19 de junio del 2001

Dimensiones de la democracia económica (II)

Albert Recio
Veualternativa

b) LA AUTOGESTIÓN EN UNIDADES NO MERCANTILES

No todas las unidades económicas están orientadas al mercado. No lo han estado nunca ni posiblemente lo van a estar, por más fuerte que sea la ofensiva neoliberal (Heilbroner, 1996). La mayoría de centros de trabajo públicos funcionan sin presión directa del mercado. En este sentido es allí donde parece más fácil implementar experimentos autogestionarios en la medida en que no existe la resistencia por parte de los capitalistas. Y algo de ello existe en algunas instituciones públicas. Mi reflexión en este punto nace de mi propia experiencia de trabajo en una Universidad pública que, al menos formalmente, se rige por una organización democrática con bastante parentesco a un modelo autogestionario. Los problemas que se detectan en estas organizaciones sirven para pensar en lo que podría ocurrir con una generalización de dicho modelo.

El problema principal se plantea de forma distinta al modelo mercantil, aunque sus raíces son básicamente las mismas. Lo que falla en estos casos es lo que sí existe en las empresas mercantiles: presión exterior. En una empresa sujeta a competencia, su funcionamiento debe alcanzar un determinado nivel de eficacia so pena de quedarse fuera del mercado: si la empresa tiene unos niveles de ineficiencia que da lugar a unos costes de producción excesivos es posible que su situación financiera se resienta y las pérdidas lleven a la empresa fuera del mercado si la empresa sirve mal a sus clientes, estos pueden optar por buscar otros proveedores. Aunque como ya se ha indicado antes esta presión es menos fuerte de lo que propugnan los manuales resulta evidente que la competencia (la existencia de grupos alternativos que ofrecen productos y servicios parecidos) constituye un poderoso mecanismo de disciplina social y de acicate para la persecución de la eficiencia. En las organizaciones no mercantiles a menudo esta presión no existe y esta ausencia se traduce en un relajamiento que tiene efectos negativos para el conjunto de la sociedad. Estos efectos son tanto mayores cuando mayor es el estatus social de las personas que forman parte de estas organizaciones. Es evidente que una parte del éxito de la crítica neoliberal a lo público se ha basado precisamente en la denuncia del relajamiento que a veces se advierte en muchos organismos públicos, donde el estatus funcionarial convierte el servicio más en derecho del funcionario individual que en una organización de la colectividad. Aunque puede aducirse, con razón, que la crisis de los servicios públicos puede explicarse por las políticas de recorte financiero y de apoyo al sector privado, no puede omitirse la importancia que tiene este factor de relajación. En algunos casos la ampliación de la autogestión puede ampliar estos efectos, al aumentar las prerrogativas y la legitimación de los trabajadores públicos frente a la sociedad. Un peligro existente si las propuestas de participación autogestionaria solo avanzan en el sector público.

En cierta medida este problema es parecido al de la autogestión mercantil. La posibilidad de los pequeños grupos organizados de utilizar en forma particular su poder relativo a expensas de la sociedad, aunque las manifestaciones del problema sean en cada caso diferentes. En definitiva las propuestas autogestionarias están abiertas a tantas críticas como la planificación democrática. Por esto creo que una propuesta realista debe partir menos de modelos generales y más de propuestas específicas que combinen diferentes modelos organizativos para resolver cuestiones específicas.

4. LA BÚSQUEDA DE MODELOS MIXTOS

I: DEMOCRACIA Y NUEVOS MODELOS DE ORGANIZACIÓN EMPRESARIAL

En el análisis anterior hemos detectado dos aspectos cruciales que generan complicaciones a las dos grandes propuestas de participación democrática. En un caso se trata de un problema de escala, en el otro de un problema de interés particular, no sólo entendido como búsqueda de una posición de privilegio, sino también como una cuestión de miopía a la hora de impulsar actuaciones que tienen efectos sociales más amplios que los de la propia organización. Una alternativa viable debe por tanto tratar de orillar, neutralizar y hacer frente a estas cuestiones básicas. No sólo en el plano teórico abstracto sino tratando de indagar en la realidad social que pistas nos pueden indicar alternativas viables.

Nuestra primera exploración se dirige al mundo de la organización empresarial y a sus líneas de transformación. Al fin y al cabo las ideas organizativas que sustentaron el modelo de planificación burocrática tenían como referente el modelo de la gran empresa capitalista surgido a finales del XIX y que constituyó, y en parte constituye, un modelo viable de organización social (otra cosa es que sea deseable o que no pueda estar cuestionado por un modelo de superior categoría). El modelo de organización hipercentralizado no sólo ha sido cuestionado en el caso de la planificación soviética, sino que también la gran empresa capitalista ha experimentado estos problemas. Y la reorganización que este tipo de empresas están experimentando da, a mi entender, algunas pistas de cómo construir una alternativa.

