L A   I Z Q U I E R D A   A   D E B A T E 

28 de mayo del 2002

Los herederos del austro-marxismo en la batalla ideológica

Miguel Urbano Rodrigues

Traducción de Marla Muñoz

En determinados medios intelectuales se desarrolla una campaña para la renovación del marxismo. Como el marxismo es, de acuerdo con el pensamiento de Marx, un sistema en permanente renovación para mantener sus potencialidades creadoras, ese debate debería ser saludado como positivo.

Muchos de los participantes en la citada campaña persiguen, sin embargo, un objetivo opuesto al anunciado, que, en la práctica, asume un ostensivo caracter anti-comunista, sobre todo en países donde existen partidos comunistas con fuerte implantación entre las masas.

La lectura de textos de esa ola de «renovadores» europeos y latino americanos, supuestamente empeñados en imprimir nuevo impulso al marxismo y reformar partidos en que algunos militan, me hizo retornar textos que había leído en la juventud.

Las analogías históricas en el análisis político, erigidas en método, siempre me han parecido peligrosas. Pero el conocimiento de los clásicos del marxismo y de las grandes luchas revolucionarias del inicio del siglo XX, en el marco en que se desarrollaron, así como las ideas y la personalidad de los protagonistas, es indispensable para la comprensión del presente.

Esto viene a propósito de la relectura que acabo de hacer de un libro en que Trotski se pronuncia sobre la nata de los intelectuales marxistas que conoció en Viena poco antes de la Primera Guerra Mundial.

Pertenezco a una generación de viejos comunistas muy alejados de las tesis de Trotski sobre la Revolución permanente. Admirando al escritor y respetando al revolucionario, identifico en su visión voluntarista y prospectiva de la historia y en su concepción administrativista del partido una actitud incompatible con el marxismo, tal como lo asimilé. Mi alejamiento ideológico de Trotski y una opinión desfavorable sobre el trotskismo nunca me han impedido, empero, considerar una estupidez y una iniquidad ética y política la eliminación en la URSS del nombre y de la obra del ex-presidente del Soviet de Petrogrado y ex-comisario de la Guerra del Gobierno soviético. Para mí nunca fue un crimen citar a Trotski al encontrar en sus escritos lecciones útiles. Es el caso del capítulo de su ensayo autobiográfico (1) en que relata el efecto de choque producido por el descubrimiento de los principales dirigentes de la social democracia austríaca, que, en la época, se asumía como marxista. En media docena de páginas retrata a Otto Bauer, Karl Renner, Max y Víctor Adler.

«Eran -escribe- personas extraordinariamente cultas, que sabían bastante más que yo de muchas cosas».

En la primera reunión en que participó con ellos en el Café Central de Viena, su sensación fue de deslumbramiento. Acompañó el conversatorio casi con devoción. Pero después el interés fue superado por el asombro. Percibió que «aquellos talentosos intelectuales no eran revolucionarios: encarnaban el tipo de hombre que es precisamente el opuesto al revolucionario».

Los austro-marxistas eran narcisos que se contemplaban con orgullo; vibraban con el esfuerzo teórico por ellos producido. Conocedores profundos de las obras de Marx y Engels, exégetas del «Capital», los brillantes marxistas vieneses eran «totalmente incapaces de aplicar el método de Marx a los grandes problemas políticos y, sobre todo, a su aspecto revolucionario». Escribían magníficos artículos, reveladores de su erudición, mas no superaban la asimilación pasiva del método.

Trotski es casi cruel al intentar definirlos: «Estos austro-marxistas no pasaban en general de buenos señores burgueses que se dedicaban a estudiar tal o cual partre de la teoría marxista como podían estudiar la carrera de derecho, viviendo apaciblemente de los intereses del Capital » .

Diferentes, coincidían en un sentimiento: todos temían la revolución cuya apología hacían en sus notables trabajos.

En los años que precedieron la guerra empezaron a sentirse mal cuando la posibilidad de ruptura del viejo orden que combatían de palabra dejó de ser encarada como utopía.

La guerra les secó las gargantas y cambió el rumbo y el significado de sus escritos.

La Revolución rusa los asustó. Tomaron prudente distancia.

Qué diferencia, comenta Trotski, entre aquellos señores, aristócratas del pensamiento, que apreciaban ser tratados por los obreros de «camarada herr doktor» y la simplicidad revolucionaria de Marx y Engels, que «sentían un sereno desprecio por todo lo que fuese brillo aparente, por los títulos, las jerarquías y las dignidades». Nada de lo que era humano les era ajeno, pero «la conciencia revolucionaria se alzaba siempre en ellos por encima de las contingencias del destino».

En Berlín, Trotski percibió que la social democracia alemana era diferente de la austríaca. En ella se hacía sentir el peso de personalidades como Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y el mismo viejo Bebel. Pero Kautsky, el «Papa de la II Internacional», como lo llamaban, envejecerá, se acomodará. Insistía en vulgarizar el marxismo como si fuese un maestro de escuela, imponiéndose ya como única misión conciliar el reformismo con la revolución. No ocultaba «su aversión orgánica a todo lo que significase trasplantar métodos revolucionarios a suelo alemán».

