29 de octubre del 2001

Vivir y Morir en las Cárceles de Chile

Iván Quezada E.

En el universo hermético de las cárceles, la supervivencia es tan inestable como la flama que calcinó los cuerpos de 26 reclusos en Iquique. Algunos de ellos quedaron irreconocibles, aunque ello no quiere decir que sus rostros no se repitan hasta el infinito en los presos que consiguieron escapar del fuego. No hay mayores diferencias. El robo es la piedra de tope para cientos de miles de vidas condenadas desde el nacimiento. Y de ese modo la muerte tampoco importa demasiado.

La máquina contra el suicidio funciona como una advertencia. En el vestíbulo de acceso al pabellón principal del Centro Penitenciario Femenino (CPF) de San Joaquín, donde se ubican el salón de actos, los comedores y algunos dormitorios colectivos, justo tras pasar el pasillo inicial y pocos pasos más allá del portón cerrado con un grueso candado, el visitante descubre una malla de metal casi en el centro del vacío que resulta de los giros de la escalera que conduce a los pisos superiores. Una reclusa nos explica: "Hace un tiempo una interna se arrojó desde el último recodo de la escala y entonces decidieron poner esa trampa". ¿Por qué las prisioneras, ante el obstáculo, no prefieren el balcón del piso superior y acabar sus vidas contra el suelo del patio? Tal vez exista una norma implícita que lo impide, o quizás es cuestión de tiempo.

Fatalidad cotidiana

A nadie le interesa mucho, por lo demás. El fatalismo propio de la condición humana lo convierte todo en un hecho cotidiano, incluso aquella dimensión dramática que define la existencia carcelaria y que, sin embargo, no alcanza a interrumpir el lento y tedioso paso de las horas entre rejas. En semejante contexto, la muerte es un suceso de actualidad y, como tal, efímero. Llega a veces a través de un cuchillo, pero cuando implica a más de un individuo es el fuego la herramienta de su consumación. En Chile las historias se repiten. En los últimos seis meses han fallecido 33 presos quemados. La tragedia de Iquique, del 20 de mayo, donde murieron 26 internos por las llamas, es sólo un párrafo en la infinita fábula del horror. El hacinamiento es tan grande (hoy por hoy, 35 mil personas repletan las penitenciarías) que rápidamente otros condenados toman el lugar de quienes terminaron convertidos en cenizas.

Así, es inútil sorprenderse. De hecho, a los presos los tiene sin cuidado. ¿Qué podría afectarles, en verdad, que se inicie una investigación o un sumario? No piensan en ello. No les incumbe. En las cárceles la vida no se detiene ante la ausencia de respuestas oficiales.

Hay otras cosas más urgentes, como la supervivencia.

Llevados por esa mística que tiene el cine, sobre todo cuando se hace en forma artesanal, quien escribe y un grupo de funcionarios de Gitano Producciones nos introducimos en algunas cárceles de Santiago para proyectar la película "El Chacotero Sentimental". A los presos no les entusiasmó mucho la idea, pero se debe a que nada puede entusiasmarlos. Una reclusa del CPF nos contó que habitualmente va gente de "afuera" a tratar de distraerlos con actividades, danza, teatro y otras cosas, además de los estudiantes de periodismo que las buscan para conseguir una buena nota, y ellas son pacientes. Tienen todo el tiempo del mundo para serlo. Y después añade: "Lo peor que puede ocurrir es el aburrimiento. Es insoportable. Por la mañana nos sacan al patio trasero, por grupos y divididas de acuerdo a nuestra condición, rematadas o en proceso, y allí no hacemos nada durante horas. Después almorzamos y luego regresamos a la inmovilidad".

"Todo el mundo roba", dice después con una nota de desesperación.

Ahorrar para coimas

Resulta difícil entender a Manuel, un muchacho que conocimos en la cárcel de Puente Alto, quien narra su historia con una mezcla de coa y español mal digerido. El coa es un arma, ya lo sabemos, y de ese modo, con la extrañeza inevitable que siente un delincuente ante un "privilegiado", dice: "Yo sé que no puedo aspirar a vivir demasiado. Me detuvieron después que con un amigo asaltamos a un sujeto. Fuimos ineptos. Pero no es primera vez que estoy aquí. Antes he salido y ahora también sucederá. Para estos casos soy precavido. Siempre trato bien a mi familia. Es cierto que fumo pasta base, pero siempre les entrego dinero y hasta tengo ahorrado algo para la educación de mi hija. Ellos me van a sacar. Cuando uno sólo se dedica a robar y farrearse la plata, la familia piensa que lo mejor para que uno se tranquilice es estar preso un tiempo. Yo no soy así. Trato de cuidarlos y así me responden cuando llega el momento".

Parte de ese dinero ahorrado, explica luego, lo tiene destinado a pagar las coimas necesarias para salir de allí antes de que se dicte sentencia. "Todo depende de la plata –advierte–. Los que se quedan aquí años es porque no son previsores. Los abogados y los funcionarios piden algo y uno se los da. Así funciona". En la calle, agrega, no sirve actuar con miedo. Pero hacerse respetar es extenuante y a larga siempre se comete un error que acaba siendo definitivo. Le decimos que caer preso no es la solución y él responde: "Yo leí El Quijote. Me gustó mucho. Trato de aprender cosas, de usar mi inteligencia, tal vez con el tiempo pueda cometer un delito financiero, de los importantes, y así esto quizá terminaría mejor. Los que tienen preparación lo hacen. Pero algunos no tuvimos esa oportunidad y tenemos que enfrentar lo que salga."

