciudadana.

El globalismo neoliberal o si se quiere la actual globalización, ataca las relaciones de solidaridad necesarias en una sociedad que por su fragilidad periférica necesita más que otras de un proyecto colectivo.

Y para esto último la democracia formal es un paso, pero muy insuficiente.


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