L A   I Z Q U I E R D A   A   D E B A T E 

12 de junio de 2000

Manual para ciudadanos cabreados

Rebelión en la Sociedad Civil

José Antonio Pérez
Flor del Viento, Barcelona, 1999

Los patricios son tenidos por buenos ciudadanos; nosotros somos los pobres ciudadanos. Con lo que sobra a los poderosos bastaría para socorrernos. Si tan sólo nos dieran lo que les es superfluo mientras estuviese en buen estado, podríamos creer que nos auxilian por humanidad; pero piensan que somos demasiado caros de sostener. La delgadez que nos devora, el espectáculo de nuestra miseria, son como el inventario encargado de mantener detallada la cuenta de su abundancia. Nuestro sufrimiento constituye provecho para los tales. Venguémonos con nuestras picas antes de vernos reducidos a esqueletos; porque saben los dioses que cuando hablo así es porque tengo hambre de pan y no sed de venganza.

W. Shakespeare, Coriolano.

Capítulos:
1. Para el buen entendedor
2. El cuento neoliberal de la lechera
3. La maquinaria del paro
4. Legitimidad de la rebelión
5. El sabotaje como penultima ratio
6. Cuñas de la misma madera
7. Sabotaje de intensidad 0,7
8. Girando hacia la izquierda
9. Un antídoto contra la rebelión

 

El texto del capítulo 8 ha sido cedido expresamente por el autor para su publicación en la página web de Rebelion. Los derechos de publicación del texto íntegro están cedidos a Flor del Viento Ediciones.

 

Cap. 8: Girando hacia la izquierda

Dado que vivimos en un mundo dominado por el modelo capitalista, no es de extrañar que el grueso de la propaganda oficial del Establecimiento se dedique a cantar las excelsas virtudes del patrón que rige nuestra conducta en los distintos aspectos de la existencia. Venimos al mundo en condiciones de desigualdad, se nos educa para ser productores de valor mercantil y destructores de bienes de uso; se nos adiestra en el servil oficio de implorar que nos permitan ocupar un hueco en las fábricas productoras de inutilidades. Finalmente, cuando se agota el flujo vital que nos mantuvo con respiración, nuestros deudos deberán pagar para que podamos convertirnos en cenizas con cierto decoro.

En el discurso oficial se habla mucho sobre producción y comercio, pero se dice poco acerca de la vida. Semejante disparate acaba pareciéndonos tan normal como la palpable miseria que impera en el mundo, hasta el punto de que, cuando se detecta una situación de carencia, nadie piensa en la injusticia, nadie habla ya de explotación, sino de "falta de adaptación al modelo". El capitalismo, en suma, se nos quiere presentar como la "solución final" a los problemas de la humanidad y de su historia. Desde luego, para los muertos por el hambre no cabe duda de que esta forma de no-vida constituye la solución definitiva.

Para no pecar de incorrección política yo también desearía unirme al coro de voces que celebran la apoteosis de la propiedad privada de los medios de producción y extorsión. Puesto que lo cortés no quita lo valiente, creo que se debe felicitar a los patrones de la explotación por lo que entiendo que ha sido su mayor éxito: la colonización ideológica de los campos de pensamiento de la izquierda. En efecto, la prédica de la doctrina resumida en el catecismo del Pensamiento Único no es hoy un oficio exclusivo de los neoliberales. En tan ominosa tarea se hallan muy bien acompañados, a lo que se ve, por los representantes de las organizaciones que engalanan su escaparate con la bandera de la izquierda, pese a despachar un género que constituye un auténtico elogio de las virtudes capitalistas. Si un grupo político considera que lo mejor para el mundo es la productividad, el mercado, la competencia sin límites, la no regulación legal de los contratos laborales y otras lindezas por el estilo, no seré yo quien le niegue su derecho a opinar de tal manera. Tan sólo le pediría que, por un mínimo de rigor, no pretenda, encima, convencer al público de que pronuncia su discurso en el lenguaje de la izquierda.

Intentar definir lo que es la izquierda política es tarea que escapa a las posibilidades de este libro, a las mías propias, y me temo que también a las de muchos que se jactan de haber conseguido cierta precisión en el asunto. Ya el sabio Demócrito nos enseñó a desconfiar de las verdades absolutas al advertirnos que: "Lo dulce es por convención y lo amargo por convención, lo caliente por convención, lo frío por convención, el color por convención; en verdad no hay más que átomos y vacío". No obstante, para andar por el mundo necesitamos el auxilio de ciertas convenciones, de modelos teóricos que nos ayuden a simplificar una realidad cuyo fondo en verdad no conocemos. Un mapa que representa el territorio sahariano no es el Sáhara, pero ayuda a transitar por el desierto.

Con el fin de no extraviarme entre las inmensas dunas formadas por la acumulación de tantas arenas teóricas, en mi particular cartografía política el conjunto de actitudes partidarias de acabar con la injusticia se halla situado a la izquierda. En el flanco opuesto, es decir, a la derecha, se encuentra el vasto tinglado que alberga en amor y compañía a quienes, por acción u omisión, contribuyen a mantener las injusticias que genera todo Orden Establecido.

Un Rubicón bien definido delimita la frontera entre ambas regiones. Porque, por lo que se refiere al centro, es una región que, al menos en política, no existe como territorio habitable. Por más que los partidos dediquen lo mejor de sus esfuerzos electorales a la conquista del centro, esa vasta región central densamente poblada es completamente estéril desde el punto de vista político. Es un desierto civil, una aparente tierra de nadie en la que no rigen las leyes políticas, sino las normas de los mercaderes. Quienes realmente imponen su ley en ese territorio completamente hostil al espíritu cívico son las empresas, las industrias, los bancos, los monopolios y las corporaciones. No cabe duda de que se trata de una región industriosa, puesto que en ella se despliegan los diversos artefactos del trabajo, pero en la organización laboral no existe la democracia: prueba a discutir una orden de tu jefe y te encontrarás con una sanción; prueba a exigir tus derechos y te verás en la puñetera calle.

Admito que con tal simplicidad cartográfica será difícil que el gremio de los teóricos se muestre proclive a otorgarme el correspondiente placet para circular por los caminos de la política convencional. Pero tampoco es cosa que me preocupe en demasía. Parafraseando a Thoreau, quiero dejar claro que no vine a este mundo para intentar definirlo, sino para vivir en él.

Lo cual no significa que, entre las distintas convenciones toponímicas que ayudan a caminar por los senderos civiles, no sienta cierta predilección por el socialismo. No me refiero al socialismo con pretensiones "científicas". En mi mapa el socialismo es tan sólo un punto de referencia, parecido a esos hitos de piedra que acostumbran a dejar los caminantes prudentes en las encrucijadas de las veredas para señalar la ruta apropiada a los viajeros que vengan detrás. Los antiguos cartógrafos solían representar los confines del mundo conocido con la leyenda: a partir de aquí, monstruos. Hoy la geografía del planeta ya no ofrece el menor secreto, lo que no quiere decir que no siga habiendo monstruos. Una amplia variedad de horripilantes especies ideológicas acecha todavía a las sociedades que cifran todo su proyecto de viaje en la meta de la productividad. La vida es algo más que un montón de mercancías, y para vivir hacen falta referentes humanistas, hitos que jalonen el camino más adecuado para conseguir que todas las técnicas y herramientas surgidas del ingenio de la especie sean usadas en beneficio de la salud física, moral y política del género humano. De lo contrario, los monstruos acaban devorando cualquier proyecto de sociedad.

Uno de esos hitos que sirven para orientar el camino se llama socialismo. Ha sido construido pacientemente con el esfuerzo de la infinidad de viajeros solidarios que, a lo largo de las dos últimas centurias, han intentado alejarse de la región donde tienen cabida las mayores monstruosidades alimentadas por la injusticia. El mojón alcanzó un tamaño considerable, de manera que se convirtió en un excelente punto de referencia. Gracias a él, durante los últimos 150 años, las organizaciones políticas y sindicales que pretendían frenar los desmanes cometidos por el capitalismo pudieron trazar un mapa de situación cuyas coordenadas describe Fernández Buey:

 

Por lo menos desde los años cuarenta del siglo pasado la palabra "socialismo" ha ido asociada (en su aspecto crítico o parte destructiva, por así decirlo) al final de la división social fija y clasista del trabajo, a la desaparición de la apropiación privada de los medios de producción, de las crisis comerciales y de la competencia, al fin del paro forzoso y a la disolución de los ejércitos permanentes. En su aspecto positivo o constructivo la palabra "socialismo" denotaba: regulación de la producción en conformidad con las necesidades sociales, usufructo colectivo de los instrumentos de producción, simplificación del aparato administrativo y judicial, educación política de los ciudadanos, asociación de hombres iguales socialmente, libres en tanto que liberados del yugo que supone el trabajo asalariado, generalmente emancipados en la medida misma en que la parte doblemente oprimida de la especie, o sea, las mujeres, se hayan liberado ellas mismas.

Hay un sector más o menos ortodoxo de la izquierda que sigue manteniendo la idea del socialismo como una "necesidad histórica". Salvo que se entienda como metáfora o como una de las muchas ficciones a las que recurre la mente humana para modelizar la realidad, a la razón le resulta difícil aceptar una idea de este tipo. El determinismo estaba de moda en el siglo XIX, pero hoy en día ningún tipo de determinismo, ya sea de tipo físico, histórico o económico, resiste un enfoque científico riguroso. El presente está formado a base de la acumulación de los actos del homo erectus, de Calígula, del Imperio Romano o del capitalismo, por citar tan sólo una infinitésima parte de los actores de la historia, pero esos actos no determinan el futuro. No pueden determinarlo por la sencilla razón de que, en cada momento histórico, los humanos tenemos la posibilidad de manipular el presente a nuestro gusto y, por lo tanto, modificar cualquier trayectoria preestablecida.

Se argumentará que quien manipula el presente en cada momento histórico es tan sólo una reducida porción de seres humanos, en concreto las élites que detentan el poder económico, político y militar. Ello es bastante cierto, pero esta verdad empírica no aporta nueva consistencia a la tesis del determinismo histórico. Antes bien la niega con mayor énfasis si cabe, pues, si el presente es susceptible de ser manipulado por tan sólo una pequeña minoría, no se entiende bien cómo podría determinarse el futuro desde un pasado cuya trayectoria se modifica en cada secuencia del presente.

Podemos, y debemos, analizar los acontecimientos del pasado y probar a repetir aquello que nos parezca conveniente o bien tratar de evitar que se repitan ciertos episodios nefastos. Pero nada, salvo la pereza mental, impide que podamos, mediante la voluntad, orientar la Historia con un rumbo completamente distinto al previsto por los profetas de la Modernidad. Eso sin contar con la probabilidad de que un suceso aleatorio se encargue de romper cualquier proceso. Por ejemplo, si un imbécil, sin importar que la deficiencia sea mental o moral, llegase a apretar el botón desencadenante del holocausto nuclear, todos los sueños de la humanidad, todas las ficciones de sus insignes filósofos, todos los cuentos de sus economistas quedarían reducidos de inmediato a simple polvo radiactivo por los siglos de los siglos.

Amén. No pretendo seguir por esos derroteros. Tengo prisa por vivir, por actuar dentro de la microscópica porción del espacio/tiempo en la que me ha sido dado materializarme. No albergo la menor intención de cambiar el futuro conforme a tal o cual teoría, prefiero actuar en el presente para intentar modificar su trayectoria actual. Y puesto que el panorama que se divisa en el presente se halla enturbiado por aspectos francamente detestables, considero que no debería sentarme plácidamente debajo de un guindo aguardando a que se cumplan las dudosas leyes de la historia o de la economía. En mi modesta pero firme opinión, la gente que aspira a transitar con dignidad por esta vida ayudándose de un mapa donde las coordenadas de la injusticia están claramente delimitadas, debe pasar de inmediato a la acción para frenar las barbaridades que el capitalismo global comete aquí y ahora.

