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O P I N I O N

7 de octubre de 2003

Terrorismo y democracia

Alberto Piris
Rebelión

El pasado jueves, el Gobierno de Israel manifestó su intención de construir unas 600 viviendas nuevas en tres asentamientos ilegales de Cisjordania, vulnerando una vez más el ya agonizante plan de paz de Palestina. Conviene recordar que la declaración oficial se produjo al día siguiente de aprobar la prolongación del muro de aislamiento que está desmembrando el territorio palestino. Se configura así un paso más en el continuo desafío de Ariel Sharon para evitar cualquier plan de paz que no sea resultado del aplastamiento definitivo del pueblo palestino. De ese modo, el Estado que podría ver la luz algún día sería un mosaico fragmentado de pequeños territorios separados entre sí, insertados en una sólida red de asentamientos judíos y sin la menor viabilidad práctica, menospreciando todas las resoluciones de Naciones Unidas al respecto.

Washington parece no advertir que decisiones de ese tipo son un eficaz combustible que alimenta el terrorismo. Combatir éste con una mano, como hace Israel aplicando fórmulas de terrorismo de Estado (la más notoria: los asesinatos selectivos), y exacerbarlo con la otra, prosiguiendo el descuartizamiento de Palestina, es una política que atraerá sobre Oriente Próximo los rayos del más desesperado terrorismo. Lo demuestra el brutal atentado suicida del sábado, en la víspera del Yom Kipur, la principal festividad del calendario judío.

Como ya comenté en estas páginas ("Los dos terrorismos de Bush", 11 de febrero de 2003), el terrorismo es un concepto que se aplica, sobre todo, para atacar al enemigo. Existen definiciones oficiales de este fenómeno y en el lugar citado aludí a la adoptada por EEUU. Sin embargo, esas definiciones son inútiles en la práctica, porque no distinguen entre los terroristas "buenos" y los "malos". En la realidad, las decisiones políticas sobre el terrorismo no se basan tanto en la naturaleza del hecho delictivo como en la adscripción política del sujeto que lo practica. Cuando se ha dirigido contra los "enemigos" (contra la URSS en Afganistán, contra el Gobierno sandinista de Nicaragua o la Cuba de Fidel Castro) nunca el terrorismo ha suscitado tantos reproches ni acciones de represalia como cuando lo sufrimos "nosotros". De ahí que a efectos prácticos resulte inútil la retórica antiterrorista emanada de la Casa Blanca y seguida tan al pie de la letra por los gobiernos de Londres y Madrid en el caso del terrorismo atribuido al extinto Gobierno de Sadam Husein.

Dentro de estas limitaciones conceptuales hay que aceptar que Israel actúa a menudo con métodos terroristas y, por tanto, puede ser calificado como Estado terrorista. Esto no es nada excepcional, ni es el único país que los usa. La cultivada Francia los utilizó para atacar a Greenpeace; EEUU, el Reino Unido y Turquía, por ejemplo, también han recurrido al terrorismo para enfrentarse a estados u organizaciones que no les complacían. Algunas acciones de los GAL ponen a España en la lista de estados que no han vacilado en servirse de él para alcanzar ciertos objetivos políticos.

Se complica aún más esta cuestión cuando se intenta emparejar el desarrollo de la democracia y la acción antiterrorista -de lo que tantos gobiernos alardean hoy-, pues en tal empeño suele quedar de manifiesto la usual hipocresía de algunos gobernantes. Un caso muy reciente ocurrió cuando el Gobierno de Ankara, apoyado por la mayoría de su población, se opuso a la entrada de tropas estadounidenses en Turquía, para cerrar por el norte la tenaza con la que se iba a invadir Iraq. El Gobierno de EEUU puso el grito en el cielo y el inefable Paul Wolfowitz, número dos del Pentágono, criticó la "blandura de los militares turcos" que permitían que su Gobierno se dejara arrastrar por los deseos del pueblo turco. Parecía estar pidiendo un nuevo golpe de Estado que diera al traste con la incipiente democracia turca pero permitiera a Washington salirse con la suya. ¡Ejemplar respeto por la democracia! Como cuando se criticó a la Vieja Europa que, atenta al sentir de sus ciudadanos, se resistía a seguir la engañosa aventura bélica de Bush, y se alabó a la Nueva Europa donde los gobernantes, haciendo oídos sordos a lo que en la calle pedían sus gobernados, insistieron en el apoyo indiscriminado a las decisiones bélicas del Pentágono. Bush alabó precisamente el "coraje y la fuerza" de los políticos europeos que estuvieron menos en sintonía con sus propios pueblos. ¿Es ésa la esencia de la democracia?

En resumen: si el mundo occidental, siguiendo las pautas impuestas por Washington, apoya el terrorismo bueno contra el malo, y si considera que la democracia es algo positivo para los pueblos siempre que éstos no intenten sacar los pies del tiesto y oponerse a lo que se decide en la Casa Blanca, tendremos terrorismo para mucho tiempo. Y también tendremos que afrontar la pérdida de credibilidad de la democracia, cuando se empiece a sospechar que es una simple coartada para que los poderosos de siempre sigan haciendo lo que mejor saben hacer: imponer a los demás su propia voluntad. Quizá haya que aceptar que así sea, si no queda más remedio; pero, al menos, se tendrán que quitar la careta y todos sabremos mejor cuáles son sus verdaderos móviles.

* General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)

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