20 de febrero del 2002

La crisis argentina: Una batalla más de la primera guerra mundial del corporativismo financiero global

Víctor Ego Ducrot
La otra aldea

La primera gran batalla de este nuevo tipo de guerra, la ofensiva inaugural del Imperio Global Privatizado, tuvo lugar con los atentados del 11 de setiembre del año pasado en Nueva y York y en Washington y con la consiguiente campaña militar de Estados Unidos en Afganistán. La verdadera naturaleza de esos episodios tiene un intento de análisis en el libro Bush & ben Laden S.A. (Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2001), texto del autor de este artículo, al que volveremos más adelante porque en él se plantean las primeras observaciones sobre lo que denominamos Imperio Global Privatizado.

Poco tiempo después de aquella primera gran batalla Argentina se transformó en el escenario de un nuevo enfrentamiento de esa conflagración mundial de nuevo tipo, tanto en lo político como en lo militar, quizás menos espectacular en cuanto a las repercusiones internacionales y mediáticas pero no por eso menos revelador del mundo al que conduce la actual etapa corporativa del capitalismo financiero del siglo XXI.

Ese mundo pretende estar signado por la desaparición de la nación-Estado tan cual la conocemos desde la modernidad y su reemplazo por una gestión para-estatal en mano de las grandes corporaciones económicas y financieras, las que, conscientes de que ellas muchas veces no son complementarias sino que tienen intereses irreconciliables, se han lanzado a un enfrentamiento que no escatima recursos.

En los países centrales o dominantes, muy especialmente en Estados Unidos, las distintas facciones del corporativismo financiero global se enfrentan para ubicarse lo mejor posible en ese proceso por el cual los intereses corporativos, cuando no sus principales representantes en forma directa, están reemplazando a las instituciones del sistema constitucional. Los atentados del 11 de setiembre del año pasado, la intervención militar de Estados Unidos en Afganistán y el estallido del caso Enron, a fines del 2001 constatan la existencia de ese proceso.

En los países periféricos o dependientes, como es el caso de Argentina, ese proceso es similar pero mucho más sórdido, o si prefiere, más confuso y profundo. A partir del mediados de la década del ´70, especialmente en América Latina -y en Argentina, a la que consideramos un caso testigo-, el corporativismo global financiero viene ensayando las distintas variantes tácticas y estratégicas de ese su salto al ejercicio directo del poder.

El sangriento golpe de Estado de marzo de 1976 fue una operación de las distintas facciones del corporativismo que, aliadas, ejercían el control del país. Se propusieron entonces, y lo lograron, imponer el modelo económico, el neoliberal o fondomonetarista, basado en el achicamiento del Estado y en el ajuste social entre otros mecanismos esenciales, todos confluentes en un solo punto estratégico: concretar crecientes transferencias de riquezas sociales a manos del las corporaciones financieras a través de los circuitos bancarios.

Esa estrategia vivió adecuaciones temporales durante la administración del presidente radical Raul Alfonsín y se profundizó, primero y muy especialmente durante la década del peronismo encabezada por Carlos Menem, y después a lo largo del breve pero patético mandato del radical Fernando De la Rúa, asociado al partido FREPASO, un enjambre de dirigentes con pasado progresista algunos, pero contaminados por el llamado posibilismo de la década del ´90 y corrompidos desde el momentos mismo en que pasan a integrar la corporación política, una funcionalidad institucional que el corporativismo financiero globalizado necesita para moverse dentro de los marcos de los regímenes constitucionales formales.

El Imperio Global Privatizado La crisis que estalló en Argentina a principios de diciembre del año pasado, que se llevó en términos de días a dos presidentes elegidos por la Asamblea Legislativa (las cámaras de Diputados y de Senadores reunidas en plenario) y que provisionalmente instaló en el gobierno al peronista Eduardo Duhalde (elegido por el mismo mecanismo), que convalidó el saqueo a los pequeños y medianos ahorristas en manos de los bancos, que paralizó y terminó de destruir el sistema económico en su conjunto y que pone en jaque a toda la corporación política mandataria de las corporaciones, esconde algunas grandes mentiras, tan bien presentadas que incluso los sectores más comprometidos a favor de una salida democrática y a favor de los intereses sociales no llegaron a detectar.

Primera mentira. Aunque la ortodoxia del pensamiento alternativo, progresista y antiglobalización diga lo contrario, la situación a la que llegó Argentina no obedece a un fracaso, identificado como una vaga o imprecisa consecuencia de la prolongada "crisis estructural" del país, y, lo que más llamará la atención, no representa el fracaso de los modelos regresivos impuestos por el neoliberalismo y el FMI. Todo lo contrario, el escenario que vive hoy Argentina exhibe el éxito rotundo de esas políticas y de esos modelos. Esto es lo que pretendían las facciones del corporativismo global financiero para Argentina: llevarla a la disolución como nación-Estado, transformar su conformación política tal cual aparece expresada hoy en los mapas. La globalización del corporativismo financiero encierra en su propia naturaleza una fórmula que en principio parece contradictoria o paradójica pero que encubre una profunda funcionalidad dialéctica: la regionalización a medida de sus intereses.

Y Argentina es el campo experimental perfecto para llevar adelante esos planes que muy bien podría definirse como neobalcanización. Ya veremos por qué y también intentaremos ver si este país, esta sociedad, puede enfrentarse a ese proyecto.

Segunda mentira. Refiriéndonos a la llamada crisis del sistema financiero, no es cierto que ésta haya sido consecuencia de un desequilibrio estructural no deseado por stablishment económico; no es cierto que los bancos no tengan o no hayan tenido con qué hacer frente al reclamo de los ahorristas; no es cierto que el actual gobierno haya optado por la defensa de la moneda local a través de la devaluación y de la pesificación como alternativa a la dolarización. Las facciones del corporativismo financiero global saben a donde van: hacia la dolarización, hacia la adopción del dólar norteamericano como signo monetario de curso legal, lo que equivale a la dominación perfeccionada del país por parte de Washington, manteniendo la formula vacía de una "República Argentina" regionalizada o neobalcanizada conforme a los antagonismos y a la complementación de los intereses de la facción del corporativismo financiero global que se está imponiendo en este país. Y esa facción es la comandada por Washington, que necesita de espacios de poder funcionales al nuevo estado privatizado de Estados Unidos, en definitiva funcionales al Imperio Global Privatizado. Se trata de una forma de poder que, dicho sea de paso, tiene sus primeros antecedentes en la transformación del capitalismo clásico en capitalismo financiero, fenómeno con el que coincide la irrupción del imperialismo en su versión siglo XX.