Que una doctrina "tan ilógica y tan obtusa" como el socialismo marxista hubiera ejercido una influencia tan poderosa y duradera era algo que a Keynes le parecía un portento. Es cierto que en el terreno puramente científico el marxismo ha tropezado con grandes dificultades para probar sus principales tesis, y que algunas de sus profecías concretas no se han visto cumplidas. Ni siquiera está demostrado que haya "motores de la historia", pero lo que no se podrá negar es la decisiva influencia que el "invento" de la lucha de clases ha tenido en las transformaciones sociales contemporáneas. Fuera o no científico, el descomunal trabajo de Marx actuó como catalizador del gran susto que se llevó la burguesía a partir de los acontecimientos de la Commune. Con el tiempo y una caña, es decir, con la acción de los fabianos ingleses y la socialdemocracia alineada con la doctrina del propio Keynes que dice no entender a Marx, las tímidas reformas sociales emprendidas a regañadientes por Bismark darían lugar a la creación de ese Estado del Bienestar que apaciguó la virulencia original de la lucha de clases.

Sin entrar en los aspectos teóricos de su doctrina, el punto de partida del que arranca Marx es un decidido posicionamiento moral frente a la tremenda injusticia creada por el capitalismo. Pocos contemporáneos suyos se preocuparon de retratar con tanta crudeza las miserables condiciones de vida de los trabajadores en las fábricas del capitalismo, así como la voracidad depredadora de un sistema productivo que no dudó en emplear a los niños en agotadoras jornadas de 14 horas. Marx se enfrenta también a la hipocresía del discurso clerical de aquella época, que consideraba la pobreza como una ley natural y defendía, por lo tanto, "que el hambre no sólo es una presión pacífica, silenciosa y constante, sino que, siendo el motor más natural para la industria y el trabajo, provoca los mayores esfuerzos", según sostuvo el reverendo Townsend para oponerse a las leyes de beneficencia del siglo XIX.

Por supuesto, al capitalismo le resultaba muy conveniente procurar que perdurase el hambre, pues es la forma básica con que la necesidad impulsa a los pobres a vender su fuerza de trabajo a los patronos a cambio de un mísero jornal de subsistencia. Frente a tales propósitos, Marx formula una propuesta emancipadora concretada en el pasaje de El Capital donde afirma que: "El reino de la libertad sólo empieza allí donde termina el trabajo impuesto por la miseria y la coacción de los fines externos; queda, pues, conforme a la naturaleza de las cosas, más allá de la órbita de la producción material [...]. Al otro lado de la frontera comienza el despliegue de las fuerzas humanas que se considera como fin en sí, el verdadero reino de la libertad". Karl Popper, sin duda el principal fustigador de la teoría marxista, es, pese a todo, uno de los escasos críticos que ha tenido la gallardía de reconocer lealmente la gran deuda que la civilización moderna ha contraído con Marx:

Es este radicalismo moral de Marx lo que explica su vasta influencia y es, en sí mismo, un hecho altamente alentador. Este radicalismo moral todavía está vivo; nuestra tarea debe consistir en hacerlo perdurar, en evitar que siga el mismo camino que deberá seguir su radicalismo político. El marxismo "científico" ha muerto, pero deben sobrevivir su sentido de la responsabilidad social y su amor a la libertad.

Sin embargo, las personas que confían en que tal radicalismo moral sea el móvil que impulse la actuación de la izquierda, los electores que entregan su voto a los partidos de izquierda nominal, sin duda han de verse invadidos por una profunda perplejidad. Miles de millones de trabajadores del mundo, sin excluir a los niños, siguen afanándose por un jornal de subsistencia, durmiendo en míseras barracas, desprovistos de atención sanitaria y sin la menor esperanza de mejorar sus expectativas de vida. Por supuesto, nuestros representantes de izquierda no pierden ocasión de rasgarse las vestiduras y lamentar tanta miseria, pero no regatean esfuerzos a la hora de prestar su apoyo a las estructuras del Orden Establecido que genera esa pobreza.

Lo escandaloso no es que Reagan, la señora Tatcher y el señor Aznar, su aplicado discípulo ibérico, consideren que la mejor solución para el mundo consiste en fomentar la productividad, el mercado, la competencia sin límites y la desregulación de las condiciones laborales. Después de todo ellos son los abanderados de la injusticia y actúan en consecuencia con lo que dice su doctrina. Lo verdaderamente perverso, lo moralmente inaceptable, es que sea la Izquierda Establecida la que proporcione al capitalismo los medios para perpetuarse.

Para encontrar el acusado contraste existente entre ricos y pobres no hace falta asomarse a las zonas subdesarrolladas de la Tierra a través de las pantallas televisivas. La diferencia puede apreciarse también en España, la décima (o duodécima, tanto da) potencia económica del mundo. Según coinciden en señalar diversos informes sociológicos, un país como el nuestro, tan diligente en aprobar las asignaturas de la escuela de Maastricht, cuenta con un número de pobres que roza la cifra de 8.000.000. ¡Ocho millones, se dice pronto! Pero se digiere peor cuando se le añade el amargo condimento de que, como mínimo, el 40% de esos desposeídos pertenece a las filas del paro. Desde luego, nuestra vara de medir la pobreza no es la misma que en África. Allí la gente que no consiga comer hoy tiene grandes probabilidades de morir mañana, mientras que en España se considera pobre a la persona cuya renta no alcanza el umbral del 75% del salario mínimo interprofesional (69.270 ptas. en 1999), es decir, 51.950 pesetas mensuales.

Una cantidad de ese orden es la que cobran, por ejemplo, los receptores del subsidio asistencial de desempleo — que aún deben darse con un canto en los dientes habida cuenta que sólo uno de cuatro parados inscritos en el registro recibe ayuda—, los perceptores de rentas mínimas de inserción y los jubilados sin pensión contributiva. Y no mucho más consiguen los que obtienen su salario de un trabajo-basura. Tan exigua retribución evita morir físicamente, pero convierte a la persona obligada a subsistir con ella en un país donde salir a la calle ya cuesta dinero en un auténtico muerto civil, pues, con una renta así, resulta harto difícil desplazarse y mantener la actividad que se considera "socio-económicamente correcta". Para esos ocho millones de personas —pensionistas, parados, empleados en precario— cuya renta oscila entre las 0 y las 51.950 pesetas, el disfrute de vacaciones o el consumo de los rutilantes bienes que anuncia la televisión, incluidos los libros y otros productos culturales, es una aspiración imposible de satisfacer. Por lo tanto, están socialmente muertos a los efectos de una vida plenamente integrada en el ámbito de la sociedad a la que pertenecen.

A todo esto, los afiliados a la Izquierda Establecida todavía tararean ritualmente de puertas adentro del escaparate el himno de los obreros de antaño que pusieron freno a la burguesía; quien más, quien menos consigue la cuadratura de la frase que narra el viejo sueño de convertir la Tierra en un paraíso, en la patria de la humanidad. Pero esa izquierda nominal se limita a permanecer sentada tranquilamente bajo el guindo del capitalismo, aguardando a que les caigan los frutos en la boca sin hacer nada que pueda invertir las tendencias actuales de la extorsión económica. Sentaditas se quedaron sus señorías de izquierda en los escaños del Congreso cuando prefirieron volver la vista hacia otro lado mientras el Gobierno recortaba el subsidio al desempleo mediante el Real Decreto-ley 1/992 de dudosa constitucionalidad. Sentados en los mullidos sillones de la Administración facilitados por el partido, los socialistas felipenses también se limitaron a mirarse el ombligo mientras asistían a la lectura de la tesis con que los señores González y Solchaga se recibieron como doctores en Economía Política: el fundamento de la misma sostenía que los responsables del paro son los propios parados, debido a que el subsidio los convierte en vagos impenitentes.

A tan egregios galenos del sistema sólo les faltó añadir que a los africanos que arriesgan su vida cruzando el Estrecho en frágiles pateras les mueve la afición a los deportes de aventura. A buen seguro que habrían recibido el cum laude de la escuela de altos estudios de hipocresía política. No pretendo generalizar con tales ejemplos, pues en el partido fundado por Pablo Iglesias quedan todavía bastantes socialistas honrados, pero, por mucho que las verdades duelan, estos militantes deberán admitir que no ha sido precisamente la derecha la que ha recortado las mínimas garantías sociales logradas durante los años de la "transición" en materia de pensiones y seguro al desempleo. No ha sido la derecha quien legalizó las Empresas de Trabajo Temporal y quien comenzó a "flexibilizar" la contratación laboral. Para aprobar el examen de Maastricht, Aznar no ha tenido que hacer otro esfuerzo que limitarse a copiar la planilla que le dejó su antecesor en la Moncloa.

Los socialistas se apresuraron a enterrar, mejor dicho, a desterrar a Marx de sus congresos. No soy quien para juzgar si la doctrina de éste era ilógica, pero sí estoy perfectamente legitimado para enjuiciar a mis contemporáneos, toda vez que compartimos el mismo momento presente. Lo que el PSOE ha enterrado, sobre todo, ha sido el radicalismo moral de la izquierda.

¿Por qué, en la España de 1999, hay un pobre pidiendo en la puerta de cada supermercado? ¿Por qué hay un desharrapado en cada semáforo intentando vender pañuelos a los conductores? ¿Por qué hay mendigos durmiendo entre cartones en las calles de nuestras ciudades? En un Estado no ya de Bienestar, en un Estado digno debería estar prohibida la mendicidad, máxime si se trata de un país como el nuestro, cuyo PNB, casi el duplo que el generado en la India, le permitiría fundamentar esa prohibición en la asignación de una renta garantizada a toda persona en apuros. Claro está que no vivimos en un Estado digno, sino en un Estado de derecho (más bien de derecha) de cuyas leyes se desprende que la justicia "en su majestuosa igualdad, permite tanto al rico como al pobre dormir de noche bajo un puente y mendigar en la calle", según la aguda observación que hiciera Anatole France.

Lo que no se entiende es que haya ocho millones de pobres en un país que durante 13 años estuvo gobernado por un partido, el PSOE, que dice representar el ideario socialista. Tiempo y recursos hubo para establecer ciertas garantías antes de perder el Gobierno frente a una derecha que hizo mella en los sonoros casos de corrupción protagonizados por determinados administradores "pesoístas". Porque, siendo detestable, la actitud de Roldanes, Urralburus y otras apestosas hierbas del patio Interior del Establecimiento, resulta mucho más entendible (charranes y cortabolsas los hay en todos los sitios) que la dejación de principios llevada a cabo por quienes tenían la responsabilidad de conservar intacto el más precioso legado de la herencia socialista: el radicalismo moral de la izquierda.

¡Así que el socialismo era eso! Pues apaga y vámonos, podrán decir algunos. No es extraño que al contemplar las miserias del presente sintamos que nos invade una tremenda tentación de arrojar la toalla, de dimitir de cualquier intento de lucha. Al desaliento hay que añadir la pereza mental que aconseja buscar refugio en la comodidad de uno de los lemas favoritos del conformismo: "el que a los veinte años no es revolucionario es porque no tiene sangre en las venas; pero el que a los cincuenta sigue aspirando a la revolución es un perfecto gilipollas".

Personalmente no comparto en absoluto el aforismo. Aunque la fuerza que proporciona el vigoroso corazón de la juventud facilita mucho las cosas a la hora de poner manos a la obra, a los veinte años también se corre el peligro de que la cabeza, al no hallarse todavía convenientemente amueblada, no sea capaz de discernir con suficiente claridad entre las propuestas revolucionarias y la realidad del mundo. Las páginas de la historia están manchadas por la sangre (propia y ajena) derramada inútilmente por los veinteañeros que se dejaron seducir por las promesas de falsos profetas. Sin embargo, a los cincuenta, aunque todavía no nos hayamos convertido en sabios, la mayoría de nosotros sí debería haber aprendido al menos a desconfiar de las profecías y atender más a las realidades del presente. Es el momento ideal para rebelarnos contra todas las convenciones del Orden Establecido, contra todas sus injusticias, y orientar el rumbo de nuestro viaje hacia una meta digna.

Führerprinzip, Patria, Bandera, Razón Histórica, Mercado, Moneda Única. Imaginad que estáis a punto de exhalar vuestro último suspiro y un funcionario viene a recitaros esta letanía. Dudaréis entre reir o llorar ante formalizaciones que están bien para reinar en un universo de cosas. Pero el mundo real está habitado por seres humanos, seres vivos animados por un espíritu distinto al de las máquinas, individuos que tenemos legítimo derecho a rebelarnos contra la opresión ejercida en el Santo Nombre de las Cosas. Si se me apura mucho respecto a explicar la ultima ratio de esta rebelión, diré que reside en una de las pocas certezas que la razón brinda al alma humana; y ésta es la certidumbre empírica de que sólo se vive una vez. Dado que los directores del mundo se empeñan en estropearnos la existencia, la rebelión es un imperativo categórico de la razón práctica para, ya que no podemos impedir que nuestro paso por la vida sea tan breve, evitar al menos que sea también ridículo.

