L A   I Z Q U I E R D A   A   D E B A T E 

27 de enero del 2003

Diferencias y tensiones entre movimientos sociales, partidos politicos e instituciones politicas: ¿cómo lidiar con ello para alcanzar una democracia participativa?

Gladys Marín

Ningún debate puede prescindir de las experiencias y circunstancias concretas. Y más cuando se trata de grandes experiencias. Tenemos que alegrarnos de hacer este debate aquí, en Brasil con la rica experiencia del P.T., y del MST y otros partidos y movimientos que fueron la base fundamental del triunfo del Presidente Lula. Esta construcción y avance es una gran respuesta al tema planteado y nos reafirma que hay alternativas y en ellas partidos y movimientos que juegan un papel imprescindible. Cada lucha, cada resistencia va entregando nuevas respuestas y estas van por el camino de la inclusión y no de la exclusión. Intentaremos hacer nuestra contribución partiendo de nuestra historia y nuestros desafíos actuales.

La base de toda alternativa al neoliberalismo es la formación de un nuevo y poderoso movimiento social político con profundo sentido social y democrático en sus objetivos inmediatos y con una propuesta programática estratégica de superación del sistema capitalista.

Una alternativa no es el logro de un día, es la confluencia de muchos días con sus noches, y se construye organizando, haciendo conciencia y batallando en todos los espacios.

Hacemos esta afirmación partiendo de los grandes cambios ocurridos en el mundo, de las complejidades y nuevas contradicciones creadas, de la nueva fase del capitalismo y también del aprendizaje de anteriores y nuevas historias que los pueblos han sabido construir.

En relación a esto último quiero recordar que el próximo 11 de Septiembre se cumplirán 30 años desde el golpe militar que puso fin al Gobierno Popular que encabezó Salvador Allende en mi país. Ese golpe sólo fue posible por la intervención de los EE.UU. El proceso revolucionario que se abrió con la victoria de Septiembre de 1970 fue visto como una gran esperanza. Su derrocamiento fue una dura y amarga derrota. Sin embargo, los mil días de la Unidad Popular nos dejaron lecciones en aciertos y también en errores, en sueños y frustraciones, que tienen fuertes y nítidas resonancias en nuestras luchas de hoy.

Comprendemos, sin duda, que toda traslación mecánica de experiencias del pasado sería una inútil e infinita torpeza. Los cambios experimentados en estos años son inmensos. No obstante, sería igualmente liviano y torpe ignorar la historia vivida.

El triunfo de la Unidad Popular el 4 de Septiembre de 1970 y el proceso revolucionario encabezado por Salvador Allende no hubieran sido posibles sin el desarrollo previo de un poderoso movimiento popular. La constitución de la Unidad Popular y su victoria solo fueron posibles por el desarrollo de movimientos sociales y la unidad de fuerzas políticas que confluyeron en una gran demanda democrático-revolucionaria general.

El movimiento obrero, constituido, desde Recabarren, vale decir de comienzos del siglo que acabamos de dejar, en torno a un poderoso núcleo minero industrial de vigorosa conciencia de clase, interactuó en décadas con un movimiento estudiantil universitario en lucha por la reforma en las universidades y junto a un movimiento estudiantil secundario reivindicando universidad para todos; un movimiento poblacional con una historia de tomas de terrenos organizadas y dirigidas por la Izquierda, que fundaron grandes poblaciones populares; un movimiento campesino e indígena que, superando crueles derrotas, emergió tras la demanda de reforma agraria; un movimiento cultural potente y diverso que reunía en sus filas la mayoría inmensa de los mejores talentos del país; un movimiento juvenil unitario y plural que se desarrolló poderosamente al integrarse a la lucha antiimperialista y antioligárquica; un movimiento de mujeres significativo en el campo de la izquierda; movimientos de cristia! nos que exigían la superación del capitalismo.

Todos, unidos en demandas democráticas, fueron las fuerzas impulsoras de esos cambios revolucionarios en una relación estrecha con los partidos políticos de izquierda, en especial socialistas y comunistas.

Allende fue un gran líder político pero también un constructor de movimientos sociales. Neruda, un gran poeta y a la vez un político relevante. Víctor Jara, un cantautor y militante responsable y tenaz. Sus militancias orgullosas, abiertas, no eran opuestas a su participación en el mundo social al que pertenecían.

