17 de mayo del 2002

Según el premio Nobel Joseph Stiglitz

Las políticas que impone el FMI a países en desarrollo jamás las aceptaría el primer mundo


La Jornada

Las políticas impuestas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y Washington en el mundo en desarrollo jamás serían adoptadas en el primer mundo, afirmó el premio Nobel de Economía 2001 Joseph Stiglitz.

En entrevista con La Jornada y un grupo selecto de corresponsales extranjeros en su nueva sede en la Universidad de Columbia, el ex economista en jefe del Banco Mundial, ex jefe de asesores económicos del presidente Bill Clinton y experto en políticas económicas internacionales y globalización, revela la "hipocresía" de las políticas "mercadofundamentalistas" que forman el eje de las recetas del FMI y otras instituciones económicas multilaterales: lo bueno para el tercer mundo no es bueno para el primero.

"Las políticas que promueve el FMI en los países en desarrollo serían rechazadas por los países desarrollados", afirmó. Por ejemplo, la privatización del seguro social no puede avanzar políticamente dentro de Estados Unidos, sin embargo, esta es una exigencia para países como Argentina.

También presentó el caso de la liberalización comercial: a los países del tercer mundo se les demanda que desaparezcan sus subsidios, mientras que en Estados Unidos, Alemania y Francia los subsidios para el sector agrario y el acero se mantienen o se incrementan. "El fundamentalismo del mercado se promueve en el tercer mundo, el mismo que jamás se intentaría en Estados Unidos y otros países desarrollados", señaló, y agregó que esto es nada menos que una agenda política que se promueve.

Stiglitz consideró que estas recetas no toman en cuenta que las decisiones económicas de un país "no son asunto que pueda ser dejado sólo en manos de los tecnócratas", ya que tienen implicaciones sociales y políticas.

Resaltó que los únicos países que se han beneficiado de la globalización son aquellos que han tomado control de ésta para sus propios intereses, en lugar de seguir los mandatos del FMI y el llamado "consenso de Washington", que sólo se centra en las ideas del mercado como el mejor y único mecanismo para el desarrollo.

Stiglitz estimó que la globalización en sí no es el problema, sino la forma en que se maneja. En su nuevo libro El malestar en la globalización, señala que "son pocos los que defienden la hipocresía de pretender ayudar a los países subdesarrollados obligándolos a abrir sus mercados a los bienes de los países industrializados más adelantados, y al mismo tiempo protegiendo los mercados de éstos: esto hace a los ricos cada vez más ricos y a los pobres cada vez más pobres, y cada vez más enfadados".

Pero, sostuvo, hay indicios alentadores de que esta forma de promover la globalización está cambiando. En ese sentido destacó que con la presión de la sociedad civil en varias partes del mundo, de las protestas que se iniciaron en Seattle y se han repetido en muchas partes, y los desastres como Argentina y las economías de transición en el ex bloque socialista, el debate ha cambiado. Recordó que organismos como el FMI y el Banco Mundial a fin de cuentas son instituciones políticas vulnerables a la presión pública. Por lo tanto, se perciben algunos cambios, empezando por la retórica de estas organizaciones multilaterales.

Stiglitz dijo que a la larga se requiere de una reforma estructural de las mismas organizaciones multilaterales que promueven estas políticas, pero "no es muy optimista" de que esto ocurrirá a corto plazo. Subrayó que en el FMI, Estados Unidos es el único país miembro con veto y, por lo tanto, todas las decisiones más importantes son, de hecho, decisiones de Washington.

Pero propuso que estas instituciones sean "democratizadas" al insistir sobre "mayor transparencia y rendimiento de cuentas" ante el público. Subrayó que el "derecho a saber" cuáles son los votos y decisiones al interior de estas instituciones es una demanda clave para reformar sus prácticas. De hecho, hasta el momento, ni la legislatura estadunidense cuenta ahora con el derecho de saber cómo votó el representante de Estados Unidos dentro del FMI, y si este voto viola o no las leyes que el Congreso haya establecido.

Los gobiernos de los países subdesarrollados se encuentran atrapados entre las demandas y condiciones del FMI con todas sus consecuencias sociales y políticas internas, y las crecientes protestas y alborotos populares provocados por éstas. Así, de repente enfrentan disturbios sociales que al llegar a cierto grado colocan a estos gobiernos entre la exigencia del FMI y las protestas.

Tal vez lo más notable, señaló, es ver qué tan pacientes han sido los pueblos de estos países, y el hecho de que no estallaron sino hasta ahora, como en el caso de Argentina.

Stiglitz, interrogado por La Jornada sobre qué hacer ante esos "pueblos tan pacientes", dijo que primero "sí tienen que restructurar sus políticas económicas" y promover el desarrollo interno con los recursos humanos y naturales con que cuentan. Además, explicó, todo gobierno que no intente generar una alta tasa de empleo "no está cumpliendo con su deber democrático". Recomendó sobre todo no pedir prestado y entender que "esos mercados financieros son altamente volátiles" y que todos estos países tienen que buscar vivir dentro de los límites de sus bienes. Subrayó que se tiene que rechazar la idea de "mercados de capital abiertos", ya que "el sistema internacional financiero es inherentemente inestable".

Al reconocer la permanencia de la globalización, Stiglitz recomienda en su nuevo libro que la "comunidad global" que se ha establecido requiere ahora de una serie de reglas que "deben ser "y deben parecer" equitativas y justas, atender a los pobres y a los poderosos, y reflejar un sentimiento básico de decencia y justicia social. En el mundo de hoy, dichas reglas deben ser el desenlace de procesos democráticos; las normas bajo las que operan las autoridades y cuerpos gubernativos deben asegurar que éstos escuchen y respondan a los deseos y necesidades de los afectados por políticas y decisiones adoptadas en lugares distantes", escribió Stiglitz.