Las razones que están llevando a las grandes empresas desde un modelo hipercentralizado de organización a un modelo reticular en el que la organización central se constituye como el nexo de unión de una enorme cantidad de unidades empresariales autónomas (subcontratistas, centros de investigación, empresas mixtas con el sector público o con otras empresas privadas.) o semiautónomas (unidades de la propia empresa que adoptan una relación formalmente mercantil con el centro) son diversas. Algunas obedecen claramente a un proyecto de fraccionamiento social de la clase obrera y a la posibilidad de reducir costes de producción mediante el recurso a todo tipo de mecanismos de fuerza y discriminación. Pero otras obedecen a cuestiones más complejas y que tienen mayor interés investigar.

Una parte de la organización reticular es una respuesta empresarial a los límites de un modelo productivo basado en la extrema fragmentación de la actividad laboral, en el uso de sistemas de control semipoliciales y a la burocratización de las jerarquías organizativas. Los capitalistas también saben que la implicación intelectual de los trabajadores es necesaria para el éxito de muchas actividades productivas. Que estas requieren interrelación y cooperación entre diversas personas y una cierta capacidad de autoorganización del propio proceso. En todo caso ésta es la experiencia que muestran algunos de los modelos productivos más eficaces. La organización reticular permite resolver en parte esta situación por cuanto favorece la creación de unidades de tamaño medio ­donde es posible desarrollar equipos de trabajo autónomos, sentimientos de pertenencia etc.­ y su control a través de medidas externas en forma de fijación de precio, de plazos de entrega, de condiciones técnicas, etc. Es posible, incluso, aplicar diferentes formas de organización en diferentes partes del proceso productivo, atendiendo a las características específicas de cada caso. Ello explica que en cualquier análisis detallado de los procesos laborales actuales se observe en áreas diferentes de un mismo proceso productivo, espacios donde siguen dominando los viejos sistemas de organización taylorista (o, simplemente, de control individual tradicional) con grupos de trabajo donde se deja a sus miembros bastante libertad para organizar su actividad, promoviéndose la cooperación y el trabajo en equipo.

No estoy tratando de edulcorar esta situación ni de presentarla como un ideal. Es evidente que en estas redes productivas florecen las desigualdades extremas, la precariedad laboral y la fragmentación social. Simplemente trato de subrayar que no todo es negro en el modelo y que merece analizarlo para darle la vuelta. Desde mi punto de vista hay varias cuestiones relevantes al respecto:

- En primer lugar muestra que es posible coordinar centralmente una larga serie de actividades complejas sin caer en un modelo burocrático excesivamente pesado y sin tener que organizar completamente desde arriba todas y cada una de las tareas de la base. Una parte importante del control se establece por mecanismos mercantiles y de "fin de proceso": fijando a cada unidad objetivos y condiciones a cumplir.

- En segundo lugar las unidades de base tienen una cierta capacidad de autonomía que les da un margen de autoorganización, aunque ésta es llevada a cabo por diferentes actores, desde verdaderos grupos cooperativos hasta empresarios individuales que establecen las condiciones de trabajo al resto de sus empleados.

- Es realmente factible que existan aspectos de autoorganización en algunos nódulos de las redes productivas y estos se muestran en muchos casos superiores a las formas tradicionales de organización a la hora de promover la cooperación humana y la calidad de la actividad productiva (incluyendo por supuesto los servicios).

- En definitiva el modelo apunta a que es posible desarrollar formas organizativas que hacen compatibles la centralización de los aspectos cruciales de un determinado proceso y la autonomía de las unidades básicas. Permite pensar en formas organizativas que incluyan ciertas dosis de planificación central de los procesos productivos con determinados grados de autonomía y autoorganización de las unidades básicas.

Es evidente que hoy por hoy no se trata de un modelo deseable, sino más bien su contrario, un modelo que refuerza el poder de los grandes centros, excepto frente a determinados grupos profesionales que controlan determinadas fases del proceso productivo y que pueden forzar a negociar de igual a igual al centro. La cuestión estriba en si este modelo permite pensar en alternativas que potencien sus efectos positivos y reduzcan sus inconvenientes.