Este Imperio Global Privatizado encierra una profunda relación dialéctica, pues es totalizador en términos geográficos, y en ese sentido las distintas facciones del sistema financiero mundial, aliadas cada una de ellas con distintos grupos empresarios, tienen un interés estratégico común.

Pero entre esas mismas facciones también se registran tan marcados antagonismos que llegan a la guerra, a esa guerra de nuevo tipo de la que hablamos en los primeros párrafos de este artículo.

Por supuesto que el interés estratégico común es la defensa, la consolidación y la profundización del poder del Imperio. Sin dejar de reconocer sus antagonismos y eventuales necesidades de colisión, las distintas facciones del Imperio reconocen -algunas simplemente aceptan el por ahora hecho consumado- la hegemonía de Estados Unidos como cabeza visible de la coalición de poder.

Para lograr esa hegemonía, Estados Unidos tuvo que superar muchos desafíos. Ganar la Guerra Fría y alcanzar el liderazgo económico y tecnológico no fueron condiciones menores. Pero su gran salto, lo que le permitió erigirse como cabeza del nuevo Imperio fue su capacidad para ver que, llegado al punto de desarrollo económico que alcanzaba el sistema capitalista mundial de cara al siglo XXI, sus dos mejores valores agregados pasaban a ser la posibilidad de otorgarle un definitivo reconocimiento a las corporaciones financieras propias, ya no como influyentes en el poder sino como titulares directas del poder político, instaladas a la cabeza de las instituciones constitucionales.

Para ello debieron privatizar no sólo todos los resortes de ese nuevo Estado sino las herramientas fundamentales del poder político mismo de un país imperial: su política exterior y sus fuerzas armadas, pues la tercera pata del trípode fundamental, la regulación del sistema financiero -la Reserva Federal-, ya estaba en manos privadas, desde los orígenes mismos de Estados Unidos como gran acumulador capitalista.

El proceso de privatización de la política exterior y de las fuerzas armadas, analizado en el libro Bush & ben Laden S.A., comenzó en la pasada década del ´80, después del escándalo Irangate y culminó con la vuelta de la dinastía Bush a la Casa Blanca, de la mano de George W., y ahí está el ya citado caso Enron para ratificarnos.

Fue ese complejo proceso el que le permitió a Estados Unidos convertirse en el principal administrador de fondos financieros -especialmente desde los paraísos fiscales, a salvo de las propias leyes norteamericanas- y en el proveedor numero uno de fuerzas militares y de seguridad. Ello explica a su vez como, con el paraguas de la ONU, desde comienzos de la última década del siglo XX Estados Unidos es el que pone la maquinaria bélica para todas las operaciones armadas de carácter global, y pasa después, muy rápidamente por cierto, a recaudar los recursos financieros que la utilización de esa maquinaria militar implican. Los contribuyentes principales de esos fondos son los otros Estados miembros del Imperio Global Privatizado y sus respectivos sistemas corporativos locales -muy especialmente los de la Unión Europea- que se han quedado atrás respecto del proceso privatizador del poder político.

No es casual entonces que el presidente Bush le haya demandado al Congreso norteamericano la aprobación un proyecto de presupuesto para el año próximo de 2,1 billones de dólares, en el que la Casa Blanca incluye el mayor incremento de dos décadas del gasto militar y la duplicación del costo en la estructura de seguridad interna. Bush quiere llevar el presupuesto militar hasta los 379.300 millones de dólares y el de seguridad interior hasta los 37.700 millones de dólares.

Después de cuatro años de superávit, las cuentas fiscales de Estados Unidos estarán en rojo hasta el 2004, incluyendo un déficit fiscal de 106.000 millones de dólares para este año. Jamás el FMI le pide que lo achique, conforme a las exigencia que en ese sentido sí plantea a los países dominados.

Para recaudar esos fondos, para salir de la recesión a Washington no le bastó con la explotación del mayor golpe de mercado de toda la historia - los atentados del 11 de setiembre del año pasado-, sino que requiere de todos los dólares que pueda conseguir, y para eso es la capital del Imperio Global Privatizado, con una red de corporaciones financieras a su servicio.

Con el dinero de Argentina no bastará.

Antecedentes de la batalla de Argentina Después de cinco años de "alfonsinismo", diez años de "menemismo" y de casi dos de "delaruísmo", las distintas facciones del corporativismo globalizado lograron sellar una alianza que muchas veces tuvo contradicciones internas pero siempre supo converger en un objetivo estratégico, licuar en su beneficio la riqueza social de los argentinos. Veamos sólo algunos ejemplos:
1) Algunos grupos se quedaron con los servicios de infraestructura (comunicaciones, ferrocarriles, energía, etc) a cambio de papelitos pintados, es decir pagando títulos depreciados de la deuda externa. Los bancos extranjeros, especialmente los norteamericanos, es decir los principales acreedores de Argentina compraban sus propios títulos en el mercado norteamericano a un valor depreciado casi siempre en el 50 por ciento y se los vendían a su valor nominal, del 100 por ciento, al Estado argentino.

2) Los consorcios petroleros, en este caso el español Repsol compró a valor de deficitaria - cuando en realidad era superhabitaria- la empresa Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) en condiciones inéditas. Argentina es el único país del mundo que no percibe impuestos por exportaciones petroleras. Recién después del primer viaje de su ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, a las sedes del FMI y de la Secretaría del Tesoro norteamericano, el presidente Duhalde decidió gravar con un 20 por ciento a las exportaciones de petróleo y derivados, a contramano de lo que había pactado con las multinacionales del sector. El FMI impone esta condición porque no cree en las cifras presentadas por el gobierno en materia de caída del PBI para este año ( 5 por ciento), estimando que será por lo menos el doble. Por lo tanto sus burócratas están seguros que la baja en la recaudación fiscal batirá sus marcas históricas.

3) Las grandes empresas locales fueron casi todas beneficiarias del endeudamiento público de etapas anteriores, porque sus activos surgieron de leoninos contratos en su favor con el Estado, y porque en 1982, el hombre número uno de la banca extranjera en Argentina, Domingo Cavallo, siendo funcionario de la dictadura militar que asesinó y torturó a decenas de miles personas, al frente del Banco Central, estatizó la mayor parte de las deudas empresaria. Esas empresas - los grupos concentrados más importantes del país- se dividieron en dos grandes sectores: las que se asociaron con las corporaciones extranjeras y con los bancos que concurrieron al remate de las riquezas sociales de los argentinos, y las que liquidaron sus activos dedicados a la producción para convertirlos en activos financieros en el exterior, dedicándose a la importación masiva de productos finales y de insumos. Este último proceso fue favorecido durante la década del ´90 debido a la sobrevaloración del peso argentino conforme a la paridad cambiaria "uno por uno" respecto del dólar ,creada por la Ley de Convertibilidad pergeñada por el mismo Domingo Cavallo cuando fungió como ministro de Economía de Carlos Menem.

