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E L   C U A R T O   R E I C H 

13 de agosto del 2003

La guerra de Bush

Haciendo enemigos

Juanlu González

Para la mayoría de la población mundial, la primera vez que se oyó mencionar el nombre de Al Qaeda fue a los pocos minutos de los atentados del 11 de septiembre. Con precisión milimétrica, expertos analistas de las grandes cadenas televisivas culparon a este grupo del mayor ataque terrorista sufrido por los Estados Unidos en su corta historia.

Más tarde, los medios occidentales se dedicaron a publicar semblanzas de su mesiánico líder, Osama Bin Laden, y a escribir o inventar historias del papel de Al Qaeda en las guerras de Afganistán o Bosnia y en los designios de la política de Arabia Saudí. Convirtieron a ambos en fenómenos mediáticos de magnitud desmesurada. Bin Laden llegó a ser considerado como la persona más conocida del planeta y su organización terrorista como el nuevo acicate contra la libertad y la seguridad de medio mundo.

Pero ¿qué ha sido de ambos tras el 11-S?. Han sido usados como pretextos para dos invasiones de países musulmanes ricos en hidrocarburos. Las pruebas en el caso de Afganistán que ligaban a Bin Laden con los atentados aún son desconocidas para la opinión pública. Sólo fueron vistas por algunos líderes aliados de Estados Unidos deseosos de sacar tajada del pastel o de hacer seguidismo de la política del Imperio. Otros, como los aprendices de brujo del gobierno español, ni siquiera tuvieron que verlas para creerlas a pies juntillas. En el caso de Irak, la relación del gobierno sunita laico de Sadam con los fundamentalistas religiosos de Al Qaeda, no sólo no se ha demostrado, sino que ha sido desmentida por agencias de investigación de algunos de los estados invasores.

Podemos preguntarnos pues qué es verdaderamente Al Qaeda. Su nombre significa literalmente la base, pero no es una base física en la que se esconde armamento de destrucción masiva o se entrenan sanguinarios terroristas ávidos de sangre con cuernos y rabo. Es una base virtual, una simple base de datos informáticos en la que estaban recogidos aquellos grupos islámicos dispuestos a enfrentarse a los soviéticos en Afganistán o a los enemigos del Islam en cualquier lugar del mundo.

Tras ver los campos de entrenamiento afganos, auténticos descampados con dos chabolas y cuatro palos para simular una pista americana, cuesta creer que ahí se entrenaban gentes como los responsables del 11-S. Se nos creó entonces un mito mediático: el de las cuevas de Tora-Bora, galerías seminaturales transitables en vehículos y supertecnificadas desde donde el malvado Fumanchú Laden dirigía la conquista del planeta. Vimos multitud de infografías animadas en las versiones digitales de los periódicos que mostraban los sistemas de cuevas, los misiles defensivos y ofensivos, los complejos de telecomunicaciones e incluso los materiales hospitalarios necesarios para practicar la sesión semanal de diálisis al magnánimo y enfermo líder. Sin ningún rubor por parte de medios privados o voceros oficiales, nunca más se supo de ninguna de aquellos prodigios de la técnica militar.

La CNN, cómo no, nos regaló después en exclusiva varias sesiones de patéticos vídeos obtenidos durante la invasión que demostraban la capacidad letal de la organización. Unas motocicletas de pequeña cilindrada de la cual saltaban paramilitares en marcha en escenas dignas del Equipo A. Experiencias de guerra química propias de laboratorios equipados con sofisticados quimicefas infantiles en las que freían a un pobre perro, y otros que ya ni recuerdo completaban el elenco probatorio para convencimiento de un mundo predispuesto a creer cualquier cosa que sus dirigentes les contaran.

¿Qué ha quedado de la poderosa organización de Al-Qaeda? Salvo comunicados de uno u otro líder, prácticamente no ha vuelto a actuar. Triste bagaje para el nuevo enemigo global. El imperio trata por todos los medios de hacernos creer que están en el origen de cualquier acción llevaba a cabo por cualquier grupo terrorista islámico de todos los rincones del planeta, desde el Frente Moro, pasando por Ansar el Islam, la Yama Ismaliya, los salafistas, Hamas, etc. No dudo que algunos de sus líderes acudieran a Afganistán a luchar contra el infiel, pero seguro que más bien se trataba de una especie de brigadistas internacionales que recibieron entrenamiento bélico de manera previa a la lucha contra el ocupante. Sólo eso. Establecer conexiones entre todos esos grupos y hacerlos parecer dirigidos por Bin Laden o sus lugartenientes suena a broma inverosímil. Máxime cuando tras la última guerra de Afganistán se supone que todas sus más importantes infraestructuras quedaron totalmente des truidas y su jefe -si sigue vivo- se convirtió en un prófugo con precio a su cabeza y en el hombre más buscado del planeta hasta la edición de la pueril baraja de cartas norteamericana con Sadam como su indiscutible número uno.

Pero es que casi nadie puede creer tampoco que los desarrapados afganos pudieran haber cometido los atentados del 11-S. Las propias víctimas y sus familiares desde el principio acusan a Arabia Saudita de aportar los fondos y la logística necesaria, cosa que Bin Laden, con sus cuentas congeladas desde hace años no pudo hacer. Algunos informes que comienzan a desclasificarse apuntan seriamente esta posibilidad, la que el amigo y aliado y máximo proveedor de oro negro de los EE.UU. haya estado detrás de los atentados. Claro que no podían romper con ellos a tenor de su estratégica alianza militar y comercial, no al menos hasta que no tuvieran otra importante base desde la que amenazar a toda la zona, manteniendo el control sobre un importante porcentaje de los yacimientos petrolíferos mundiales.

Este objetivo, entre otros, era el que impulsó la invasión de Irak. Sin embargo, las cosas no han salido como esperaban y la sombra de un segundo Vietnam planea sobre Washington. Hasta que no terminen su guerra -si es que lo consiguen-, no veremos realmente el tamaño de la brecha que se ha abierto entre la oligocracia de los Estados Unidos y la dictadura de Arabia y en qué puede desembocar.

Mientras tanto, tenemos al perfecto enemigo creado tras el fin de la guerra fría. Un enemigo virtual y mediático al que achacar todos los males que sirvan al interés del Imperio. Un enemigo que, en el plano interno, aporte ese punto de miedo necesario para gobernar al polvorín social norteamericano. Rearme, control social, pérdida de libertad y democracia, conquista por la fuerza de mercados y recursos naturales, terrorismo de estado, ingerencias en asuntos internos de terceros países... son algunos de los réditos que se obtienen con la fabricación de un enemigo que tiene aterrorizado a sociedades tan primarias como la estadounidense. Si no existiese Al Qaeda, habría que crearlo. Pero ¿qué digo?

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