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27 de mayo del 2003

Postmodernidad, antiglobalización y teoría crítica

Paul L. Ravelo
Rebelión

Justo cuando impartía un ciclo de conferencias de título Postestructuralismo y Postmodernidad ante estudiantes de Filosofía en la Universidad de Girona leo en Rebelión (sección La Izquierda a Debate, 20 de mayo 2003) el sugestivo artículo de Simón Royo Hernández, Postmodernidad y Antiglobalización. Muy cercano a los tópicos de los que habla Simón Royo la lectura del artículo me ha estimulado a plasmar algunas ideas, casi todas en la línea de pensamiento de Simón Royo.

También mi preocupación de base es la de pensar teórica y políticamente el capitalismo de hoy y, por ende, la redecisión teórico-política del socialismo. Más allá de presentar la crítica en desgastadas oposiciones binarias o de perder sentido los términos capitalismo y socialismo, al menos a la antigua usanza, tampoco veo por qué si es a través del primero de los términos que se define, y en forma superlativa (súper capitalismo) nuestro tiempo, el otro de los términos, que quiérase o no es su contrario, tenga que salir de escena. Tengo la impresión, sin embargo, y como dice Saramago en otro de sus sobresaltos de conciencia, que la gente de izquierda "no tenemos ni puta idea" de cómo funciona este capitalismo de hoy. Un capitalismo, sin dudas, en una nueva fase de desarrollo con una alta complejidad en su organización y funcionamiento, pero no por ello menos resistente a la pertinente crítica, la crítica de izquierda.

Kant fijaba este sólido supuesto en su pensamiento: "nuestro siglo es el siglo de la crítica". El siglo XXI, que ya comienza hartado de tanto capitalismo duro y perverso, se caracterizará por esta esencial contradicción: de un lado, el rumbo triunfante de una civilización que cada vez más toma una dimensión corporativa, de mercado e imperial, y de otro lado, una decisiva y responsable crítica de tipo humanista, progresista, de izquierda, de valores distintos a los que rigen la actual mercantilización de la vida. El capitalismo global de nuestro tiempo, tanto a través del paradójico salto tecnológico como a través de su "máquina de guerra mundial", está generando las condiciones propicias para activar el dispositivo de la reflexión comprometida del pensamiento.

Desde la filosofía, incluso, se puede hoy llevar a cabo esta crítica. Se puede proseguir la crítica, también "por otros medios" y "en otra forma" o más bien, por los mismos medios pero re-actualizados, re-inventariados, vueltos a pensar. Epistemología de acuerdo al contexto, aún sabiendo -como dice el incisivo de André Gluksmann- que el riesgo epistemológico existe. Hay todo un arsenal de argumentos, en filosofías tan dispares como las de Rousseau, Kant, Marx, Husserl, Sartre, Foucault, Derrida, Deleuze, e incluso en programas tan explosivos como los de Nietzsche y Heidegger, que bien podrían servirnos para el ejercicio de pensar nuestra contemporaneidad. Esa es la cuestión, digámoslo a la manera foucaultiana: ¿en qué consiste nuestra actualidad?, ¿cuál es el campo de experiencias posibles para ejercitar nuestros discursos críticos? Aún en la crisis del modelo universalista de conciencia estoy decididamente a favor de un nuevo iluminismo de la razón.