Creemos que aquí hay lecciones que perduran. Por una parte, los partidos que propugnan el cambio de sociedad, serán incapaces de materializar sus ideales si no contribuyen al surgimiento, impulsan las luchas e interactúan, con los movimientos sociales que demandan la superación de las carencias que impone la sociedad que debe ser cambiada. Por otra, los movimientos sociales pueden desarrollar luchas potentes y lograr triunfos, pero estos serán efímeros si no asumen y logran resolver el problema central de toda transformación de fondo, que es el problema de la modificación del carácter de la sociedad en que emergen y se hacen parte de un proyecto y un programa político que realice cambios radicales.

Vivimos otros tiempos. El neoliberalismo desde su instalación como nueva forma dominante del capitalismo, ha potenciado sus peores rasgos. Se ha acentuado su carácter de régimen generador de desigualdades. Una cifra basta para confirmar la celeridad con que se manifiesta esta tendencia a la desigualdad: en 1960 el abismo entre países ricos y países pobres era de 1 a 30. Ese era el resultado de centurias de dominación. A fines del siglo pasado, en menos de 40 años, la diferencia se había más que doblado. Era ya de 1 a 74. Y suma y sigue. El 80% de la población mundial vive en la pobreza. En América Latina el 2001 había más de 211 millones de pobres, el 2002 llegaron a 220 millones de pobres.

En Chile la experiencia neoliberal ha sido llevada a fondo y esto ha significado tener una de las peores distribuciones de los ingresos y las jornadas más largas de trabajo. En 1990 el 5% más rico recibía 120 veces más que el 5% más pobre, el año 2000 recibía 220 veces más El gobierno de Lagos representa a los sectores que asumieron como propio el proyecto de la dictadura, aplicando algunos parches para que siguiera todo igual, adscribiéndose plenamente al neoliberalismo, y profundizando el modelo. Este es un gobierno que no tiene nada de progresista o de izquierda, sino profundamente neoliberal, autoritario y represivo. Han abandonado su programa de cambios democráticos, mantienen la misma Constitución pinochetista, un sistema electoral binominal que sólo permite la representación de los dos bloques que están con el sistema, han instalado la impunidad en todos los planos, convirtiéndose en un gran instrumento de permanencia del modelo.

Gobierno y Concertación, la alianza de gobierno, también han adoptado las prácticas de corrupción de la dictadura, como ha quedado de manifiesto en estas últimas semanas con los sobresueldos de ministros, indemnizaciones y sueldos millonarios de ejecutivos de empresas estatales, el soborno, las coimas y el desafuero de 5 diputados, el encarcelamiento de un ex ministro y otros altos funcionarios por fraude al Fisco.

En Chile la alta conciencia democrática alcanzada se vio tremendamente dañada por sucesivas derrotas: el derrocamiento del gobierno popular, la caída del socialismo en Europa del Este, y la imposición de una salida pactada con la dictadura. Los pilares de este proceso de enajenación fueron los horrorosos crímenes cometidos, el terror y control total, el arrasamiento y desintegración de las organizaciones sociales y de la izquierda, la imposición de instituciones antidemocráticas, la prédica del apoliticismo y del individualismo mediante el control total y transnacionalizado de los medios de comunicación, el debilitamiento progresivo de la educación pública, de sus valores y objetivos. Todo ello provocó un profundo retroceso de la conciencia democrática, temor y desinterés en la política y debilitamiento del sindicalismo de clase existente y de los partidos de izquierda.

El modelo neoliberal hace su primer experimento en Chile y es llevado a fondo. Logra atomizar y fragmentar los movimientos sociales, reduciendo la participación de la gente en los asuntos y problemas específicos, coopta a segmentos del sindicalismo, contraponiendo a unos sectores del pueblo contra otros. En nuestra realidad se consigue contraponer a los trabajadores forestales con los pueblos originarios, a los pescadores artesanales con los trabajadores de la pesca industrial, a los trabajadores de las industrias metalmecánicas y los del acero. Se trata de mil maneras de oscurecer la comprensión de que, en ultima instancia, todos los problemas tienen un origen común y apuntan a la necesidad de construir una nueva sociedad, a la superación del sistema que engendra agresiones.

Ya instalados en el mundo y con la consigna "no hay alternativa", los dominadores pensaron que era posible clavar la rueda de la historia y decretaron su fin. Habían impuesto una contundente derrota a sus principales oponentes y decidieron hacerla definitiva. Se equivocaron rotundamente. En un cortísimo plazo la rueda empieza a girar y surgen luchas diversas -todos los pueblos luchan- y experiencias notables en América Latina de fuerzas de izquierda y movimientos sindicales e indígenas que acceden al poder.