Itaca t'ha donat el bell viatge

sense ella no hauries sortit

I si la trobes pobre, no és que Itaca

t'hagi enganyat. Sabi com be t'has fet

sabrás el que volem dir les Itaques

No sabría explicar por qué, pero se me antoja que se acomodan mejor al oído los versos de Cavafis al pronunciarlos en catalán. Quizá sea porque ciertas tonalidades y ritmos mediterráneos de esta lengua transmiten, mucho mejor que el castellano, preciso, pero también seco y austero como las áridas mesetas donde tomó cuerpo, el sentido profundo de los versos en los que el poeta alejandrino expresa los temas clásicos. Sea como fuere, para lo que aquí nos interesa lo que deberíamos haber comprendido a estas alturas es que el socialismo es una de las Ítacas de la civilización moderna. Sin esa meta, la sociedad occidental no habría emprendido el viaje en busca de la justicia. No fueron los antiguos viajeros que levantaron el mojón que señalaba el camino a Ítaca quienes nos engañaron, sino los cantos de sirena capitalistas a cuyo discreto encanto no supieron resistirse ciertos partidos de la Izquierda Establecida.

El despiste, la pérdida del rumbo que conduce a Ítaca, se inició a partir del momento en que se firmó ese compromiso tácito de no agresión que se conoce como "pacto fordista". Aprovechando el despegue económico que sucedió al último gran conflicto bélico mundial, el naciente Estado de Bienestar pudo desarrollarse sin suscitar demasiadas objeciones entre los patronos. Pero ninguna de las dos grandes partes firmantes —capital y movimiento obrero— se preocuparon de "crear sociedad", reduciendo el acuerdo a un simple "compromiso fordista" para aumentar la producción y repartirse a medias las ganancias. Como señala Gorz, "en virtud del compromiso, el movimiento obrero delegaba en el Estado —en un Estado dotado de medios de acción y de instrumentos de regulación sustraídos en gran parte al control social y político— el cuidado de regular el sistema social según unos criterios de racionalidad que no coincidían con los intereses propios de ninguna de las clases en lucha, procurándoles a todas unas ganancias y unas satisfacciones tangibles. El compromiso fordista dispensaba al movimiento obrero de promover una sociedad diferente y enmascaraba el déficit de sociedad propio del capitalismo liberal".

La carencia de una sociedad nueva fue compensada con el acceso masivo de los trabajadores a un consumo disparatado y adormecedor que hizo olvidar a los nuevos favorecidos del Primer Mundo un hecho cierto: que ese creciente bienestar se obtenía a costa de expoliar los recursos del resto del planeta. Porque, si estamos dispuestos a sostener el principio de reparto equitativo de la riqueza, deberíamos admitir también que lo que no es sostenible es un Estado de Bienestar limitado a unos pocos países, que condena a la miseria al resto de la población mundial. Al igual que tampoco es ambientalmente sostenible un modelo económico que propugna un Crecimiento ilimitado dentro de un mundo con límites naturales clarísimos.

En cualquier caso no me apuntaré a la crítica fácil de los partidos y sindicatos de izquierda firmantes de aquel pacto. Me resulta perfectamente comprensible que los trabajadores de aquella época, exhaustos tras cerca de un siglo de contienda frente al capital, desearan descansar por fin de tanta lucha, curarse las heridas y tumbarse tranquilamente a echar la siesta tras una abundante comida. No me considero moralmente autorizado para reprochar a aquella gente obrera que suscribiesen un pacto de cuyas rentas todavía vive en parte nuestra sociedad. Es de cara a mis contemporáneos frente a los que puedo alzar mi voz para gritarles ¡basta ya! de contribuir a acelerar el ritmo de esa Máquina que, en lugar de conducir al "mundo global" (por emplear la jerga de moda) a la Tierra Prometida de una opulencia generalizada, lo que ha conseguido es que "partiendo de la más absoluta pobreza hayamos alcanzado las más altas cumbres de la miseria" (Groucho Marx).

Es posible que el Welfare State no haya sido más que el sueño de una noche de verano propiciado por los oráculos de la sociedad de la opulencia. No obstante, lo que con excesiva liviandad se está olvidando en estos días penosos para la lírica, cuando parece que lo moderno consiste en pedir la disolución del Estado del Bienestar, es que los presupuestos destinados por éste a la protección social han sido el soporte de la versión contemporánea del contrato social. Si las condiciones de bienestar de las que disfrutamos los privilegiados del Norte deben ser reconsideradas, la revisión habrá de hacerse en nombre de los principios de justicia, pero jamás para aumentar la competitividad que propone el neoliberalismo. La competencia a ultranza entre los seres humanos para tratar de trabajar y producir más barato que el vecino no demuestra una actitud sensata. Competir es luchar y el principio belicista de Clausewitz ("la guerra es la continuación de la política por otros medios") se traduce hoy en una lucha económica exacerbada que pugna por dejar fuera de campo al contrario. Si seguimos haciendo caso a los economistas, en lugar de repartir la abundantísima riqueza existente en el mundo sólo conseguiremos utilizarla como arma arrojadiza. Y eso no parece ni sensato ni civilizado.

Los partidos herederos de aquel pacto, la Izquierda Establecida que no tuvo la prudencia del Ulises que se amarra al mástil de la nave y tapona con cera sus oídos para no escuchar los cantos de sirena, se encuentra hoy estupefacta al observar cómo el compromiso de colaboración con el capital, en lugar de conducir la sociedad hasta la Tierra Prometida de la opulencia, ha desembocado en el desolado desierto donde prolifera la miseria. No sabiendo muy bien cómo salir del atolladero, sus líderes se limitan a insinuar que "hay que pensar en nuevas alternativas de izquierda". Se empecinan en la búsqueda de "terceras vías" sin apartar la vista del catecismo del Pensamiento Único, plagado de jaculatorias económicas que nada tienen que ver con el radicalismo moral que constituye el gran legado de la izquierda.

Me gustaría que esta crítica al actual estado de las cosas no fuera "tercamente malentendida" confundiéndola con el irredentismo de aquellos que piensan que "contra Franco vivíamos mejor". Para quienes hemos conocido la deplorable experiencia de vivir bajo los modos (y modales) políticos de la dictadura franco-fascista, las libertades formales que existen actualmente en España suponen un indudable avance democrático. Bajo el franquismo hubiera sido impensable escribir un libro como éste. Sin embargo, la libertad de expresión, aun siendo una de las condiciones irrenunciables de la democracia, no lo es todo.

Un dictador puede serlo en forma absoluta, y no estar dispuesto a permitir la más mínima expresión verbal a los sometidos, o, por el contrario, mostrar un talante lo suficientemente abierto como para conceder a sus súbditos el derecho a expresarse, siempre que no actúen. Este último proceder lo definió muy bien aquel cacique pueblerino que aconsejaba a su cohorte de matones mostrarse tolerante frente a las críticas: "si icen, que izan; mientras que no azan..." (si dicen que digan, mientras que no hagan). Así que conviene no tomar el rábano por las hojas confundiendo la parte por el todo, porque la democracia es algo más que ese circo mediático que nos obsequia con las continuas payasadas que nuestros representantes ejecutan ante las cámaras electrónicas de la Máquina de Fabricar Mentiras.

La propaganda oficial también sostiene que la globalización de los mercados contribuye a ensanchar la democracia en el mundo, pero, como puntualiza Ignacio Ramonet: "Ni Ted Turner, de la CNN; ni Rupert Murdoch, de News Corporation Limited; ni Bill Gates, de Microsoft; ni Jeffrey Vinik, de Fidelity Investments; ni Robert Alle, de ATT, al igual que George Soros o decenas de otros nuevos amos del mundo, han sometido jamás sus proyectos al sufragio universal. La democracia no se ha hecho para ellos. Están por encima de esas interminables discusiones en las que conceptos como el bien público, el bienestar social, la libertad y la igualdad aún tienen sentido".

Con sus circunloquios y ambigüedades semánticas habituales, la jerga de los profesionales de la política y de los "agentes sociales" (como se suele llamar ahora a los sindicalistas) sirve directamente a los intereses de las clases que imponen su ley en el desierto político del centro. El énfasis puesto en la economía pretende hacer creer que existe un orden social "autorregulado" por una instancia imparcial que adopta la forma del mercado, olvidando que la realidad del mundo se nutre de los conflictos surgidos entre la gente. Por lo tanto, la recuperación del discurso político por parte de la izquierda pasa, como ha señalado E.P.Thompson, por evitar la tentación de sustituir términos que evocan una dinámica de enfrentamiento, como "clase" o "capitalismo", por esos imprecisos eufemismos ("consumidores", "competitividad") que disimulan la palmaria realidad de que "el mercado" no es una propiedad de la materia, sino el escenario donde cristalizan decisiones concretas. Los miembros del Fondo Monetario Internacional, artífices de la estrategia económica con que los poderosos intentan controlar el mundo, no son precisamente un coro de seráficos arcángeles situados por encima del bien y del mal.

Es difícil creer que la Izquierda Establecida pueda abordar la tarea de construir un discurso dotado de cierta coherencia mientras continúe mareando la perdiz con la manida propuesta de creación de puestos de trabajo. Como ya se ha explicado, en las actuales circunstancias eso equivale a pedir que hagan a Cuenca puerto de mar. Por otro lado, en el colmo del disparate, se intentan diseñar "nuevas estrategias de inserción social". ¡Pero un auténtico ciudadano no tiene por qué ser insertado en parte alguna! Pertenece por derecho a la sociedad en la que vive. Y si tal derecho le ha sido arrebatado, lo que hay que hacer es restituírselo a la mayor brevedad.

Lo que hace falta es pensar y, sobre todo, actuar de una manera verdaderamente política. Déjense los burócratas pseudoizquierdistas de todas esas zarandajas consistentes en considerar como "políticamente correcto" únicamente lo que concierne al incremento de la productividad. No hay política más correcta que la Política, con mayúsculas, es decir, la que comienza en la opinión individual de cada miembro de la ciudadanía y culmina en la articulación de un sistema de gobierno equilibrador de la justicia y la igualdad.

Cuentan los que saben de estas cosas que en la Grecia clásica hubo un periodo dominado por "los 500 tiranos". A finales del siglo XX, esas 500 empresas que encabezan el ranking de los ricos que publica la revista Fortune han suplantado a la democracia al ejercer su dominio sobre el mundo entero sin someterse a control alguno. Podemos hacernos una idea del poder que detenta esta plutocracia si consideramos el hecho de que 358 acaudaladas familias poseen una riqueza equivalente al ingreso anual del 45 por 100 de los habitantes más pobres del mundo, es decir, 2.600 millones de personas. Ahora bien, como los chinos del cuento, corremos el riesgo cierto de ignorar la posición de la Luna si nos limitamos a mirar tan sólo hacia el dedo que señala a estos ricos como los únicos responsables de las barbaridades que se cometen hoy en día.

Porque, curiosamente, en la sociedad opulenta del Norte casi nadie parece sentirse directamente aludido cuando se emplea el adjetivo "rico", y prefiere lavarse las manos aludiendo a Bill Gates o al sultán de Brunei, es decir, a las cabezas visibles de la oligarquía de los Nuevos Quinientos. Está claro que estos oligarcas son los que controlan en última instancia los resortes de poder que mueven el mundo; no obstante, esta plutocracia no ejerce su gobierno en la sombra de una forma totalmente autónoma, sino con el consenso tácito de una nutrida masa de individuos que ve con buenos ojos su manera de proceder.

Porque es evidente que, por muchas residencias palaciegas, fincas de recreo, islas privadas, yates, aviones, cortejos de sirvientes y otros lujos que puedan disfrutar estos modernos Cresos, sus dispendios no podrían absorber en su totalidad el consumo de la renta generada por ese enorme capital que se les atribuye. Ellos simplemente están situados en el vértice de una pirámide en cuya cúspide hay mucha más gente de la que parece. Comparada con la totalidad de la población mundial, esa cúspide es una minoría; contemplada con una óptica más cercana, la que concierne al interior de la "sociedad civil" del Norte, esa cúspide está compuesta por millones de personas.