Y decimos que fungió y no fue ministro de Economía porque en realidad utilizó ese cargo no para servir a la república si no a sus verdaderos mandantes, las distintas facciones del corporativismo financiero global según los casos. Cuando Cavallo deja de ser funcional a sus distintos mandantes de turno, durante su ultimo período en el poder, como ministro del incompetente Fernando De la Rúa, recién entonces "cae", pero ese punto lo revisaremos más adelante.

4) Las principales corporaciones nativas incrementaron sus activos financieros a través de la evasión y de la deuda impositiva y mediante un permanente flujo de fuga de capitales. Los bancos fueron agentes imprescindibles de esa fuga de capitales. Contaron con sus mecanismos de cuentas especiales en la banca off shore fuera de las fronteras del país y fueron favorecidos por la dolarización de hecho aunque todavía no nominal que impuso la Ley de Convertibilidad.

Ese circuito bancario hizo posible que los grupos empresarios efectuasen sus operaciones de fuga al distribuir entre ellos, en calidad de créditos a largo plazo, las colocaciones de los ahorristas tomadas a corto, sabiendo que, en la mayoría de los casos, esos créditos no irían dirigidos a la producción sino a la cuentas secretas de los empresarios en el circuito de los paraísos fiscales.

5) Idéntico rol cumplió la banca a la hora de guardar a buen recaudo la multimillonaria suma que acumuló la corporación política en su negociados y corruptelas a la luz ,sobre todo, del proceso privatizador. Esa corporación política, mandataria de las corporaciones financieras y económicas globalizadas con actividad en Argentina está integrada por dirigentes de los partidos mayoritarios peronista y radical, figuras influyentes de otras agrupaciones menores, conservadoras algunas y pseudoprogresistas otras, aliadas a los primeros. Participan legisladores, jueces, y miembros del poder ejecutivo, tanto del orden federal, como provincial y municipal. Es así, al fin de cuentas, que la acumulación de activos financieros, legales e ilegales, succionados de la economía argentina superan con creces la suma total de la deuda externa del país.

Saqueo y celebraciones Después del huracán que arrasó con De la Rúa, y su superministro Cavallo - huracán que tuvo su epicentro en las movilizaciones populares y espontáneas del 19 y del 20 de diciembre del 2001, con un saldo de más de 20 muertos por la salvaje represión policial- asumió el efímero Rodolfo Rodriguez Saá, un caudillo clientelista de la provincia de San Luís que intentó frenar el vértigo de los acontecimientos con gestos de simpatía populista. Se trataba de un personaje de segunda línea del partido peronista, sin apoyo suficiente entre sus pares de la corporación política y sin ningún nivel de confiabilidad para los dramaturgos esenciales de la trama de tragedia, es decir para la distintas facciones del corporativismo financiero.

El risueño Rodríguez Saá, quien en su provincia fue apodado "Adolfo el breve", duró lo que un suspiro. La Asamblea Legislativa, que aunque renovada en sus cámaras hacía poco más de dos meses atrás , es desconocida en su representatividad por el pueblo movilizado en las calles, encontró una fórmula de compromiso en la figura de Eduardo Duhalde, ex vicepresidente de Menem, ex gobernador de la provincia de Buenos Aires y figura predominante de la corporación política mandataria, apoyada sobre los mecanismos de corruptela y clientelismo político con que funcionan los dos partidos mayoritarios de Argentina, el peronista y el radical.

Más allá de sus contradictorias declamaciones en pos de una Argentina que rompa con el poder financiero para encauzarse en el camino de la producción, y por falta de convicción, carencia de coraje o por ser fiel a su historia de funcionalidad política para con el sistema de poder corporativista, el presidente Duhalde acaba de legitimar una de las operaciones de transferencias de riquezas más importante que hayan gozada las corporaciones financieras y económicas de este país.

Ha sido el saqueo más portentoso después de los posibilitados por la dictadura militar de la década del ´70, por el proceso hiperinflacionario con que culminó la presidencia de Alfonsín, por la liquidación de los bienes sociales que llevó a la práctica el dueto integrado por Menem- Cavallo y por las operaciones financieras (operación Blindaje de activos y Megacanje de la deuda externa) efectuado por la efímera pareja De la Rúa-Cavallo. Todas esas operaciones se hicieron en favor del Imperio Global Privatizado.

El Imperio tiene dos objetivo reales, hacer que Argentina vuelva a cumplir con el pago de su deuda externa de más de 140.000 millones de dólares y proteger los intereses de las corporaciones globalizadas. Para alcanzar sus objetivos el Imperio cuenta con la Casa Blanca y con el FMI, emisores de la órdenes a cumplir por los países dominados.

El gobierno de Duhalde hizo los deberes. Convalidó la inmovilización y la confiscación de los ahorros en manos de los bancos -unos 47.000 millones de dólares- devaluó el peso en una paridad real que aún no se conoce pero que seguramente superará el 100 por ciento respecto del "uno a uno" de la Ley de Convertibilidad y pesificó depósitos y créditos, licuando los pasivos de las grandes empresas, asegurándole a los bancos la libre disponibilidad de las divisas confiscadas a los ahorristas y bien guardadas en los paraísos fiscales, y engrosó la deuda del Estado. Será éste quien absorba los costos de las operaciones y de las adecuaciones tarifarias impuestas por las empresas transnacionales que vienen explotando los servicios públicos privatizados.

Los consorcios corporativos que desde hace una década tienen en sus manos las comunicaciones y la energía, vienen operando con una tasa de rentabilidad exorbitante, tasa de rentabilidad que termina subsidiando a los consumidores de telefonía y energía de países como España y Francia, entre otros, cuyas empresas son titulares de las privatizadas en Argentina.

Veamos como celebra y analiza este proceso uno de los principales voceros periodísticos del corporativismo financiero globalizado, el diario norteamericano The Wall Street Journal. En un artículo publicado a fines de enero del 2002, ese periódico dice: el brusco cambio de dirección de Duhalde sobre los depósitos bancarios (se retracta así de enunciados anteriores que hubiesen afectado a la banca) de alguna manera alivia a los bancos locales, en su mayoría en manos de extranjeros, que han invertido miles de millones de dólares en la segunda economía de América del Sur en los últimos diez años. Hasta el anuncio de Duhalde, los bancos habían estado obligados a dejar que la gente retirara sus depósitos en dólares (obligación que no cumplieron violando la legislación argentina con la complicidad del gobierno y por encima de ciertas órdenes judiciales). Según "Moody´s Investors Service", el cambio de depósitos en dólares a pesos podría ahorrar a los bancos unos 16.000 millones de dólares. (...) Moody´s había advertido que, debido a la devaluación, muchos bancos que operan en Argentina, estaban enfrentados a la insolvencia. La calificadora de riesgo dijo que los bancos locales y extranjeros con operaciones en Argentina, incluyendo a "Citigroup" y "Fleet-Boston Financial Group", podrían enfrentar pérdidas combinadas, antes de impuestos, de 54.000 mil millones de dólares, o 3,3 veces el valor del sistema, de unos 16.500 millones de dólares al 30 de setiembre del 2001.

