29 de noviembre del 2001

Desempleo y beneficios empresariales

Xavier Caño Tamayo
Centro de Colaboraciones Solidarias

Durante los primeros días de noviembre se ha celebrado el primer Foro Mundial del Empleo. En ese marco, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha indicado que a finales de 2002 habrán desaparecido veinticuatro millones de puestos de trabajo, incluyendo los que ya han sido eliminados hasta hoy. La agencia de la ONU atribuye el incremento de destrucción de empleos al empeoramiento de la crisis económica por los atentados terroristas en EEUU. Kofi Annan, secretario general de la ONU, ha advertido además que los países del sur pagarán un alto precio y millones de personas serán más vulnerables a la pobreza.

Tal como se plantea la amenaza de un incremento notable del desempleo, da la impresión de que una especie de maldición mitológica o castigo bíblico se cierne sobre nosotros, como si el desempleo fuera irremediable y no hubiera causas concretas y razones conocidas, con nombres y apellidos incluso, que dan lugar a la destrucción de puestos de trabajo. Y, claro, ante un castigo bíblico, parece que lo único que queda es la impetración, el ruego de que las cosas no vayan tan mal.

Sin embargo hay salidas y caminos. Y el primero e imprescindible es, sobre todo, llamar a las cosas por su nombre.

Los medios de comunicación han difundido que la amenaza de recesión de los últimos meses produce pérdidas a las empresas y tales pérdidas son las causantes de que se despida al personal. Lo que no se dice es que, por una perversa y cotidiana corrupción de lenguaje, se da por descontado que se llaman pérdidas lo que en realidad sería reducción de beneficios. Sí, muchas empresas han reducido sus expectativas de beneficio, pero otras muchas continúan tan boyantes. Un repaso de las páginas económicas de periódicos europeos durante los últimos días de octubre y primeros de noviembre arroja como saldo el anuncio de la supresión de miles de empleos ante las perspectiva de menores beneficios en empresas como Alcatel, Deutsche Bank o Matushita, por ejemplo, junto a la indicación del aumento del paro en Alemania y Japón, compartiendo páginas con el reconocimiento del aumento de beneficios de varias grandes empresas (del orden del 20% al 65%) y también que otras empresas o grupos nacionales o multinacionales ganarán este año unos 100 millones de dólares. La prensa económica anuncia además que las empresas europeas de Internet han perdido en el último año un 73% del valor bursátil.

Pero sobre los terremotos de Internet habría que escribir aparte pues los movimientos económicos alrededor de las nuevas tecnologías han constituido uno de los casos más claros de economía de humo, especulación pura y dura, de los últimos años. Recuérdese que el propio Alan Greenspan, director de la Reserva Federal de EEUU, avisó en varias ocasiones sobre el peligro de que estallara la burbuja de operaciones financieras y bursátiles de Internet.

Así las cosas, la destrucción de puestos de trabajo se explica en buena medida por la voracidad desaforada de beneficio de esta fase histórica del capitalismo neoliberal. ¿Demagogia? En los últimos años, hasta hace dieciocho meses más o menos, el crecimiento económico de los países ricos ha sido incesante y en la segunda mitad de la década de los noventa uno de los estandartes de la nueva gloriosa época de hegemonía neoliberal ha sido la concentración y fusión de empresas.

Las grandes fusiones, signo de los nuevos tiempos de crecimiento económico incesante, se han saldado con grandes plusvalías y brutales y masivos despidos al tiempo que los directivos y accionistas se embolsaban buenas primas y autopremios. En el caso de la fusión de la que resultó el macrobanco de inversiones Goldman Sachs de Estados Unidos, los beneficios aumentaron en un año de 931 a 1.900 millones de dólares, lo que no impidió que la nueva empresa redujera un 20% su plantilla, al tiempo que todos y cada uno de los 175 asociados del grupo se embolsaba la cantidad de 200.000 dólares de prima, además de los beneficios anuales. Situaciones muy parecidas se dieron en la creación de Novartis (fusión de laboratorios Sandoz y Ciba-Geigy), la absorción de McDonell Douglas por Boeing, la fusión de Renault y Nissan y otras muchas. En todos los casos, el beneficio económico fue enorme y también fue grande el número de despidos. De todo ello cabe deducir que los despidos no se producen tanto en función de la buena o mala marcha de una empresa como de la apetencia de beneficios descomunales por parte de los que dirigen las empresas o influyen en ellas.

Cuando se deje de considerar el beneficio económico desaforado como un derecho divino inalienable y se regule de algún modo el libérrimo movimiento global de capitales financieros, entonces empezará a ceder la tendencia de destrucción de empleo. Habrá que reclamar también, como lo ha hecho el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, que el Fondo Monetario Internacional muestre el mismo nivel de exigencia en materia de condiciones de trabajo y de pleno empleo que en el respeto de las normas internacionales sobre políticas económicas y financieras, y que en lugar de apretar las tuercas con recetas neoliberales a los países con problemas, vuelva a su misión fundacional de asegurar un crecimiento global sostenido y, gracias a él, el pleno empleo.