De otra forma no se explicaría cómo prácticamente la mitad del combustible y de los productos derivados del bosque son consumidos en los siete países más desarrollados de la OCDE. Por muy egoístas, perversos y malnacidos que fueran, los Quinientos no podrían materialmente quemar por sí sólos tanto combustible ni pisar tantos millones de hectáreas de tarima de maderas nobles. Luego, aunque el grado de riqueza no sea exactamente el mismo entre todos los que se encuentran en lo alto de la pirámide, la realidad es que hay muchos más ricos de lo que generalmente se supone. En conjunto, son aproximadamente unos 500 millones de habitantes del Norte quienes consumen la misma cantidad de energía y recursos naturales que el resto de los 5.000 millones de individuos que integran la población mundial.

Estamos acostumbrados a pensar conforme a los significantes de un imaginario en el que la figura del "capitalista", caricaturizado con chistera, habano y Rolls-Royce, constituye el símbolo de la bestia negra a la que combatían los sindicatos y partidos de izquierda, nacidos para redimir la precariedad de una gran masa obrera explotada por una reducida clase propietaria. Hoy, sin embargo, ni los sindicatos pueden jactarse de contar entre sus afiliados a los parias de la Tierra ni los partidos de izquierda con posibilidades de llegar al gobierno representan los intereses de los verdaderamente explotados. Aparte de algún discursillo de conveniencia respecto a los excluidos, los sindicatos tan sólo defienden la estabilidad y condiciones del puesto de trabajo de ese tercio aproximado de la población laboral que disfruta de las ventajas de un empleo fijo y bien remunerado. El resto, los trabajadores eventuales y los parados no sólo no tienen cabida en el sindicato, sino que éste practica de hecho la discriminación laboral. Según datos recogidos en el último informe de gestión de la Ejecutiva Confederal de UGT, sólo el 35% de la plantilla interna de la organización tiene contrato indefinido, mientras el 47,5% de sus 2.355 trabajadores tiene contrato por obra o servicio y algo más del 8% a tiempo parcial.

"En casa del herrero, cuchillo de palo", como suele decirse, pese a lo cual este sindicato aprobó en su congreso de 1998 la creación de una Unión de Parados. Aun presumiendo buena fe en la iniciativa, una federación de parados dentro de un sindicato de trabajadores es una contradicción en sus términos que suscita recelos entre las propias bases, ya que si se concede a los parados el mismo derecho de voto que al resto de los afiliados, dadas las tendencias actuales de reducción del empleo disponible, con toda probabilidad el número de parados acabará superando al de los empleados. ¿Qué decisiones adoptaría entonces un congreso federal en el que los parados llegasen a ser mayoría? Para neutralizar ese riesgo interno, UGT cubrió el expediente de cara a la galería creando un simulacro de Unión de Parados en el que éstos no tienen los mismos derechos que el resto de afiliados. La muerte civil por decreto sindical.

Por su parte, esa izquierda "rosa" de Blair, en Gran Bretaña, de Schröder, en Alemania, o la que encarna el PSOE en España sin que sepamos muy bien quién es su líder ni cuál su proyecto social, para conseguir llegar al poder mediante las urnas debe modular sus propuestas en base a vagos términos centristas, como "progreso", "economía social de mercado" o "decidida lucha contra el desempleo", pero jamás se atreverán a incluir en su declaración programática una propuesta nítida de reparto social de la riqueza. Y esto es así porque, dado que el poder de los Quinientos y sus correspondientes instituciones (FMI, OTAN, etc.) no se cuestiona, antes bien la Izquierda Establecida aplaude con entusiasmo la globalización de los mercados y participa activamente en los órganos directivos de la gendarmería internacional, en tales condiciones ese reparto sólo se podría hacer a costa de la franja inmediatamente inferior en la escala de la riqueza, es decir, de esos millones de potenciales votantes que no están dispuestos a perder su actual estatus de ricos de segunda o tercera categoría. Ricos de medio pelo, pero ricos en definitiva, como demuestra su escasa inclinación a aflojar el cordoncillo de su alforja.

Estos ricos no tienen un Rolls-Royce, pero no es infrecuente que dispongan de más de un automóvil por familia. Ninguno de ellos es Henry Ford, pero son los encargados de cumplir la estrategia marcada por éste cuando, en los años veinte, decidió unilateralmente fijar en sus fábricas el salario mínimo de 5 dólares ya que, como él mismo se preguntaba con buena lógica, "de otra manera, ¿quién compraría mis coches?". Ninguno de ellos se puede comparar al sultán de Brunei, pues no poseen grandes fincas de recreo ni acostumbran a reservar las lujosas suites de los hoteles de élite; pero no es raro que millones de estos ricos posean una segunda residencia en una urbanización de la sierra o de la costa o, cuando menos, agoten las reservas de habitaciones en todos los hoteles cada vez que la cultura del consumo celebra el ritual del week end, y pone en movimiento esos 13 millones de vehículos que circulan al unísono por las carreteras camino de las playas, estaciones de esquí y "lugares con especial encanto" descritos en la nueva geografía ibérica del consumo. Ninguno de ellos tiene el poder financiero de un Soros o de un Vinik; pero estos ricos, en conjunto, son los verdaderos propietarios de ese patrimonio de 32 billones de pesetas depositados en los fondos de inversión de los bancos españoles. Ninguno de estos ricos posee una legión de criados, pero el más tirado de ellos se hace servir alguna que otra vez por una asistenta, un camarero, un repartidor de comida rápida o un dependiente que trabajan en condiciones laborales precarias. Tampoco faltarán entre ellos quienes empleen el trabajo sumergido de un inmigrante para hacer una chapucilla en el "adosado" conseguido gracias a la cooperativa sindical.

Si alguien tuviera la osadía de plantear en voz alta en un restaurante, en unos grandes almacenes o en mitad de un concurrido paseo marítimo la pregunta: "¿hay algún rico entre ustedes?", la mayor parte de la gente volvería asombrada la cabeza y negaría rotundamente con ella. Pero de nuevo se impone recordar a Monsieur Jourdain, pues toda esta gente habla en la prosa de los ricos aunque no lo reconozca. Son ricos un tanto vulgares, puesto que obtienen su renta de un salario, pero son, en definitiva, ricos que ven con buenos ojos la política llevada a cabo por la oligarquía de los Quinientos al margen de la soberanía de los pueblos, ya que de ella deriva la forma que tienen de acceder a la renta. Por supuesto son muchísimo menos ricos que los que aparecen en Fortune, pero no por ello dejan de compartir con los grandes la aspiración a recortar las ayudas sociales a los realmente pobres. De otra forma no considerarían que una de las tareas del Gobierno consiste en bajar los impuestos, aunque ello signifique que tres de cada cuatro parados no reciban subsidio al desempleo o que haya viudas viviendo en la miseria.

Así pues, a estos ricos les parecen de perlas las medidas que adopta la gendarmería internacional para salvaguardar el Nuevo Orden Global, y miran hacia otro lado cuando la aviación estadounidense descarga periódicamente su mortífero poder sobre la población civil de Irak. Hay que mantener la estabilidad en la zona del Golfo productor de crudo (sin gasolina barata no hay vacaciones). Estos ricos permanecen impasibles ante los recortes del subsidio de paro (reduciendo el gasto público me bajarán el IRPF y puedo comprarle a Bill Gates el último gadget informático). Estos ricos aplauden cuando la policía local pone en marcha redadas para detener a los ladronzuelos de coches y a los cacos que desvalijan las viviendas mientras sus dueños están de vacaciones (la seguridad ciudadana, no se olvide, comienza en la portezuela de mi coche). No pretendo insinuar que deba aplaudirse al ladrón, pero ¿correría el riesgo de que alguien sienta la tentación de robar mi coche si todo el mundo tuviera acceso a comprar un automóvil?

Por inercias del pasado, el discurso de la izquierda tiende a presentar a los empresarios como la clase antagónica, sin parar en mientes de que buena parte de sus afiliados y sindicados integran la corporación de anónimos accionistas del capital a través de los fondos de inversión. En los países desarrollados, el capitalismo ya no significa el poder de unos pocos, sino el modelo que rige los comportamientos de millones de personas diferenciadas únicamente por su pertenencia a un determinado segmento de "poder adquisitivo". Pero varios millones de personas no tienen acceso a ese vulgar poder del consumo. Para ellos se han inventado la Policía, la Judicatura y la Administración Penal, conspicuas subdependencias del Establecimiento atendidas por profesionales que, protegidos por sus correspondientes sindicatos, obtienen un pingüe salario. Sólo en el sistema carcelario, el Estado español gasta una media de 8,5 millones de pesetas por recluso, y no creo que sea porque los presos se desayunen con caviar.

No reprocho a los trabajadores del Norte que aspiren a vivir con cierta decencia y confort, pues jamás he suscrito el "socialismo de alpargata", pero el socialismo deja de ser un referente ético cuando no se extiende al conjunto del pueblo. Nadie puede negar que las medidas tomadas por los centristas y socialistas que se sucedieron en el Gobierno durante los últimos veinte años asentaron en España las bases mínimas de un Estado del Bienestar al estilo europeo, creando unas instituciones que la derecha no se ha atrevido todavía desmontar del todo. Pero no nos engañemos con falsos espejismos, porque siguen existiendo, o más bien se han creado a lo largo de esos años, 8.000.000 de pobres.

Es cierto que hoy el Estado garantiza a todos los ancianos una pensión mínima aunque no cumplan los requisitos exigidos por la nueva ley de Seguridad Social, pero no es menos cierto que esa pensión básica es de unas 30.000 pesetas mensuales. Una renta equivalente al dinero de bolsillo que un ciudadano "integrado" se permite dedicar mensualmente a consumos tan elementales como llenar de depósito del coche, desayunar por las mañanas en el trabajo, tomar un café después de la comida, comprar un periódico y un paquete de cigarrillos. Aproximadamente, eso es lo que vienen a costar unas botas de esquí. Pues bien, eso es todo lo que cobrará un trabajador que tenga la desgracia de quedar en paro a los 50 años, pues, por un lado, es harto difícil que nadie le contrate a partir de esa edad, y por otro, para tener derecho a una pensión contributiva (en la que se reconocen los años cotizados a la S.S.) la ley exige que al menos los dos últimos años se hayan cotizado dentro del periodo de los 15 años anteriores a la jubilación, que legalmente se produce a los 65 años.

Algún experto en la teoría de la relatividad económica ha tenido incluso la osadía de proponer que se revise el Índice de Precios al Consumo y se establezca una escala específica para los jubilados, al entender que tienen gastos más reducidos. A la gente de edad avanzada tal vez no le apetezca patinar en una resbaladiza pista de esquí, pero podría, verbigracia, desear mecedoras a pedales. ¿Queréis decirme quién puede exhibir la solvencia moral suficiente para establecer el puñetero patrón de consumo por el que debe regirse cada categoría social? Para los ocho millones de españoles cuya renta no alcanza el 75% del salario mínimo, la pretendida igualdad es una quimera. El aparatoso movimiento de vehículos de fin de semana y vacaciones, las colas en las rebajas o los codazos por conseguir mesa en el restaurante de la playa, son cosas totalmente ajenas a ellos.

Gaudeamus igitur, distinguidos cantores de alabanzas a la modernidad políticamente correcta. Celebremos, pues, la justicia de los rectores de ese Estado del Bienestar que, como nuevos Estrabones, han dividido el territorio social en dos Hispanias: la Citerior y la Ulterior, La una, haciendo ostentación de su opulencia en los atascos de fin de semana; la otra, contemplando el intenso tráfico de los automóviles desde la marginalidad de la cuneta. Se empeñan algunos en buscar "nuevas alternativas de izquierda para el año 2000" cuando ni siquiera son capaces de exigir a sus partidos que incluyan en el programa algo tan sencillo como la garantía mínima de que toda persona de este país, sea hombre o mujer, esté en el paro o en la jubilación, reciba del Estado una renta que le permita vivir con la dignidad que corresponde a un ser humano. Hablo de recibirlo hoy, que es el presente en el que vivimos, no en el año 2020, en el que, por lo visto, las "activas políticas de empleo" diseñadas por los expertos dicen que habrán conseguido acabar con el paro. Mas, para entonces, muchos de los que hoy sufren escaseces habrán muerto, y para este último viaje, dilectos compañeros de la Izquierda Establecida, no hace falta aparejar grandes alforjas teóricas.

