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E L   C U A R T O   R E I C H 

27 de noviembre del 2003

El síndrome de Babel

Carlo Frabetti
Rebelión

Durante la impropiamente denominada "Guerra del Golfo" (ni fue una guerra ni se desarolló en el Golfo Pérsico), la manipulación informativa alcanzó un máximo histórico difícilmente superable, cuya expresión más vil fue el supuesto "síndrome del Golfo". Los propios soldados estadounidenses --a pesar de que en aquella ocasión su presencia en Iraq fue breve y escasa-- fueron víctimas del uranio empobrecido que, sin saberlo, sembraron por todo el país (300 toneladas solo en Basora, la zona más castigada), y muchos de ellos presentaron síntomas más o menos graves de exposición a la radiactividad, que las autoridades militares intentaron encubrir haciéndolos pasar por "trastornos psicológicos". Una explicación que no pudo dar cuenta de los numerosos tumores, cánceres de piel y casos de leucemia que pronto se observaron entre los ex combatientes; ni de los niños monstruosos engendrados por los soldados expuestos a la radiación, con las mismas deformaciones congénitas que hemos visto con horror quienes hemos visitado los hospitales pediátricos de Basora.

Durante los recientes bombardeos de Bagdad se han lanzado sobre la capital iraquí más de 200 toneladas de uranio empobrecido, y la radiactividad en algunas zonas de la ciudad supera con mucho los niveles tolerables, según mediciones efectuadas por periodistas occidentales. Y esta vez los soldados estadounidenses están instalados allí, permanecen expuestos durante semanas o meses. Muchos de ellos han tenido que ser hospitalizados o repatriados a causa de una extraña epidemia de "pulmonía atípica", y es solo cuestión de tiempo (y no mucho: ahora disponemos de una amplia red de información alternativa, y el fraude mediático ya no es tan fácil de encubrir como hace una década) que este "síndrome de Bagdad" alarme a la población estadounidense, que, aunque ha sufrido el mayor lavado de cerebro colectivo de todos los tiempos, no es tan estúpida como desearían sus gobernantes.

Dicen que en Iraq reinan la confusión y el caos. Y, en apariencia, es verdad. La resistencia dista mucho de constituir un bloque homogéneo y organizado a gran escala. Tiene muchos focos, y muy distintos entre sí: desde los tan cacareados "leales a Sadam" hasta los comunistas enfurecidos con el sector colaboracionista de su propio partido, pasando por miembros de todos los grupos religiosos y étnicos (incluidos los kurdos, cuyo sector más combativo está con la resistencia). Pero es un caos aparente, superficial, un "caos con sentido", como el de un líquido en ebullición o una reacción en cadena; pues si algo han conseguido los invasores es unir a la mayoría de los iraquíes (y de los pueblos árabes e islámicos del mundo) en un frente común. Un frente heterogéneo y poco conexo todavía, pero con el claro objetivo compartido de echar a los criminales que han arrasado Afganistán e Iraq y pretenden hacerse con el control de la zona.

El verdadero caos es el que poco a poco se adueña de los invasores, sus cómplices, sus comparsas y sus tontos útiles. Y no solo en los territorios ocupados, sino también en sus países de origen. Las movilizaciones sociales en Estados Unidos y en el Reino Unido son cada vez más multitudinarias y contundentes. Pronto lo serán también --volverán a serlo-- en Italia y en el Estado español. Ni los estadounidenses, ni los británicos, ni los italianos, ni los españoles, ni los vascos, ni los catalanes, ni los gallegos... vamos a permitir que los traficantes de armas y los ladrones de petróleo sigan mandando a nuestros soldados al matadero.

(La explicación de la sorprendente ineficacia del ejército más poderoso de todos los tiempos, así como de los burdos errores estratégicos de la invasión de Iraq, es tan sencilla como brutal: para la industria armamentística estadounidense, el objetivo prioritario no es ganar la guerra sino hacerla, es decir, producir armas --y gastarlas, de la única forma posible, para poder seguir produciéndolas--, por lo que, en última instancia, quienes se enriquecen con la muerte --incluso con la de sus propios compatriotas-- prefieren la derrota a la paz.)

El patriotismo al que constantemente apelan los canallas que gobiernan el mundo, se les está volviendo en contra, como a los traidores que son. La ceremonia de la confusión se les está yendo de las manos a los sumos sacerdotes del terror. Su discurso falaz se desmorona bajo el peso de sus propias contradicciones, se rompe en fragmentos inconexos, a menudo irreconciliables. El síndrome de Bagdad se está convirtiendo en el síndrome de Babel. De nuevo, en la cuna de la civilización, Hibris ha despertado a Némesis. Pero la Historia no se repite ni se termina, como quisieran los ricos: Némesis, esta vez, es un pueblo armado al que apoyan muchos pueblos enfurecidos.

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