11 de junio del 2001

Dimensiones de la democracia económica (I)

Albert Recio
Mientras Tanto. Veualternativa

1. LOS PROBLEMAS DE LA DEMOCRACIA ECONÓMICA

La aspiración a la democracia económica, a la participación del conjunto de la población en la toma de decisiones que influyen en sus condiciones de vida, ha sido una de las ideas básicas de buena parte del pensamiento utópico moderno. La misma ha tomado formas diversas y fundamentalmente se ha polarizado en dos ideas alternativas: la planificación democrática y la autogestión. La primera apunta hacia un modelo de organización global de la sociedad mediante un plan central que fija las principales decisiones productivas por medio de un proceso democrático. La segunda plantea la participación democrática en la gestión directa de las empresas y organismos en los que las persona realizan su actividad laboral.

Aunque en ambas propuestas laten las mismas ideas de fondo ­el derecho de las personas a decidir sobre sus propias vidas, a influir sobre decisiones que afectan directamente a sus condiciones de vida y trabajo­ a menudo se han planteado como propuestas alternativas, cuando no directamente enfrentadas. Mientras que la planificación democrática apunta a la eliminación del mercado como eje de la organización productiva y se asocia al fortalecimiento de algún modelo de organización estatal, la autogestión en el ámbito de empresa es compatible con el mantenimiento de la empresa individual y el mercado (por más que la misma sea un modelo de empresa diferente al de la empresa capitalista clásica). Una diferencia que fácilmente se traduce en polarización de posiciones, como la que ha separado a las corrientes marxista ortodoxa y libertaria como extremos entre las que se inscriben muchas de las posiciones que se han formulado en el pasado A pesar que el debate ha sido a menudo muy agrio, ambas propuestas tienen que hacer frente además a las críticas que parten del campo capitalista. De aquellos que consideran al mercado como espacio "casi natural" de regulación social. Tienen que responder también de los estudios críticos sobre las experiencias concretas de organización no capitalista de la sociedad Todo un vasto campo de aportaciones que si bien en muchos casos contienen elevadas dosis de apología del capitalismo deben ser tenidas en cuenta por que a veces contienen indicaciones que permiten pensar los viejos proyectos bajo una nueva perspectiva. En las líneas que siguen trataré en primer lugar de situar las críticas principales a ambas propuestas (secciones 2 y 3) para a continuación discutir ideas que considero útiles para volver a plantear el tema (secciones 4 a 6) y por último abordaré algunas reflexiones sobre las mejores formas de abordar el tema en el momento presente. Debo advertir que el texto está redactado en un plano bastante abstracto y que pasa por alto otras muchas cuestiones que afectan a cualquier modelo alternativo.

Particularmente la cuestión de la propiedad. Por razones de espacio y precisión me concentro en los aspectos de coordinación y participación decisional.

Considero que tratar todos los temas a la vez es la mejor forma de confundirse, aunque por supuesto en la elaboración de un proyecto real deben considerarse muchos más elementos y buscar un buen ensamblaje de todos ellos.

2. LOS LÍMITES DE LA PLANIFICACIÓN DEMOCRÁTICA

Entiendo por planificación democrática aquel proceso de participación social del conjunto de la sociedad en la elaboración de un plan económico, esto es de una previsión detallada de las actividades económicas que van a emprenderse en un periodo dado de tiempo y elaborado con anterioridad a su realización Esta idea ha sido sometida a una serie de críticas que estimo relevantes (Nove, 1987) Fundamentalmente, por la dificultad real de llevar a término un proceso de decisión social que atienda a las mil y una variedades productivas que caracterizan una sociedad tan compleja como cualquiera de las que una persona puede pensar como modelo de futuro. Estas limitaciones son diversas.

En primer lugar la farragosidad y lentitud de todo el proceso. Si pensamos en una planificación desde la base debemos pensar en un proceso que empieza por abajo, determinado de forma detallada necesidades y discutiendo a una escala cada vez mayor las prioridades, las formas de satisfacerlas etc. Aunque fuera posible establecer este tipo de planes, habría después que hacerlos efectivos lo que supone otro farragoso proceso para determinar la parte que llevará a cabo cada unidad productiva y como se relacionan las distintas unidades entre si, etc. En esto los análisis de los críticos de la experiencia soviética resultan aleccionadores al respecto y no pueden ser pasadas por alto. Considero que esta dificultad proviene básicamente de los problemas de dimensión: una planificación centralizada de cualquier nación (a menos que se trate de un territorio poblacionalmente diminuto)requiere tal variedad de decisiones y afecta a un tamaño tan grande de personas que su elaboración, si se quiere verdaderamente participativa, requiere un enorme esfuerzo de movilización y participación. Lo que un economista convencional llamaría "costes de transacción".

Unos costes de gestión que superan con creces las posibilidades reales de la mayoría, si no todas, las economías nacionales concretas y que explican parte del empantanamiento productivo de los países que practicaron un modelo de planificación burocrática.

