14 de enero del 2002

Una nueva arquitectura financiera para la crisis

Susan George
IPS/Comunica

Es curioso que, a medida que el mundo se desliza cada vez más profundamente hacia la recesión, los dirigentes políticos más conocidos parecen no tener la clave para salir de ella. La solución a este problema, sin embargo, tiene más de 50 años. Fue inventada por el economista británico John Maynard Keynes para el contexto nacional y usada exitosamente en la esfera internacional después de la Segunda Guerra Mundial.

Esta solución de la posguerra fue llamada Plan Marshall y puso de nuevo a Europa de pie.

Sirvió para volver a colocar a este continente en la posición de viable socio comercial de Estados Unidos.

Actualmente hay dos caminos keynesianos para hacer arrancar a la economía mundial. Uno es el gasto masivo internacional para preservar el ambiente. El otro es el de comenzar a incluir a miles de millones de personas que han sido dejadas fuera de la economía mundial por una globalización dirigida por las grandes corporaciones.

El Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas afirma que aproximadamente con 90 mil millones de dólares anuales se podría cubrir el estándar básico de vida suficiente comida, agua potable, vivienda, cuidado básico de la salud y educación de todos los habitantes del planeta.Digamos, exagerando, que el programa básico más una limpieza y preservación ambiental llegaría a costar unos 200 mil millones de dólares al año durante 10 años. En el mundo actual esta es una suma insignificante.

Es en vano esperar que la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) cumpla por sí sola esta tarea. La AOD de los países integrantes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que agrupa a las naciones desarrolladas, está cayendo precipitadamente en cerca de un cinco por ciento anual, lo que demuestra que la preocupación del Norte por el Sur fue en gran medida un fenómeno de la Guerra Fría y que muchos países simplemente han perdido todo el interés estratégico que pudieron haber tenido alguna vez. La meta del aporte en ayuda para el desarrollo del 0,7 por ciento del Producto Interior Bruto a cargo de los países desarrollados que fuera establecida por la ONU es una piadosa ficción.

La AOD ahora representa un escaso 0,22 por ciento del PIB de los países miembros de la OCDE, según el Comité de Ayuda al Desarrollo de esta propia organización.

Deberíamos dejar de pretender que un cambio verdadero podrá surgir de las contribuciones presupuestarias nacionales e ir a buscar el dinero donde realmente está, en los mercados financieros internacionales, en paraísos fiscales y en las cajas de caudales de las corporaciones transnacionales.

Una excelente herramienta para alcanzar esta meta es la Tasa Tobin sobre las transacciones monetarias.

Cien años atrás, las desigualdades en los países ahora ricos fueron llevadas a la atención pública por unos pocos cruzados.Los niveles de salud y educación, el analfabetismo, las pésimas viviendas, el crimen, las tasas de mortalidad infantil en los barrios pobres de Londres y Nueva York eran, desde todo punto de vista, comparables con los que ahora encontramos en muchos países del Tercer Mundo. Estas groseras desigualdades fueron finalmente reconocidas no solo como meramente escandalosas sino también como peligrosas para la sociedad como un todo, incluyendo a sus miembros más privilegiados.

Impuestos graduados a los ingresos fueron finalmente introducidos entonces, de manera que la redistribución y la inclusión social pudieran avanzar.

Ahora estamos en una encrucijada semejante con respecto a las desigualdades Norte Sur. El dinero para enfrentarlas está disponible pero deberá venir del establecimiento de impuestos internacionales.Tal reparación y renovación es necesaria para los intereses de todos. Los actuales poseedores de una extraordinaria riqueza, como los ricos de Nueva York un siglo atrás, naturalmente ofrecerán resistencia. Pero ello no es razón, todo lo contrario, para aflojar la presión sobre ellos.

A pesar de todas las conversaciones que se desarrollan desde hace unos tres años sobre una «nueva arquitectura financiera», no se han establecido nuevas salvaguardias y en estos momentos estamos todos contemplando el colapso de Argentina, seguido por quién sabe qué otros desastres humanos.

El movimiento de organizaciones civiles, por su parte, está reclamando una genuina nueva arquitectura financiera. Los prestamistas negligentes y los inversores imprudentes deberían ser forzados a asumir la responsabilidad por sus acciones. Después de todo ¿no son el riesgo y la responsabilidad lo que se supone sean características esenciales del capitalismo? El Fondo Monetario Internacional (FMI) debería de nuevo ser lo que Keynes suponía que debía ser: un mecanismo para ayudar a los países con problemas temporales de balanza de pagos. Debería aconsejarles sobre como evitar que contraigan nuevas deudas en divisas fuertes en el futuro y debería supervisar un plan para la deuda largamente vencida e impaga: una total cancelación de ella para los países más pobres; procedimientos de quiebra ordenados y rebajas para muchos otros. Y, si no puede ser reformado, el FMI debería ser abolido y reemplazado por una nueva institución crediticia internacional.

Personas que han trabajado en estas cuestiones durante muchos años han llegado frecuentemente a la conclusión de que la deuda no es un problema financiero o económico en absoluto sino un problema político. Es el mejor instrumento de poder y control del Norte sobre el Sur (y ahora también sobre el Este) jamás inventado. Muy superior al colonialismo, que requiere un ejército, una administración pública y provoca críticas de los medios de comunicación. El control a través de la deuda no sólo no requiere infraestructura sino que también al final hace que la gente pague por su propia opresión.

El movimiento de ciudadanos ve que el alivio de la deuda es una condición esencial para unas relaciones más igualitarias entre Norte y Sur y mucha gente subraya que debería ser acompañado por la restitución de las riquezas arrancadas al Sur desde hace décadas o siglos.

Los bancos privados, así como los acreedores públicos multilaterales y bilaterales deberían ser obligados a participar: a ellos se les ha pagado ya en exceso lo que habían prestado.


Susan George es escritora, directora asociada del Instituto Transnacional de Amsterdam y vicepresidenta de ATTAC(Asociación para la Tasación de las Transacciones financieras).