España, la décima potencia económica del mundo (séptima según Gaviria) tiene aquí y ahora recursos suficientes para que sus ocho millones de pobres dejen de serlo de inmediato. Una verdadera política de izquierda debería ir inexcusablemente orientada en esa dirección. Lo demás: la productividad, el mercado, Maastricht y resto de historias forma parte del cuento neoliberal de la lechera, no del discurso de la izquierda. ¿Qué se hizo de ese amor por el Bienestar público de cuyo triunfo se mostraba Galbraith tan seguro? Porque no fueron precisamente susurros amorosos los que salieron de los labios del duetto González-Solchaga cuando afirmaron sin ningún pudor que el seguro de desempleo crea vagos. Tampoco parece inspirada precisamente en la ternura la posición que mantuvo García Vargas, ministro de Defensa del PSOE, al mostrarse partidario de recortar el gasto social en beneficio del presupuesto militar. Recurro de nuevo a Fernández Buey para describir las coordenadas del mapa político que sirve de guía a la Izquierda Establecida:

Hoy en día la única nacionalización que la mayoría de estos partidos admite es la de las pérdidas de las grandes empresas privadas; la competición mercantil ha pasado a ser para ellos un equivalente de la libertad en los ámbitos nacional e internacional; los procesos económico-sociales han quedado reducidos a mera crematística; el desempleo de masas apenas es visto como simple consecuencia marginal del inevitable proceso de modernización; la consolidación de los beneficios bancarios y empresariales se les aparece como intocable motor de la iniciativa económica privada que fomenta el fin de todos; el mantenimiento de los ejércitos permanentes y el apoyo a la principal alianza militar existente son datos inamovibles de una situación invariable; la venta de armas a los tiranos de todo el mundo es parte del sapo que hay que tragarse para ocupar un lugar bajo el sol en el capitalismo imperialista; las nuevas alienaciones y enajenaciones relacionadas con la atomización y flexibilización de la fuerza de trabajo o con el trabajo en precario constituyen un efecto tangencial del necesario saneamiento de las industrias en la competición internacional.

Ein Gespenst geht um in Europa. Un fantasma se cierne sobre Europa, si bien a finales del siglo XX ese espectro ya no está representado por el comunismo, sino por la pobreza galopante que no necesita infiltrarse a través de las paredes de papel de la democracia formal: la caída del Muro de Berlín abrió las puertas a la libre circulación del ectoplasma de la precariedad. Hasta ese momento, la existencia de la Unión Soviética era el referente que todavía sujetaba la lengua de los voceros del capitalismo europeo para pronunciarse abiertamente en contra del gasto social, el recordatorio del viejo temor bismarkiano a las revueltas obreras. Pero el desmoronamiento de la URSS (del que para ser estrictos no habría que culpar al capitalismo) hizo que los últimos bastiones de su área de influencia en el Este europeo se derrumbaran con la misma facilidad que un rimero de fichas de dominó.

Una vez caído el muro por la propia inercia de los materiales totalitarios con que había sido construido, la Izquierda Establecida (la que eliminó alegremente de sus programas el recurso a la lucha obrera sin preocuparse de contar con una metodología de recambio; la que hizo brotar en los claustros un florido plantel de investigadores de una supuesta modernidad tecnológica sin clases) se encontró completamente desarmada para oponer resistencia a lo que se le venía encima. Porque, para entonces, los partidos y sindicatos habían vendido la herencia del enorme poder acumulado por el movimiento obrero a cambio del mísero plato de lentejas servido en el plato del "compromiso fordista". Pan para ayer y hambre para hoy mismo. Opulencia consumista durante los "treinta años dorados" y desarme general para hacer frente a la ofensiva precarizadora del capitalismo en los 90.

Debería, no obstante, evitarse la tentación maniquea de considerar al conjunto de esa Izquierda Establecida como una panda de "traidores" a la causa obrera. Aunque la talla moral de algunos líderes concretos deje bastante que desear, el fracaso de la socialdemocracia hay que buscarlo en el gran error cometido al intentar gestionar lo ingestionable. La lógica del capital sigue una línea ciega, tendente exclusivamente a reproducirse a través del plusvalor. Esa lógica es completamente opuesta a cualquier proyecto de sociedad y, por ende, al proyecto que tiene como referente el socialismo. Una vez desmanteladas desde el interior de las grandes organizaciones de izquierda las defensas clásicas, un capitalismo que ya venía desplegando estratégicamente sus peones en el tablero geopolítico inició la maniobra destinada a dar el jaque definitivo al Estado del Bienestar. Utilizando la "apertura Maastricht" logró colocar sus alfiles en la diagonal de ataque; sus caballos saltaron las fronteras de la ideología política y se instalaron en el interior de las indefensas formaciones de izquierda. Fue entonces cuando las torres económicas del capitalismo avanzaron decididas para suplantar a los parlamentos en cualquier decisión política.

Poco a poco, la jugada maestra destinada a derrotar al Estado de Bienestar se ha ido aproximando a sus objetivos finales. Pero la partida no puede darse todavía por perdida si la izquierda, la izquierda real, sabe mover con inteligencia esa última pieza tanto tiempo obstaculizada por la inercia de los peones de la Izquierda Establecida, pero afortunadamente todavía intacta: la dama de la rebelión.

Entiendo por izquierda real el conjunto de ciudadanos que aún conserva la memoria histórica de lo que significan las Cuatro Internacionales del movimiento obrero. Es la gente cuya manera de pensar en política toma como referente el radicalismo moral que constituye el gran legado de la izquierda. Por fidelidad al mismo, algunas personas decentes todavía siguen afiliadas al partido fundado por Pablo Iglesias, pero sus posibilidades de acción dentro de la organización actual serán completamente nulas mientras sigan aceptando las directrices impuestas por un aparato que bloquea la democracia interna de un partido que se ha convertido en una oficina restringida de empleo. En efecto, quien quiera hacer política no encontrará en el PSOE el mejor cauce para dar salida a sus inquietudes, pero si la aspiración de un individuo se reduce a encontrar un empleo bien remunerado, los partidos ofrecen grandes posibilidades a las personas provistas de un estómago capaz de digerir las raciones de obediencia impuestas por los encargados del comité de listas electorales. En el Establecimiento la sumisión suele estar bastante bien pagada.

A estas alturas, a los socialistas honrados que todavían militen en el PSOE, el único recurso que les queda es el ejercicio de la desobediencia civil dentro de las filas del partido, negándose a reconocer como líderes a quienes no defiendan aquí y ahora la instauración inmediata de un salario social para todos los parados y excluidos del Estado español.

La gente cuyo estómago político es algo más delicado y no soporta la obediencia que se guisa en las cocinas de los partidos, se encuentra hoy dispersa en una pléyade de minúsculos grupos de lucha por los derechos civiles, solidaridad frente a la exclusión, rechazo a los poderes establecidos bajo el signo del patriarcado y la explotación por el trabajo. Otros practican un activismo ecológico que intenta contener la devastación capitalista, situándose, por lo tanto, en posiciones de izquierda. Esta dispersión tiene la ventaja de dificultar su asimilación por el sistema. Sin embargo, mientras el capital actúa coordinadamente a través de las grandes corporaciones multinacionales, de la OTAN y del FMI, la izquierda real no está organizada en torno a una estrategia de acción común. Por decirlo de una forma simplista, esa izquierda mantiene una perspectiva de clase sin contar con los métodos de la lucha de clases articulada, por lo que corre un serio riesgo de quedarse reducida a la acción puramente testimonial.

La existencia de un pequeño número de ciudadanos díscolos, asiduos participantes de las minoritarias manifestaciones de protesta, no es cosa que inquiete a las autoridades. En cada ciudad, la policía dispone de un grupo antidisturbios especializado en controlar a estos "protestantes" a los que conoce casi por su cara, ya que siempre suelen ser los mismos con independencia del origen multitemático de la convocatoria. Y es que, como señala Pascal Brukner, "no podemos abrazar todas las causas y a la vez no interesarnos por ninguna [...] Una solidaridad que se solidariza en general apoya con el mismo entusiasmo las causas más dispares. Es una fidelidad puramente rutinaria a las figuras del exterior: los albaneses, los tibetanos, los kurdos, se van sucediendo en la casilla de las víctimas, es un rito preconcebido por adelantado para figurantes diversos [...] La atención que prestamos al mundo depende del ritmo trepidante de las noticias, pasa rápida y superficialmente sobre todos los puntos calientes del planeta. En esa mano tendida se presiente ya la retractación; esta solidaridad pavloviana sólo presta auxilio para replegarse mejor, y muere de no elegir nada".

La mera solidaridad con la infinita serie de injusticias que se producen en el planeta puede conducirnos a un estado de sobresaturación en la protesta que termine por volverla totalmente inoperante. "Requerida para prestar simultáneamente su atención a los hombres en particular y a la humanidad en general, la acción no puede responder a todas las expectativas ni acabar con todos los sufrimientos". Es preciso, pues, elegir y actuar aquí y ahora. Asistir a un concierto rock de solidaridad con la rebelión iniciada en Chiapas contra el neoliberalismo puede hacernos perder de vista realidades más inmediatas. Porque un rebelde, como advierte el subcomandante Marcos: "Es un gay en San Francisco, un black en Sudáfrica, un chicano en San Isidro, un anarquista en España, un palestino en Israel, un indio maya en las calles de San Cristóbal, el miembro de una banda Neza (bidonville de Ciudad de México), un judío en Alemania, un conciliador en el Ministerio de Defensa, un comunista en la 'postguerra fría', un artista sin galería ni portafolio [...] Un pacifista en Bosnia, una mujer en su hogar una tarde de sábado [...] un periodista que escribe libros para otros, una mujer sola en el metro a las 10 de la noche, un campesino sin tierra, un obrero sin trabajo [...] un estudiante desdichado, un disidente entre los adeptos al libre mercado, un escritor sin libros ni lectores y, desde luego, un zapatista en las montañas del sudeste de México. Marcos es un ser humano, como cualquier otro ser humano sobre la Tierra. Todos los explotados, los excluidos, todas las minorías oprimidas son Marcos. Todas y todos los que resisten y gritan: ¡basta!".

No se me escapa la necesidad que tiene la izquierda real de tejer nuevas redes teóricas para atrapar fragmentos de cohesión en el enorme océano de incertidumbre que rodea el presente. Tiene, es cierto, que pensar cómo habrá que actuar mañana para conjugar tecnología y política articulando una sociedad más humana; tiene que pensar en una sociedad del ocio creativo que recupere el sentido de vivir frente al sinsentido del consumo insostenible; tiene que abrir la mente a la concepción de una sociedad capaz de garantizar un ingreso básico a todo el mundo sin necesidad de que el Estado se encargue de leerle al individuo la cartilla del paro. Pero, ante la abierta ofensiva capitalista, la izquierda en su conjunto ha de reflexionar muy seriamente acerca de su papel, ya que la gran prioridad en estos momentos consiste en parar aquí y ahora la frenética carrera emprendida por el neoliberalismo.

Dejémonos de aguantar los cuentos de la lechera y agrupemos la fuerza dispersa en la tarea de imprimir un decidido giro a la izquierda en la política. Cuando giran en el sentido de las agujas del reloj, las llaves inglesas sirven para apretar las tuercas; pero las aflojan al actuar en sentido contrario. La política se puede considerar que responde a los presupuestos ideológicos de la derecha cuando refuerza la estructura del Establecimiento. Sólo puede ser considerada de izquierda una política destinada a ablandar la opresión que los mecanismos del Orden Establecido ejercen sobre las personas.

En cuanto a los medios se refiere, conviene recordar que la izquierda dispone del suficiente know how, por utilizar un barbarismo de moda, para pararle los pies al capitalismo. Para llevar a cabo esta tarea no tendría que inventar gran cosa, pues existe suficiente experiencia acumulada en el uso de ciertas herramientas de la lucha de clases frente al viejo darwinismo social que algunos han resucitado solapadamente. Téngase en cuenta que, puestos a hablar todos en el más crudo lenguaje darwiniano, si de lo que se trata es de elegir entre la supervivencia de los genes de la señora Tatcher o los nuestros, la elección está meridianamente clara; la izquierda podría impartir lecciones magistrales al respecto. Por lo tanto, si de lo que trata el problema en definitiva es de ofrecer una respuesta adecuada a la intensidad de la agresión, la solución más rápida consiste en aplicar un sencillo principio: contra la avaricia del capital, la virtud de imponer templanza a sus beneficios. Contra las leyes de guante blanco que esconde la mano de hierro que aprieta las tuercas, debemos oponer la desobediencia cívica. Ha llegado, pues, la hora de que la dama de la rebelión comience a hacer estragos en el campo del adversario que envió a sus damas de hierro para desmantelar nuestras defensas.