La prueba más contundente es precisamente la emergencia del movimiento antiglobalización, del movimiento de movimientos, y de un nuevo sujeto histórico en construcción que, en una nueva diversidad y radicalidad, puede y debe transformarse en una respuesta también global, capaz de intervenir en el conflicto que opone a los pueblos frente a los neoliberales. La crisis actual del capitalismo y salida guerrerista, no harán otra cosa que agudizar los problemas de la gente, y debe ser aprovechada para elevar la conciencia y las luchas, y los pueblos pasar a la ofensiva.

Pero ¿qué falta para que la crisis en curso se transforme realmente en oportunidad para los pueblos y las fuerzas alternativas? Lo que entraba la construcción de alternativas a la crisis del capitalismo es ante todo la despolitización, división, la competencia, las desconfianzas, la falta organización y unidad en torno a proyectos democráticos que enfrente la política imperialista, la guerra y el neoliberalismo. En suma el retraso en el desarrollo de la conciencia política.

La ideología neoliberal que penetra y subordina todo, instala machaconamente el discurso del individualismo, la fragmentación y establece incompatibilidades en las relaciones entre partidos y movimientos sociales. La contradicción entre actores sociales, partidos y movimientos siempre ha existido, como en todo orden de cosas. Pero de ahí a llevarlo al rechazo, exclusión y relación antagónica, responde ante todo a una interpretación interesada y funcional al discurso neoliberal, que hace todo para que no se impugne el sistema, vale decir la totalidad del orden neoliberal.

Para mí, aquí está lo principal a resolver, y al cual el Foro Social Mundial, dada la atracción y fuerza alcanzada, puede dar una gran contribución: la formación de un poderoso movimiento político social que a nivel internacional se enfrente coordinadamente al capitalismo y su globalización neoliberal.

En relación a esto quiero precisar algunas ideas.

Es indispensable hacer un rescate elemental del valor de la política como forma de conciencia y actividad social, y que pone de forma más inmediata los verdaderos intereses que mueven a los diferentes sectores de la sociedad en relación a la propiedad, la producción y su distribución. El papel principal de los partidos transformadores es su capacidad para contribuir a la organización, la lucha y la maduración de la conciencia popular; capacidad de ayudar a ese proceso entre los trabajadores y lograr que se constituyan en un núcleo de un amplio frente en que confluyan los más amplios sectores; capacidad de elaborar una plataforma política de cambios y las consignas adecuadas para cada momento; y en definitiva, capacidad para conquistar el poder del Estado, transformarlo y colocarlo al servicio de las transformaciones revolucionarias. Y esa capacidad podemos lograrla si nos capacitamos para entender y asumir la nueva realidad, en particular, cómo los trabajadores han sido afecta! dos por el ambiente ideológico del neoliberalismo Los movimientos sociales pueden desarrollar luchas potentes y lograr ciertos triunfos, pero, en general, por su carácter sectorial, local, solo llegan hasta cierto punto pues no se plantean resolver el problema central de toda transformación de fondo, que es el problema del poder del Estado, es decir, el problema de la política.

El valor de los partidos estriba en sus propuestas de proyectos, de crítica y transformación global, mientras que los movimientos sociales en general emergen como demandas y críticas específicas. Pero ambos son agentes, actores que se mueven en un mismo campo: la política.

Son espacios distintos, y bien podríamos concluir en que cada cual a lo suyo. Pero, no se trata de eso. A diferencia de épocas pasadas donde las alianzas políticas eran las determinantes, ahora se trata de la confluencia de distintos actores para enriquecerse mutuamente y manteniendo su autonomía transformarse en un nuevo sujeto histórico.

Un movimiento social, aún aquel cuyo diagnóstico y crítica abarca más dimensiones, como el ecologista, cuestiona el capitalismo en relación a la depredación de la naturaleza y no en sus efectos totales de depredación sobre los seres humanos. Aquellos que se comprometen con un quehacer que va más allá de sus objetivos iniciales, no pueden más que llegar a la conclusión que deben desarrollar un accionar de carácter político y se convierten en partidos.