La celebración aparece de manera clara y precisa. El análisis ,en cambio, está disfrazado porque ni Moody´s ni The Wall Street Journal pueden afirmar con pretensiones de seriedad que los grandes bancos se enfrentaban a la insolvencia ni que estaban a punto de perder 54.000 mil millones de dólares: lo que llaman "peligro de insolvencia" debe leerse como "costos y riesgos financieros" que surgen de la fuga de capitales y del traslado de sus activos a sus subsidiarias off shore y lo que denominan "pérdidas" deben ser comprendidas como "ganancias", ganancias obtenidas mediante el siguiente mecanismo: se captan ahorros en dólares a cambio de asientos bancarios, mientras que esos dólares o bien son girados hacia otras plazas especulativas con coyunturas más favorables o bien son prestados a grandes empresas que no los inyectan en el sistema productivo local sino que los fugan para convertirlos en activos financieros en el exterior.

Cuando a fines del 2001 Argentina suspende los pagos de su deuda, porque se declara en default, la banca acreedora, que es la misma que opera en el mercado de los ahorristas locales aplicando el engranaje que acabamos de describir, exige a sus mandatarios, el poder político corporativizado de los partidos mayoritarios, que inmovilice los depósitos (que cree el denominado corralito), pues apunta a un objetivo fundamental: quedarse con todos los fondos disponibles en Argentina.

El crédito internacional otorgado a los países dependientes conforme a las pautas de la corporaciones financieras –el gobierno de Estados Unidos y el FMI son sus agentes de presión y chantaje- sólo es buen negocio para las propias corporaciones financieras. Son ellas las que terminan captando esas masas de dinero que crecen primero con los intereses que pagan los Estados endeudados y los tomadores privados de crédito, y después con los capitales de los ahorristas, que son fugados hacia plazas financieras con ventajas coyunturales pero en las que se repiten los mismos esquemas.

La masa total de beneficios termina en las arcas de las grandes corporaciones financieras globalizadas, las mismas que están librando este nuevo tipo de guerra mundial, y en esa conflagración se va imponiendo la facción norteamericana del Imperio Global Privatizado, que cuenta con el apoyo del aparato político y bélico de Estados Unidos a cambio de fondos para el mantenimiento de una burocracia estatal funcional. Crisis como la argentina son piezas que se suman al tablero global que hasta ahora tuvo a su mayor exponente en los atentados del 11 de setiembre y en la acción militar norteamericana en Afganistán.

La conexión europea y algo más En otro artículo también publicado a fines de enero pasado, The Wall Street Journal dice lo siguiente: Llore por Argentina, pero también derrame algunas lágrimas por España. En lo que va del año, el índice de las principales compañías de la Bolsa de Madrid, ha caído un 4,6 por ciento, arrastrado por el impacto de la crisis argentina sobre las cinco mayores empresas españolas: los bancos "Santander Central Hispano y Banco Bilbao Vizcaya Argentina, el grupo Telefónica, la energética Repsol-YPF y la eléctrica Endesa. Con inversiones de unos 30.000 millones de dólares en Argentina en la última década. estas cinco empresas representan el 75 por ciento del volumen operativo de la Bolsa de Madrid.

El artículo continúa con lo que denomina un vistazo a las principales empresas españolas en Argentina y los desafíos que enfrentan, pero no vale la pena continuar con la cita porque sus cifras y análisis adolecen de una mentira original: que esas empresas han invertido aquí 30.000 millones de dólares. Habría que decir en cambio que esas inversiones fueron hechas sobre todo con la compra de títulos de la deuda devaluados entre un 35 y 50 por ciento y que en materia de dólares reales apenas si se puede hablar de un 10 por ciento de esa cifra simbólica.

Habría que agregar también que los precios pagados por la empresas públicas que fueron adquiridas por esos grupos españoles estaba subvaluados en no menos de un 50 por ciento, que algunas de ellas como Telefónica Argentina obtuvo una rentabilidad promedio de 2.000 millones de dólares -una cifra que se ubica muy encima de los beneficios obtenidos en las sedes matrices- y que Repsol-YPF ,por ejemplo, se hizo de un negocio petrolero de carácter inédito:
es el único caso de en la historia de una empresa que no paga impuestos a las exportaciones de crudo y derivados.

Claro que eso fue posible gracias a la forma eficaz con que los partidos mayoritarios - peronismo, radicalismo y socios minoritarios ocasionales -, la corporación política funcional al poder financiero, supieron cumplir con sus mandantes. Qué eficacia la de esa estructura política de cara a los intereses del corporativismo global, si Argentina es un país en el cual las operaciones financieras están exentas de gravámenes fiscales.

Justamente es Repsol-YPF el segundo mayor deudor al sistema bancario argentino supuestamente quebrado aunque deliberadamente vaciado. Su deuda asciende a los 310,3 millones de dólares. Como consecuencia de la devaluación y de la pesificación general de los activos locales, esa deuda, como la de los otros grandes deudores, se reducirá a la mitad. La otra mitad agraciada será absorbida para la masa de pequeños ahorristas, a quienes se les retuvo sus fondos en el sistema bancario y a los que les serán devueltos sus depósitos en dólares, en cuotas, y en pesos devaluados por lo menos en un 50 por ciento.

El diario argentino Pagina 12 publicó el 5 de febrero pasado una lista de los principales deudores del sistema bancario, entre los que figuran, en el primer lugar, seguido por Repsol- YPF, el mayor grupo empresario local, Pecom Energía, del empresario Gregorio Pérez Companc, para muchos un verdadero testaferro de la Iglesia Católica Argentina. Esa empresa debía 349,4 millones de dólares. La lista es larga y en ella se encuentran las dos grandes telefónicas (Telefónica Argentina y Telecom Argentina) y Correo Argentino (cerca de 250 millones de dólares), de Francisco Macri, otro empresario local también especializado en deudas con el Estado.

