10 de septiembre del 2002

Una burbuja a punto de estallar

Juan Torres López

Muchos economistas lo habíamos anunciado. Detrás del optimismo de la "nueva economía" había una sobrecapitalización financiera artificial y desproporcionada que terminaría por estallar. Los capitales se habían volcado en activos detrás de los cuales no había sino expectativas, creadas la mayoría de las veces precisamente porque hacia ellas se habían volcado los capitales financieros más volátiles.

Ahora podemos comprobar que el vertiginoso crecimiento de los años noventa había tenido unas bases extraordinariamente frágiles y que no era, como se quería hacer creer, el impulso que iba de la mano de una nueva era de prosperidad.

Los problemas financieros, empiezan a manifestarse ya con toda su agudeza. En Estados Unidos han acudido a la protección judicial por quiebras empresas cuyo valor es de unos 260.000 millones de dólares, tres veces más del promedio correspondiente a la década de los noventa. En lo que llevamos de año las pérdidas en la bolsas norteamericanas equivalen al PIB de toda América Latina, lo que no sólo es una muestra de su magnitud, sino de la aberración el orden económico capitalista de nuestros días.

Japón, por su parte, se encuentra sumida en una pre-crisis bancaria que podría ser de dimensiones espectaculares pues podría llevar incluso a que el Gobierno nacionalizara algunos bancos si las peores expectativas se hacen realidad. En índice Nikei se encontraba a primeros de septiembre en el valor más bajo de los últimos 19 años.

Las expectativas de crecimiento económico para final de año vuelven a bajarse en todo el mundo y casi el continente entero de América Latina se revuelve entre la ruina, la recesión y la generación de movimientos sociales muchas veces aún larvados pero que pueden estar anunciando respuestas hasta ahora impensables ante el empobrecimiento, previsible, que están provocando las políticas neoliberales.

En la crisis que está anunciándose podrían subrayarse varias circunstancias más significativas.

En primer lugar, que la crisis viene acompañada de manifestaciones de corrupción financiera tan abundantes, que bien podría decirse que es la crisis del capitalismo "de amiguetes" como lo llama Stiglitz o, sencillamente, del capitalismo tramposo.

Se calcula que más de un tercio de las empresas que cotizan en la bolsa norteamericana han manipulado sus cuentas. El propio presidente y el vicepresidente de Estados Unidos estén complicados por su turbio pasado como capitalistas o administradores corruptos y así no extraña que, al mismo tiempo que prometen reformas que limpien las prácticas financieras, se quiten de en medio al fiscal de Nueva York Eliot Spitzen, destacado por su labor anticorrupción, mientras que resulta que el mismísimo Jefe del grupo especial contra el fraude, Larry Thompson, ha estado envuelto en actividades fraudulentas.

Resulta, por cierto, muy destacable que los episodios de corrupción más graves se hayan dado precisamente en los sectores económicos recientemente liberalizados, en energía –Enron, Endesa-, o telecomunicaciones –WorldCom, Global Crossing-, por ejemplo. Viene a confirmar lo sabido: que la menor regulación de los gobiernos no se pedía para que actuara el mercado libre y perfecto, sino para todo lo contrario, para que las grandes empresas quedaran a mejor recaudo a la hora de realizar prácticas oligopólicas y corruptas.

En segundo lugar, me parece así mismo destacable que la caída de la bolsa sea tan duradera. En Estados Unidos se lleva en esta situación casi tres años, lo que no ocurría desde 1938. Significa que se trata de un fenómeno que no es pasajero sino que, por el contrario, tiene que ver con factores estructurales y que seguramente aún no se hayan manifestado con toda su crudeza.

Precisamente por eso, otra connotación importante es que la evolución de las bolsas está afectando al conjunto de la actividad económica. Lo paradójico de nuestra época es que los flujos financieros se desentienden de los flujos reales sólo para lo bueno, pues cuando se encuentran afectados por la crisis, como ahora, la transmiten a la economía productiva. Se calcula que se encuentran afectados por este tipo de pérdidas patrimoniales unos 80 millones de hogares norteamericanos, hogares cuyo endeudamiento medio es del 92% del ingreso disponible. Lógicamente, se trata de una situación límite que puede provocar una reducción casi letal de la demanda privada en cualquier momento. Lo que de hecho ha venido ocurriendo si bien se ha compensado sobradamente gracias a los fondos públicos que ha inyectado el liberal presidente Bush.

Pero igualmente se están produciendo en las últimas semanas manifestaciones muy claras de que la crisis o una nueva recesión se abre paso en Estados Unidos si se contempla la reducción en los pedidos de las empresas. Sólo en el mes de agosto se han visto afectados por planes de recortes de plantilla 118.067 trabajadores. En este mes, sólo ocho de veinte sectores han registrado tasas de crecimiento positivas.

Como acabo de señalar, el gobierno ha podido templar esta situación gracias a una monumental inyección de gasto público que, además, ha tenido que ir a más a medida que avanzaba el año. El déficit público podría ser finalmente un 60% mayor de lo inicialmente previsto, lo que da buena idea del cambio de escenario al que se ha ido enfrentado el gobierno de Bush. Mientras que de enero a septiembre de 2001 hubo un superavit de 169.000 millones de dólares, en los mismos meses de este año se ha registrado un deficit de 122.000 millones de dólares.

Una vez más, la respuesta a la crisis de la administración estadounidense es justamente la que niega a los demás países: aumentar el gasto público. Si bien resulta que se trata de nuevo del keynesianismo reaccionario que se instrumenta a través del gasto militar: el Presidente Bush ya ha solicitado para 2003 el mayor incremento de presupuesto militar de los últimos veinte años.

Lo que ha ocurrido es que las oleadas gigantescas de capital financiero especulativo, aunque generaron una enorme capitalización, no han sido capaces de estimular efectivamente la actividad real del sector tecnológico, que representa el 60% de la inversión en equipo y el 70% del aumento de la producción industrial de Estados Unidos. Y ahora se recurre al gasto público militar para reactivar el sector.

La cuestión estriba que el destino de esa burbuja financiera no pueda ser otro que estallar.

En definitiva, Estados Unidos se enfrenta a una crisis financiera que genera pérdidas inmensas y con efectos ya notables sobre el aparato productivo que podría tener como respuesta suficiente el incremento de gasto público. Sin embargo, la existencia de los llamados "déficit gemelos", presupuestario y exterior, y este último en niveles record, no hace muy viable esa única respuesta. Se requiere que una vez más Estados Unidos absorba ingentes cantidades de capital exterior. La Reserva Federal debería bajar los tipos de interés para propiciar la reactivación pero ya están demasiado bajos. De hecho, están tan bajos que difícilmente atraen más capital.

El problema es que, al mismo tiempo que esta crisis de Estados Unidos transmite recesión al resto del mundo, necesita los capitales del resto del mundo.

La consecuencia más previsible será que de este proceso se seguirá, sobre todo, mucho más debilitamiento de las economías ya de por sí más débiles de la cadena, las de América Latina en aquel continente, y, entre otras, la española en el nuestro. En medio, quién sabe si asistiremos a un efecto "sake" en Japón que contribuya a complicar la ya de por sí compleja y difícil situación internacional. No olvidemos que septiembre y octubre siempre fueron meses muy propicios para las grandes crisis financieras.


Juan Torres López, Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga. www.juantorreslopez.com