En las condiciones actuales de creciente precarización social, la necesidad de conjugar una respuesta contundente al capitalismo con el empleo de medios éticamente admisibles conduce inevitablemente a la acción directa. Antes de que el capitalismo aseste el jaque definitivo a las formas civilizadas de convivencia, queda una penúltima pieza por mover en el tablero de juego y esta pieza es, precisamente, la que posee mayor libertad de movimientos, la dama. Bastaría con que la dama rebelde, actuando con la autonomía que le es propia, desconectase unas cuantas instalaciones para comprobar con qué prontitud el Establecimiento —y esa izquierda infiltrada hasta el tuétano por las recetas de los galenos neoliberales— caería en la cuenta de que es preciso enfocar las cosas de otra manera en el juego político.

Ese sería el momento apropiado para que nos sentásemos todos a charlar pacíficamente en torno al calor de la democracia, pues, a partir de ahí, podríamos hablar "en positivo", como recomiendan los mentores bien pensantes de la modernidad. Sería posible hablar, por ejemplo, de repartir mejor el producto del trabajo realizado por las máquinas. Pero, a lo que se ve, no es posible abrir este diálogo sin la previa utilización selectiva de ciertas llaves inglesas que giren hacia la izquierda las tuercas de la máquina para hacer entrar en razón al Establecimiento. Si éste no es capaz de comprender que su bonita propuesta de laissez-faire sólo es entendible bajo la condición de que el juego esté abierto para todos, entonces habrá que romper definitivamente el tablero.

El interrogante que surge de inmediato se refiere a averigüar quién se encarga de poner el cascabel al gato. Confiar en que el espíritu de la rebelión prenda entre los miembros de los partidos de la Izquierda Establecida es del género tonto. Equivale a creer que los pájaros maman. Aunque no renuncio, como hice páginas atrás, a exhortar a mis coetáneos a rebelarse contra el Orden Establecido por una sencilla cuestión de dignidad personal, no se me oculta la enorme dificultad del asunto. El individuo que sustituye el amor propio por la querencia de las cosas envía la dignidad al baúl de los recuerdos, con el consiguiente riesgo de que, si un día pretende recuperar su contenido, se encuentre con la triste sorpresa de que éste fue vendido a un ropavejero.

Posiblemente, los militantes de la izquierda acomodada ya no tendrán arte ni parte en la nueva rebelión que se avecina (no como previsión de un profeta, sino porque las cosas están llegando demasiado lejos), pero podrían demostrar que conservan un mínimo de dignidad solidarizándose, o al menos no oponiéndose frontalmente, a la acción de los nuevos actores emergentes con que cuenta la izquierda de cara al siglo XXI. Unos actores a los que no se les han prestado todavía la debida atención, ya que se oyen campanas pero sin saber muy bien por dónde repican. Por ejemplo, escribe Vicente Verdú: "Efectivamente, no hay líderes, no hay nuevos manifiestos, no se escuchan los fragores de una gran revolución pero, en el fondo del sistema, la gran masa que no acierta a explicarse lo que pasa sabe bien que no desea lo que está pasando. Ni para su bienestar presente ni para su futuro de cooperación con los demás y con la naturaleza, el 'supermercado' es una estancia deseable y, si las masas no quieren este hábitat, ¿qué fuerza, que no sea un remedo fascista, podrá imponerlo sino como una cárcel? O bien, ¿qué fuerza fascista, se presente como se presente, no despertará, pronto un motín?".

En efecto, todavía no se ha desatado el gran motín a bordo del Establecimiento. Pese a los que opinan que con el apogeo capitalista contemporáneo ha llegado el fin de la Historia (con sus respectivas lecturas de optimismo o desaliento), a un observador atento no se le escaparían ciertos indicios de que las banderas de la insurrección se agitan desde hace tiempo entre el viscoso magma de la modernidad mediática que envuelve y enmascara la realidad. Aunque, para distinguirlas con claridad, quizá sea necesario contar con la sagacidad de un detective como Pepe Carvalho, vale decir, de su alter ego Vázquez Montalbán:

"Okupas", insumisos y parados, el siglo XX se despide haciendo balance del desorden que lega al XXI. Frente a los "okupas", el poder empieza a actuar con contundencia porque teme el carácter contagioso de una teoría de la expropiación de lo que no se usa [...].El movimiento "okupa" tiene una raíz ácrata como buena parte de los movimientos sociales originalmente espontáneos, y si inquieta es por la contaminación de teoría y práctica que puede difundir. Convergència i Unió y el PP tratan de solucionar cuanto antes el problema de los insumisos encarcelados y por encarcelar. En el futuro, los ejércitos mercenarios podrán cumplir las funciones de policía interior del establishment local o de gendarmería global de las multinacionales sin tener ya que disimular con banderas e himnos su finalidad economicista. La guerra del Golfo puso en evidencia elcarácter de los ejércitos al servicio de las empresas petrolíferas y de la tecnoindustria armamentista, necesitada de la activación periódica del mercado de armas y del ensayo de cada generación de armamento avanzado con cobayas humanas, a ser posible periféricos.

Los parados se constituyen en sujeto histórico insurgente y contemplemos lo que sucede en Francia y Alemania como un desafío a la hipocresía de lo políticamente correcto. La subversión futura no emergerá de una filosofía total y universal de la subversión, sino como respuesta a un elemental inventario de las necesidades social y mediáticamente incorrectas.

Practicantes de la desobediencia civil en su más genuina forma, los insumisos al ejército cuentan entre sus logros el mérito de haber restituido a la política parte de la dignidad perdida por la Izquierda Establecida. Con independencia de lo que el Movimiento de Objeción de Conciencia haya podido influir en la aceleración del final del servicio militar obligatorio, su radicalismo moral ha servido para dotar de un ejemplo ético a los llamados "nuevos movimientos sociales".

Estos nuevos movimientos a través de los que aflora la izquierda intentan ofrecer una respuesta al neoliberalismo mediante la "tematización" específica por parte de cada colectivo de un amplio elenco de reivindicaciones. Sin embargo, la propia heterogeneidad de los grupos obstaculiza la formación de un gran frente de rebelión social. Escarmentados por los nefastos resultados de las experiencias burocratizadoras, los nuevos izquierdistas huyen como alma que lleva el diablo de cualquier tipo de estructura que huela a organigrama. Los movimientos tienden a organizarse en muchos casos siguiendo el modelo de la izquierda libertaria, si bien el énfasis puesto en conservar la pureza de la organización no jerárquica conduce a veces a derrochar esfuerzos que podrían resultar más provechosos si se aplicasen íntegramente a la acción directa. Frente a esa incertidumbre, conjugando una irreprochable actitud ética con una clara visión del aquí y ahora, el pacífico anti-ejército de los jóvenes insumisos ha marchado con decisión sobre sus objetivos.

Por su parte, el movimiento okupa constituye en estos momentos otro de los bastiones donde se fragua una abierta desobediencia al sistema. Éste lo sabe, pues, como ya se ha advertido, "aprende muy deprisa". Dado que su policía no es tonta (lo que no excluye que, tomado individualmente, Romero el madero, el agente que inspira la copla del grupo Ska-P, sea tan duro de mollera como sus predecesores) reprime con contundencia a los "okupantes" de los viejos edificios en desuso que constituyen el "capital de reserva" de la especulación. El humo de los botes lanzados por el Aparato del Orden Público contra estos conspicuos inquilinos autónomos se confunde con el humo de la cortina de falacias tejida por el Aparato de Fabricar Mentiras. No conviene que cunda el ejemplo, y por ello se presenta a los "okupas" como si fueran una "tribu urbana" más, que se distinguiría por su afición a equipar los locales invadidos con muebles de desecho, en lugar de contarnos la verdad: que se trata de una gente con la cabeza perfectamente amueblada con herramientas conceptuales de izquierda.

Sin embargo, los sectores más "ortodoxos" de la izquierda han sido más lentos que el Establecimiento en darse cuenta de la verdadera naturaleza de este movimiento. Haría falta que la brutalidad policial se manifestara en toda su crudeza durante el desalojo de los ocupantes del viejo cine Princesa de Barcelona, en noviembre de 1996, para que esos sectores de la izquierda teórica comenzaran a admitir a los "okupas" en su seno. Aunque a regañadientes, como reconocía una nota editorial de la revista Mientras tanto: "La incomodidad sentida por mucha gente de izquierda ante las formas violentas —muy magnificadas por los medios de comunicación— que tomó la respuesta del movimiento ante la brutalidad y soberbia policial o, más ampliamente, en relación a algunos aspectos de la misma cultura política que lo inspira, sugiere, una vez más, el hecho de que las formas de movilización de los de abajo, cuando se activan, no siempre, de hecho casi nunca, toman el carácter que habría deseado una determinada izquierda ilustrada". La nota pone así el dedo en la llaga, demostrando que en todas partes cuecen habas.

En cuanto a la supuesta violencia no ha sido más que un cómodo pretexto servido amablemente por el Aparato de la Mentira Sistémica. Los métodos de "okupación" son esencialmente no-violentos por la sencilla razón de que sus partidarios no se plantean tomar la Bastilla; su objetivo inmediato consiste en la puesta en servicio de viejos edificios en desuso, habitados tan sólo por los espectros del capital, y en esas condiciones sobra cualquier recurso a la violencia. Lo que no impide que, a la hora del desalojo oficial, cuando el Establecimiento le da carta blanca a Romero el madero para administrar la violencia a discrección, estos peculiares inquilinos no siempre estén dispuestos a ofrecer cristianamente la otra mejilla a los agentes. Pero, para hacernos una idea de lo que pretende el movimiento, será mejor escuchar a sus protagonistas:

¿Quienes son los/as okupas? ¿Los/as okupas mediáticos? ¿Y por qué no también las gentes de la llamada izquierda, que piensan y actúan radicalmente? Cualquier colectivo, grupo de afinidad, plataforma, etc. puede desobedecer al mando y entrar en líneas de actuación que quiebran la legalidad desde la legitimidad y las ganas de libertad: pueden okupar, ser insumisos, hacer objeción fiscal, abstenerse en el trabajo, participar en huelgas salvajes, hurtar en los supermercados, colarse en el metro, trucar la luz, obtener irregularmente subsidios... formas de apropiación del tiempo de vida que, por descontado, también pueden ser legales.

Así se expresa el texto de una hoja volandera, firmada por Carlos, escrita en el ámbito de El Laboratorio, uno de los experimentos de "okupación" llevados a cabo en Madrid, al que la policía se encargó de poner fin con una discreta violencia para celebrar a su manera la Navidad de 1998. Pese a la cautela teórica con la que se expresa un texto que comienza por advertir "demos por supuesto que existe algo que se puede llamar Movimiento de Okupación", los objetivos del mismo no dejan lugar a dudas sobre su imbricación en la cultura de la izquierda. Se trata, eso sí, de un movimiento que, dada la magnitud del ajuste de tuercas efectuado por el sistema, intenta aflojar la presión de las mismas actuando aquí y ahora. La dulce somnolencia en los laureles ilustrados prefieren dejarla para otros.

Cada cual con su estrategia propia, los insumisos y los "okupas" han plantado cara a las modernas formas de extorsión del Orden Establecido. Sin embargo, en el horizonte de ambos movimientos se levantan ciertas nubes de incertidumbre. En el primer caso, porque el Establecimiento ha comenzado a hurtar el bulto al profesionalizar las Fuerzas Armadas. En el segundo, porque se apresura también a esconder el cuerpo del delito (la existencia de un tremendo excedente de edificios en desuso) procediendo a su derribo. Quedarían, pues, los parados en la posición de primera línea para emprender la rebelión cívica, ya que en este caso al sistema le resulta mucho más difícil escamotear el corpus delicti. Los desempleados constituyen una auténtica legión, un tercio al que no resulta factible licenciar fácilmente para que sus miembros se integren en la sociedad civil. Puesto que no cobran la soldada, parece lógico que los efectivos de este ejército de reserva se amotinen. Si, por ejemplo, a los parados se les ocurriera agruparse por millares en los centros "okupados", ¿qué mentira habría de inventar el Aparato mediático para intentar convencer a la opinión pública de que sólo se trataría de una nueva moda en las costumbres urbanas?