Cabe recordar que estos empresarios que se hicieron fuertes gracias al endeudamiento del Estado y por generosidad del poder bien pago -militares durante la dictadura y políticos corporativos durante los gobiernos constitucionales- han sido varias veces beneficiados por perdones impositivos de miles de millones dólares. Esos miles de millones de dólares forman parte de los aproximadamente 150.000 mil millones de dólares de argentinos que se encuentran como activos financieros en el exterior, muchos de ellos ennegrecidos en los paraísos fiscales.

Cabe recordar también que si las empresas que conforman la principal cartera deudora de los bancos supuestamente en crisis pagaran sus débitos, estos podría restituir a los ahorristas casi el 90 por ciento de los 47.000 millones de dólares que fueron incautados mediante el denominado corralito.

Para la vida cotidiana de los argentinos de carne y hueso que sólo son víctimas de este tablero macabro sólo restan cifras desalentadoras. A la llamada clase media, pauperizada y golpeada por un desempleo real que trepa hasta el 25 por ciento de la población, le queda saber que sus ahorros han quedado atrapados y licuados por el sistema financiero. Las autoridades políticas y las presidencia de los bancos saben que los estratos más elevados de la sociedad, guardan en sus casas (bajo el colchón) unos 15.000 millones de dólares, y es por esos ahorros sobrevivientes por los que ahora van.

Con la devaluación del peso, con el dinero líquido atrapado en el corralito y con la liberación del mercado cambiario, esos ahorros que se encontraban fuera del sistema bancario, deberán salir a la calle sobre todo como medio de pago, pues debido a la combinación explosiva de recesión de arrastre e iliquidez actual, la cadena de pagos está rota, las medianas y pequeñas empresas quebradas y los comerciantes en pleno proceso de cierre de puertas y ventanas.

En este marco, el sector agro-exportador, principal generador de divisas en manos de corporaciones multinacionales (especialmente norteamericanas) se sumará a la especulación favorecida por un dólar caro (signo en el que cobran sus colocaciones) y un peso local barato (signo con el que hacen sus pagos en el mercado laboral). Todo apunta a que la última jugada de este delicado entramado de intereses que pusieron en marcha las facciones dominantes del corporativismo financiero global será la definitiva dolarización de la economía, proceso que no implica necesariamente la sustitución inmediata de un papel moneda por otro sino que conlleva lo que en Argentina ya es una realidad: que el bien más preciado es el dólar, única moneda a la que los argentinos le reconocen rol de tal; el resto de los títulos, sean pesos o bonos de la deuda pública en sus más diversas variedades, son para los castigados argentinos meras representaciones sin vida propia.

Para que ese proceso de dolarización se materialice es probable que el stablishment corporativo necesite de otra fórmulas políticas, incluso de otro mapa y de otro sistema de regionalización del poder, pero ese tema lo trataremos más adelante.

Por ahora nos limitaremos a otras cifras que hablan del futuro de los argentinos de carne y hueso. En los últimos cuatro años los ingresos de los trabajadores han caído en un 20 por ciento, índice que aumentará a partir del alza de precios que vienen registrando los productos de consumo básico (esos incrementos promedio llegan actualmente al 25 por ciento, con picos del 50 por ciento para medicamentos). También se acentuará la caída del poder adquisitivo del salario debido al proceso inflacionario que se instaló en el país (más de un 2 por ciento para enero último y por encima del 5 por ciento para el mes de febrero).

El fantasma inflacionario y su versión perversa que es la hiperinflación (realidad que tan bien conocieron los argentinos a fines de la década del ´80) está siendo agitado desde el mismo poder. Mario Blejer, funcionario durante 20 años del FMI y actual titular del Banco Central argentino, dijo que si se dispara la hiperinflación no habrá otro camino que la dolarización de la economía nacional. Las baterías de la propaganda corporativa están preparando el camino que la facción financiera triunfante ha trazado para Argentina.

Mientras tanto, nadie debiera desconocer y menos negar que el 44,2 por ciento de la población de este país se ubica bajo la línea de pobreza, y que las previsiones para el futuro inmediato indican lo siguiente: si el aumento del costo se ubica en el 15 por ciento ese índice de pobreza se ubicará en el 50,7 por ciento; si el aumento llega al 30 por ciento, los pobres representarán el 57,3 de la población; y si el primer porcentaje se instala cerca del 70 por ciento, el 60,4 por ciento de los argentinos serán pobres por debajo de la línea.

La dolarización de Argentina es una pieza más para Sudamérica ¿Por qué el fenómeno que denominamos batalla de Argentina no se registra en Brasil o en México? ¿Cómo se vincula todo esto con el Plan Colombia de Estados Unidos? ¿En qué le sirve la "crisis" argentina a Washington? ¿Cuáles pueden ser los escenarios inmediatamente futuros? El sistema financiero local no ingresó en ninguna pendiente de quiebra e insolvencia. Lo que aquí sí tuvo lugar fue un vaciamiento voluntario de la arcas bancarias. Las instituciones de créditos y los gobiernos de De La Rúa y sus dos sucesores -todos pertenecientes a la misma corporación política sostenida por el stablishment financiero- le han dicho a la gente que la crisis es tan terminal que lo bancos no pueden cumplir con sus compromisos.

Ya vimos que si las grandes empresa pagasen sus créditos -y con sus activos financieros colocados en el exterior tendrían de sobra para hacerlo- la banca podría satisfacer a casi la totalidad de los ahorristas confiscados en el corralito, pero lo cierto es que el sistema bancario juega aquí desde hace varias décadas dentro de la espiral más macabra de la especulación, al igual que sus principales clientes, las grandes empresas tomadoras de créditos. Ese juego se llama fuga de capitales.

La falsedad deliberada de esos argumentos queda demostrada en dos hechos sobresalientes.

Primero: para cumplir con las imposiciones de Estados Unidos y del FMI, que pidieron la devaluación, la pesificación y la libre flotación del valor del dólar, para mejorar las condiciones internas relativas de una inminente dolarización, los bancos de argentina están proveyendo de billetes dólar a las casas de cambio, las que, en principio, son las únicas habilitadas para operar con el público. Esos dólares son, en primer lugar los mismos que lo bancos dicen no tener para devolverle los depósitos a los pequeños y medianos ahorristas, y los que el Banco Central drena de sus reservas, las que a su vez en su mayor parte pertenecen a los bancos.

Segundo: escándalos como los del banco local Banco General de Negocios (BGN), cuyos titulares han sido requeridos por la justicia para ser investigados por fuga de capitales, son apenas la parte sobresaliente de un iceberg, en el que se esconde los siguiente: en Argentina, desde hace muchos años, todo el sistema bancario se ha enriquecido con la fuga de capitales y los más comprometidos con ese proceso son los norteamericanos, acreedores de la mayor parte de los títulos de la deuda pública. Este tema ya fue analizado en 1999 por el autor de este artículo en su libro El Color del Dinero, Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 1999.