Un segundo problema, asociado al anterior es el de la capacidad de cada persona de participar adecuadamente en la toma de todas y cada de las decisiones relevantes.

Como han indicado algunos conspicuos científicos sociales la capacidad de tratamiento de la información que tiene cada persona es limitado y si le damos más cantidad de información a menudo le colapsamos. Como subrayó un conspicuo economista crítico (Lavoie) si uno va a un restaurante con una carta muy extensa suele acabar pidiendo asesoramiento al camarero. Pensar en una planificación democrática integral supone considerar posible que las personas sean capaces de decidir, periódicamente y de forma consciente, entre todas las múltiples variaciones que pueden introducirse en un determinado sistema productivo, algo que presumo poco realista. La misma crítica que se hace a la base psicológica que sustentaría la posibilidad de una planificación democrática integral es la que se realiza a los que defienden que el funcionamiento normal del mercado puede expresar simplemente las preferencias y gustos de las personas y que si estas son libres están en cada momento en condiciones de determinar con precisión que es lo mejor para ellas en cada momento. Resulta evidente que la forma más fácil de pulsar una opinión colectiva es cuando se hace en forma de elección entre dos opciones, siempre que estas hayan sido aclaradas convenientemente. Pero esta es una fórmula que no permite muchos matices y que no es posible aplicarla tal cual cuando se trata de discutir un proyecto global, como es el caso de un presupuesto público estatal o el plan de producción de un país Tampoco es pensable un sistema de referendos continuados para cada cuestión tanto por los costes y dificultades de llevar a cabo una "movilización permanente" de la ciudadanía continuada, como porque un proceso secuencial rompe con la idea de plan, de decisión central que organiza todo el proceso productivo.

Una tercera cuestión, quizás no tan crucial como las dos anteriores pero igualmente importante es la que de la forma de tomar las decisiones. Una planificación democrática que admita alternativas podría dar lugar a un referendum final entre varios proyectos, siendo elegido el más votado. Quizás lo más sencillo fuera votar entre dos planes alternativos. Pero esto puede tener el mismo problema que tienen las votaciones a partidos políticos, votamos a una opción global, sin matices, por más que una parte del programa nos parezca muy malo o quisiéramos cambiar alguno de los candidatos de la lista por otro. La obsesión por votar el plan mejor, por utilizar la regla de la mayoría cómo fórmula única de decisión puede orillar cuestiones importantes que afectan a una parte importante (aunque reducida) de la ciudadanía que no ha sido capaz de incluir sus propuestas en el paquete ganador. O simplemente olvidarse de los aspectos buenos de los proyectos perdedores. Obviamente se pueden introducir medidas correctoras del proceso de votación pero ello nos retrotrae al problema de la farragosidad ya comentado.

3. LOS PROBLEMAS DE LA AUTOGESTIÓN

El reconocimiento de estas dificultades es seguramente lo que ha llevado a plantear nuevas propuestas en clave de socialismo de mercado autogestionario. La cuestión de la autogestión y el control obrero de la producción tienen una larga tradición en el pensamiento de izquierdas, alcanzando una cierta importancia en la década de los sesenta. A diferencia de las propuestas de planificación democrática que estaban asociadas a una estatización o socialización del conjunto de medios de producción de un país, muchas de estas propuestas nacían como iniciativas desde la base, orientadas a ampliar el control de la población trabajadora sobre sus condiciones de vida.

Aunque entre las distintas propuestas subyacen importantes diferencias, existe entre ellas un nexo común que es el de la participación de la población trabajadora en la toma de decisiones económicas. Una idea básica que se traduce en respuestas diferentes según el grado de intensidad de esta participación Considero que las mismas pueden agruparse en tres variantes básicas: control pleno de la actividad de la empresa por parte de los trabajadores (autogestión) participación en plano de igualdad con la empresa (cogestión o capitalismo participado), y derecho de propuesta y veto por parte de los trabajadores sin participación directa en la gestión (control obrero).

Las fórmulas en las que pueden concretarse estas modalidades son numerosas y expresan grados mayores o menores de poder obrero formas más o menos participativas de representación, etc. pero creo que estas se mueven alrededor de estos tres polos. Sólo la primera de las fórmulas está claramente asociada a una alternativa al capitalismo, en el sentido de la eliminación de la propiedad capitalista de los medios de producción, o cuando menos de la eliminación de la prerrogativa de los propietarios de estos medios de controlar el proceso productivo. Se podría pensar en una sociedad donde persistiera la propiedad pero donde los capitalistas fueran meros rentistas, pero estimo que esta es una situación muy inestable por cuanto es difícil que los propietarios confíen en que otras personas harán un uso adecuado de sus propiedades, algo que ilustran los numerosos avatares de las relaciones de propiedad agrarias. En cambio tanto la cogestión como el control obrero entrañan el mantenimiento de la propiedad capitalista tradicional aunque introducen limitaciones a la misma.

