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O P I N I O N

11 de octubre de 2003

Más amenazas ultraderechistas en Europa

Octavio Rodríguez Araujo
La Jornada

España está gobernada por José María Aznar, del Partido Popular. En Portugal el presidente es del Partido Socialista (considerado socialdemócrata), pero el presidente del Consejo de Ministros (equivalente a primer ministro) es José Manuel Durão Barroso, quien es del Partido Social Demócrata, que contra lo que su nombre indicaría, es un partido de derecha más o menos extremista. En Italia el presidente del Consejo de Ministros (también equivalente a primer ministro) es Silvio Berlusconi, quien llegó a poder con un partido personalista (Forza Italia) en alianza con la ultraderecha de Alleanza Nazionale y Lega Nord, además de los democristianos y del Nuovo Partito Socialista Italiano (que, como el PSD portugués, tampoco es socialista sino de derecha).

Se entiende entonces que estos tres gobiernos hayan propuesto que la nueva Constitución europea, en su preámbulo, enfatice las raíces cristianas de Europa. Es más difícil de entender que el gobierno de Polonia apoyara esa iniciativa, pues tanto su presidente Aleksander Kwaśniewski, como su primer ministro Leszek Miller, son socialdemócratas que en ese país, próximo a ingresar en la Unión Europea, sí corresponden a lo que su nombre indica.

El presidente francés, Jacques Chirac, que es de derecha, se ha opuesto a esa iniciativa por dos razones principales: la primera, porque no todos los europeos son cristianos, y la segunda porque Francia es un Estado laico en el que caben todas los credos religiosos y quienes no profesan ninguno.

Al momento de escribir estas líneas no pienso que prospere esa iniciativa, a pesar de que los partidos llamados populares y cristianos, que son la misma cosa, dominen tanto el Parlamento Europeo como buena parte de los gobiernos de los países que actualmente conforman la Unión Europea. España, sobre todo a partir de Franco, y Portugal a partir de Salazar se han caracterizado por una considerable influencia de la Iglesia católica, especialmente de su ala más reaccionaria. Italia, como lo evidencian los gobiernos democristianos a lo largo de casi 60 años, salvo pequeños periodos, también ha tenido una evidente tradición católica, pese a la fuerza que ha tenido la izquierda tanto en partidos como en sindicatos. Polonia es otro país en que los católicos han tenido mucha fuerza, y más por el hecho de que el actual jefe del Vaticano es polaco. Pero no es el caso de todos los países europeos, ni de todas las derechas que gobiernan en ese continente.

Son las ultraderechas, estas sí, las que han estado insistiendo en una Europa cristiana, como reacción a los inmigrantes de otras religiones, sobre todo musulmanas. Con la excepción de algunos partidos de ultraderecha, como el de la Libertad en Austria, que es franca y abiertamente antisemita y neonazi, la mayor parte de los partidos de extrema derecha han sustituido el viejo antisemitismo por la intolerancia hacia otras expresiones culturales y religiosas, entre otras razones porque el desempleo de europeos blancos es muy alto y los inmigrantes de color ocupan plazas que ellos quisieran o cuentan con derechos que, según los ultraderechistas, no deberían tener. En Gran Bretaña, Noruega, Dinamarca, Holanda, Alemania, España, Italia y Austria, principalmente, la ultraderecha es racista, pero trata de disfrazar su racismo con argumentos culturales, y entre éstos, que el cristianismo (en sus diversas versiones) es la religión de quienes hicieron ese continente como lo conocemos hoy. En la coyuntura, lo que se desea es regresar a los inmigrantes a sus países de origen, asunto que no es problema en países con reducida población extranjera.

Si se aprobara el fundamento cristiano de la nueva Constitución europea no sólo se estaría haciendo eco de las demandas de la ultraderecha, que en sí ya sería peligroso por lo que entraña para los no cristianos, sino que se estaría reviviendo la intolerancia de los tiempos del fascismo. Y de aquí al racismo, el paso sería muy corto. (Resulta obvio que, con esas medidas constitucionales, la aceptación de Turquía —país islámico— en la Unión Europea quedaría para las calendas griegas.)

La intolerancia es un peligro para quienes no entran en el esquema de los grupos, partidos y gobiernos ultraderechistas. Es también un peligro para la paz mundial, como lo ha demostrado el gobierno de George W. Bush y como lo demostró también Hitler. Aceptar una política religiosa dominante es aceptar, automáticamente, la reedición del racismo, la xenofobia, el antisemitismo, el anticomunismo y todo aquello que caracterizó a los fascismos de entreguerras. Sería muy lamentable que la democratización promovida por los ideólogos de la globalización neoliberal, aunque se trate de una democracia formal, fuera sustituida por bandas paramilitares con camisas pardas, negras, verdes o azules persiguiendo y golpeando a la gente de izquierda, a los judíos y a los inmigrantes.

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