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O P I N I O N

26 de septiembre de 2003

Casaldáliga

Joaquín Navarro
La Razón

El mismo día en que se publica la exortación del cardenal Rouco y los seis obispos de Madrid (¿cuánta púrpura concentrada!) para que los cristianos recuerden, de cara a las elecciones del 25 de mayo, «algunos principios elementales de la moral política», con un enérgico rechazo del divorcio, el aborto y la eutanasia y no voten por opciones partidarias que favorezcan estas plagas de la convivencia, mucho más terribles que las de Egipto. El mismo día en que los indígenas se rebelan en Bolivia, decretan el estado de sitio y aíslan La Paz para exigir del Gobierno rectificación y reparación después de la terrible matanza de Sorata. El mismo día en que se celebra la Conferencia sobre las raíces del mal en Nueva York, en la que Aznar defendió con fervor que el terrorismo sólo tiene consecuencias y no causas y que hablar de éstas significa ennoblecer la actividad terrorista, sea la que fuere, sin que la libertad o la opresión tengan nada que ver con el asunto. Ese mismo día ¬lunes, 22 de septiembre de un año tan rico en felonías eclesiásticas, como la implantación por «huebos» de la clase de Religión¬, es relevado el obispo Casaldáliga nada más cumplir setenta y cinco años. El Vaticano no ha perdido ni un minuto, exhalando suspiros de alivio tan rotundos como los del padre Zeus al comprobar el ayuntamiento de Océano con la doncella Tetis. Pedro Casaldáliga es un obispo escandaloso, intolerable, revolucionario y, encima, creyente. Su diócesis en el Mato grosso, junto a la Amazonia brasileña es la de Sáo Félix de Araguáia. Allí, ricos y latifundistas, especuladores y verdugos de todo calado y solvencia han organizado fiestas impopulares por la marcha del obispo. También los militares, que perseguían su vida desde hace mucho tiempo para favorecerla con la eternidad. También los católicos de horca y cuchillo, hartos de un obispo volcado por los «problemas materiales» de los pobres y dimisionario de la moral política de cualquier obispo que se precie. Consiguieron que la inquisición vaticana lo convocase para un proceso depurativo. Era militante práctico de la teología por la Liberación, enemigo de latifundistas y militares, objetivo esencial del ansia homicida de la dictadura. No prosperó el proceso. Era demasiado limpio hasta para el Vaticano. Llevaba en su sangre el rumor profundo de toda la Amazonia y la locura sagrada por la libertad de los suyos.

Se equivocaron un día los policías enviados para asesinarlo. Mataron por error a su amigo y colaborador el jesuita Joao Bosco Burniela, que murió desangrado a los pies de su obispo. Pero no lo doblegaron. Era pastor, revolucionario, poeta, profeta y hermano de sus hermanos. Durante más de treinta y cinco años vivió en su pobre casa de campesino, en el lugar más desolado de su tierra. Su divisa era una síntesis genial de pobreza, estoicismo, valor y rebeldía. «No poseer nada, no llevar nada, no pedir nada, no callar nada y, de paso, no matar nada». Luchó por crear en su pueblo la conciencia de sus derechos, coraje y decisión para reclamarlos. Defendió los derechos de los campesinos. Gritó contra las atrocidades de los latifundistas, contra los incendios provocados en la selva, por los derechos pisoteados de los indios tapirapés. Hombre de paz, amor y libertad, se quedaría en su tierra si el obispo que lo suceda decide «seguir nuestro trabajo de entrega a los más pobres». De lo contrario, se irá a convivir con los más olvidados. En la Amazonia del Mato grosso muchas estrellas son ojos de amigos muertos que se acuerdan de su hermano Pedro Casaldáliga. Lo peor para el Vaticano y lo mejor para sus amigos es que los hombres así rebeldes no puedan ser relevados. ¿Quién releva a los océanos, a los volcanes y a los terremotos? Mientras, Alcántara continúa con su soleá: «No digo que sí o que no / digo que si Dios existe / me debe una explicación».

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