Se puede entender que en una situación de derrotas temporales de la izquierda, y de crisis de los proyectos alternativos; de traición de muchos políticos de gobierno que pisotean las promesas hechas al pueblo, y sus principios en nombre de una renovación  que es en realidad renegación, los movimientos y el común de la gente tome distancia de la clase política  (concepto acuñado por el neoliberalismo).

Tenemos presente también, que las dogmatizaciones e interpretaciones reduccionistas y burocráticas del problema del poder, y del papel de los partidos que condujeron a la derrota a procesos revolucionarios, son uno de los factores que pesa para que los movimientos sociales actuales tomen distancia de los partidos políticos. También influye en ello el énfasis absoluto por parte de algunos partidos de su participación en los marcos institucionales, particularmente los procesos electorales sin vinculación en estos procesos con al lucha y participación directa de la gente.

La crítica a los partidos tiene una base real, y a veces se realiza desde cierto tipo de pensamiento que se considera progresista, pero esconde una peligrosa opción política: la de abandonar el campo de la crítica integral al sistema y los esfuerzos por la articulación de todos en la lucha global y sus objetivos de largo plazo.

En estos tiempos tampoco se podría pretender privilegiar a los partidos sobre los movimientos sociales, con la idea de "vanguardia", o que los militantes de partidos que participan en los movimientos sean correas de transmisión  de sus partidos. Esos tiempos han pasado, y quienes mantengan esas ideas no hacen sino repetir fracasos y otros, interesadamente insisten en esas caricaturas reaccionarias que nosotros bien conocimos bajo la dictadura. Ni vanguardias ni transmisores, sino juntos y al lado de todos los que aspiran a que otro mundo es posible. No puede haber imposición sino dirección. El partido transformador se hace educando y educándose desde la experiencia de la clase obrera y los variados movimientos sociales, desarrollando la política desde ahí. Trabajar desde y con la práctica y vivencias de los trabajadores, produciendo con ellos la teoría, y operando como sintetizador.

Siempre han existido los movimientos sociales, pero hoy las múltiples agresiones de la globalización neoliberal han hecho aparecer una diversidad y pluralidad mayor de nuevos movimientos que levantan reivindicaciones asociadas a problemas que adquieren una nueva dimensión en la actualidad, como la defensa del medio ambiente, las luchas de género y la diversidad sexual, por los derechos humanos; de los pueblos originarios; de los portadores del VIH y enfermos de SIDA; por los derechos del niño; la defensa de los valores democráticos, de la soberanía de las naciones, etc.

Es necesario y urgente que los seres humanos confrontados a esas agresiones se reúnan, se organicen, construyan un proyecto común y luchen por su realización. Ninguna de esas agresiones podrá ser conjurada por separado.

El tema es la relación dialéctica de acuerdos y diferencias, de unidad y lucha que existe entre actores sociales y políticos que construyendo pueden ser Sujetos capaces de enfrentar, resistir y transformar el capitalismo.

De allí que necesitamos concentrar esfuerzos en romper la costra cultural neoliberal para reinstalar la prevalencia de una cultura y valores populares, solidarios y colectivos, y el desarrollo de la conciencia de clase que impregnan la organización y batalla popular. A ello favorece una cierta intuición y deseo emancipatorio latentes en la conciencia del pueblo, que saldrá a flote en medio de la recuperación de la memoria histórica de luchas y procesos que ayudan a regenerar la conciencia.

El valor del ejemplo, la decencia, consecuencia, rectitud de intención política, voluntad de combate al neoliberalismo, la aspiración socialista, que deben caracterizar a los partidos de izquierda, son fundamentales en la creación de la nueva conciencia y la subjetividad. Esto es más decisivo, cuando la cultura burguesa adquiere la fuerza que tiene hoy. La ideología neoliberal opera como la razón práctica  de los sectores populares pues esta le es inoculada desde los medios de comunicación, el sistema escolar, y en los modelos de comportamiento.

Enfrentar el sistema neoliberal, la globalización capitalista y cada una de sus consecuencias, es la cuestión central de nuestra época y es cuestión de política. Pero no de cualquier política, sino de aquella que exige la organización de los trabajadores y del pueblo en partidos políticos propios, independientes del sistema, que asumen defender los intereses inmediatos de la mayoría con perspectiva de futuro, es decir, con la decisión de hacer cambios de fondo en la sociedad y resolver el problema del poder del Estado. En pocas palabras, partidos de izquierda consecuentes.