Tanto desde los sectores progresistas -incluso desde la izquierda en general- como desde los que intentan salvar a la corporación política -la entente de políticos peronistas y radicales y de otras agrupaciones menores- se sostiene que esta situación es la consecuencia inevitable de un modelo que demostró su fracaso.

Los últimos, los que quieren salvar su pellejo corporativo mienten en forma descarada. En cambio, los sectores progresistas y de izquierda -políticos y sindicales- se equivocan al ver un fracaso del stablishment cuando en realidad éste está celebrando su triunfo: se trata del éxito financiero más grande de los últimos tiempos registrado en el mundo en desarrollo o dependiente, por supuesto a costa de la pauperización popular.

Veamos. La banca extranjera acreedora -muy especialmente la norteamericana- se está quedando con todo lo que pasamos a detallar:
Con los casi 47.000 millones de dólares en billete que le confiscó a los pequeños y mediano ahorristas que quedaron atrapados en el corralito. Luego, y con el aval del gobierno que dispuso la llamada pesificación, comenzaron a "devolver" esos ahorros, por goteo claro, pero en pesos devaluados en un porcentaje que va del 50 al 100 por ciento.

Debido a la iliquidez total que se produjo en el mercado, acentuada por la constante alza de precios desde que se salió del régimen de convertibilidad, los ahorristas de la clase media para arriba están siendo obligados a deshacerse de los dólares que tiene fuera del sistema bancario (bajo el colchón), operaciones éstas que pueden llegar a representar unos 16.000 millones de dólares.

Debido a las presiones de Estados Unidos y del FMI el gobierno se vió obligado a liberar el mercado de cambios antes de los previsto y a proteger a los bancos, decidiendo que sean sólo las casas de cambio las habilitadas para vender y comprar divisas. Pero se trata de un mecanismo aparente. Son los bancos los que proveen de dólares a las casas de cambio, para oxigenar así de pesos a las grandes empresas deudoras que ahora pagaran sus cuentas en signo nacional, después de haberlas licuado a través de la pesificación uno a uno. Entonces, ¿en esa licuación, pierden los bancos? No, de ninguna manera. Si bien pesificaron sus créditos a un peso por un dólar y sus deudas a 1,40 pesos por dólar, el Estado emite títulos de su deuda a favor de la bancos para compensar esa supuesta pérdidas, pero son bonos canjeables por dólares billete.

Esta complicada operación representaría un valor total de 11.000 millones de dólares de beneficio para la banca, casi la misma cifra que, en cumplimiento del régimen bancario anterior, tiene depositados en el Banco Central.

Ya llevamos contabilizados a favor de los bancos una incautación de 74.000 millones de dólares en un plazo no superior a los 90 días. Aunque Argentina nunca hubiese entrado en default y se caracterizase por poseer una economía en crecimiento y ser una impecable pagadora de sus deudas, nunca, jamás, la banca acreedora hubiese podido soñar con recibir, en tan poco tiempo, el pago de casi la mitad de todos sus créditos a este país. Y con un agravante, pese a haberse quedado con 74.000 millones dólares, la banca acreedora -reiteramos que muy especialmente la norteamericana- sigue siendo acreedora de la deuda externa argentina formal.

Pero aunque parezca mentira el saqueo no se detiene ahí. Hasta el año pasado el sistema de seguridad y previsión social significaba un presupuesto anual de casi 27.000 millones dólares, administrado con corruptela por varias agencias gubernamentales. La banca acreedora va por esa partida y tiene todas las de ganar. Con un país vaciado económicamente y fracturado desde el punto de vista social y político, es muy difícil que su sociedad pueda frenar a los saqueadores.

El gobierno es débil, no tiene representación popular y está jaqueado por una protesta civil que va en aumento aunque en forma inorgánica. Ese mismo gobierno y la dirigencia política corporativa que posibilitó, muy bien remunerada por cierto, que Argentina llegase a este punto, se refugian en su instinto de supervivencia como corporación parasitaria y siguen cumpliendo órdenes. Para que Estados Unidos le libere fondos frescos – en el mejor o peor de los casos, según se mire, podrán llegar a los 10.000 millones de dólares-, que pasarían en engrosar los créditos de la banca extranjera con sus consiguientes beneficios, no ve otra salida que aceptar más condiciones.

Y las condiciones del FMI sólo apuntan a un objetivo: defender los créditos de la banca extranjera y aumentar los pasivos públicos del Estado a favor de lo mismos bancos. De ahí que insistan en los ajustes fiscales y en la vigencia de una ley de quiebras que proteja los intereses de la banca, en desmedro de un abortado amague del gobierno para hacer que los juicios y las ejecuciones fuesen suspendidas por un tiempo.

Pero la jugada del Imperio Global Privatizado tiene miras más largas: en primer lugar la dolarización de la economía y, a más largo plazo, la disolución de la actual conformación política de Argentina, mediante un regionalización que sea funcional al esquema de globalización general.

Veamos primero el por qué de la dolarización argentina. En su batalla monetaria con la Unión Europea (dólar versus euro) Estados Unidos necesita crear un zona de predominio del signo propio, sobre todo si se tiene en cuenta que en la región asiática, sus socios japoneses parecen tener perdida, a largo plazo, la puja por el predominio económico en manos de China (así vienen advirtiéndolo el FMI y el Banco Mundial desde principios de la década del ´90).

Con América Latina encolumnada tras el dólar, Washington se coloca en mejor posición frente a la Unión Europea, puesto que hace más de una década que las economías comunitarias están apuntando al mercado latinoamericano. Cabe recordar aquí sus fuertes inversiones en energía y comunicaciones por ejemplo, en desmedro de las empresas estadounidenses.

La misma facción del corporativismo financiero globalizado que se está imponiendo en Argentina es la que sentó sus reales en la Casa Blanca, con George W.Bush, en la gerencia. Es la misma que aprovechó (¿o fraguó?) los atentados del 11 de setiembre del año pasado y la misma que se lanzó en pos de las reservas energéticas de producción y distribución en Afganistán, en nombre de una supuesta lucha contra el terrorismo.

El autor de esta nota amplía estos temas en su ya mencionado libro Bush & ben Laden S.A., Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2001. Sin embargo convendría aquí volver sobre un concepto que sin duda merece ser desarrollado con mayor detenimiento. Regresamos al fenómeno que bautizamos Imperio Global Privatizado.

