12 de noviembre del 2001

Trampas neoliberales

Xavier Caño Tamayo
Centro de Colaboraciones Solidarias

La crisis desatada por el brutal atentado del 11 de septiembre, entre otras cosas le ha quitado la careta al capitalismo neoliberal de nuestras desdichas. Según el economista estadounidense Paul Krugman, los países ricos, como Estados Unidos, prescriben a otros la receta de apretarse el cinturón y la obligación de austeridad presupuestaria que en sus territorios ni intentan aplicar porque resultarían intolerables. En frase de Krugman, Estados Unidos y la Unión Europea son neoliberales hacia otros países y keynesianos de cara al interior.

Una incoherencia que muestra la cara tramposa del capitalismo actual.

Por ejemplo, George W. Bush, que apela al mercado como "la" solución para casi todo, ha decidido que el Estado que preside conceda 130.000 millones de dólares para reflotar la economía estadounidense. ¿Dónde queda entonces la intocable capacidad reguladora del mercado? ¿Qué se hizo del culto a la iniciativa privada? ¿Dónde fue a parar la teoría del arrinconamiento del Estado? Y al otro lado del Atlántico, también la Unión Europea ha decidido olvidar su rigurosa prohibición de conceder ayudas públicas a empresas (aplicando el sagrado principio de que las ayudas estatales corrompen la competitividad) y han acordado pagar una cantidad que incluye los considerables aumentos de las pólizas de seguros de las compañías aéreas europeas, los gastos de las medidas extraordinarias de seguridad y las pérdidas por los cuatro días en los que estuvo cerrado el espacio aéreo estadounidense como reacción a los atentados de Nueva York y Washington. Sin embargo las grandes compañías aéreas europeas quieren más y han sollozado que "cuánto más se tarde en tomar las medidas de asistencia, mayores serán los perjuicios".

Ha habido otras actuaciones estatales en la economía. El Gobierno del neoliberal Tony Blair ha intervenido Railtrack, los ferrocarriles británicos privatizados en 1996 por el conservador John Major. De momento el Gobierno británico ha inyectado 1000 millones de dólares y ha decidido que Railtrack sea gestionado por un consorcio público y privado con la intención de que se convierta en una empresa sin ánimo de lucro, porque el Railtrack privatizado había conseguido acumular una deuda de más de 3.000 millones de libras esterlinas, acabar con la puntualidad de los trenes británicos y, lo que es peor, también con la seguridad de los viajes en ferrocarril que en cuatro años han acumulado en el Reino Unido más víctimas en accidentes que en toda su historia.

¿Qué decir de estas actuaciones, de esta recuperación del Estado como administrador y controlador de la economía? No ha habido cambios en el pensamiento único, pero el capitalismo neoliberal defensor del crecimiento imparable, gran sacerdote de la milagrosa capacidad controladora del mercado, juega sucio, juega con las cartas marcadas.

Hace trampas. Recortes de gastos sociales y austeridad presupuestaria hasta la pobreza de millones de ciudadanos, pero, si los beneficios peligran de forma seria, entonces el Estado ha de tomar de nuevo las riendas de la economía y ayudar a quienes ven reducidos sus dividendos. Y además lo ha de hacer con el dinero de todos, el dinero de los impuestos.

Pero hay una segunda carta marcada. Si las cosas van mal, se reducen los impuestos, según la solución propuesta hace más de medio siglo para combatir la atonía de los ciudadanos en su calidad de consumidores: pagar menos impuestos para tener más dinero y poder gastar más. Una solución propuesta por John Keynes, a quién los neoliberales odian quizás más que a Karl Marx. Pero los neoliberales aplican la solución keynesiana con truco porque las reducciones de impuestos, tal como se plantean, benefician a quienes más tienen, que son minoría. El plan de reducción de impuestos de Georges W. Bush, por ejemplo, permite a los más ricos, el 1% de la población estadounidense, ahorrar un 43 % de impuestos; por el contrario, el 20% de la ciudadanía, que gana menos de 13.000 dólares anuales, sólo verá reducidos sus impuestos en un 0,8 %.

El neoliberalismo triunfante, prepotente y soberbio, ha pretendido convertir al Estado en una reliquia histórica bajo la bandera de la globalización (la suya, claro, puesto que hay otra globalización posible). Eso cuando las cosas van bien para los contados millones que disponen de la mayor parte de la riqueza de la Tierra. Pero, si la situación se pone difícil y los beneficios corren peligro, entonces se recurre al Estado para que reparta el dinero de los impuestos de todos y salve la cuenta de resultados de quiénes han hecho de la neurosis del lucro y de la histeria del crecimiento el centro de la vida.

Bienvenida sea esta recuperación del Estado por más que interesada y tramposa. No vamos a mitificar al Estado, pero, por lo menos, los que dirigen el Estado en buena parte de la Tierra están sometidos a algún control democrático, por deficiente que sea, en tanto que a los llamados "mercados" no los controla nadie. Por eso preferimos que sea el Estado el que supervise y controle la economía que afecta a todos, para que redistribuya la riqueza y pueda pensar también en los más desfavorecidos.