Retomando las vivencias de nuestra historia tenemos presente que la Unidad Popular y los movimientos sociales de ese tiempo, conquistaron el Gobierno, lograron materializar importantes reivindicaciones populares pero no alcanzaron, no pudieron ni supieron, resolver el problema del poder, es decir, el problema clave de un movimiento que se propone cambios radicales y perdurables, y que solo se resuelve con la más amplia, concientizada y organizada presencia expresada en poder popular desde la base.

Pero, el problema del poder sigue siendo una cuestión ineludible. Necesariamente llega el momento, si es que realmente se está interesado en los cambios de fondo, en que hay que plantearse un salto de calidad, que implica quién y para quién se dirige la sociedad. De otra manera se esta condenando el movimiento a un eterno retorno a arrastrar la roca hasta la cumbre para que vuelva a caer y comenzar de nuevo. Esto es inevitable mientras se permanezca en los marcos del sistema.

No está dicho que la conquista de un nuevo poder produce necesariamente la superación de todos los males ni menos que el ejercicio de ese poder sea un asunto solo de la política en sentido estrecho o remitida solo al gobierno y al Estado.

Por ello, es necesario unir todas las fuerzas consecuentes, sociales y políticas. Para que los movimientos sociales sean una fuerza más efectiva de cambio de la sociedad es imprescindible que se vinculen con todas aquellas fuerzas, sectores y grupos que se oponen al sistema neoliberal, en primer lugar con el movimiento político antisistema, con la izquierda. El enemigo es poderoso, y para enfrentarlo, el único y mejor camino es el acuerdo y la unidad.

La urgencia de crear las condiciones para realizar esta convergencia es un imperativo en América Latina. La determinación de subordinar a nuestros países a los poderes imperiales se expresa de mil maneras. La persistencia de las amenazas contra Cuba, el despliegue del militarismo, en primer lugar en Colombia, los intentos de derrocar gobiernos que intentan políticas alternativas como en Venezuela, las contracciones impuestas por adelantado a gobiernos electos con propuestas alternativas al neoliberalismo como en Brasil y Ecuador, van enfilados a llevar a la práctica un proyecto de recolonización que se condensa en la imposición del ALCA.

En esa perspectiva el gobierno de Ricardo Lagos ha dado un paso odioso: la firma del TLC con los EE.UU. que se ha convertido desde el día de su firma en un espolón contra todos los pueblos hermanos para imponer el ALCA. Ese tratado, presentado como un gran logro, es en realidad el marco, hecho a la medida del imperialismo, para imponer las garantías de sus inversiones en tratados inamovibles y asegurados por la amenaza del uso de la fuerza para sostener los privilegios otorgados a perpetuidad. Es la pretensión de eternizar la globalización neoliberal.

Buena parte de los latinoamericanos nos aprestamos a conmemorar 200 años de independencia del colonialismo español. ¿Llegaremos a esa fecha con el no reconocimiento de las deudas a la autonomía, tierra, respeto a la cultura e identidad de nuestros pueblos originarios? ¿Llegaremos a esa fecha con la formalización del nuevo dominio imperial de los EE.UU.? A lo menos propongámonos llegar luchando contra la intervención, anexión y guerras imperialistas y recuperar el pensamiento y acción latinoamericanista de nuestros próceres en la lucha por la Independencia.

La perspectiva de la integración latinoamericana debe ser un gran componente de la propuesta alternativa a la globalización neoliberal. Desde la fuerza de una renovada relación entre nuestros pueblos podemos hacer de la integración un camino de superación de la desigualdad que la globalización neoliberal agrava cada día. Nuestra convicción es que la posibilidad de conquistar victorias para las fuerzas populares depende hoy más que antes de su capacidad de insertar sus luchas nacionales en el movimiento mundial antiglobalización. Las fuerzas progresistas debemos avanzar en la construcción de la solidaridad más activa para la integración y la movilización coordinada en América Latina y el Caribe. Tenemos la obligación de unir y enlazar nuestras luchas para golpear concertadamente las políticas neoliberales militaristas y anexionistas que se nos trata de imponer.