Las corporaciones financieras internacionales no sólo se enfrentan en Asia Central y en Medio Oriente. También tienen otras estrategias regionales, y la misma facción que se está imponiendo en Argentina va por los recursos estratégicos del planeta: energía (¿Medio Oriente, Asia Central y América Latina?); biodiversidad (¿Amazonas?); agua (¿ Medio Oriente?); alimentos de tierra y mar (¿Argentina?).

Para Sudamérica, las variantes tácticas son muchas, pero todas responden a una condición estratégica global, que es la ahora llamada lucha contra el terrorismo, cínico eufemismo con el que se refieren a todas aquellas opciones que se opongan a los intereses de Estados Unidos y de las corporaciones que se instalaron en los sillones de la Casa Blanca.

Las cuestiones prioritarias del Imperio Global Privatizado en Sudamérica son las siguientes: el Plan Colombia y la compleja madeja de intereses económicos y financieros vinculados al petróleo, a la producción y distribución de cocaína y a la apropiación de las masas monetarias que surgen del narcotráfico; la desestabilización del presidente venezolano Hugo Chávez, que esconde intereses petroleros y políticos, como los son las relaciones de éste con Cuba y con las FARC colombianas; la expansión del ALCA y sobre todo ¿qué hacer con Brasil, donde una izquierda compleja y a veces contradictoria ha ganado experiencia en la práctica de los poderes locales y aspira con seriedad a conquistar el gobierno federal? En ese marco se encuentra Argentina, país que ofrece más flancos débiles, puesto que la falta de proyecto nacional (las clases dominantes se resignaron hace décadas a servir de mera gerencia) y la debilidad estructural en la que se encuentra justamente por eso, le han permitido al Imperio Global Privatizado ensayar una fórmula mas descarnadamente financiera.

Por eso, dolarizar Argentina sería plantar la bandera en una de las tres economía más importantes de América Latina, significaría poner en jaque al Mercosur y especialmente a Brasil (la gran economía del subcontinente que se desarrolla en un marco político con proyecto propio) y posibilitaría profundizar el ahorcamiento de México en el ALCA.

Dolarizar Argentina, después de haber garantizado la licuación de pasivos corporativos, de capitalizar a los bancos y de deprimir los salarios y los gastos sociales a través de la devaluación, le permitirá al poder dominante dar el paso último y de más largo plazo: modificar la conformación política del país, regionalizando sus economías.

En ese contexto, el escenario argentino requerido por el Imperio Global Privatizado es el siguiente.

Haciendo uso de los vericuetos legales de la Constitución actual o logrando el entramado político y normativo que requiere una reforma de la ley fundamental, el stablishment está dispuesto a fragmentar la República.

Muchos sectores hablan ya de la necesidad de una reforma constitucional: los progresistas y de izquierda en general consideran que en esa medida, y un llamado a elecciones generales, podría hallarse la clave política para salir de la encrucijada. Con intenciones diferentes, el presidente Duhalde lanzó un programa de negociaciones con los gobernadores provinciales (peronistas y radicales) para auspiciar una modificación de la Carta Magna y un programa de reformas políticas.

El gobierno se aprovecha de las legítimas reivindicaciones de un sector mayoritario de la población –que desconoce representatividad en la actual dirigencia- y lanzó su programa tramposo, que en esencia busca limitar los mecanismos de representación a través de un achicamiento de los organismos legislativos.

La debilidad congénita del gobierno, y la falta de organicidad de la protesta social y política a favor de un cambio están dejando espacio para el éxito final del corporativismo corporativo.

Duhalde llegó a la Casa Rosada a través de una componenda entre las facciones clientelistas del peronismo y el radicalismo de la provincia de Buenos Aires, la más poblada del país, pero dejó fuera de juego a las estructuras provinciales de sus respectivos partidos, especialmente al peronismo. El desastroso desenlace del gobierno de De la Rúa convirtió al radicalismo es un espectro patético y deshilachado.

Los jefes de ese entramado bonaerense son Duhalde y el ex presidente Raúl Alfonsín, corresponsables vernáculos, con muchos otros pero especialmente con el ex presidente Carlos Menem, del reciente éxito del corporativismo financiero global.

Menem, desprestigiado y fuera de la cárcel gracias a las componendas jurídicas y políticas de la cual vive la actual dirigencia de los partidos mayoritarios, vocifera en soledad, el stablishment no puede usarlo como referencia pero conserva a su gente dentro de la casta de economistas y banqueros con llegada al FMI.

Los gobernadores y dirigentes provinciales, especialmente los peronistas, soñaron con su momento de gloria cuando un hombre del sector, Rodríguez Saá asumió la presidencia, pero el sueño duró unas pocas horas.

Actualmente se encuentran en silencio pero son los más permeables al lobby de la corporaciones financieras a favor de una regionalización desintegradora de la República.

¿Qué sucedería si un fin de semanas de estos, los jefes de los principales bancos invitan a una cena reservada a un grupo de gobernadores de provincias integradas físicamente -a los de Patagonia o a los de la región Noroeste, por ejemplo- y plantean hacerse cargo de sus respectivos déficits locales a cambio de un plan de inversiones en condiciones ventajosas, pero con ciertos requisitos. Entre ellos, vía privatizaciones de la gestión publica, asumir todo el control del sistema publico tributario? Para eso cuentan con los fondos internacionales radicados en los paraísos fiscales.

¿Si esos gobernadores accediesen, y es probable que lo hiciesen teniendo en cuenta el nivel de dispersión que detenta el poder federal y de endeudamiento y estancamiento crónico que sufren las provincias, qué quedaría entonces de la República? Muy poco, apenas si su cáscara de institucionalidad formal, pues sus principales signos reales y visibles de existencia -la salud y la educación pública, entre otros- ya desaparecieron.

¿Pueden los argentinos pensar en otro futuro? Argentina se encuentra hoy como se encontraba a mediados del siglo XIX. Es decir, sin resolver su existencia y organización como República. En aquella oportunidad triunfaron las fuerzas más retrógradas, pues los elementos avanzados de la Revolución de Mayo fueron eliminados en su momento y el representante más lúcido de un proyecto burgués independiente para el Río de la Plata, el oriental (uruguayo) José Artigas, había muerto en el exilio.

Actualmente, este país parece correr la misma suerte Argentina podría tener otro futuro pero para que el mismo se convierta en realidad debería conformarse un bloque político y social que hoy parece estar lejos de ser logrado, o por lo menos lejano teniendo en cuenta las urgencias con que se desencadenan los acontecimientos.