Voy a centrar mi discusión en la autogestión, que constituye sin duda la cuestión central a debatir como alternativa al capitalismo. Ello no supone dejar de considerar la importancia de las fórmulas de cogestión y control obrero como posibles alternativas de transición, pero es evidente que las mismas se plantean en el contexto general de una economía capitalista "normal".

La propuesta autogestionaria pretende resolver a la vez dos cuestiones diferentes. Por una se plantea cómo una fórmula que trata de preservar los aspectos más positivos de las economías capitalistas: innovación tecnológica y de producto, capacidad de atención a las necesidades manifestadas por los consumidores, presión externa a las organizaciones a través del mercado Y por otro lado asume la necesidad de una democratización social que permita a los trabajadores controlar sus propias condiciones de trabajo, lo que eliminaría algunos de los efectos más desastrosos del capitalismo: no parece esperable que en una sociedad autogestionaria la gente fuera a propugnar su autodespido ante caídas temporales de la actividad, votara por introducir condiciones de trabajo insalubres etc. Como ha subrayado Schweickart deberíamos esperar que una economía autogestionaria tendiera a una cierta autocontención en la medida que los mismos que toman decisiones van a ser en muchos aspectos los afectados por las mismas, lo que no ocurre en la empresa capitalista típica.

El modelo autogestionario basado en algún sistema de organización construido desde la base por los propios trabajadores puede aplicarse tanto a organizaciones mercantiles como no mercantiles. Seguramente es bueno pensar en ambos espacios por separado, aunque algunos de los problemas son comunes.

a) AUTOGESTIÓN EN UN CONTEXTO MERCANTIL

En el caso de la organización de la actividad productiva autogestionaria coordinada a través del mercado, sus principales problemas son los mismos que han detectado los críticos del capitalismo (o los meros estudiosos de los "fallos de mercado"), aunque posiblemente algunos de estos problemas aparecen con menor fuerza en el caso de empresas orientadas exclusivamente al lucro de los capitalistas La imagen idílica del modelo parte de concebir una economía organizada a través de una pluralidad de unidades productivas especializadas, coordinadas unas a otras entre sí por medio del mercado y utilizando sus mecanismos para orientar su actividad. Esta imagen sin embargo pasa por alto algunas cuestiones importantes que pueden dar lugar a un mundo menos deseable de lo previsto:
Aunque es obvio que en el capitalismo existe tanto una fuerza estructural como un cuadro valorativo que empuja a los empresarios a acumular, a concentrar riqueza y expandir su poder económico, no resulta claro que unidades de productores libres no acaben por promover este mismo tipo de modelo. Aunque no se les permita acumular propiedades es posible que el crecimiento del propio grupo (lo que posiblemente lleva aparejado un cierto proceso de diferenciación social interna, aunque sólo sea en el plano de las jerarquías) sea considerado un valor en sí y acabe reproduciendo procesos de concentración importantes.

Si bien puede ser aceptable un cierto nivel de desigualdades sociales, en aras a promover la laboriosidad y la innovación no pueden despreciarse las tendencias de los pequeños grupos a comportarse de forma tan egoísta como los capitalistas individuales.

Más evidente aún es el hecho de que no todas las empresas, atendiendo a su especialización y a su posición dentro de procesos productivos específicos, tienen las mismas oportunidades de control económico. Algunas unidades pueden establecer posiciones de poder relativo frente a otras y conseguir una cierta posición de monopolio (algo que mostró en buena medida la experiencia autogestionaria yugoslava). Hay que ser muy inocente para creer que las actitudes egoístas van a desaparecer con un mero cambio de reglas de juego, y pensar que los pequeños grupos organizados tienden directamente al bien colectivo. Parece más realista esperar que un modelo de mercado por más autogestionario que sea tenderá hacia la jerarquización empresarial entre unidades con un distinto poder de mercado.

Si además se tiene en cuenta que en una economía monetaria lo que cuentan son los costes e ingresos financieros, mientras que otros costes sociales son más difíciles de detectar, es bastante probable que las empresas autogestionarias incurran el mismo tipo de problemas que las empresas privadas: externalización de costes sociales hacia el conjunto de la sociedad tendencias a primar el reparto de rentas presentes frente a una gestión que prime el bienestar social a largo plazo políticas de potenciar aquellas actividades o productos que resultan más beneficiosos para el grupo de trabajo, etc.

Estos problemas no sólo tienen su origen en el posible carácter egoísta de los miembros de los colectivos de producción, sino también en la tendencia general que experimentan todas las asociaciones a perdurar y reproducirse. A perpetuar formas de actuación que les resultan beneficiosas Los mercados reales están plagados de oportunidades desiguales, de información "imperfecta" que propician tanto la búsqueda de soluciones a los problemas como el aprovechamiento parasitario de soluciones de privilegio.