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O P I N I O N

15 de octubre de 2003

¡Larga vida a Shirín Ebadí!

Alberto Piris
Estrella Digital


Habrá que aceptar que, siendo el rey de Marruecos, Mohamed VI, el "Comendador de los Creyentes", esto es, una especie de escalón intermedio entre la suprema divinidad y los fieles mahometanos marroquíes, pueda de un plumazo reformar para uso interno de su país los códigos que en el mundo islámico mantienen a la mujer en marcada posición de inferioridad respecto al hombre. Al fin y al cabo, el Papa romano también se atribuye análoga facultad, y desde decidir si la Tierra es o no el centro del Universo o si las teorías darwinianas de la evolución son abominable pecado, hasta prohibir el uso de preservativos, aunque sea para evitar la espeluznante difusión del sida, su posición como intermediario entre un supremo más allá y los simples mortales parece conferirle atribuciones desmedidas que no duda en ejercer.

Tanto unos como otros suelen buscar en los textos sagrados, pretendidamente escritos bajo la inspiración inmediata de la divinidad, la justificación de decisiones básicamente políticas. Es verdad que sería difícil, si no imposible, encontrar en la Biblia las razones por las que perdura el Estado Vaticano y la palatina curia que autocráticamente lo gobierna. Por otro lado, desconocedor de los entresijos del Corán, no puedo afirmar si están más cerca de las enseñanzas del Profeta los príncipes que gobiernan algunas feudales monarquías de esta adscripción religiosa o los desharrapados fedayines que en combate buscan la puerta de su anhelado paraíso. Uno no puede conocer todas las teologías.

Así que el absolutista monarca del vecino país ha expuesto ante sus súbditos lo siguiente: "Nos hemos inspirado en la destacada sabiduría del islam, al permitir al hombre contraer matrimonio con una segunda esposa, de manera legal, por necesidades imperiosas y bajo estrictas condiciones, tras conseguir autorización judicial, y no recurriendo a la ilegal poligamia de hecho, cuando la misma se prohíbe de manera categórica". ¡Ilegalizado en Marruecos el harén con cuatro esposas y varias concubinas! Su Majestad así lo ha decidido. Algunos representantes de Mahoma en la Tierra, en otros países, quizá no estén de acuerdo, pero esto no es de extrañar: tampoco los estados que presumen de vivir y propagar las esencias democráticas suelen ponerse de acuerdo en qué cosa sean éstas, y al interpretar los textos que las respaldan (la Declaración Universal de Derechos Humanos, la Carta de Naciones Unidas y otros) muestran profundas e hipócritas divergencias entre la teoría y la práctica.

De ahí que nos llene de esperanza lo ocurrido el pasado viernes, cuando la iraní Shirín Ebadí fue honrada con el Premio Nobel de la Paz, en reconocimiento de su esfuerzo por promover los derechos de las mujeres y los niños en Irán durante los últimos tres decenios. El comité que lo otorgó mostró su implícita voluntad de suscitar en el mundo islámico la idea de que los derechos humanos no son incompatibles con el islam. Ella no tiene vínculos directos con la divinidad y habla modestamente a título personal, pero dice, en sus primeras declaraciones tras la concesión del galardón, que "una lectura abierta del Corán permite afirmar que no es incompatible con los derechos humanos". ¡Loado sea Alá, por poder escuchar estas palabras! Afirma que en el Corán no hay nada contra ellos e insiste en que "se puede ser musulmán y pretender vivir en un país en el que las leyes respeten la libertad de expresión y de conciencia". En verdad, la historia reciente de los países islámicos y la situación actual en muchos de ellos hacen que resulte muy difícil imaginar tal evolución, por muy ilusionante y necesaria que sea para la paz y la seguridad internacionales.

Está claro, además, que no serán las presiones externas ni la acción de los ejércitos las que cambien la situación de la mujer en los países sometidos a las leyes islamistas. Apenas se ha producido cambio alguno en Afganistán tras el colapso del régimen talibán bajo el fuego vengador de Occidente: las mujeres siguen discriminadas y su situación no mejora. Peor aún puede ser la evolución en Iraq, donde derribado un odioso régimen dictatorial, pero laico, puede surgir un nuevo poder islamista, cuya tiranía no tenga raíces políticas sino religiosas, con toda la carga de fanatismo que esto implica. La democracia no se va a implantar en ningún país islámico recurriendo a las fórmulas que la Casa Blanca intenta ensayar en Kabul y Bagdad. Antes bien, el resquemor y las ansias de venganza de los pueblos invadidos y sojuzgados por las armas extranjeras van a completar un cuadro hostil al que ni siquiera los ejércitos coaligados con el Imperio serán capaces de derrotar definitivamente.

Larga vida, pues, a la esforzada y entusiasta abogada iraní -una de las pocas mujeres jueces de Irán antes de la revolución de 1979-, en cuyas actividades presentes y futuras hay muchos más gérmenes de esperanza en un islam moderado y tolerante que en todas las alocadas visiones que alberga la mente de Bush, en toda la potencia destructiva que contienen las armas del mundo y las lucubraciones alucinadas de algunos gobiernos occidentales, obcecados hoy por la idea del terrorismo como antes lo fueron por la del comunismo, e incapaces de analizar sin prejuicios la realidad que nos rodea.

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