Las organizaciones sindicales, debilitadas por la destrucción sistemática del aparato productivo y la consecuente desaparición de empleos, están en manos de una dirigencia corrupta al servicio de las corporaciones (esa es la característica principal de las dos CGT). Otros intentos organizativos, como el de la CTA, dirigida fundamentalmente por sindicatos del sector público, plantea otra cultura y se moviliza con sinceridad en pos de reivindicaciones concretas pero no logra romper con la lógica del poder, dentro de la cual siempre es él el que gana.

Las organizaciones de desocupados, los combatientes piqueteros, también se ven trabados en su desarrollo, ya sea porque algunas están dirigidas por líderes cautivos de la lógica del poder o porque otras responden a una izquierda que no logra crear un corriente abarcativa.

Las poblaciones urbanas de clase media, sobre todo la de Buenos Aires, están viviendo una experiencia inédita. Autoconvocadas para defender sus intereses primarios (el corralito ofuscó a la clase media) viven en asamblea permanente y movilizadas a golpe de cacerolazos. Fueron creciendo en organización, ampliando sus demandas en un sentido político más general y son temidas por el gobierno. Sin embargo, aun están atrapadas en un corralito tan grave como el creado por lo bancos: el de la esquizofrenia política; repudian a la política como práctica primaria aunque sus demandas sean netamente políticas y temen todo tipo de intento organizativo que procure rebasar lo reivindicativo y construir una herramienta (justamente política) con la cual construir un nuevo tipo de poder, democrático y no corporativo.

Los sectores políticos genéricamente calificados de progresistas están traumatizados y desorientados, después de la frustrante experiencia del FREPASO como aliado del gobierno de De la Rúa. Atrapados por un posibilismo fatídico fueron, en el mejor de los casos ignorantes e ineptos y en muchos otros simplemente oportunistas. lograr La izquierda, dispersa, no se ha recuperado de la derrota de la década del ´70 y por consiguiente parece no haber logrado superar su propia cultura tradicional, fagocitada por el vértigo de los acontecimientos económicos, sociales e ideológicos de las dos últimas décadas del siglo XX. Es curioso observar como organizaciones de distintos matices ideológicos, con años de sacrificada militancia, no logran capitalizar, y menos aún en forma unitaria, el avance de las propuestas de izquierda entre una población heterogénea que se niega a asumirlas como tales, y, lo que es peor, incurre en generalizaciones que erróneamente suelen involucrar a la izquierda en el desprestigio justo que viven los partidos mayoritarios.

La izquierda argentina, que como todos los que actúan y analizan sobre el escenario político y social local, no previó lo sucedido aquí en cuanto al comportamiento de la gente y al vértigo con que creció la protesta, tiene un gran desafío, quizás el más difícil de su larga y no poco heroica historia.

Es la clave del futuro argentino, saber si aún este país tiene tiempo de impedir la estrategia del Imperio Global Privatizado. Ha llegado el tiempo de la izquierda, pero todo indica que se necesita una izquierda que se piense a sí misma, que no se limite a su iconografía tradicional y que revise ciertos elementos anquilosados de su discurso. Argentina requiere de una izquierda que haga política para la gente en general, no para los militantes de la izquierda atomizada que todavía se acusa recíprocamente y no sabe superar su sectarismo tan histórico como lo es su compromiso por una sociedad mejor.

Argentina sólo sobrevivirá si surge esa izquierda que -y las condiciones objetivas están dadas para que pueda hacerlo- pueda convocar a un verdadero contrato social, ese contrato social que nunca firmaron los argentinos porque los sectores dominantes siempre prefirieron ser gerentes, desde la época en que Artigas tuvo que marchar al exilio.

Si ello no sucede (y lamentablemente no hay muchas razones para ser optimista) el mejor escenario con que podrán encontrarse los argentinos será el de una "salida" a cargo de la corporación política a través de los "progresistas" de turno, que una vez cumplida la funcionalidad de atacar a la facción enemiga de los intereses financieros norteamericanos, llegando incluso a confundir lavado de dinero con fuga y ennegrecimiento de capitales, podría pasar a cumplir con la otra funcionalidad, es decir la de presentar un nuevo rostro al servicio del Imperio Global Privatizado.

Pero incluso este escenario es de difícil aparición, porque la acumulación de fuerzas de la sección vernácula del Imperio Global Privatizado está preparando el golpe final, una suerte de giro más derechista y autoritario todavía que intente hacer posible lo que ellos llaman "gobernabilidad". Estructuras y personajes dispuestos a cumplir con ese trabajo sucio no faltan, y, en principio (aunque no se puede descartar), no haría falta volver a los modelos tradicionales (militares) de los Golpes de Estado conocidos a lo largo del siglo XX.

Ese escenario, significaría una brutal represión en las calles, pues la protesta inorgánica y sin canalización política podría carecer de respuesta adecuada, y la aparición de una ex Argentina, entonces dolarizada y más adelante regionalizada conforme a los intereses estratégicos del Imperio Global Privatizado. Para el final un texto de la novela Rasero, del mexicano Francisco Rebolledo, Grupo Editorial Vid, México, 1997. Un texto que debe ser leído de forma tal que el lector sepa traspolar épocas, personajes y situaciones históricas:

Camille Desmoulins -así se llamaba su nuevo amigo-, animado por el vino, parloteaba sin parar, como si estuviese dando rienda suelta a un discurso que se fue gestando en su mente durante mucho tiempo.

- Los notables...¡Bah!, son una recua de cretinos, Pretender que ellos resuelvan la situación de Francia, es como pedirle a un eunuco que forme a una familia. Si son ellos los que tienen en bancarrota al reino. Riqueza la hay, y mucha. El Tratado de Versalles dejó al país en una situación envidiable: triplicamos el comercio con las colonias y no hay quien compita con nuestra industria textil en todo el continente; por otra parte, las cosechas de este año han sido muy abundantes...Lo que ocurre es que no hay riqueza que alcance para mantener ese ejército de parásitos que forma la corte. Además, mientras las clases nobles se nieguen a aportar siquiera una mínima parte de sus ingresos al Tesoro del Estado, será imposible nivelar las finanzas (...). Estamos en pleno siglo XVIII, mi amigo, es absurdo que se mantengan esos privilegios feudales (...). Si los nobles de espada son unos inútiles holgazanes, los nobles de ropa son mucho peores. No son tan inútiles; pero, a cambio, son terriblemente egoístas y no pueden ser más pérfidos e intrigantes (...) Son muy astutos: en lugar de oponerse a las medidas del ministro simple y llanamente porque afecta a sus intereses -como lo hicieron los nobles-, ellos lo hacen a nombre del pueblo de Francia (como si al pueblo le interesara conservar las prerrogativas feudales), el cual, aunque parezca increíble , los aplauden a rabiar.