I N J U S T I C I A   I N F I N I T A

30 de octubre del 2001

La interacción de ciencia, tecnología y política en la era del terrorismo global

Mohamed Sid-Ahmed
Al-Ahram Weekly

Traducción para Rebelión: Germán Leyens

Poco después de los eventos del 11 de septiembre, recibí una invitación de la Fundación Abdel-Hamid Shauman de Amán, para participar en un seminario en la capital jordana, realizado, tal como estaba previsto, el 20 y el 21 de octubre, sobre el tema "Ciencia, Tecnología y Desarrollo Político." Lo que me intrigó fue que, aunque los tres puntos en la agenda del seminario -ciencia, tecnología y política- están bien definidos y constituyen nociones fácilmente identificables, son raramente tratados en conjunto. El campo de la ciencia cubre los descubrimientos científicos, la tecnología trata de la implementación de semejantes descubrimientos por el bien de la raza humana. Pero la política trata más bien de las relaciones entre los seres humanos propiamente tales - un campo que no está obviamente relacionado en sí con la ciencia y la tecnología.

A pesar de todo, es interesante investigar la relación entre las tres nociones. La ciencia se preocupa, sobre todo, del conocimiento humano de la realidad objetiva que lo rodea, lo que es frecuentemente descrito como "naturaleza," mientras que la política cubre el campo de la relación del hombre con su prójimo. En lo que se refiere a la tecnología, durante mucho tiempo fue considerada históricamente como un campo que era bien diferente de la ciencia, ya que los descubrimientos científicos encontraban rara vez una aplicación directa e inmediata en algún campo específico de la tecnología. A menudo siglos enteros separan un descubrimiento científico de su aplicación tecnológica en un campo industrial determinado. Pero, sea cual fuere, la distancia que separa los logros de la ciencia de aquellos en la tecnología, las distancias eran aún mayores cuando se discute la relación de ambas con la política.

Pero esto cambió dramáticamente en el siglo XX. A medida que aumentaban los descubrimientos científicos y se seguían unos a otros a un ritmo cada vez más acelerado, el intervalo entre los descubrimientos científicos y su implementación tecnológica disminuyó correspondientemente. Los dos campos aparecen ahora orgánicamente entrelazados. Y como las aplicaciones tecnológicas afectan todos los aspectos de la vida, la política también ha llegado a relacionarse con la ciencia y la tecnología en una multitud de modos. Esta relación se manifiesta de la manera más clara en el campo de la Revolución Informática. Gracias a la radio, la televisión, los ordenadores, los módem, los fax, los teléfonos móviles y los satélites artificiales, así como en otros adelantos en el campo de la electrónica, las distancias -en términos tanto de tiempo como de espacio- han prácticamente desaparecido entre el momento en que ocurre un cierto evento y la conciencia de la gente de que ha ocurrido. Más aún, las noticias ya no son unidireccionales, con una fuente dada que emite noticias y una cantidad dada de individuos que las reciben. La información se está haciendo más y más interactiva, y como tal, está orientada simultáneamente en una multitud de direcciones. Los ataques terroristas del mes pasado contra Nueva York y Washington se desataron contra ese fondo. Este acontecimiento sin precedentes, reveló nuevas dimensiones en la relación entre la ciencia, la tecnología y el desarrollo político.

Los ataques fueron un recuerdo escalofriante de que los logros de la tecnología ya no los monopolizados por la minoría privilegiada que ahora domina el orden mundial unipolar y que la iniciativa ha pasado a partes que se atreven a utilizar los logros de la tecnología moderna para sus propios fines. Tanto más cuando esas partes están dispuestas a sacrificar sus propias vidas en el proceso, como fue el caso el 11 de septiembre.

El aspecto más crítico que involucra la ciencia y la tecnología es que ahora existe la oportunidad de que cualquiera se aproveche de sus resultados. En una época en la que la humanidad está todavía dividida entre una minoría que dispone fácilmente de esos logros y una mayoría a la que se niega el acceso a esos beneficios. Así, algunos utilizarán la oportunidad que se les da para construir, mientras que otros la usan como un arma para destacar la injusticia que se les inflige, y para destruir. Es la problemática del terrorismo.

El terrorismo ya no constituye un tema accidental, marginal, o regional, sino que se ha convertido en una epidemia global que socava los fundamentos mismos del orden mundial. El terrorismo no puede ser erradicado eliminando a éste o aquel grupo de terroristas. Esos grupos son meramente símbolos de una enfermedad que debe ser tratada de una manera holística, preocupándose de sus causas, o en primer lugar de los motivos por los que alguien decide recurrir a medidas tan extremas. Esos motivos tienen más que ver con el actual orden mundial que con los terroristas mismos.