Tanto por la magnitud del colectivo como por sus circunstancias específicas, los parados configuran el sector social que con mayor legitimidad podría utilizar los métodos de la acción directa para evitar que la precarización impuesta por las servidumbres al mercado acabe convirtiéndoles en los esqueletos de Coriolano. El concepto de "muertos civiles" es el que mejor cuadra para definir a todas aquellas personas que no tienen un empleo fijo. A raíz del pacto fordista, el artificio social del empleo ha desempeñado una doble función: al tiempo que instrumento distribuidor de la riqueza, el empleo ha sido un elemento de estructuración social. "Si tienes empleo con contrato indefinido y alta en la Seguridad Social eres un auténtico ciudadano; si no, sólo parcialmente ciudadano", reconoce el sociólogo Mario Gaviria al referirse al gran problema de la exclusión social.

En efecto, si no se tiene dinero, o el valor del trabajo-mercancía se ha depreciado hasta alcanzar su nivel mínimo, es perfectamente inútil presentarse en el mercado. Si, para colmo, tampoco se aplican las garantías previstas en la Declaración de los Derechos Humanos para el caso de pérdida de la capacidad de sustentación, entonces la muerte civil puede convertirse en antesala de la muerte biológica. Esas 3.500.000 personas en paro que, en valor medio, registra en España la Encuesta de Población Activa (EPA) durante los últimos cinco años configuran un agregado social que, digan lo que digan los expertos, ni va a encontrar empleo —al menos en las condiciones de contratación y seguridad que amparan al "auténtico ciudadano"— ni cuenta con la garantía de la ayuda pública.

El Estado del Bienestar está siendo desmantelado pero, eso sí, mediante una voladura controlada que no levante demasiadas suspicacias a corto plazo. La mayor parte de los pensionistas actuales pertenece a la generación que participó en la Guerra Civil, les quedan pocos años de vida y sus pensiones son bastante bajas. Como grupo de población se habrá extinguido hacia el año 2010, así que el Establecimiento considera que puede aguantar hasta esa fecha manteniéndoles su exigua pensioncilla. Será a medio plazo cuando las reformas introducidas en el sistema estatal de pensiones afectarán de lleno a los futuros jubilados. Por ejemplo, los parados mayores de 45 años llegarán a esa fecha con un importante déficit de cotización, ya que la nueva regulación no les reconoce las cotizaciones anteriores y se limitará, en el mejor de los casos, a ofrecerles un miserable mínimo de subsistencia. En cuanto a los jóvenes, que trabajan a salto de mata en los empleos-basura, la mayor parte de ellos no ha cotizado apenas a la Seguridad Social.

En tales condiciones, ¿quién tendrá oficialmente derecho a jubilación pagada el día de mañana? Tal y como van las cosas sólo los que suscriban un fondo privado de pensiones. Pero la doctrina neoliberal enseña que no debemos esperar nuestra cena de la benevolencia del panadero, por lo que el sistema privado de pensiones sigue al pie de la letra el aforismo del celebérrimo economista Perogrullo: "los pobres son pobres porque no invierten". Difícilmente podrían generar un excedente destinado al ahorro los "beneficiarios" de esos nuevos empleos que los "expertos" se empeñan en crear: trabajos de ínfima categoría, mal pagados y a menudo serviles.

De alguna manera, la nueva división social que se está creando recuerda la que existía en la Grecia clásica, cuya celebrada democracia sólo concernía a un grupo escogido de ciudadanos que se hallaban exentos del trabajo. El ejercicio de cualquier oficio manual bastaba para poner en tela de juicio la condición de genuino ciudadano de quien lo desempeñara. Aunque fueran considerados personas libres, el menestral o el obrero pertenecían a la categoría inferior de los "banausos" (bánausoi). Aun no siendo completamente esclavos, en cuanto a derechos la condición banáusica no era equiparable a la del verdadero ciudadano. Al artesano, dice Aristóteles, "sólo le concierne la virtud en la misma medida que su servidumbre, pues el obrero manual tiene una especie de servidumbre limitada". Por ello, el Estagirita excluye de la clase de los trabajadores manuales de la categoría de miembros de pleno derecho de la Ciudad. En la actualidad, como observa Gorz:

La escisión de la sociedad en dos clases hiperactivas en la esfera económica, por una parte, y una masa excluida o marginada con relación a esa esfera, por otra, permite, pues, el desarrollo de un subsistema en cuyo seno la élite económica compra tiempo libre haciendo trabajar en su lugar a terceros, a bajo precio, para su beneficio privado. El trabajo de los servicios personales y de las empresas suministradoras de los servicios personales libera tiempo para esa élite y hace agradable su vida; los ocios de las élites económicas procuran empleos, con la mayor frecuencia precarios y a la baja, a una parte de las masas expulsadas de la esfera de la economía [...]. Se trata esta vez de una sumisión y de una dependencia personal frente a quienes se hacen servir. Renace una clase servil que la industrialización, después de la II Guerra Mundial, había abolido. Algunos gobiernos conservadores y hasta algunos sindicatos legitiman y favorecen esta formidable regresión social con el pretexto de que "permite crear empleos", e incluso de que los servidores aumentan el tiempo que sus amos pueden dedicar a unas actividades económicamente muy productivas. Como si realmente los ejecutantes de los "trabajos humildes" no fueran capaces de realizar también un trabajo productivo o creativo; como si quienes se hacen servir fuesen irreemplazablemente creadores y competentes a lo largo de toda su jornada; como si no fuera la idea misma que ellos se hacen de su función y de sus derechos la que quita las oportunidades de inserción económica e integración social a los jóvenes llamados a entregarles sus cruasanes calientes, su periódico y su pizza a domicilio; como si, por último, la diferenciación de las tareas económicas exigiera un grado de especialización tal que la sociedad debiese inevitablemente estratificarse en una masa de ejecutantes, por una parte, y una clase, por otra, de decisores y de técnicos irreemplazables y extenuados, que, para cumplir su tarea, tuvieran necesidad de una bandada de ayudantes al servicio de su persona.

Mutatis mutandis, el panorama de la exclusión social de esta pretendida sociedad civil vuelve a reproducir en cierta forma el esquema griego. Hay democracia, —esto es, plena integración social, disfrute de derechos y acceso al consumo de bienes— para la élite directiva, los propietarios y el privilegiado tercio de la población activa que todavía tiene un empleo fijo. Para el resto de la sociedad, el alcance de la democracia es relativo. En la medida en que las corrientes del mercado se apoderan del río económico, la sociedad se escinde y sus miembros quedan divididos en las dos orillas de la dualidad social. Para ser más exactos, el modelo de anti-sociedad creado por las tendencias del mercado se estructura en tres sectores perfectamente diferenciados. Por un lado, una élite de trabajadores adaptados a las nuevas tecnologías, con empleo fijo y excelentemente pagados, en la que se integran, entre otros, los "analistas simbólicos" que trabajan con las tecnologías de la información y el funcionariado con empleo vitalicio en la Administración. Un segundo tercio está condenado a la continua precariedad en el empleo; sus componentes reciben un salario menor e integran la reserva disponible para ser contratada eventualmente por meses, semanas e incluso horas conforme a las necesidades puntuales just in time de las empresas de élite. La última hoja del nuevo trébol social está compuesta por los excluidos del empleo: los parados.

Dado que la omnipresencia de elevadas cifras de parados es una molesta evidencia que contradice los cantos de sirena de los propagandistas de la fe en las virtudes del sistema, los encargados del censo intensifican sus esfuerzos para maquillar las cifras. Por ejemplo, en 1997, los propios responsables del Inem reconocieron haber excluido de las listas del paro a 1.750.000 demandantes de empleo. De los 3.872.000 españoles que se dirigieron al Inem en busca de un empleo, el Ministerio de Trabajo sólo contabilizó como parados a 2.118.000. Lo que significa que el propio organismo excluyó de su registro de parados a 1.753.000 demandantes de empleo. El director general del Inem explicó que, siguiendo un decreto de 1985, el Inem no considera como parados a personas que la Organización Internacional del Trabajo y, por lo tanto, la EPA, sí califican como desempleados. Entre éstos figuran los que buscan empleo de menos de tres meses de duración o menos de 20 horas semanales, los estudiantes que demandan su primer empleo y los jubilados que quieren seguir trabajando para complementar su pensión.

A la manipulación fáctica hay que añadir la conceptual, es decir, los esfuerzos teóricos encaminados a negar la premisa mayor con toda suerte de adornos de academia. Por ejemplo, tras su convincente demostración de que España se encuentra situada en el séptimo lugar de la producción y riqueza mundiales, Mario Gaviria es uno de los analistas que se niega a aceptar las cifras de la EPA. Su principal argumento es que, si España tiene una tasa de actividad económica similar al resto de países europeos, su tasa de paro debería ser equivalente a la media europea, es decir, del 12% y no del 22% que señala la EPA. "La verdad final de la competitividad de un país está en sus exportaciones [...] si no se trabajara tanto y tan eficazmente, España no podría ser el 8º país del mundo en intensidad exportadora [...] aquí no sólo hay tecnología y gestión ultramoderna, sino mucha más gente trabajando de la que parece y menos parados de los que declaran serlo a la Encuesta de Población Activa". Tras realizar una comparación de fuentes estadísticas, Gaviria se muestra partidario de realizar un "pacto estadístico", entre partidos, sindicatos e institutos de medición, que estableciera un nuevo método de estimación del paro real. "Las consecuencias para la población serían positivas, la gente no viviría tan angustiada por las malas noticias. Se vería que ni la presión fiscal es tan grave, ni el Estado del Bienestar ha tocado techo [...] Podríamos hasta hacer una gran fiesta por lo bien que estamos y, ¿por qué no?, crear una nueva fiesta nacional: el día del falso parado".

Esta conclusión es una ofensa a la inteligencia y a la dignidad de la ciudadanía en paro. Opiniones de este tenor son las que refuerzan la osadía del Gobierno. Como si el hecho de hallarse en situación de paro no fuera ya suficiente desgracia para una persona, el Establecimiento pretende, además, que los reservistas se mantengan en ordenada formación para su recuento. Pese a ello, en el Estado Mayor del ejército del paro español no cuadran los números. Entre el parte mensual que presentan los furrieles encargados del abastecimiento de subsidios y el recuento de los oficiales de guardia que observan el trasiego de parados que van y vienen por el campo de maniobras existe una gran discrepancia. Nada menos que se les ha "escaqueado" 1.000.000 de parados. Los furrieles defienden la exactitud de sus cifras con el argumento de que los datos de su libreta no dejan lugar a dudas, pues se trata de los reservistas que, efectivamente, se presentan al toque de fagina en el comedor del Inem.

Los estadillos del Instituto Nacional de Empleo, donde obligatoriamente debe inscribirse todo desempleado que aspire a recibir el cada vez más recortado subsidio, deben ser necesariamente exactos. Se trata de los parados a los que "se pasa lista" periódicamente y se provee parcialmente de un subsidio que sólo percibe 1 de cada 4 parados inscritos. Sin embargo, cuando los oficiales encargados de evaluar la situación general del acuartelamiento indagan, a través de la EPA, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística, se encuentran con una diferencia del orden de 1.000.000 de personas, hablando en números redondos. Esta acusada diferencia entre ambos recuentos es objeto de todo tipo de controversias.

Interpretaciones como las de Gaviria se deslizan por la peligrosa pendiente ideológica que responsabiliza al pobre de su desgracia, al sostener con el mayor descaro que los encuestados mienten. Otras interpretaciones ponen en tela de juicio los datos de la EPA criticando la técnica utilizada en su elaboración. La postura más ecléctica tiende a considerar que la EPA se elabora trimestralmente conforme con una metodología rigurosa y que utiliza conceptos homogeneizados en Europa, pero arrastra el lastre de la falsedad en las respuestas de los encuestados. Lo que nadie aclara son los criterios de los que parte la EPA para considerar que una persona está en paro, pues bastará que haya trabajado una sola hora durante la semana anterior a la visita del encuestador para no considerarla en situación de desempleo.

