20 de diciembre del 2002

Atrapados en ciclos de crisis: América Latina y la economía mundial

J. A. Tapia
Rebelión

En diciembre del 2001 Argentina declaró suspensión de pagos de su deuda externa, se impusieron severas restricciones a las retiradas de depósitos bancarios y dos gobiernos fueron derrocados por las manifestaciones y revueltas populares. La crisis argentina ocurrió en un contexto de inestabilidad internacional. Los mercados de valores estaban en caída libre en todo el mundo desde el verano de 2001, el 11 de septiembre había sido otro golpe a los mercados financieros internacionales y, más recientemente, el asunto Enron había resultado ser sólo el primero de una larga lista de escándalos de empresas "prestigiosas" que, según se sabía ahora, habían enmascarado sus escasos beneficios o incluso sus pérdidas enormes mediante trucos de "ingeniería contable" o, simplemente, mediante puras mentiras y corrupción ayudada por el amiguismo de las empresas auditoras. Según noticias publicadas en el New York Times en octubre, el banco Chase-JPMorgan, uno de los más grandes del mundo, ha sido golpeado seriamente por las quiebras de empresas estadounidenses de los sectores energético y tecnológico. Muchas instituciones bancarias europeas y japonesas también están lidiando con problemas de préstamos incobrables o de cobro dudoso. De hecho, la repercusión de la suspensión de pagos de la deuda argentina en los mercados mundiales de capitales, aún oculta en gran medida a la inspección pública, probablemente habrá afectado a cierto numero de bancos. Parece sin embargo que los bancos estadounidenses, antes profundamente implicados en la Argentina, evacuaron la nave "oportunamente", lo que explicaría la negativa del gobierno estadounidense y del FMI durante todo el año 2002 a sacar de apuros al gobierno de Duhalde mediante nuevos créditos. Las noticias de la reunión conjunta Banco Mundial/FMI de septiembre parecían indicar que el gobierno de Bush II había cambiado su postura y estaba inclinado a aprobar un nuevo préstamo del FMI a la Argentina. Eso podría solucionar momentáneamente los problemas financieros del gobierno peronista, aunque es más que dudoso que pudiera sacar al país de una recesión que se ha caracterizado por niveles sin precedentes de desempleo y pobreza. Sin embargo, los meses pasaron y los nuevos préstamos nunca llegaron a materializarse.

En los primeros meses del 2002 "la opinión de los expertos" era que el contagio de la crisis argentina no era probable. Pero a comienzos de agosto Uruguay estaba en ebullición, con multitudes que saqueaban supermercados y disturbios callejeros con docenas de detenidos. Uruguay también impuso un "corralito", congelando las cuentas bancarias de forma muy similar al corralito que disparó la crisis de diciembre en la Argentina. Según informes recientes Ecuador y Paraguay parecen estar también en graves apuros. Las expectativas que generó el nuevo gobierno de Vicente Fox en México se han visto defraudadas por los penosos resultados económicos. La economía peruana está en recesión profunda. En cuanto al real brasileño, sigue su devaluación progresiva, empujado por la situación financiera del país y por la elección para la presidencia de Lula, el candidato del Partido de los Trabajadores.

La crisis de las economías latinoamericanas se ve agravada por la recesión profunda que ha paralizado la economía de Estados Unidos. Durante el último decenio del siglo XX la locomotora estadounidense pudo tirar del tren de la economía mundial. Era un tren con muchos vagones atascados en crecimiento escaso, demanda débil y recesiones persistentes. La expansión de la economía de Estados Unidos durante los años noventa no solo creó demanda para las exportaciones mundiales que fluían a EE.UU. (generando también un enorme déficit de la balanza comercial estadounidense). También se movilizó el mercado laboral y se generó una demanda de mano de obra suficiente para absorber gran parte del desempleo nacional previamente existente y además crear puestos de trabajo que ocuparon millones de inmigrantes de América Latina y otras partes del mundo.

Actualmente en países como El Salvador o el Ecuador proporciones muy significativas de la economía (más del 10% de los ecuatorianos viven actualmente fuera del país) dependen de los flujos de remesas de inmigrantes y esos flujos en gran parte proceden de Estados Unidos. Si la actual recesión en el núcleo de la economía mundial persiste y se agrava en 2003, la posibilidad de una debacle financiera internacional no puede descartarse. Ello tendría un impacto enorme en las condiciones de vida de los países latinoamericanos y, en general, del Tercer Mundo, que se han transformado en economías de exportación en décadas recientes.

