12 de diciembre del 2002

Libertad del dinero, esclavitud de la persona

Luis Ferreira
La Opinión pública

Existen dos tipos de personas que en el morir son iguales, al decir de Jorge Manrique, pero que en el vivir son distintas, y muy distintas:

"los que viven de sus manos e los ricos". Los primeros trabajan para alimentarse a sí mismos y a los demás, y los ricos que juegan, disfrutan y se aprovechan del esfuerzo de los primeros. Este grupo, al que todo el mundo se quiere apuntar últimamente, tiene como ideal de vida ser cada día más ricos, cada vez menor esfuerzo.

El medio de vida de los ricos ha sido, tradicionalmente, el dinero con el que compraban el trabajo de los pobres. En los últimos años un pequeño grupo de aquéllos, más desvergonzado que el resto, se ha aficionado a un juego peligroso que le proporciona emociones fuertes y, sobre todo, mucho dinero: es el juego de la especulación financiera. Susan Strange nos lo presenta así:
"Hoy día, la codicia y el miedo son las dos emociones humanas más evidentes en el comportamiento cotidiano del sistema financiero internacional. El dinero loco es el resultado. O bien los operadores se mueven por la codicia al tomar riesgos demasiado grandes con su dinero (o, más a menudo con el ajeno), o bien tienen un miedo atroz de que los riesgos tomados les jueguen una mala pasada. Al huir apresuradamente de las consecuencias de su codicia pueden iniciar una reacción en cadena, una avalancha de pánico que arrastrará por igual a inocentes y culpables." (p. 163) Visto lo cual, es la irracionalidad la que gobierna los mercados y, de paso a la humanidad, aunque la teología fundamentalista del dinero, abusando de Adam Smith y de la providencial "mano invisible", presente como racionalidad la supuesta transformación de los incalculabes daños a terceros, producidos por la obtención de pingües beneficios privados para unos pocos filibusteros de las finanzas, en bien común para el conjunto de la humanidad.

Pero si esto ilusionismo, más increible aún es el papanatismo con el que se acepta el dogma complementario de la virtuosa libertad de mercado que trae la bienaventuranza a la humanidad.

No hay escarmiento que pueda sacar del error invencible a quienes manejan una pequeña o gran cuenta bancaria. Más de mil millones de personas se han visto perjudicadas por las crisis financieras de los años noventa, a veces, muy gravemente. Al parecer el aumento del botín privado justifica los enormes sufrimientos padecidos por la humanidad empobrecida.

La experiencia financiera internacional de los últimos treinta años debería haber dejado conclusiones claras en la conciencia de los trabajadores y de los pobres:
· Cuanto mayor es la "libertad" de los mercados, mayor es la esclavitud de los pueblos y la pobreza de las naciones.

· Cuanto mayor es la "libertad" financiera, mayor es el provecho de ladrones y zánganos y menor el bienestar de los trabajadores.

· Cuanto mayor es la "libertad" del dinero, mayor es la humillación de los pobres y menor la probabilidad de ser respetados como personas.

Las explicaciones científicas nunca serían suficientes para convencer a los beneficiarios de esta situación, así que se puede resumir lo ocurrido mediante la fábula de la hormiga y la cigarra, levemente corregida. La hormiga trabaja y ahorra para los malos tiempos, se gana el sustento y contribuye al bienestar del hormiguero. La cigarra canta, consume, se divierte y, además, se presenta en el hormiguero y convence a las hormigas para que la dejen gestionar el grano con la promesa de multiplicarlo. La cigarra se juega el ahorro de las hormigas, lo "invierte" y, finalmente, echa a las echa a las hormigas del hormiguero y se queda con el granero.

La base de los especuladores es tener dinero y ganarse la confianza de los jugadores de codicia más timorata. Alevines de tiburón incapaces de tragarse a nadie de un bocado, pero en rebaño tan peligrosos como las pirañas, millones de estos "inocentes" inversores ponen sus ahorros en manos de otros sin escrúpulos, a los que no conocen, a cambio de una promesa de grandes beneficios. Pongamos como ejemplo los 13.000 dólares (2.500.000 ptas.) invertidos en fondos de pensiones, por término medio, por cada norteamericano, británico, holandés o japonés, o los 28.000 por suizo. Como se ve las raíces de la especulación son profundas. Estos clubes de irresponsabilidad ilimitada son los Inversores Institucionales, que manejaban 24,3 billones de dólares a escala mundial. Entre ellos están las Compañías de Seguros (8,5 billones), los Fondos de Pensiones (6 billones), las Sociedades Colectivas de Inversión (5,6 b.) y otros (4 b.). Hay otros como los departamentos financieros de las multinacionales, o los Fondos de Cobertura exclusivamente para ricos, tales como el Quantum Fund de G. Soros, que tienen el privilegio de disponer de 10 dólares prestados por cada dólar propio.