El proceso de revisión manipulatoria del marxismo, iniciado por Edward Bernstein, basado en la premisa de que el movimiento es todo, por lo que la revolución sería innecesaria, contaminaba a muchos de los dirigentes, frenando el ímpetu del partido, haciéndolo casi inofensivo.

Mientras Rosa y Trotski participaban como militantes en una gran manifestación obrera en Berlín, Kautsky optó por asistir como mero espectador. Entre él y el sentir del proletariado revolucionario existía ya un abismo.

***

Durante la dictadura de los generales trabajé en Brasil con dos o tres generaciones de intelectuales de izquierda que por entonces se decían marxistas. La mayoría galopó para la derecha. Actualmente muchos son epígonos de la globalización capitalista, como el Presidente Fernando Henrique, ex príncipe de la sociología marxista, padre de la teoría de la dependencia, hoy por él renegada.

En Europa, entre los críticos del neoliberalismo sacralizado y del hegemonismo imperial de los EE UU, abundan reformadores de la sociedad capitalista cuyo único denominador común es una aversión insuperable por el comunismo como proyecto, aunque remoto, de un mundo futuro, lejano. Unos se dicen marxistas, otros no.

Ocho años atrás fuí, en Pontevedra, junto con Boaventura Sousa Santos - profesor de la Universidad de Coimbra--, uno de los participantes de un seminario auspiciado por el Aula Castelao de Filosofía. El tema era la democracia en el mundo que emergía de la Guerra Fría, de la descolonización, de la desaparición de la Unión Soviética.

Boaventura en una mesa redonda final, después de expresar su no aceptación del leninismo, subrayó que la actitud crítica que asumía frente a la obra teórica de Lenin y a la intervención en la historia del gran revolucionario ruso no estaba acompañada de un rechazo global del marxismo. Para ser más explícito, informó que admiraba a los austro- marxistas.

Fue breve mi réplica. Me acordé de los Adler, de Otto Bauer y también del alemán Bernstein. La aclaración de Boaventura me pareció oportuna; demostraba lo obvio.

«Usted-Boaventura- comenté- lo dejó todo transparente. En Lenin no aprecia el revolucionario. Aquí pocos de los presentes, admito, habrán leído a los austro-marxistas. Pero, pregunto, ?por qué los admira usted? Porque no han sido revolucionarios, porque nunca representaron una amenaza para el sistema. Eran inofensivos.»

***

Incontables veces a lo largo de la vida, sobre todo durante los años del exilio brasileño, en las décadas en que América Latina fue un efervescente laboratorio ideológico, he intervenido en el debate sobre el binomio antinómico reforma o revolución.

El tema ha vuelto a ser actual, aunque el interés de la discusión sea inseparable del rechazo de paralelos infundados y de la conciencia de que el contexto histórico es profundamente diferente del anterior. No será con citas de Rosa Luxemburgo y Bernstein, desplazando el discurso hacia situaciones históricas de esa época, que el debate podrá hoy adquirir significado y utilidad.

El mundo contemporáneo, hegemonizado por la globalización neoliberal es una herencia del capitalismo reformado. Pero en este inicio del siglo XXI la idea de revolución, la frontera entre el reformismo revolucionario y las reformas de defensa del capitalismo son otras, inimaginables en la época de la Revolución de Octubre.

La correlación de fuerzas existente en la Tierra, sometida a un sistemna de poder que desarrolla una estrategia fascistizante, agresiva e irracional, de dominación planetaria, no permite siquiera prever cómo y cuándo surgirán condiciones para rupturas revolucionarias que eliminen del planeta el flagelo deshumanizante del capitalismo. Pero nuestra incapacidad para definir siquiera los contornos que asumirá el socialismo futuro no impide, antes exige, la condena firme de las campañas iniciadas por aquéllos que, alegando farisaicamente la necesidad de renovar el marxismo, están empeñados, a través de un discurso confusionista -imitando lo que aconteció en Italia y está ocurriendo en Francia- en dividir partidos que no han renunciado al marxismo- leninismo, creando condiciones para el lanzamiento de puentes que conduzcan a su descaracterización ideológica y posterior asimilación por el sistema dominante.

Portugal es, actualmente, ejemplo de ese fenómeno político como palco de un espectáculo en que no faltan cenas de estridencias shakespeareanas que los revolucionarios de otros países acompañan mal.

Modernas caricaturas de los austro-marxistas del comienzo del siglo pasado, los directores de escena portugueses de la comedia dramática en exhibición tienen en común con los Adler, los Bauer y los Renner -sin su cultura, talento, desprecio por el poder y sentido de la ética política- la aceptación inconfesada del orden capitalista, el rechazo a identificar en el pueblo el sujeto de la historia y el temor mal concientizado de la intervención de las masas rumbo a rupturas (aunque lejanas) que hagan desmoronar los pilares del engranaje capitalista. No son marxistas los dirigentes de esos «renovadores». Nunca han sido comunistas. No es el carné del Partido el que hace revolucionario a un dirigente, aun cuando haya pasado por el Comité Central.

Es mi convicción que aquéllo que está en discusión en estas semanas en el Partido Comunista Portugues merece ser acompañado con atención por los partidos, organizaciones y movimientos de izquierda de todo el mundo.

(1)Leon Trotski, Mi Vida, pgs 217 a 225, Compañía General de ediciones, México,1960