La actual inestabilidad política en los países latinoamericanos es solamente un dato agregado a la incertidumbre de las crisis económicas. En Venezuela todo parece indicar que el apoyo popular del gobierno de Hugo Chávez va erosionándose lentamente y que el derrocamiento de Chávez por la burguesía venezolana, claramente apoyada en sus intentos golpistas por el gobierno estadounidense, no tardará mucho en producirse. En el Brasil, a pesar de la moderación y de los compromisos de Lula y del PT, que han asegurado que respetarán las deudas pendientes y los acuerdos con las instituciones financieras internacionales, el nuevo gobierno habrá de hacer frente a enorme problemas económicos. Las previsibles fugas de capitales podrían ser muy perjudiciales para el Brasil y crearían inestabilidad regional y distorsiones en los mercados financieros mundiales. En la Argentina la crisis económica ha sumido a enormes sectores en la miseria y los bancos tienen aún sus ventanas y puertas recubiertas de paneles de madera para evitar que la gente indignada por la expropiación de sus ahorros les rompa los cristales. El desprestigio de las fuerzas políticas tradicionales hace que sean frecuentes los escraches, en los que políticos peronistas o del Partido Radical, incluso de medio nivel, son calificados de ladrones e insultados espontáneamente cuando son reconocidos en algún lugar público. Ese desprestigio ya se había revelado en las elecciones de octubre del 2001, previas a las revueltas que en diciembre tumbaron a De la Rúa, en las que, a pesar de que es obligatorio el voto, un porcentaje considerable de los argentinos con deber de voto se abstuvieron y muchos miles anularon su voto tachando las papeletas o escribiendo en ellas el nombre de jugadores de fútbol, personajes de historieta o, incluso, Osama Ben Laden.

Aunque votar es también obligatorio en el Ecuador, 35% de las personas con derecho a voto se abstuvieron en la primera vuelta de las recientes elecciones. Como en el Brasil y en Venezuela, en el Ecuador el triunfo electoral del coronel populista Lucio Gutiérrez ha traído a otro "izquierdista" a la arena electoral. Estas victorias electorales de candidatos más o menos ajenos a las elites locales, la formación de nuevos sindicatos más radicalizados, el ascenso de organizaciones de desempleados, el auge de partidos políticos y movimientos que cuestionan los supuestos del capitalismo y la abstención considerable en las elecciones parecen sugerir que los contornos de la democracia representativa tradicional se están resquebrajando en varios países latinoamericanos.

La economía capitalista en cierta medida se autorregula, de forma que las recesiones (o "depresiones", ya que el uso de estas dos palabras por parte de los economistas es altamente impreciso y podemos considerarlas intercambiables) tienden a desaparecer "por sí mismas". En una recesión grave las bancarrotas se multiplican, millones de personas pierden sus empleos y sectores importantes de la población se hunden en la pobreza. Los salarios reducidos a niveles mínimos, los bienes de capital abaratados drásticamente por las quiebras y a veces un "gobierno fuerte" con mano dura (para los trabajadores), tienden a crear otra vez buenas condiciones para la inversión. Al elevarse las expectativas de altos beneficios, se estimula el aflujo de capital a la producción, se crean puestos de trabajo y la economía se recupera. Y así, hasta la crisis siguiente. Estas convulsiones económicas obviamente tienen su efecto sobre el pensamiento de las personas, que no son tornillos y tuercas insensibles de una enorme maquinaria social. Durante las crisis económicas millones de personas han de plantearse no "teóricamente", sino "prácticamente" la cuestión del sistema económico, social y político que forma el marco social en el qué se desarrolla la vida diaria. Cuando el orden predominante priva a sectores importantes de la población de los ingresos y medios de sustento, no son solo los sectores marginales los que se ven empujados por la necesidad a romper las relaciones de propiedad para resolver sus necesidades básicas. La delincuencia aumenta, se multiplican los conflictos en los distritos industriales y en los vecindarios y las ideas políticas fluyen rápidamente.