Lo que sucedió el 11 de septiembre abrió una nueva era en la forma en la que el mundo evalúa y se relaciona con el terrorismo. Antes de esa fecha, era posible ver el fenómeno como nada más que una molestia, una forma aberrante de conducta utilizada por unos pocos descontentos, ciertamente sin suficiente importancia como para desafiar al orden mundial en sí. Todo cambió con los ataques terroristas contra Nueva York y Washington, al verse claramente, con el comienzo del nuevo milenio, que el mundo ha entrado en una nueva era marcada por el creciente desorden. Se suponía que el nuevo siglo iba a juntar a la gente en el contexto de la globalización; pero ha elevado el fenómeno del terrorismo de un tema marginal a uno que amenaza la estructura misma del sistema global. El aspecto más peligroso de los ataques del 11 de septiembre es menos el daño mismo que infligieron, que la promesa que portan de que vendrán más y peores ataques, ahora que los terroristas se dan cuenta de que son capaces de realizar exitosamente semejantes proezas.

Lo que vale en general, también vale especialmente para el Oriente Medio, donde una serie de problemas críticos siguen sin resolver. El primero y principal, es el problema palestino. Durante mucho tiempo, Washington estuvo más interesado en evitar un choque con Israel que en presionar para obtener una solución justa y equitativa del problema. Luego, hay problemas que surgen de un fuerte sentimiento de agravio del mundo islámico, que siente que ha sido sometido a frustraciones y humillaciones que no pueden seguir siendo toleradas. El sistema mundial de antes del 11 de septiembre no reflejaba correctamente el equilibrio de fuerzas. Detrás del equilibrio aparente, había escondidas fuerzas reprimidas cuya repentina erupción el 11 de septiembre, puso de relieve una necesidad urgente de un cambio fundamental.

El terrorismo no es sólo criminal en su naturaleza; también tiene una dimensión política. Es una expresión del hecho de que un sector considerable de la comunidad mundial se siente totalmente alienada e impotente frente a fuerzas sobre las que no tiene control, y que la única manera de lograr un impacto sobre el curso de los acontecimientos es privar a otros de su derecho a la vida. Es tanto más cierto en el caso de individuos que están dispuestos a llegar al extremo de cometer suicidio para lograr sus objetivos. Mientras se dedicaba a la globalización, el sistema mundial no ha desarrollado sentimientos de solidaridad entre los seres humanos que sean más fuertes que las razones que los dividen y que mantienen tan agudos los conflictos. Esta es una tragedia que no ha desaparecido a pesar de todos los progresos logrados en la ciencia y la tecnología. Esta tragedia no será superada mientras los defectos y los vacíos en el sistema mundial no sean considerados.

Esto nos lleva a un problema de particular importancia. La tecnología moderna ha llegado a niveles de exactitud y de perfección que debiera de por sí proyectar un sentimiento de seguridad. El proyecto central de la nueva administración estadounidense implica construir un sistema de defensa anti-misiles que puede destruir misiles entrantes después de su despegue y antes de que lleguen a su objetivo. Pero a pesar de estos y otros logros remarcables de la tecnología moderna, la ciencia actual está lejos de basarse en certezas irrefutables. Como señala el veterano científico Karl Popper, ciencia es "lo que se puede probar que es erróneo." El progreso científico del pasado se identifica con la acumulación continua de conocimientos y la disminución correspondiente de lo que no se conoce. Ahora tendemos a ver el desarrollo científico de otra manera: mientras más sabemos, más amplio es el campo de las cosas que descubrimos que no conocemos. Mientras la ciencia progresa en términos absolutos, más retrocede en términos relativos. Esto engendra dudas y confusión - en breve, sentimientos de inseguridad que chocan con nuestro sentimiento anterior de certeza y seguridad.

Y lo que se aplica a la ciencia y la tecnología, puede aplicarse también al campo de la política. Hay dos polos -no sólo uno- en el orden mundial "unipolar" de la actualidad.

Aunque es casi seguro que el polo encabezado por EE.UU. prevalecerá, hay temores de que su búsqueda de la victoria afectará negativamente su carácter como el polo de la legitimidad, y lo obligará a involucrarse en prácticas que no son muy diferentes de las que sigue el polo opuesto. Esto significará la derrota de la legitimidad global, a pesar del hecho de que el polo que se atribuye esa calidad, aparezca finalmente como el vencedor. Es el motivo por el cual los valores y los modos de conducta debieran tener precedencia por sobre ésta o aquella gran potencia que actúa sobre la escena mundial. También es el motivo por el cual hay que eliminar la bipolaridad en nuestro mundo actual y por el cual la humanidad, para sobrevivir, ya no puede tolerar las injusticias y las iniquidades que actualmente mancillan el orden mundial.