Cuando la rebañiega comunión del dinero se pone en movimiento su efecto depredador puede ser catastrófico para un país, incluso para la economía mundial en su conjunto La hipermovilidad del capital no tiene sentido porque no trae beneficio alguno al conjunto de la humanidad, que corre unos riesgos absurdos para ofrecer posibilidades de ganancias inicuas a clubes financieros privados. Por tanto, frente a esta demencia nos parece de elemental cordura luchar por la erradicación de la pirateria especulativa, para lo cual juzgamos indispensable medidas como las siguientes:
· Ruptura con el desorden financiero: no participar en actividades que alimenten, directa o indirectamente, la especulación; arrancar a la gestión capitalista convencional los recursos propios.

· Llamar a las cosas por su nombre, y a los especuladores que manipulan los precios para lucrarse hay que llamarles ladrones y deben ser objeto del oprobio social. Más aún, debe favorecerse la creación de un tribunal internacional de delitos económicos que los juzgue y castigue.

· Recuperar la gestión del dinero, saber a dónde va, en qué se emplea y a favor de quién.

Correr los propios riesgos y, mediante formas de autogestión financiera, dedicarlo a actividades a favor de los más necesitados (siempre son posibles experiencias como la del Banco de los pobres).

· Apoyar la subordinación de los mercados de capital a las necesidades sociales y el control democrático. Una medida mínima sería un impuesto del tipo Tobin a las transferencias internacionales de capital, pero habría que ir mucho más allá de ella: los controles de capital no son una herejía económica Por último, nuestro dogma es tajante: la libertad es un atributo de la persona, y no admitimos que una cosa inanimada, una nada, el dinero pueda tener una libertad que no es más que la que roba a miles de millones de personas.

Historia reciente de los atracos financieros La especulación financiera es una actividad vieja, a lo largo de la historia del capitalismo se han documentado algunos episodios que provocaron crisis de repercusiones que nunca fueron más allá del ámbito de un país. Sin embargo, la crisis de 1929 superó las fronteras de un país para extenderse a todo lo ancho del globo terrestre, hundió la economía mundial en una depresión que "terminó con un programa de obras públicas financiado con déficit, que se conoce como Segunda Guerra Mundial" (Krugman, p. 87). La crisis del 29, que ha quedado en la conciencia de la humanidad como la crisis por excelencia, fue un efecto suicida de la especulación interna de un gran país. En cambio, las crisis recientes han sido provocadas por la especulación externa, y su efectos hay que considerarlos homicidas.

El pacto económico de la postguerra proporcionó tres décadas de estabilidad cambiaria. Las monedas tenían un valor constante y una medida de su valor por comparación con el dólar, cuyo valor se medía en relación al oro. Los USA tenía la posibilidad de crear liquidez y lo hicieron generosamente, hasta el punto en que la multitud de dólares existentes en el extranjero hicieron sospechar en la imposibilidad material de conseguir oro presentando dólares. La excesiva liquidez trajo desconfianza al sistema y, como había previsto un economista sagaz (Robert Triffin) en 1961, la crisis estaba asegurada. En efecto, el 15 de agosto de 1971 el presidente Nixon acabó con él cuando ya era insostenible y devaluó el dólar.

A partir de entonces todo era posible, los valores de las monedas comenzaron a ser variables y a fluctuar, a veces, a lo loco. El "mare nostrum" (de los USA) del sistema monetario internacional se convertía en un río revuelto para ganancia de pescadores con tres filas de dientes que podían todo lo que hasta entonces no se podía hacer.