Vale la pena apuntar algunas ideas al respecto:

- En primer lugar el poder de estos centros y su capacidad de discriminar en beneficio propio se basa en la explotación del diferente poder institucional que tienen distintos grupos sociales. Por ejemplo las posibilidades de discriminación salarial que afectan a diferentes colectivos dependen, en el plano nacional de la estructura de la negociación colectiva: si ésta es muy centralizada y contiene una escala salarial muy estrecha (pocas diferencias de salarios) las condiciones de trabajo no variarán mucho en las empresas subcontratadas. En cambio si la negociación se produce empresa por empresa y no hay normas generales, la empresa central puede abaratar costes externalizando partes de la producción a empresas con derechos laborales reducidos. En el plano internacional las desigualdades en legislación laboral, derechos sindicales y libertades políticas en general producen ventajas a explotar por los países centrales. Éstas pueden ser reducidas de forma importante mediante reformas institucionales adecuadas que establezcan derechos comunes a escala planetaria. Cambios en las normas que tiendan a aumentar el poder social de los grupos periféricos frente al centro o el establecimiento de normas generales (salarios nacionales, normas ambientales, impuestos generales, etc.) y a limar las posibilidades del centro de quedarse con una parte considerable de las rentas.

- En segundo lugar es posible pensar que las relaciones de poder podrían alterarse si el núcleo central de cada sistema productivo no estuviera formado por empresas capitalistas en busca del beneficio privado sino por agencias públicas y organizaciones sociales. Cuando se analizan los cambios en el neoliberalismo se observa el carácter parasitario de muchos de los nuevos grandes grupos, como es el caso de las operadoras telefónicas o las grandes constructoras; en gran medida meras intermediarias de una red de pequeñas empresas que son quienes realizan el proceso real en provecho del centro. Hay en unos casos buenas razones para defender la titularidad pública de los núcleos centrales de estas redes, bien por tratarse de "monopolios naturales"(estructuras integrales en las que la gestión unificada se acaba imponiendo, como es el caso de las redes eléctricas, las telefónicas etc.) o en todos aquellos casos donde las grandes empresas acaban actuando como meros intermediarios y agentes financieros (como es posiblemente el caso de las grandes empresas constructoras). En muchos campos de actuación la planificación y la gestión unificada tienen realmente mucho sentido. Precisamente lo que permite la estructura reticular es hacer compatible la gestión organizada de las grandes líneas de actuación con la descentralización (y la organización autogestionaria) de las distintas fases particulares de cada proceso.

- Un modelo de este tipo contiene mecanismos de mercado. Las redes no pueden ser concebidas como un centro del que dependen directamente una serie de unidades, al estilo de los "kombinats" soviéticos. Las unidades empresariales autogestionarias deben ser realmente autónomas y capaces de relacionarse libremente con otras unidades. Las relaciones entre las unidades centrales y las unidades autogestionadas pueden realizarse a través de mecanismos de mercado, si por tales entendemos no los procesos de mercados que se enseñan en los libros de texto, sino la variada gama de relaciones existente en los sistemas capitalistas reales: contratos a largo plazo, asociaciones para objetivos limitados, acuerdos de cooperación para fines específicos etc. Un entramado de relaciones que promueve la cooperación más allá de lo que encubre la idea de un mercado competitivo La lógica de esta política supone que el "centro" tiene capacidad de proponer unas condiciones que fuerzan a las unidades independientes a alcanzar unas cotas de eficiencia (aunque éstas pueden venir expresadas en costes financieros o en otras medidas de eficiencia), pero al mismo tiempo las unidades de base tienen capacidad de maniobra para cambiar sus políticas, entrar en una determinada red o salirse de ella, buscar la cooperación con otras unidades, etc. Por ejemplo una empresa autogestionaria de construcción puede participar en un proyecto desarrollado por la empresa pública de obras públicas u optar por trabajar en su propio mercado de construcción.

- Un supuesto que subyace a esta propuesta es que no todas las actividades económicas son iguales y no requieren el mismo grado de planificación y control vertical. En algunos campos existe una justificación clara para la centralización y la decisión centralizada: aquéllos que requieren un intenso proceso de cooperación social (básicamente porque entrañan procesos productivos muy complejos y que mueven enormes cantidades de recursos productivos) o aquéllos que tienen efectos indirectos muy importantes que exigen un control centralizado. Pero otros procesos que no tienen estas características, que movilizan menos recursos o tienen menos repercusiones, que tienen efectos sociales más triviales, es mejor desarrollarlos de formas más descentralizadas, mediante el recurso a unidades autónomas que compitan entre sí o que desarrollen formas descentralizadas de cooperación. En el antiguo ideario de la izquierda subyacía la idea que toda la producción capitalista se orientaba hacia la producción en gran escala. Hoy resulta evidente que si bien la producción en grandes series es habitual en muchos sectores no es en absoluto universal. Y que subyacen muchas actividades que deben desarrollarse a niveles de pequeñas unidades. Aunque en algunos de estos sectores también aparecen grandes empresas están tienen a menudo una actuación más parasitaria que promotora de la eficiencia (como puede ser el caso de muchas redes de franquicia en los servicios y el comercio, o las empresas gestoras de servicios descentralizados) y donde parece más justificado promover la demolición de estas estructuras parasitarias que su reforzamiento.