¿Existe una conjura dentro de ese "ejército de reserva" laboral para no presentarse a filas? ¿Miente deliberadamente un millón de personas en España al declararse en paro? Tal suposición es más que dudosa, porque en materia de empleo si existe alguna mentira ésta proviene del propio Establecimiento. Parece difícil aceptar que un millón de personas haya llegado al acuerdo tácito de fingir que está en paro, aunque resulta más plausible la hipótesis de que la gente no se tome la molestia de someterse a un control suplementario sin ninguna contrapartida. A partir del decretazo que recortó las prestaciones por desempleo, la inscripción en el registro del INEM no tiene interés práctico para quienes han agotado el periodo reglamentario de la prestación. El único sentido que podría tener esa inscripción sería de tipo político, si la izquierda decidiera apoyar una campaña de registro masivo en las oficinas de empleo destinado a dejar el triunfalismo oficial con el culo estadístico al aire.

Entra dentro de lo posible que algunas de las personas encuestadas por la EPA que declaran hallarse en paro estén realizando algún tipo de trabajo en ese momento. Supongamos que a una persona que lleva largo tiempo parada, sin percibir ingresos de ningún tipo, le surge la oportunidad de realizar algun tipo de actividad eventual por la que le ofrezcan una remuneración, ¿debería rechazarla de plano para poder seguir siendo considerado por la estadística como un parado químicamente puro? Ésa al menos parece ser la tesis de los que niegan veracidad a los datos de la EPA bajo el pretexto de que los encuestados mienten. "Mi hipótesis", dice Gaviria, "es que en España hay, como mínimo, unos 3 millones más de personas como población activa, 4 millones de personas trabajando más de las que dice la EPA y un millón menos de personas paradas de las que dice la EPA".

Parece que Gaviria, arrastrado por el optimismo, olvida una de las características de la economía actual: que su producto puede perfectamente crecer sin crear empleo. Esto es algo que Gaviria puede comprobar sin necesidad de alejarse de su mesa de trabajo. Hace años, un escritor mecanografiaba su original, entregando a la imprenta un farragoso manojo de folios llenos de tachaduras y adendas. Tal jeroglífico era interpretado por unos operarios expertos en criptografía que se encargaban de "picarlo" en los sistemas de composición. Imagino que Gaviria es un hombre de su tiempo, que escribe sus libros en un ordenador personal y entrega a la imprenta un impecable original en soporte magnético desde el que se "vuelca" sin problemas el texto a la pantalla del ordenador de ajuste de páginas. Se han eliminado así tres antiguos empleos: el teclista, el corrector y el atendedor. Si yo ahora aprieto la "t" de tecnología, mi leve pulsación sobre el teclado es la única que hará falta para que llegue hasta el lector. Es cierto que la productividad ha aumentado, y mucho. La cuestión es saber dónde han sido empleados los tres operarios de la bata azul. Y sobre todo, a qué ha sido dedicada la la plusvalía obtenida al amortizar esos tres puestos.

Por otro lado, este sociólogo deposita una excesiva confianza en la exactitud de la estadística. Ésta es una herramienta que indudablemente puede afinarse, pero un dato estadístico también viene a ser como una llave inglesa, que lo mismo sirve para girar a la izquierda o a la derecha las tuercas que sujetan la estructura sociológica de un país. Apretar la llave de la estadística hacia la derecha, justo cuando los ingenieros de la Máquina están haciendo lo propio en la caldera de ésta, puede acabar reventando el recipiente.

Por su propia esencia, los instrumentos estadísticos actúan igual que un termómetro introducido en un depósito que contiene un gas. El termómetro mide la temperatura media de las moléculas que se encuentran en el interior del recipiente, pero es incapaz de decirnos cuál es la temperatura real de cada molécula. Para ello haría falta tener la capacidad de un diablillo de Maxwell. Cuando utilizamos termómetros estadísticos podemos sufrir graves espejismos respecto a sus resultados sobre las personas. Pondremos un ejemplo: en 1998, al reducirse la tasa anual de inflación en siete décimas por debajo de lo previsto por el Gobierno, sus responsables se apresuraron a anunciar a bombo y platillo que "el poder adquisitivo global de los pensionistas aumentó en 50.000 millones de pesetas", dado que las pensiones habían sido revisadas en un 2,2% mientras que el IPC interanual fue del 1,4%.

El Gobierno no mentía, pues, en efecto, al medir la "temperatura global" del presupuesto de pensiones, el termómetro arroja el valor citado. Sin embargo, esa cifra estadística es irrelevante en el caso de cada "molécula pensionada". Dividiendo los 50.000 millones entre las 7.495.000 personas con derecho a pensión contributiva en 1998, resulta que la cantidad real que recibió cada una de ellas on the pocket fue de 6.671 pesetas anuales, lo cual tampoco es como para tirar cohetes. Dado que la pensión contributiva mínima es de 65.860 ptas./mes, las siete décimas de ganancia extra representan 461 ptas., que, multiplicadas por 14 pagas, arrojan la nada escandalosa cifra de 6.454 pesetas anuales. En cualquier caso, ese 0,7% que el Gobierno, en un alarde de humanitarismo, ha decidido incorporar a las pensiones, posibilitará que los jubilados más modestos se permitan ciertos lujos. Por ejemplo, adquirir 51 periódicos para poder leer los continuos reproches de la patronal celtíbera al sistema público de pensiones.

En lo que se refiere al empleo, la estadística produce espejismos muy particulares. Baste decir que el número de nuevos contratos registrados en el Inem durante el periodo de enero a noviembre de 1996 fue de 7.943.188. Una cantidad suficiente como para que, ya por esa fechas, se hubiera terminado el problema del paro no sólo en España, sino también en parte del Magreb. El espejismo se diluye en la medida en que, en nuestra travesía por el desierto estadístico, nos acercamos al supuesto lago de la abundancia y comprobamos que el 96% de tales contratos fueron eventuales. Los más cortos son los de interinidad, que duran 10 días, y los más largos los de nueva actividad, con un promedio de ocho meses. Los datos del Inem "revelan situaciones próximas al paroxismo en la búsqueda de empleo. Hay 2.000 personas que cada mes tienen hasta 15 contratos, de poco más de un día de media si se descuentan los festivos. La mayoría son contratados a través de empresas de trabajo temporal para realizar trabajos ocasionales".

Desafiando una vez más la evidencia de que la tecnología destruye puestos de trabajo, en vísperas del 1ºde Mayo de 1997 los líderes patronales y sindicales volvieron a renovar su inquebrantable fe en las virtudes del pacto fordista al firmar un acuerdo que la propaganda oficial se encargó de vender como "histórico". Tan novedosa tesis sobre la historia del trabajo postula que, escindiendo a los trabajadores en dos nuevas clases según su contrato (indefinidos ex ante e indefinidos ex post), el artificio social del empleo se recompondrá por sí solo. La bondad social de este nuevo experimento hubiera podido aceptarse siempre y cuando los firmantes, en prueba fehaciente de su confianza ilimitada en el nuevo pacto, hubieran incluido una cláusula que estableciera, también con carácter indefinido, un salario social para todas las personas en paro. Conforme a la propia doctrina aceptada por los firmantes, esta cláusula no habría hecho peligrar los sacrosantos objetivos de Maastricht, ya que, puesto que su flamante teoría predice que con la entrada en vigor de las nuevas medidas el número de parados descenderá a la velocidad de la luz, el gasto en subsidios habría de reducirse a un ritmo similar.

Como Carlos Marx advirtió, cualquier solución al desempleo que se intente llevar negociando con un ministerio del Trabajo no será otra cosa que la expresión de la impotencia. Durante los sucesos revolucionarios de 1848 en Francia, el obrero Marché dictó el decreto por el que el gobierno provisional que acababa de formarse se obligaba a asegurar la existencia de los obreros por el trabajo y a procurar trabajo a todos los ciudadanos. Cuando, pocos días después, el gobierno provisional olvidó sus promesas y parecía haber perdido de vista al proletariado, una masa de 20.000 obreros marchó hacia el Hôtel de Ville a los gritos de ¡Organización del trabajo! ¡Queremos un ministerio propio del trabajo! Comentando el suceso dice Marx: "¡Organización del trabajo! Pero el trabajo asalariado es ya la organización existente, la organización burguesa del trabajo. Sin él no hay capital, ni hay burguesía, ni hay sociedad burguesa. ¿Es que los ministerios de Hacienda, de Comercio, de Obras Públicas, no son los ministerios burgueses del trabajo? Junto a ellos, un ministerio proletario del trabajo tenía que ser necesariamente el ministerio de la impotencia, el ministerio de los piadosos deseos".

Sin embargo, los partidos y sindicatos de la Izquierda Establecida que desterró a Marx de su organización, perseveran en la impotencia al seguir insistiendo en la solemne estupidez de que es necesario "crear" puestos de trabajo pactando con el ministerio de los piadosos deseos. Frente a tales cortinas de humo, y, sobre todo, frente a la postura mantenida por los comentaristas cínicos que pretenden negar la realidad del desempleo aludiendo al trabajo sumergido, al fraude y a la picaresca, los parados deben pasar a la acción directa. Deben dejar de ser una simple estadística manejada por los burócratas del Orden Establecido y sustanciarse en un cuerpo social tangible que desmienta con su presencia las mentiras oficiales. Un cuerpo ciudadano que, en lugar de conformarse con las migajas sobrantes del gran banquete macroeconómico, reivindique su legítimo derecho a disfrutar del producto social existente aquí y ahora.

Pero para que llegue a la conciencia de su fuerza es necesario que el proletariado pisotee los prejuicios de la moral económica... que vuelva a sus instintos naturales, que proclame los derechos a la pereza, mil y mil veces más nobles y más sagrados que los tísicos derechos del hombre, concebidos por los abogados metafísicos de la revolución burguesa; que se empeñe en no trabajar más de tres horas diarias, holgando y gozando el resto del día y de la noche.

La propuesta emancipadora de Paul Lafargue, en El derecho a la pereza, no es una invitación a la holgazanería, sino una forma de resistencia ante la opresión del capitalismo cuando éste, en sus crisis cíclicas de sobreproducción, abarata la retribución de la mano de obra hasta conseguir que los trabajadores, "muriéndose de hambre, vayan a golpear con sus cabezas las puertas de las fábricas", implorando trabajo a cambio de un miserable salario. 150 años después de que Lafargue escribiera estas palabras indignadas, la oleada neoliberal vuelve a reproducir aquella situación con empleos temporales, contratos-basura y reducción de los subsidios por desempleo. Tales son los nuevos artificios creados por las élites para obligar a los trabajadores a plegarse a sus dictados.

Porque no será creyendo en los piadosos deseos que sirven para ocultar las claudicaciones sindicales, ni tampoco acudiendo a golpear con su cabeza en la puerta de las fábricas implorando un empleo inexistente, como los muertos civiles de la sociedad industrial conseguirán que se respeten sus derechos cívicos y sociales. Es preciso que resistan la continua invitación de los directores sociales a aceptar la precariedad. Un colectivo integrado, como mínimo en España, por 3.500.000 personas cuenta con el enorme potencial de ese poder dormido residente en las 30.660.000.000 horas anuales de ocio forzoso proporcionadas por el paro. Debidamente canalizado a través de acciones inteligentes, ese poder potencial tiene la capacidad suficiente para situar contra las cuerdas a cuantas instituciones del Orden Establecido acostumbran a preocuparse más por la libertad del mercado que por la libertad real de las personas.

La opulenta riqueza conseguida merced a los avances tecnológicos debería ser repartida de inmediato. La igualdad de oportunidades sólo se logrará dando a cada uno su parte para garantizar que, en tanto llega el paraíso prometido por el cuento neoliberal de la lechera, se facilite a cada persona el disfrute pleno de su derecho a la vida mediante la institución de un salario de ciudadanía. De no hacerse así, el supremo recurso a la rebelión que duerme en los laureles de la Declaración de los Derechos Humanos habrá de ser legítimamente despertado para aflojar, girándolas convenientemente hacia la izquierda, las tuercas de la maquinaria responsable de la opresión. Ha llegado la hora de que los peatones en paro rompan las cadenas que les impiden transitar con libertad por las avenidas de la sociedad civil.