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O P I N I O N

5 de enero de 2004

Volver a fumar

Santiago Alba Rico
Novas de Galiza

Hace un par de meses la portada de un periódico nos daba la siguiente noticia: "Un ejemplo de superación: el piloto Alex Zanardi vuelve a conducir un coche dos años después de perder las dos piernas en un accidente". Mientras leía este titular se me ocurría espontáneamente, en una asociación involuntaria, otro igualmente sensato: "El triunfo de la voluntad: el ex-fumador Zano Alessandri vuelve a fumar dos años después de perder un pulmón a causa de un cáncer".

He aquí dos hombres -Alex Zanardi y Zano Alessandri- hermanados por su obstinado deseo de perder la vida a toda costa y, frente a ellos, una sociedad que se rinde admirada ante el suicida más rico, que depende para sus propósitos de un aparatoso BMW, y desprecia y rechaza, en cambio, al que sólo necesita para matarse un diminuto paquete de cigarrillos.

20 millones de aviones sobrevuelan todos los años nuestras cabezas. 800 millones de automóviles privados despiden a la atmósfera el 30% de los gases responsables del efecto invernadero, que mata a 150.000 personas cada año. Sólo en el Estado español mueren anualmente 5.000 personas en accidentes de tráfico. Y todos nos alegramos el pasado mes de septiembre, por supuesto, con la esperanzadora noticia, impresa con albricias en todos los periódicos, de que los ciudadanos españoles habían comprado más de un millón de coches durante los diez meses precedentes, ascendiendo la cifra en los últimos treinta días a más de cien mil. Hace unas semanas la comisaria europea de Medio Ambiente, Margot Wallström, anunciaba públicamente los resultados de los análisis a los que se había sometido voluntariamente: su sangre estaba contaminada con 28 sustancias tóxicas prohibidas por la UE por sus efectos cancerígenos; la del líder del grupo liberal en el Parlamento de Bruselas, Graham Watson, contenía 31; el mismo experimento realizado sobre 156 ciudadanos del Reino Unido ofrecía resultados semejantes. ¿Y bien? Mientras los fumadores son acosados, vilipendiados, arrojados con su vicio a los más siniestros excusados, excluidos de los seguros médicos y responsabilizados de sus dolencias hasta el punto de negarles su derecho a la Seguridad Social, los empresarios españoles se lamentan de la tragedia que suponen para la industria de nuestro país los acuerdos de Kioto, cuya aplicación va a costarles algunos millones de euros, y exigen al Estado -ellos, habitualmente tan reacios a toda intervención estatal- que compre a cargo del presupuesto público "derechos de contaminación" a naciones más limpias: es decir, reclaman que los ciudadanos españoles paguen a las empresas por envenenarlos, como en la espeluznante película Brazil los detenidos tenían que correr con los gastos de las torturas.

Bien está que se siente en un banquillo al ángel exterminador de la Philip Morris, adulterador asesino de miles de personas, aunque esto sólo sirva -como en general la sensibilidad ecológica de los occidentales- para desplazar el negocio de la muerte hacia un indefenso Tercer Mundo. Pero conviene no cerrar los ojos a la evidencia de que la "corrección política" contribuye sobre todo a que tengamos los ojos cerrados; de que, bajo su aparente racionalidad civilizada, los valores "políticamente correctos" sirven básicamente para culpabilizar al individuo a medida que se le priva de soberanía y para irresponsabilizar a los gobiernos y las empresas a medida que se dotan de un poder más irresistible. Se acaban de cumplir veinte años del escape venenoso que mató en la ciudad india de Bophal a 8.000 personas en una sola noche (tres veces las víctimas de las Torres Gemelas) y ningún directivo de la Union Carbide ha sido condenado, no obstante haberse demostrado que la instalación incumplía todas las medidas de seguridad preceptivas: después de todo, como probaba calculadora en mano el ex-funcionario del Banco Mundial Lawrence Summers la vida de un indio vale cincuenta veces menos que la de un estadounidense. Una serie de decisiones rutinarias, desconectadas e invisibles -intramusculares, si queremos-, como las de Eichmann en su oficina, producen inevitablemente un "accidente" y aceptamos que esta categoría fraudulenta incube sus huevos de destrucción en las condiciones mismas de nuestra existencia -el cuerpo y el aire. El "accidente" se ha convertido en la estructura misma de nuestra vida: nos resignamos a las vacas locas, al chapapote, al maíz transgénico y a los bombardeos en Iraq. Los hombres mueren por accidente y viven, por tanto, de milagro. El aumento gargantuesto del consumo de carne en Occidente está matando de hambre a cientos de miles de campesinos del Tercer Mundo que cultivan piensos para nuestros pollos; el uso jadeante de teléfonos móviles y ordenadores personales ha matado a tres millones de congoleños en los últimos cinco años; pero el gobierno nos advierte acusador de que el tabaco es perjudicial para nuestra salud. Lo que podemos hacer es dejar de fumar y perseguir a los fumadores. Roma está ardiendo; apaguemos los cigarrillos.

La irresponsabilidad de las multinacionales es, en efecto, directamente proporcional a la culpabilización de los individuos. A mayor irresponsabilidad mayor culpabilidad. En el orden antropológico, el objeto de esta criminalización se llama tabaco; en el orden político, "terrorismo". Creo que ha llegado el momento de que acometamos un acto supremo de voluntad y volvamos a fumar, aunque tengamos que excavar para ello una catacumba; creo que ha llegado el momento de acometer un acto supremo de superación y volvamos a protestar, aunque nos acusen de "terroristas". Después de todo, es lo más inocente, lo más inofensivo que podemos hacer en este mundo.

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