Hay una tradición de pensamiento filosófico cuya crítica se impregna, es cierto, de un nihilismo (si bien activo), y muchas de sus metodologías y programas, sin proponérselo sus autores, articularon con el postmodernismo. Pero compleja tal articulación de la analítica teórica con lo que Toni Negri y Frederic Jameson llaman la "lógica cultural del capitalismo tardío" cuando esa crítica nihilista también sacude los cimientos fundamentales del orden universal de cosas introducido por la modernidad y por sus ideologías totalizadoras. Si bien es cierto, como intuye Simón Royo, que en la crítica post la falta de propuestas debidamente coherentes al cambio "abre la posibilidad de la asimilación capitalista" ya sea en la versión ultra-liberal (la no- regulación estatal) o en la versión socialdemócrata (la inevitabilidad del mercado), tampoco en materia de crítica al capitalismo contemporáneo habría ya que objetar mucho el parentesco próximo de Marx con otros cráneos de la reserva intelectual: con Kierkegaard, Freud o el guerrero de Nietzsche. Ya Karl Lowith en su tiempo había insistido en que Nietzsche era por su linaje un singular "bolchevique cultural", y Sloterdijk a su manera reclama hoy una izquierda nietzscheana, pues es Nietzsche "el partisano del hacer sin mala conciencia" de nuestro tiempo.

Una lectura en positivo habría de sacarse del ambiente de la crítica post: las filosofías de Foucault, Deleuze, Vattimo, Lyotard y compañía, nos han puesto en la productiva disyuntiva de ¿cómo localizar y volver conceptualmente disponibles las realidades y experiencias de nuestros discursos y formas de comprensión de la realidad contemporánea? Como bien sabemos la crítica post pifió tanto en la conformidad conceptual como en la localización política de esa conceptualización. Con su principio de la Diferencia y sus axiomas de la desconstrucción, las rupturas y el esteticismo pretendió articular con la práctica socio-histórica del momento, pero terminó desarticulando de forma violenta la comprensión política de la realidad, justamente cuando el capitalismo hacía más su historia universal. Fallida llegada de la teoría: abiertos pactos en favor de los fragmentos y los eventos pero sin capacidad de recuperación de los montones de ruinas. Por eso tiene razón Simón Royo cuando dice que hay motivos suficientes para desconfiar tanto de la crítica post como de los usos (injertos, fusiones, versiones) que hacemos en su nombre. Se necesita hoy pensar después de esa crítica y más allá de esa crítica. Están creadas las condiciones.

El capitalismo es lo universal de todos los tiempos. Schumpeter y von Hayek insistieron en que el talento del capitalismo consistía en "la destrucción creativa" que su economía contiene, pero lo que habría de afirmarse de manera absoluta es que la tecnología (cada vez más sofisticada) y el mercado (cada vez más mundial) producen realidades sociales -cada vez más- fragmentadas, enajenadas y desiguales. Vencer, decía Walter Benjamin, es también una especie de experiencia de la destrucción. Eso es lo universal del capitalismo: el conjunto de condiciones casi negativas y de experiencias irrentables de una historia mundializada a ritmo de la voluntad de poder del capital. Jamás el capital ha tenido tanta capacidad de maniobra, el planeta o es capitalista o depende de los procesos económicos capitalistas. Mundialización a chorro y bien en serio del capitalismo. Barbarie de rostro corporativo y neomercantil en la que el mercado libre y la democracia liberal son, que dudas cabe, instancias generadoras de tensiones y experiencias contradictorias en los sujetos sociales.

La globalización neoliberal contemporánea es una totalidad depredadora e insolidaria, produce desde adentro una precariedad suficiente de la vida. Como afirma John Holloway: "Nunca fue tan obvio que el capitalismo es un desastre". Capitalismo de la precariedad y del desastre: la "nueva experiencia de barbarie" del hombre occidental de la que a gusto habló Benjamin. Hay plena conciencia, sin embargo, que el capital es el problema mayor de nuestro tiempo. Y expresión de esa conciencia a escala mundial es el activismo militante del heterogéneo y aún por converger movimiento anti-globalización neoliberal. No carecemos de resistencia al dominio del gran capital, cada vez más toma forma esa nueva fuerza social colectiva de muy variado tipo que se despliega internacionalmente como una reacción en cadena en contra de las consecuencias del "modelo tiranosaúrico de globalización" (L. Boff), en contra de la degradante tendencia de la mercantilización de la vida humana.