Mientras habla, sentado en una de las sillas dispuestas en el gimnasio donde exhibimos el filme, tres compañeros suyos lo escuchan atentamente y asienten. Se asombran con el hecho de que no los juzguemos y probablemente por eso aclaran que no siente culpa por sus vidas. Uno de ellos, sin embargo, asegura que no volverá a delinquir. "Voy a salir luego, es la primera ocasión que estoy aquí, y me tienen prometido un trabajo en un taller si renuncia a robar otra vez. Quiero lograrlo". Los demás lo miran con algún escepticismo (¿está mintiendo?), pero simultáneamente dicen que intentan protegerlo allí dentro. No está claro de qué manera. Es improbable que puedan evitar el abuso sexual. Las habitaciones son demasiado estrechas, hay muchos de ellos, y todos los delitos están mezclados. A las pocas semanas, según nos enteramos por la prensa, hubo un sangriento motín en el pabellón donde alojaban esos reclusos.

Fantasmas entre rejas

La abandonada cárcel de Valparaíso, en el cerro Cárcel, es un lugar esencialmente siniestro. La sola posibilidad de que hayan mantenido retenidas a miles de personas, durante décadas, entre esas paredes es desde ya un delito. Una sociedad como la nuestra, tan afanada en la seguridad y dispuesta a los más altisonantes discursos sobre el bienestar social, puede ser aún más cruel que la delincuencia. Las gendarmes con quienes hablamos en la CPF, no todas, pero algunas, expresan el más concluyente desprecio por las detenidas. No aceptan argumento alguno, quizá debido a su formación militar.

Allá en el cerro de Valparaíso se cuenta que, después de una violenta rebelión que terminó con la muerte de varios presos, una mujer se instalaba todas las tardes en una de las esquinas exteriores de la cárcel a "hablar" con su marido acribillado en la refriega. Le relataba, paso a paso, todos los acontecimientos de su vida y de sus hijos. Lloraba y reía, mientras los escasos viandantes la miraban con extrañeza.

¿Será un mito aquella historia? Todo puede serlo después de un tiempo. En las afueras del CPF, junto a los muros con rayados alusivos a las presas políticas y también en la gaceta donde retienen los documentos de identidad, una vez traspasado el enorme portón de ingreso, sucede otro hacinamiento: el de los familiares. Su resignación sólo es comparable al de las reclusas. Una bella mujer con un gesto triste en el rostro se cruzó por nuestro camino y luego la reencontramos durante la proyección. Según notamos, se comportaba con tal mesura que ya contaba con la confianza de todos.

Antes de comenzar la película, el desfile de las presas desbordó nuestra imaginación. La custodia de las gendarmes se distendió un poco y pudimos hablar con algunas de las reclusas. Ellas no hablan coa, a diferencia de los hombres. La homosexualidad también es más sutil. En la cárcel de Puente Alto, los más grandes y fuertes abrazaban firmemente a los jóvenes y débiles, marcándolos de esa manera. Pero en el CPF no. Había mujeres que eran exactamente iguales que jovenzuelos y nos miraban con algún pudor, pero su conducta era más bien discreta.

Cuando hizo ingreso la presa más hermosa de todas, que por cierto pertenecía al grupo de las "problemáticas", todos la quedamos observando. Después de posar para el fotógrafo de relaciones públicas de Gendarmería, nos contó que ella había sido condenada a cinco años de prisión por robar un banano con cierta violencia. ¿Por qué? Por la misma razón que todas las demás: por la pasta base. Sin embargo, se las ingenió para llamar la atención incluso en una situación tan adversa con el presidio. Tenía tan sólo 18 años y se llamaba Rosa. Con verla descubrimos uno de los sentidos más oscuros del castigo social: la supresión de la sexualidad durante la juventud.

Una tras otra, al consultarle las motivaciones de su delito, contestaban que la droga las llevó allí. Había chilenas, bolivianas, peruanas, ecuatorianas, argentinas. Las nacionalidades no cuentan en la cárcel. Pero algo sí se hizo evidente: las mujeres ocupan un lugar secundario en el mundo del hampa. Hacen labores de ayudistas en las bandas, aunque en algunas ocasiones, como le ocurrió a una mujer de 35 años que nos habló sin mayores aprensiones, terminan asesinando a una persona. Ninguna de sus amigas hacía un drama de eso.

Una incluso se desentendió del tema y nos dijo que ella lograba soportar el encierro con un radiocasete portátil todo el día encendido en sus oídos, inclusive cuando hablaba con nosotros. "Veo toda clase de relaciones y paso de largo", sostuvo.

Terminó la película y al marcharnos volvimos a ver a la mujer de rostro triste en la antesala a la calle y a la libertad. Se llevaba consigo a su hermana que por fin había cumplido su condena o salía por otro expediente. Era sólo una muchacha, una adolescente de semblante agraciado, que se despidió de nosotros sonriendo, como si hubiera cometido una travesura.