http://www.rebelion.org
O P I N I O N

12 de octubre de 2003

Doce de Octubre

Andrés Boiero
Rebelión

Tradicionalmente podemos afirmar -siendo fieles seguidores de la historia- que una flotilla de tres carabelas zarpó del puerto de Palos un 3 de agosto de 1492. Navegando siempre hacia el oeste, después de 66 días de falsas esperanzas, cielos desplazados, rumores criminales y quejas de la marinería, Colón tocó tierra el 12 de octubre de 1492 en la pequeña isla de Guanahaní, en las Bahamas, bautizada con el nombre de San Salvador.

Repito 12 de octubre de 1492. Repito Cristóbal Colón.

Los interrogantes son múltiples. ¿Quién era ese tal Cristóbal Colón? ¿Cuáles eran sus intenciones?, ¿Qué representaba la llegada del hombre europeo al nuevo mundo?

El año 1492 fue un año crucial para nuestra historia. España y Portugal se disputaban la supremacía de las rutas marítimas, el ocaso de la Edad Media fue suplantado por un sentimiento de renovación, de expansión y de descubrimiento que obligó a Europa a tomar conciencia de sí misma y buscar un nuevo orden internacional.

El Renacimiento florece. España reconquista el último reino árabe de la península: Granada. Sobrepasados ciertos malestares internos -una peste, tensiones sociales, asesinatos (Pedro el Cruel heredero del trono de Castilla, luchó cuerpo a cuerpo con su hermano Enrique, pereciendo cuando Enrique le clavo un puñal en el corazón)- Isabel de Castilla es proclamada reina. En 1480 contrajo matrimonio con Fernando de Aragón y así consolidó la unificación del reino. La unidad española necesitaba una expansión. Cristóbal Colón entra en los escenarios de la historia como un oscuro navegante genovés - afiebrado, a veces sin control de sí mismo, sospechoso de ser un mitómano- que ilusiona y convence a los reyes católicos de poder rebasar el poderío portugués en la consecución de la ruta más rápida para llegar a las Indias. Nunca incluyó toparse con un nuevo continente.

Los reyes estaban esperanzados. Colón soportó los malestares de la incertidumbre en un mar desconocido e inhóspito y llegó. Pensó que estaba en Asia. Su corazón latía desesperadamente, la tripulación agitaba sus manos, las tres carabelas eran un símbolo, en ellas estaban los rugidos de conquista, el hambre del oro y el deber supremo de evangelizar. Europa se vio reflejada en su propio espejo. Salvajismo. Un catolicismo aberrante. Extinción.

Colón describió a los nativos -mal llamados indios- como seres pacíficos e inocentes.

Inocencia que fue tomada por el hombre blanco y barbado como signo de inferioridad y de explotación.

Pienso que el término “descubrimiento de América” es erróneo. En realidad fue el descubrimiento de dos mundos. Los europeos con toda la carga histórica, religiosa y criminal penetraron en el universo de los pueblos indígenas de las Américas y los “indios” descubrieron a esos gigantes con barba y espadas, unidos bajo las plegarias de la cruz; dos mundos chocaron, dos mundos se agitaron y gritaron sus verdades.

Dos mundos se fulminaron en el instante en que un marino genovés pisó las arenas de un paraíso extraviado.

De España llegaron los 700 años de dominación árabe, la fe militante, la política militante, hombres curtidos como Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Pedro de Valdivia.

Ellos trajeron al Nuevo Mundo todos los conflictos de carácter español, ¿tolerancia o intolerancia? ¿Esclavitud o respeto?, ¿Gloria personal o unificación cultural? ¿Evangelización o aniquilación cultural?

El oscuro navegante genovés abrió las puertas de un mundo de dioses y de rituales, un lugar sagrado donde las leyes de la naturaleza se equilibraban dentro de los ojos pardos de una cultura.

El mundo se dividió entre Europa y América, mucha sangre sería derramada luchando a favor o en contra de la mal llamada conquista.

Las preguntas son infinitas. Jean Paul Sartre decía que el infierno son los demás. Pero cómo podemos vivir sin los demás. El “otro” es el que me completa, el que me hace feliz, el que me odia; en el “otro” vivo de alguna manera, me pierdo entre su olvido o me inmortalizo en su mirada. Con el “otro” a veces canto, con el “otro” me confronto, marco una diferencia.

El juego de la historia es tan macabro que muchas veces borra al “otro” y lo clasifica como negro, blanco, mestizo, indio, caucásico. Sin el “otro”no somos. El “otro” esta lejos del infierno.

La problemática del “descubrimiento de América” es múltiple, el choque cultural y la clasificación racial nacen y se complementan con el poder de turno.

Hay una palabra que detesto, una palabra salvaje y hasta infrahumana, una palabra que tiene en sí el peso universal de la infamia: raza.

¿Qué es la raza? Es la sonrisa de la reina Isabel -disfrutando de los manjares europeos- mientras que un oscuro navegante genovés -mitómano y enfermizo- mostraba las riquezas del Nuevo Mundo y entre las “riquezas” había unos hombres nativos de esas tierras, mal llamados Indios, vestidos con sus tradiciones.

¿Qué es la raza? Una clase aristotélica dentro de la naturaleza. Una ley en el vocabulario filosófico. Mejor “raza”, peor “raza”. Un tipo de animal bípedo con acento endémico que tiene a veces ganas de gritar sus penas.

¿Qué es la raza?.

La conquista de América representa la extinción de una cultura y la sobre valoración de otra inferior.

El mundo indígena murió y ese quiebre existencial vive en cada hispanoamericano.

El Día de la “Raza”, conmemora no una “conquista” sino una resistencia. El indio y su cosmos respirando entre el lodo del blanco y su cruz. América nació y creció con esa fractura, la ruptura con el viejo mundo y la recreación del nuevo mundo fluyen en la sangre de los hispanoamericanos.

Nuestra América vive con sus venas abiertas, nuestra América sangra y seguirá sangrando sobre el pecho emplumado de nuestros cuerpos.

Envia esta noticia