Existe la resistencia colectiva ya no de residuales minorías tal y como Deleuze y Foucault la entendían, sino de amplias mayorías que "por otros medios", es decir -y Simón Royo insiste en eso- sumándose y no oponiéndose necesariamente a las clásicas formas políticas de lucha, abren un "nuevo frente" de batalla frente a la agenda del gran capital. Es una resistencia (en su mayoría) de personas trabajadoras y, a su vez, de carácter político. Estamos ante una profunda transformación del trabajo, pero el trabajo sigue siendo la base del desarrollo de nuestras sociedades. A fin de cuentas, no han desaparecido tampoco ni el desempleo, la inseguridad, la distribución injusta de los ingresos, la disminución de la calidad de vida, la marginalidad social. Y el tipo de lucha de tales movimientos sociales, aún cuando el accionar de la mayoría de ellos sea compatible con la lógica de la reproducción del capital, su contienda está ligada a cambios estructurales de la naturaleza económico-política del sistema capitalista.

Es una resistencia ciudadana, por ende, de carácter anticapitalista y antiimperialista, organizada cada vez más contra la ideología neoliberal y movida profundamente por una ética de la solidaridad internacional y la justicia humana. Su lucha, en el empeño de forjar una "sociedad civil internacional" (I. Ramonet, A. Quintanas), es la de la búsqueda de una sociedad más sustentable para la vida humana. Esa lucha es también la más actual expresión del pedido deleuziano (herencia, claro está, del marxismo) de "acabar con el (gran) capitalismo" y "redefinir el (mínimo) socialismo". No es una exageración sostener hoy este tipo de argumento, brota de la misma evidencia empírica de nuestro desarticulado tiempo, de nuestro desgastado presente. Por eso, como dijera el siempre combativo Pierre Bourdieu, "no hay tarea más urgente que inventar las nuevas formas de pensar y actuar que impone la precarización del capitalismo".

Es una necesidad ética y política asumir una responsabilidad de pensamiento. Es necesario elaborar una forma futura de crítica teórica que tenga por misión, por un lado, desmitificar los axiomas teóricos del pensamiento único y, por el otro, fungir como una teoría crítico-política del funcionamiento del capitalismo contemporáneo. Un tipo de crítica que esté en concordancia y proteja los ideales de resistencia social del movimiento ciudadano global existente, que en el momento actual es la máquina de acción o la fuerza social más activa de (y en) lucha contra la "máquina de guerra" y el poder del capitalismo contemporáneo.

Coincido con Viviane Forrester e Inmanuel Wallerstein en que, en cierto sentido, con el empeño del ultraliberalismo de empujar a más capitalismo, estamos hoy en una situación análoga a la que estaba el mundo a mediados del siglo XIX: omnipresencia de un asimétrico e injusto mercado mundial, expansión imperial de capitales, colonización de territorios a base de una incesante acumulación si bien ya no a través de los Estados naciones sino por las compañías multinacionales, graves consecuencias sociales, sujetos de resistencia que ven colonizados su mundo de vida.

Hace falta, pues, una teoría crítica de la sociedad y la economía capitalista en su actual etapa de desarrollo, la fase del capitalismo de la informática y el tele-poder, del dominio geográfico de las multinacionales, del poder que ha reestructurado el trabajo con la digitalización de la economía, en fin, del capitalismo que ha generado una nueva complejidad histórica y ha traído nuevas contradicciones sociales.

Nos hace falta una economía política y una teoría política para el análisis crítico del capitalismo y para construir una alternativa a este capitalismo internacional. Están creadas las condiciones para ello. El tiempo de hoy necesita también a su Marx, de su fuerza teórico-productiva de análisis, y como dice Simón Royo, "enriqueciéndola con perspectivas nuevas (y viejas) y adaptándola a la realidad contemporánea". Haciendo hablar así a Marx, coincido con Simón Royo, se podrá llegar a una redefinición teórico- política del socialismo.

Universidad de Girona. Banyoles, Catalunya. 24 de mayo 2003
Universidad de la Habana
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