Las nuevas teorías económicas que propugnaban un papel activo del Estado en la gestión de la economía capitalista —la esencia del keynesianismo— aparecieron precisamente en los años veinte y treinta del siglo pasado, cuando las recesiones profundas y el malestar social en muchos países constituían una amenaza para la estabilidad del sistema social. Las nuevas ideas económicas fueron aplicadas de diversas formas (con el puño de hierro hitleriano en Alemania, con el acento populista de Roosevelt en los Estados Unidos) hasta la gran convulsión y destrucción de la segunda guerra mundial. En forma de nacionalismo económico, teorías económicas estructuralistas y políticas de sustitución de importaciones, el keynesianismo tuvo influencia en América Latina durante varias décadas. A partir de la década de los años setenta el déficit crónico de las haciendas públicas, el malestar social y la presión de los capitales internacionales empujaron fuertemente a las elites dominantes hacia las dictaduras militares y las políticas económicas neoliberales de privatización, liberalización comercial y reducción drástica del gasto estatal. Los resultados iniciales de esas políticas neoliberales resultan ilustrados por el hecho de que, ya a comienzos de la década de los noventa, los años ochenta fueron bautizados como "la década perdida" para el desarrollo. En América Latina en esa década un tibio crecimiento económico trajo consigo desigualdades enormes, problemas ambientales graves y escasa o nula mejora para los millones que vivían en la pobreza. Durante los años noventa las mismas medicinas de privatización, "libre comercio" y recortes del gasto público se aplicaron a dosis mayores, con tales resultados deletéreos que algunos observadores están comenzando a hablar de los años noventa como "segunda década perdida" para el desarrollo.

En esta situación volver a las políticas keynesianas podría parecer la salida lógica para las elites dominantes, dados los enormes problemas económicos que trajo consigo el credo neoliberal. Sin embargo, los años de propaganda insistente y persistente sobre la necesidad de evitar la intervención del Estado en la economía, la intensa imbricación de las economías nacionales con los mercados internacionales y las finanzas gubernamentales en bancarrota bajo el peso de la deuda externa hacen que las políticas keynesianas sean muy difíciles de implementar. En cualquier caso, esas políticas tendrían que ser puestas en marcha por las mismas clases dominantes que llevaron a muchos países al desastre actual. Si los pueblos toleran esa o alguna otra solución que proteja al capital nacional e internacional, sólo los años próximos lo dirán.

La izquierda latinoamericana estuvo dividida tradicionalmente entre un ala que se inclinaba hacia las políticas socialdemócratas (la traducción política de las ideas keynesianas), teñidas a menudo por un cierto nacionalismo local, latinoamericano o panamericanista (como el del peronismo, el APRA peruano, o el PRD mejicano), y los sectores más extremos y marginales leninistas (la guerrilla colombiana, el Sendero Luminoso peruano, el FMLN salvadoreño y muchos de los partidos comunistas latinoamericanos), que buscaban una salida revolucionaria hacia un "socialismo" estatalista construido según modelos cubanos, soviéticos o chinos. Con el hundimiento del bloque soviético a comienzos de la década pasada muchos movimientos guerrilleros abandonaron la lucha armada y se incorporaron a la política parlamentaria. Quizás estaban ocupando el espacio del espectro político que había sido abandonado por los partidos socialdemócratas y de la izquierda moderada, que se habían movido a la derecha para defender e implementar las políticas neoliberales pregonadas por el FMI, el Banco Mundial, el grueso de la profesión económica y panegiristas diversos del capitalismo como Tony Blair, Vargas Llosa o Hernando de Soto. A lo largo del siglo XX los partidos leninistas que lograron hacerse con el poder llevaron a sus países a la modernidad por una trayectoria que a menudo resolvió problemas sociales importantes pero que provocó también enormes sufrimientos para la población y que, irónicamente, tal como se está comprobando hoy, desemboca finalmente en un capitalismo tradicional. Todo eso hace poco probable que las organizaciones leninistas tengan mucho futuro en América Latina (aunque ahora su influencia está aumentando, por ejemplo, en la Argentina).

Por otra parte, las limitaciones que impone la situación económica y social no parecen dejar mucho espacio para las políticas reformistas. Es como si todas las salidas conocidas hubieran resultado ser callejones sin salida y hubiera una necesidad urgente de buscar soluciones, vías e ideas nuevas.


Una versión anterior de este artículo fue publicada (en inglés)en el número de noviembre de 2002 de la revista ceilandesa Lines (http://www.lines-magazine.org/)