En uno de sus escritos tempranos, Marx y Engels estamparon la siguiente afirmación:

Llamamos comunismo al movimiento real que supera el estado de cosas actual . Movimiento real que supera el estado de cosas actual, esa es, creemos la base de construcción del proyecto alternativo. Que debe ser una creación permanente, múltiple, inclusiva de todas las también múltiples contradicciones que exigen el cambio social: las que nacen de las diferencias sociales, de clase, de la alienación provocada por la explotación capitalista, la que tiene que ver con la acción depredadora inherente al sistema, la que surge del aplastamiento de la soberanía nacional por los poderes imperiales, las de los pueblos y etnias originales que siguen siendo agredidas, las contradicciones de género, las generacionales que plantean jóvenes que sienten que se niega su futuro, las de las fuerzas de la intelectualidad y la cultura que son forzadas a ordenar su creación en el posibilismo o la sumisión pura y si! mple.

Nos sentimos parte del proyecto de cambios que promueve el movimiento antiglobalización neoliberal tal y como somos: un partido político que aporta la lectura clasista de la sociedad en que vivimos, la determinación de lucha por la superación del capitalismo y que a la vez asume la necesidad de las luchas parciales que apuntan en la dirección del cambio radical de la sociedad.

Somos parte de cientos de organizaciones sociales, contribuimos resueltamente a la formación de nuevas, apoyamos las luchas justas de todas, estemos o no presentes en ellas.

En nuestro XXII Congreso -realizado en noviembre del 2002- decidimos volcar todos nuestros esfuerzos hacia los trabajadores y la plena recuperación de su organización clasista en las nuevas condiciones de explotación del trabajo. Uno de los argumentos privilegiados de la subordinación al neoliberalismo de sectores que antes sostuvieron posiciones de izquierda, consiste en declarar caduca la existencia del proletariado moderno, la clase de los trabajadores.

La verdad es exactamente lo contrario. Nunca como hoy existen más y diversas formas de trabajo asalariado.

En Chile se ha creado un numeroso ejército de trabajadores desregulados, equivalente al 66% de la fuerza laboral. Trabajadores por cuenta propia, con boletas a honorarios, en prestaciones de servicios para empresas que suministran personal a empresas, todos en calidad de eventuales o transitorios.

Sindicalizar, organizar todos los sectores de trabajadores de empleo fijo, precario, cesantes, manuales e intelectuales y todas las nuevas modalidades de trabajo, nos lleva a la idea potenciadora de sindicalizar la sociedad, o universalizar la sindicalización.

En la construcción de alternativa para enfrentar el capitalismo, es donde deben resolverse las diferencias y tensiones la relación entre lo político y lo social, y de allí nuestra convicción que el modo más potente es el de la creación, a nivel nacional como internacional, de un movimiento político social amplio y plural que acoja a todos los que honestamente quieran la superación de la crisis que atenaza a la humanidad.

Juntos debemos proponernos perfilar un modo de organización económica, social, política, cultural, alternativo al neoliberalismo, con nuevos valores y concepciones, irradiándolo ampliamente en el pueblo. Ese debe ser el camino para la construcción de una nueva hegemonía que abra paso a la llegada del pueblo al gobierno y al poder como condición imprescindible para realizar las transformaciones sociales.

Nuestro debate tiene la urgencia de los dramáticos tiempos que vivimos. La muerte de millones de seres humanos en el mundo por hambre, por enfermedades curables, por contaminación, por la guerra, es hoy, y para ellos no habrá un cómodo ni siquiera antagónico mañana. Es hoy cuando debemos contribuir con celeridad, a la confluencia de los movimientos sociales y de los partidos de izquierda que se alzan por la paz, la igualdad y la defensa del medioambiente. Y que se expresen codo a codo, con el cuerpo y alma en las calles. Esa confluencia, esa unidad debe ser el objetivo del Movimiento de Movimientos expresado en cada lugar con sus propias características y formas.

El movimiento antiglobalización es hoy una realidad y para infinidad de gentes una gran esperanza. Puede convertirse en un sujeto político internacional y nacional capaz de representar.

organizar e intervenir política y socialmente en la contradicción principal de nuestra época, neoliberalismo o democracia, capaz de construir una alternativa con un programa democrático avanzado.

Es sobretodo a través de iniciativas de acción que se construirá la unidad. Y esas iniciativas son múltiples, pero hay una principal la lucha más intensa y decidida por la paz y contra las políticas imperialistas de los EE.UU. Por sobre antagonismos debemos actuar coordinadamente. Concertémonos, rebelémonos, para detener la guerra.


Gladys Marín. Presidenta Partido Comunista de Chile Porto Alegre, Brasil, Enero 23 - 28 de enero de 2003.