Los bancos privados con enormes depósitos de dólares devaluados, en una época de inflación alta y de baja demanda de créditos en los países enriquecidos, se acordaron del Tercer Mundo y se lanzaron a una oferta de préstamos en ventajosas condiciones durante la segunda mitad de la década de los setenta. Cuando la inflación descendió y el Norte comenzó a demandar crédito y, especialmente, cuando los USA subieron los tipos de interés, la deuda del Sur comenzó a crecer alarmantemente y a poner en peligro al sistema financiero mundial. En 1982 se producía la suspensión de pagos de la deuda mexicana. Era la declaración de la crisis de la deuda externa del Tercer mundo, aún sin resolver. Desde entonces los países del Sur han pagado varias veces su deuda contraída y a pesar de ello, esa deuda se hace cada año más grande.

La deuda externa del Tercer Mundo es uno de los factores originantes de los mercados financieros actuales, sus pagos han alimentado el crecimiento de grandes reservas privadas de divisas no controladas por los bancos centrales. Los poseedores de estos grandes depósitos de dinero se han dedicado a especular con ellos contra las monedas nacionales de numerosos países. Recuérdese como, en los primeros años noventa, acabaron prácticamente con el Sistema Monetario Europeo provocando la devaluación del franco y la peseta, entre otras monedas, y la salida del sistema de la libra y de la lira. Igualmente, 1990 Japón entró en una crisis de la que aún no ha salido, después de pincharse la burbuja especulativa en la que estuvo sumido hasta 1990.

Desde entonces los precios del suelo han descendido casi a la mitad del valor que tuvo. Japón no ha tenido un hundimiento catastrófico, pero si un descenso continuado muy prolongado con desempleo que, medido con parámetros occidentales, se cifraría en el 10% (Krugman).

Si esto ha ocurrido con el leño verde puede imaginarse lo que puede suceder con el seco. La gran diferencia es que si los países fuetes tiene ciertas defensas y recursos para recuperarse, los débiles quedan extenuados.

El juego especulativo comenzó a sentir afición por los llamados "mercados emergentes", término con el que se conoce a las economías que, con mucho trabajo, sacrificio y -todo hay que decirlo- explotación, han conseguido un nivel de capacidad de producción importante. Estas economías se han vuelto bocados apetecibles para los voraces caníbales financieros, sobre todo una vez que con "ayuda" del Fondo Monetario Internacional han "ajustado" sus equilibrios económicos básicos para mostrar sus sensuales encantos al capital financiero exterior. Cuando éste entra en el país se produce una fiebre eufórica que hace subir la temperatura económica, todo sube: el valor de las acciones, de los inmuebles, la necesidad de trabajadores, sus salarios, etc. El alza generalizada parece que no va a tener fin y se mantiene hasta el día en que llega la catástrofe.

Después de la crisis de la deuda México remontó sus problemas en los años ochenta y se llegó a hablar del "milagro méxicano" de 1990 a 1994. "En 1993 se invirtieron más de 30.000 millones de dólares de capital extranjero en México" (Krugman, p. 58), pero en 1994 cuando en el país entraba en vigor el Tratado de libre comercio con Usa y Canadá, algunos sucesos (asesinato de Colosio, rebelión de Chiapas) produjeron desconfianza en los mercados. En diciembre de ese año el capital extranjero comenzó a salir en estampida, dejando al peso al pie de los caballos.

El dinero extranjero se puso a salvo y dejó a los mexicanos más pobres y a la clase media condenados a una feroz crisis, "durante el año 1995 el PIB real de México cayó un 7%, su producción industrial un 15%, mucho peor de todo lo que se había en Estados Unidos desde los años treinta", comenta Krugman (p. 66). Susan Strange, resume el resultado en estos términos: "No significaba que la vida en México, fuese la misma en 1997 que en 1994. Para los mexicanos, las consecuencias de la crisis de 1995 fueron incluso peores que las de las crisis previas.

Bancos pequeños y pequeñas y medianas empresas salieron malparados (cerraron unas 8.000 empresas). Los más afectados fueron los pobres. C ifras oficiales hablan de recortes en los salarios reales del 25 al 30% .. Lo que en realidad quería decir esto era que no había carne que comer, sólo las sempiternas judías y tortillas, que no había ropa y zapatos nuevos que ponerse, sólo prendas de segunda mano o regaladas para los niños. Incluso las tarifas de autobús para ir a trabajar tenían que pagarse con préstamos de amigos o conocidos. E incluso gente bien situada a menudo perdía sus casas o coches hipotecados si la deuda había sido financiada en dólares."


Luis Ferreira pertenece a ATTAC